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Hace tres años, los líderes de 186 países se reunieron en Roma e hicieron una solemne promesa: reducir a la mitad el número de personas que padecen hambre llegado el año 2015. Queda por ver si las naciones que participaron en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación celebrada en 1996 están cumpliendo lo prometido. Las últimas estimaciones correspondientes al período 1995/97 indican que en el mundo en desarrollo, cerca de 790 millones de personas no tienen suficiente comida. Esta cifra supera la población total de América del Norte y Europa juntas. Este «continente» formado por los que pasan hambre comprende hombres, mujeres y niños que probablemente nunca desarrollarán su capacidad física o psíquica al cien por cien, pues no tienen comida suficiente; muchos de ellos incluso llegarán a morir, por haberles sido negado el derecho humano básico de alimentarse. Se trata de una situación inaceptable.
Un estudio más detallado de los datos revela que en la primera mitad de la citada década, sólo un grupo integrado por 37 países consiguió reducir los niveles de subnutrición, en un total de 100 millones. En el resto del mundo en desarrollo, el volumen de población que pasa hambre aumentó en cerca de 60 millones. El ritmo al que se avanza actualmente, es decir, una reducción media de unos 8 millones al año, se ajusta por completo a la trayectoria normal previsible. Si no se agiliza este ritmo, allá por el año 2015, más de 600 millones de personas de los países en desarrollo seguirán yéndose a dormir con el estómago vacío. A fin de alcanzar el objetivo fijado en la Cumbre, habrá que avanzar a paso mucho más ligero, y reducir en al menos 20 millones al año la cantidad de personas subnutridas en el mundo en desarrollo. El hambre aparece frecuentemente asociada con los países en desarrollo. Aunque esta afirmación no deja de ser cierta, el presente informe ofrece indicios estadísticos de que el problema no se limita sólo a estos países. Por primera vez, la FAO presenta estimaciones totales del número de personas que sufren de subnutrición en los países en desarrollo. La cifra resultante, que alcanza los 34 millones de personas, confirma que incluso los países desarrollados tienen que enfrentarse al reto de superar la inseguridad alimentaria. Aunque la mayoría de esos 34 millones de personas vive en países que han experimentado importantes transformaciones políticas y económicas en la década de 1990, existen focos de hambre repartidos por todo el mundo. Estoy convencido de que no hay razón que impida conseguir un mundo libre del sufrimiento del hambre en el próximo siglo. En el mundo ya se producen los alimentos suficientes para dar de comer al número actual de habitantes, y hasta podría aumentarse esta producción. No obstante, a no ser que se actúe con firmeza en todos los niveles, probablemente el hambre y la malnutrición seguirán formando parte integrante del futuro previsible. Ahora bien, antes de tomar las medidas necesarias, es preciso saber quiénes padecen hambre y quiénes integran los sectores vulnerables, dónde viven, y por qué no han conseguido remediar su situación. Las cifras que se citan alcanzan los 790 millones en los países en desarrollo, y los 34 millones en los países desarrollados, pero hace falta conocer la realidad humana que se esconde tras estas cantidades. Ya se trate de las víctimas de los conflictos civiles, o de pastores hostigados por la desaparición de los pastizales, de los pobres del casco urbano que viven de la asistencia social o de las minorías étnicas que viven aisladas en lugares remotos, no hay que olvidar su condición de seres humanos, con diferentes necesidades y aspiraciones. En los pueblos y barrios pobres de todo el mundo, se repite la misma escena: gentes que trabajan de sol a sol, enfrentándose a condiciones climáticas inclementes y tierras esquilmadas, y a los efectos de una economía precaria, sin tener un respiro, para atender a sus propias necesidades y las de sus familias; toda esta lucha, para poder alimentarse y subsistir, poco más. Por eso es importante concentrar la atención no sólo en las cifras totales en abstracto, sino también en los individuos y lugares que integran dichos números. Al hacer estimaciones y predicciones utilizando variables como el crecimiento de población, tasas de rendimiento, dotaciones de recursos decrecientes, cambios políticos, daños causados por enfermedades o por los efectos de desastres naturales o provocados por el hombre, debemos siempre tener presente que estamos hablando de personas; se trata de individuos que podrían hacer aportaciones útiles al mundo en que vivimos, si se les brinda la oportunidad. Para hacer uso de este potencial, necesitan y merecen llevar una vida exenta del sufrimiento del hambre. Las nuevas tecnologías nos permiten acceder a sistemas de información nacionales y establecer redes mundiales, que lo mismo hacen posible examinar un océano entero que una gota de agua; con sólo apretar botones podemos crear gráficas y organigramas que nos muestran al instante y con toda claridad los avances que se van logrando. El conocimiento no sólo representa poder, también facilita el discernimiento y permite avanzar en la dirección correcta. Gracias a la puesta en marcha del Sistema de información y cartografía sobre la inseguridad y la vulnerabilidad alimentarias (SICIVA), estamos incrementando nuestra capacidad para recoger, analizar y compartir conocimientos que sirvan de guía a futuras iniciativas, a fin de que la totalidad de la población tenga un mayor acceso a los alimentos. La labor del SICIVA resulta esencial al adentrarnos en el nuevo milenio. Debemos idear y poner en práctica estrategias políticas y programas que permitan a los gobiernos, organizaciones internacionales, organizaciones no gubernamentales, comunidades e individuos allanar los obstáculos que impiden lograr lo que debería ser un derecho natural para los 6 000 millones de personas que viven en el planeta: tener lo suficiente para comer. Los avances logrados en la lucha contra el hambre en el mundo son desiguales. Es evidente que no existe una solución a escala mundial que garantice buenos resultados; éstos vendrán a raíz de las iniciativas específicas adoptadas, y de las metas fijadas a nivel local, nacional y regional, esferas en las que cada individuo podrá comprobar la eficacia de su participación. Si no se producen más inversiones y se implantan nuevas políticas a todos los niveles, es probable que las tendencias tecnológicas y socioeconómicas actuales se mantengan. Si bien el número de personas que sufren subnutrición continúa descendiendo, se trata de una disminución lenta y circunscrita sólo a ciertas regiones del mundo. A fin de mejorar esta tendencia, es esencial idear medidas expresas y cuidadosamente orientadas, así como realizar nuevas inversiones. Reducir la cifra de personas que padecen hambre en los países en desarrollo a 790 millones es sólo un primer paso. Nuestro firme objetivo es hacer descender esa cantidad por lo menos hasta llegar a unos 400 millones como mínimo para el año 2015, y en el caso de los países desarrollados, reducir los 34 millones actuales a la mitad, o incluso a menos de la mitad. Al avanzar en pos de este objetivo, hay que recordar que no basta con alcanzarlo, y que no por ello debemos dar por terminada la labor. Estas cifras siguen siendo desmesuradas; incluso si una sola persona pasara hambre, la cifra sería excesiva. Jacques Diouf
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