Para lograr un desarrollo económico sostenible, erradicar la pobreza y resolver los problemas de seguridad alimentaria es fundamental lograr la participación de todos los agentes, es decir: las bases sociales, las instituciones públicas y privadas, las ONG y los organismos internacionales. Sin embargo, no siempre se presentan las condiciones adecuadas para que todos los actores participen activamente en el proceso de desarrollo. Las mujeres por ejemplo, que en general se encuentran en una posición de desventaja y discriminación respecto al hombre, no sólo no suelen participar en el proceso de desarrollo, sino que con frecuencia se encuentran marginadas de él.
En Honduras la mujer desempeña un papel determinante en la agricultura, la subsistencia y la seguridad alimentaria familiar. Contribuye a la producción de alimentos, a la generación de ingresos y a la reproducción de la fuerza de trabajo. No obstante, y a pesar que desde mediados de la década de los setenta se iniciaron acciones orientadas a promover la participación de la mujer rural en las esferas productivas, el aporte de las campesinas en el proceso productivo es desconocido y subvalorado.
Dentro de este contexto se decidió emprender algunas actividades para ayudar al gobierno de Honduras a efectuar acciones orientadas a mitigar la pobreza y los problemas de seguridad alimentaria, fortaleciendo el papel de la mujer campesina como productora. Se llevaron a cabo cinco proyectos, de los cuales uno está todavía en curso, que formaron un conjunto coherente. Estos se sucedieron unos a otros y los ajustes se hicieron sobre la marcha como resultado de la experiencia, los logros obtenidos, las dificultades enfrentadas anteriormente y las necesidades del momento. Si bien el diseño de los programas no fue el resultado de una planificación a largo plazo, existieron unos elementos conceptuales análogos que los caracterizaron. En efecto, dos fueron los enfoques que, en últimas, formaron el marco conceptual: Mujer y Desarrollo y Equidad de Género.
El proceso global se dividió en tres etapas. Las dos primeras se basaron en el enfoque de Mujer y Desarrollo y tan sólo en la última se adoptó el de Género. Esto no fue un resultado casual sino que obedeció a claras y específicas motivaciones. Al inicio se trabajó directamente con las mujeres y los grupos de base mediante un proceso de abajo hacia arriba (Mujer y Desarrollo) para crear unas condiciones que posteriormente permitieran la integración de la perspectiva de género en las estruturas institucionales/organizacionales y en políticas/ programas estatales/privados (Equidad de Género).
Mientras que en la primera etapa el énfasis recayó sobre el acceso a los recursos de producción y la realización de pequeños proyectos productivos, en la segunda se hizo hincapié en la capacitación. No obstante estas divergencias, ambas tenían elementos comunes.
La población objetivo fueron las mujeres rurales. Ello significó que la mayor parte de las intervenciones se encaminaron a beneficiar directamente a la mujer rural, teniendo en cuenta que ellas forman parte de un contexto familiar, social, económico, político, cultural e institucional. Se decidió trabajar con la mujer y no con la familia como se hacía en los enfoques tradicionales. En los programas que se basaban en dichos metodologías, se solía seleccionar el hombre, en calidad de jefe del hogar, para que fuera el beneficiario directo de las iniciativas. Se esperaba que el impacto positivo del programa se irradiase a todos los miembros del hogar, entre ellos la mujer. Dado que en muchas ocasiones los resultados obtenidos no fueron satisfactorios, Mujer y Desarrollo decidió individuar a la mujer y no a la familia como meta de las acciones. Adelantar las actividades del proyecto con las campesinas ayudó a identificar con mayor claridad sus verdaderas necesidades, intereses y preocupaciones, y consintió abrir un espacio para que ellas participaran en la estrategia de desarrollo.
