Una cuestión de compromiso



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La seguridad alimentaria mundial depende de una inversión más cuantiosa y, sobre todo, mejor dirigida, en fomento de la agricultura en el mundo en desarrollo. Esto exige un mayor compromiso de los países desarrollados y de los países en desarrollo.

La ayuda oficial para agricultura en los países en desarrollo aumentó desde cerca de 11 000 millones de dólares EE.UU. anuales a principios de los años 80, a 14 000 millones en 1988, pero ahora se ha reducido a menos de 10 000 millones de dólares EE.UU. al año en valores de hoy. El sector privado, inclusive las familias de agricultores, aportan el 80 por ciento de la inversión total.

El gasto público en agricultura en los países en desarrollo también se había reducido. Es difícil calcular con exactitud cuánto se gasta al año, pero los datos de la FAO indican que entre 1977 y 1992 se invirtieron cerca de 26 000 millones de dólares EE.UU. en mejoras en las explotaciones agrícolas y alrededor de 16 000 millones al año en servicios posteriores a la cosecha y en agroindustria.

Los cálculos indican que el nivel de la inversión neta no tendrá que incrementarse mucho en casi todo el mundo para satisfacer las necesidades de los dos siguientes decenios, salvo en el caso del Africa subsahariana, donde debe duplicarse la inversión. Con todo, la inversión bruta, comprendida la conservación del capital social, necesita crecer en torno a 39 000 millones de dólares EE.UU. al año en actividades primarias y posteriores a la cosecha. De esta cantidad, tienen que gastarse 5 000 millones de dólares en infraestructura rural y en servicios sociales, que tanto las autoridades públicas como los donadores han descuidado. Menos del 10 por ciento de los 200 000 millones de dólares EE.UU. que se gastaron en infraestructura en el mundo en desarrollo en 1993 se dirigieron al campo.

En los últimos años las prioridades de la inversión se han desplazado porque ha disminuido la disponibilidad de tierras por persona, por los intereses ambientales y por la atención mayor que se concede a las personas y a los pobres. Las necesidades futuras incluyen la creación de nueva tecnología; intensificación (por medio de riego, mejora de las tierras, mecanización y uso de insumos comprados); perfeccionamiento o construcción de instalaciones para manipular, almacenar, elaborar, transportar y comercializar los productos; así como mejorar los caminos rurales, el suministro de energía y las telecomunicaciones. Estas prioridades varían de región a región. En Asia y en América Latina, por ejemplo, el rápido crecimiento urbano exige una inversión relativamente grande en comercialización y elaboración, mientras que en Africa la infraestructura rural es una prioridad de primera línea.

Cuestiones como la lucha contra la langosta y la desertificación, los sistemas de alerta relativos a las sequías y a las hambrunas, a la irrupción de enfermedades vegetales y animales, así como la pesca y los recursos hídricos compartidos, suponen la participación de más de un país a la vez. La inversión es en particular débil y difícil de organizar a menos que los países interesados se comprometan a encontrar soluciones.