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Situaciones de emergencia: respuesta internacional y labor de la FAO


Sequías e inundaciones, terremotos y huracanes, nubes de langostas y plagas del ganado, guerras y disturbios civiles: las catástrofes, tanto naturales como de origen humano, causan enormes penalidades, ya se midan en vidas y sufrimientos humanos o en pérdidas económicas.

La devastadora sequía que asoló Etiopía y otros varios países africanos en 1984/85 desencadenó una hambruna cuyas víctimas se estiman en más de un millón de personas. Un solo ciclón que azotó Bangladesh en mayo de 1991 con vientos de velocidad superior a 270 km por hora dejó en la ruina a 140 000 personas. Unas 800 000 personas perdieron la vida durante los disturbios civiles que asolaron Rwanda en 1994; más de 2 millones de personas huyeron a los países vecinos y otras 380 000 buscaron refugio en campos del interior de Rwanda.

Las catástrofes naturales no hacen distinciones. Se abaten por igual sobre países ricos y pobres. Pero son los campesinos pobres del mundo en desarrollo los que más sufren, los que tienen menos capacidad para protegerse, los que no cuentan con ahorros para hacer frente a los daños ni con otros medios de subsistencia. Son también los pobres los que menos posibilidades tienen de elegir el lugar para vivir, aunque sepan que su hogar o su sustento corren peligro.

La pobreza y la vulnerabilidad aumentan también como consecuencia de las catástrofes de origen humano que se producen cuando las guerras causan estragos y los gobiernos se hunden. Los servicios esenciales, incluidos los de mantenimiento del orden público, dejan de funcionar. La infraestructura se destruye y la población huye del país llevando consigo las pocas posesiones que es capaz de transportar. Dado que no es posible producir alimentos, la población se enfrenta a una situación de hambre inmediata y a una amenaza de inanición masiva. Los organismos de socorro acuden en su ayuda, pero a menos que se adopten medidas para crear rápidamente unas condiciones en las que la población pueda volver a sus hogares y cultivar de nuevo la tierra, se corre el riesgo de que un gran número de personas acaben dependiendo del socorro a largo plazo.

El costo de las catástrofes desde el punto de vista humano es insoportablemente alto. En 1996 había unos 50 millones de personas desplazadas en sus propios países o desperdigadas por el mundo en condición de refugiados: una nación dispersa de desposeídos con una población equivalente a la de España y Portugal juntos. En ese año, como resultado de situaciones complejas de emergencia, unos 40 millones de personas dependían de la asistencia internacional para asegurar su protección o su supervivencia. El costo económico es también elevado. Durante el decenio de 1960, las pérdidas causadas por catástrofes naturales y de origen humano en todo el mundo se estimaron en 1000 millones de dólares EE.UU. al año. Las pérdidas anuales crecieron hasta llegar a 3 000 millones de dólares EE.UU. en el decenio de 1970 y a 9000 en el de 1980, y probablemente habrán alcanzado cifras aún más altas cuando finalice este siglo.

Las corrientes de ayuda evidencian esta necesidad creciente. Los fondos destinados a la asistencia humanitaria se han duplicado desde 1990, en un período en que el volumen global de la ayuda para el desarrollo no ha dejado de disminuir. En 1994, se destinaron a la asistencia humanitaria 6000 millones de dólares EE.UU., cifra que representó el 10 por ciento del total de dinero gastado en ayuda para el desarrollo en todo el mundo. Las Naciones Unidas gastan actualmente más del 50 por ciento de su presupuesto en socorro para casos de emergencia, frente al 25 por ciento en 1989. El importe de las operaciones de emergencia administradas por la FAO ha pasado de 150 millones de dólares durante todo el decenio de 1980 a 170 millones sólo durante los seis años transcurridos desde 1991.


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