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El número cada vez mayor de huertos urbanos proporciona hortalizas de provecho y ganancias para los pobres, pero algunas reformas harían aumentar las provisiones

El afanoso tren interurbano se lamenta fuera de la estación central de Bombay. Cerca de las vías hay un desorden de chozas, con los techos sostenidos por restos de llantas de desecho. Un hombre inclinado limpia con el azadón una franja angosta de tierra poco más ancha apenas que el alcance de sus piernas separadas para trabajar. La parcela corre paralela a la vía férrea y está toda llena de pujantes hortalizas de hojas verdes.

Ya se trate de Bombay, hoy llamada Mumbai, o Dar es Salaam, producir hortalizas, fruta, aves de corral o ganado pequeño en espacios como patios traseros, jardines de la comunidad y tierras públicas sin utilizar, es una actividad cada vez más practicada. Y también es una fuente importante de alimentos conforme nos aproximamos al momento en que el 50% de la población mundial vivirá en las ciudades.

La agricultura urbana produce buenas ganancias

 

En Asia se practica la agricultura urbana desde hace mucho tiempo, y produce tanto para la familia como para el mercado. Estudios realizados indican que este tipo de agricultura hoy proporciona hasta 30% de las hortalizas para la capital de Nepal, Katmandú, mientras que en Singapur sus habitantes pueden contar con una oferta permanente de cerdo y aves de corral. Se dice que las ciudades africanas producen de esta manera entre 20 y 80% de sus alimentos para consumo de las familias locales.

Y esto puede aportar los ingresos tan necesarios para las personas pobres. Es difícil precisar cifras pero se calcula que más de 100 millones de personas en todo el mundo obtienen ingresos indirectos de las parcelas urbanas. La mayoría de los productores son moderadamente pobres, y en Africa y América Latina tienden a ser mujeres que carecen de empleo en el sector estructurado.

Aparte de sus demás obligaciones domésticas, las mujeres suelen estar a cargo de tener bien surtida la despensa familiar. Mediante el cuidado de huertos familiares o vecinales pueden reducir la presión sobre el salario del marido o complementarlo con dinero en efectivo.

Esta actividad tiene sus compensaciones, aunque un estudio realizado en 11 países de América Latina encontró que la agricultura urbana no supera los beneficios derivados de un empleo asalariado de tiempo completo. Un estudio realizado en Buenos Aires mostró que se necesita entre un día o día y medio de la semana para mantener un huerto urbano para una familia promedio, lo que permite economizar entre 10 y 30% del gasto total en alimentos. Para las personas de bajos ingresos esto representa un aumento en especie de entre 5 y 20%.

Y la variedad de productos comprende desde frijoles hasta carne de cerdo, que aportan vitaminas y elementos nutritivos fundamentales para el régimen alimenticio de la familia. La variedad de cultivos tiende a ser de valor relativamente elevado, con ciclos cortos y producción propia de semillas, utilización de una variedad limitada de herramientas o de insumos adicionales. Y cuando se produce cualquier excedente, siempre hay un mercado a la espera en la puerta misma.

Pese a todo, es difícil que las personas pobres se hagan productores. Pocos agricultores urbanos están entre las filas de los emigrantes recién llegados en busca de refugio de la pobreza de sus pueblos de procedencia. Un estudio llevado a cabo en Zambia muestra que apenas después de 10 años los inmigrantes en la capital, Lusaka, comenzaron a dedicarse a la agricultura urbana. Toma mucho tiempo establecerse y encontrar empleos de tiempo parcial o completo. Y apenas cuando lo consiguen, tienen la posición y el dinero suficientes para tener acceso a la tierra: adquisición muy apreciada.

Es más probable que las parcelas sean alquiladas que propias. Los dueños las pueden pedir con poco tiempo de aviso. En muchas ciudades del mundo en desarrollo, el acceso a las tierras públicas está limitado por severos obstáculos políticos y jurídicos, que comprenden acción jurídica y confiscación de los productos, conforme las autoridades se esfuerzan por crear centros modernos libres de las prácticas tradicionales ligadas al campo.

En muchos ciudades el principal problema no es la disponibilidad agraria, sino el acceso a tierras buenas y seguras. Muchas parcelas cultivadas están al lado de las carreteras o de las vías del tren y están expuestas a la contaminación y a los robos, pero es posible encontrar tierras buenas. Un estudio de las principales ciudades del mundo encontró que las autoridades de la ciudad podrían poner a disposición de esta actividad entre 200 y 300 m2 de tierras sin utilizar de la comunidad.

Pero muchos encargados de la planificación y funcionarios consideran la agricultura urbana una actividad antieconómica y aun insalubre. Es evidente que la agricultura puede significar una presión para los recursos existentes. Pero más que separar los usos agrarios, los funcionarios han de colaborar estrechamente con los agricultores para incorporar la agricultura con otras actividades.

Desde luego que la agricultura urbana nunca será una solución universal para todos los graves problemas de seguridad alimentaria de las ciudades. Ni redistribuirá los ingresos. Conforme crecen las ciudades van a presentarse problemas mayores con los recursos. Con todo, a través de reformas, inclusive otorgar derechos de uso agrario y apartar los desechos sólidos y las aguas residuales para elaborar fertilizantes y proporcionar riego, la agricultura urbana tiene posibilidades de incrementar las reservas de alimentos y contribuir además a nutrir a las personas pobres del mundo.

Dentro de poco será accesible el sitio FAO Economics:
El estado de la Agricultura y la Alimentación, FAO (octubre)
véanse los artículos seleccionados sobre agricultura urbana


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