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El crecimiento económico continuo, unido a un eficiente programa de ayuda destinado a los ciudadanos más pobres, ha contribuido a que Honduras haya reducido en casi un tercio la proporción de sus habitantes que padece de subnutrición. El aumento de la producción alimentaria, las importaciones, y la disminución de las existencias contribuyeron a que las mesas hondureñas estuvieran mejor surtidas. La producción de maíz casi se duplicó entre 1980 y 1996. En lugar de ser consumido por la población, parte de este incremento fue utilizado por la floreciente industria ganadera como forraje; de hecho, el consumo humano de maíz retrocedió ligeramente. El aumento de la ingesta de alimentos experimentado se debe en gran parte al consumo de aceites vegetales y el azúcar, al tiempo que el consumo de carne y judías aumentaba también un tanto. Desde que Honduras adoptó un programa de ajuste estructural de gran envergadura en 1988, la economía del país ha ido creciendo a un ritmo anual de un 2,7 por ciento. Este aumento del bienestar ha contribuido a hacer llegar agua potable al 87 por ciento de la población, y a que la tasa de alfabetización suba hasta el 70 por ciento. El Fondo de inversión social hondureño ha servido para canalizar ayuda directa a los pobres, aliviando a muchos de los sectores más necesitados. Mediante un programa de racionamiento se proporcionan cupones para ayudar a escolares, madres y ancianos en la compra de alimentos y otros artículos básicos.
La agricultura con vistas al comercio ofrece buenas perspectivas de crecimiento, si bien persiste el reto de adquirir una distribución más equitativa de los beneficios.
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