En el ámbito de la producción pecuaria se observa un acelerado crecimiento e intensificación de los procesos de producción. Por ejemplo, los sistemas de producción pecuaria concentrados y sin tierras que hoy abundan en muchas partes de Europa Occidental. Los costos ocultos de dichos sistemas no se pueden ignorar aunque han conseguido satisfacer la demanda humana de productos específicos a precios económicos. Algunos de esos costos son las consecuencias de demandar enormes importaciones de forrajes de los países en desarrollo, la degradación del medio ambiente, la preocupación por las condiciones de los animales y las nuevas enfermedades que pueden afectar al hombre y el ganado. Cabe preguntar: ¿Debe seguir alentándose este tipo de producción pecuaria en el mundo o habría que buscar opciones?
Las nuevas enfermedades. Esta "modernización" de la producción pecuaria entraña verdaderos peligros, como la reciente exterminación de millones de aves de corral en Hong Kong, por temor a la influenza de las aves; el brote de peste porcina clásica en los Países Bajos -que devastó temporalmente la industria de productos porcícolas-, y la crisis producida por la encefalopatía bovina espongiforme ("enfermedad de las vacas locas") en el Reino Unido. El apiñamiento de animales en unidades de producción intensiva y el agudo incremento del comercio internacional exacerbarán, qué duda cabe, los riesgos de que surjan nuevas enfermedades, de origen alimentario y zoonosis.
Son igualmente alarmantes los posibles problemas causados por la producción pecuaria intensiva relativos a la necesidad cada vez mayor de importar forrajes. La producción de piensos exige tierras y agua que se están volviendo particularmente escasos en los países en desarrollo densamente poblados. Al aumentar las presiones agrarias, habrá más competencia por las tierras agrícolas próximas a las zonas urbanas y a los mercados. Las sociedades de pastores y rurales incapaces de competir con esta intensificación pueden quedar al margen. Los criadores y productores de ganado de subsistencia ya están siendo expulsados de zonas con potencial agrícola productivo y empujados hacia parajes más remotos, a menudo hostiles, adonde no llegan los servicios de apoyo ni los de extensión debido a su lejanía y a la falta de infraestructura e incentivos económicos. Así se forma y se mantiene un círculo vicioso de pobreza y miseria.
Otra complicación más son las enfermedades transmitidas por vectores, como la malaria y la tripanosomiasis, y las contagiadas por las garrapatas, que son cada vez más difíciles de combatir por la falta de inversión en programas de manejo sostenible de las enfermedades. El contraste creciente entre las zonas densamente pobladas y económicamente productivas y las marginales relativamente deshabitadas donde trata de sobrevivir la población rural en condiciones de subsistencia, justifica cada vez menos fomentar estos sistemas.
¿Un modelo para los países en desarrollo? De frente a este panorama hay que analizar más detenidamente la actual tendencia a la intensificación de la producción pecuaria. Se puede tomar, como caso extremo, la producción pecuaria intensiva de los Países Bajos, donde unos 20 millones de cerdos y bovinos viven confinados en una superficie de cerca de 33 mil kilómetros cuadrados, y sólo la producción de leche equivale a la de todos los países en desarrollo del África.
Tal vez habría que aplaudir la decisión del gobierno holandés de reducir la cantidad de cerdos un 25 por ciento para el año 2000. Pero hay que reconocer que las principales razones de dicha decisión fueron los riesgos locales para la salud y de degradación del medio ambiente, planteados por el desecho del estiércol, la contaminación de los mantos freáticos y las repercusiones generales en el resto de la fauna y la flora. Es de preocupar que se estén adoptando ampliamente en los países en desarrollo los mismos sistemas intensivos de producción pecuaria.
Quizá quepa una conclusión obvia: la ganadería es un recurso inapreciable para muchas personas, en particular para las sociedades rurales que viven en los lugares más apartados, pero al mismo tiempo la ganadería puede practicarse de formas poco naturales para satisfacer la demanda más específica de las clases de ingresos más altos y, así, contribuir a la desigualdad y a la degradación ecológica y producir problemas de salud pública. La Dirección de Producción y Sanidad Animal del Departamento de Agricultura de la FAO se ha propuesto abordar estas cuestiones fundamentales para contribuir al desarrollo futuro del sector pecuario de frente a los retos del siglo próximo.
Este comentario apareció en el último número de la Revista Mundial de Zootecnia (Núm. 90, 1998/1), publicación anual de la Dirección de Producción y Sanidad Animal
Publicado en diciembre de 1998