El proceso que se desencadenó fue de abajo hacia arriba. Los proyectos centraron sus intervenciones en las comunidades locales orientando las acciones inicialmente a las campesinas y a los grupos de base. Al comienzo de los años ochenta, es decir cuando empezaron los proyectos, la mujer desempeñaba un papel tradicional o bien su rendimiento en la producción era muy bajo a causa de una alta tasa de analfabetismo, ausencia de autoestima, carencia de motivaciones, poco tiempo disponible y acceso limitado a los recursos, entre otras. La situación de la mujer hondureña era tal, que se debían realizar grandes esfuerzos en materia de capacitación y educación tanto para impulsar su participación en los proyectos como para acrecentar las posibilidades de usufructuar las oportunidades y aprovechar los espacios que las políticas, los programas y las leyes les pudieran ofrecer.
Se estimó que era fundamental reforzar las organizaciones de base. La participación de la mujer en dichas organizaciones le abriría nuevas opciones de comunicación, le proporcionaría mayores posibilidades de acción y la involucraría en un mecanismo alternativo para la toma de decisiones. Así mismo se potenciaría el papel y poder de las organizaciones locales facilitando la creación de vínculos con las instituciones y las OC nacionales.
En el curso de las dos primeras etapas, el enfoque Mujer y Desarrollo se reflejó en la valorización del papel productivo y organizativo de la mujer, en la ejecución de proyectos productivos específicos, y en el acceso a mecanismos financieros y recursos de producción.
Después de diez años de actividades se realizó un profundo análisis sobre las acciones desarrolladas hasta el momento , llegando a la conclusión que para consolidar los logros obtenidos era necesario introducir los conceptos y metodologías de género en las instituciones públicas y privadas, ONG y OC. Se pasó a una nueva fase en la que la atención se centró en potenciar y hacer sostenibles los resultados obtenidos.
Se consideró que era crucial adoptar una estrategia mirada a:
· fortalecer las organizaciones campesinas para que pudieran `participar' en la formulación de políticas que afectan a las mujeres rurales;
· sensibilizar al personal de las entidades y a los miembros de las organizaciones acerca del importante papel que juega la mujer en las esferas productivas, y por lo tanto en la seguridad alimentaria y la reducción de la pobreza;
· vincular los grupos de base con la dirección organizacional e institucional, y hacer permear la concepción de género en las políticas, los programas, los lineamentos y las estructuras de las instancias públicas y privadas.
Mientras que el objetivo de desarrollo durante todo el proceso, fue el de contribuir al mejoramiento de los ingresos y de las condiciones de vida de la mujer rural en particular y de la familia campesina en general, apoyando y reforzando el papel de la mujer como agente productivo, los objetivos instrumentales variaron de proyecto a proyecto según las necesidades reinantes.
Al inicio del proceso se prestó mayor atención al fortalecimiento empresarial de la mujer campesina de menores recursos mediante la ejecución de pequeños proyectos productivos. Las mujeres se beneficiaron de la capacitación y la asistencia técnico-financiera. Los proyectos tuvieron un impacto positivo ya que aumentó el grado de satisfacción de las necesidades básicas relativas a la seguridad alimentaria, se alivió la carga de trabajo doméstico mediante proyectos de servicio, y mejoró el acceso a los recursos de producción.
Todo ello facilitó la valorización del papel productivo de la mujer, por parte de la sociedad y de ellas mismas, y las incentivó a organizarse en pequeños grupos para desempeñar determinadas labores. Así, mediante la participación de la mujer en la conformación de grupos de base, surgió y paulatinamente fue adquiriendo valor y fortaleciéndose el papel comunitario de las mujeres. La valorización de ambos roles -productivo y comunitario- acrecentó la autoestima, tanto individual como grupal, que progresivamente se fue transformando en mayor seguridad en la toma de decisiones respecto a qué, cómo y con qué medios producir.
Como se mencionó anteriormente, el proceso de "Incorporación de la Mujer" no fue el resultado de una planificación o programación de largo plazo. Si bien es cierto que esto puede convertirse en una limitante para un programa de desarrollo, también presenta elementos positivos. En efecto, una metodología de trabajo de este tipo permite que los proyectos se adapten con gran flexibilidad a las necesidades reales de la población. En últimas, es un proceso de prueba y error en el que las experiencias positivas se valorizan y los problemas y errores sirven como aprendizaje.