En una serie de presentaciones sobre los proyectos de la FAO en Africa, Leyla Alyanak informa de cómo la introducción de la soya está ayudando a combatir la desnutrición y reforzar la seguridad alimentaria en Malawi.

La soya es una feliz novedad en el régimen alimenticio de Malawi



La soya, rica en proteínas y energía, es uno de los mejores alimentos para combatir la desnutrición

"Hay que llenar una cazuela de metal con agua. Cuando esté caliente el agua, se añade lentamente la mezcla de una taza de harina de soya y cuatro de harina de maíz. La mezcla se revuelve hasta que espese y se deja hervir hasta que se cueza. Entonces se convierte en phala, o cereal cocido", explicaba Lovart Banda, revolviendo el aire con los brazos para hacer énfasis.

Hay dos cosas fuera de lo común en la receta de Banda: primero, el cocinero es un hombre y, segundo, la soya no es un alimento tradicional en Malawi.

"Me gusta que me hayan enseñado a cocinar la soya -explica Banda-. Es bueno que mi mujer y yo cocinemos juntos. Así, si uno de los dos olvida cómo hacerlo, el otro lo recuerda".

No es tan remoto olvidar, ya que los aldeanos de aquí no llevan mucho tiempo preparando la soya. Hasta hace poco sólo cultivaban soya para venderla a la empresa comercializadora nacional, Admarc.

"Una vez la probamos", recuerda Ivon Mkwamba, mientras con los dedos retuerce una bolsita de plástico que contiene la fina harina amarillenta. "Pero es que cogíamos todo el grano de soya y lo molíamos, de modo que no sabía bien. Ahora ya sabemos prepararlo correctamente, sin la cáscara".

El cultivo de la soya, la elaboración de harina y la preparación de cereal cocido son algunos de los conocimientos que está impartiendo un nuevo proyecto del Ministerio de Agricultura de Malawi con asistencia técnica de la FAO, orientado a combatir la desnutrición en Malawi Central.

"La soya es rica en proteínas y energía -explica Ruth Ayoade, coordinadora nacional del proyecto por parte de la FAO-, de modo que es uno de los mejores alimentos para combatir la desnutrición. Además, es fácil de cultivar, relativamente resistente a la sequía, y las familias lo pueden almacenar con facilidad".

La soya, con cerca del 40% de proteínas y 20% de aceite, puede desempeñar una importante función en la disminución de la carencia de proteínas y energía en la nutrición. Se considera tan bueno este cereal como la proteína que se obtiene de los huevos o de la carne.

Estos beneficios no se toman a la ligera en un país donde más de la mitad de los niños menores de cinco años de edad de las zonas rurales están desnutridos o su desarrollo está atrofiado.

Para enseñar a los campesinos a cultivar y preparar la soya, el proyecto lleva a cabo una serie de cursos de capacitación, primero para los propios encargados de impartir dicha capacitación, luego para funcionarios del distrito y de la aldea y, por último, para los campesinos. Hay otras actividades que consisten en preparar los materiales necesarios para las actividades de capacitación, producir semillas y promover el uso de la soya en los centros de nutrición.

El proyecto también ha presentado resultados inesperados. Por ejemplo, los aldeanos han aportado su propio equipo de elaboración, sin esperar que se les donara, indicio positivo para la duración a largo plazo del proyecto. Además, la capacitación la llevan a cabo hombres y mujeres, aunque la nutrición suele considerarse asunto de la mujer. No sólo eso, sino que se está capacitando a la misma cantidad de hombres, por lo menos, que de mujeres. Esto es un elemento clave para la nutrición ya que los hombres tiene un importante poder de decisión en el hogar.

Los jefes de otras comunidades que no están participando en el proyecto se han acercado a los funcionarios de éste para pedir que se imparta capacitación en sus aldeas. Y hay informes de que los campesinos están capacitando a otros campesinos, difundiendo la información todavía más lejos.

"Este proyecto ha tenido grandes repercusiones entre nosotros", explica Marion Vijverberg, coordinadora de nutrición y seguridad alimentaria del grupo católico Caritas en Malawi. "Enviamos a una persona al curso de la FAO para capacitarse y luego hemos iniciado nuestros propios cursos de capacitación. Capacitamos a alrededor de 45 personas y ahora esas personas han capacitado a otras cuatro mil".

Vijverberg afirma que el proyecto además ha repercutido en la labor de Caritas de otra manera. "Estábamos buscando formas de ayudar a las familias a ser más autosuficientes -explica-. Queríamos pasar de dar alimentos complementarios a la seguridad alimentaria. El proyecto de la FAO fue para nosotros un buen punto de partida. Estábamos distribuyendo likuni phala, un alimento de destete compuesto de soya y maíz para los niños desnutridos. Luego comenzamos a enseñar a las mujeres a cultivar la soya y preparar su propio likuni phala en casa".

Sin duda alguna, la contribución del proyecto a la seguridad alimentaria es muy apreciado. Para muchas personas de la aldea, sigue muy vivo el recuerdo de la sequía de 1991.

"Recuerdo que íbamos a Admarc a comprar maíz, pero no había -afirma Magdalena Samuel, cuyo hijo de 18 años cuyo crecimiento se ha atrofiado no parece mayor de 12-. Aunque tuviéramos dinero, volvíamos sin nada, y al día siguiente íbamos de nuevo. Si no teníamos alimentos, teníamos que pasar el día haciendo trabajo a destajo". Eso quería decir a menudo caminar hasta 15 km diarios para encontrar ganyu, o trabajo informal en la granja de alguna persona. Al final del día, los aldeanos habían conseguido apenas un poco de comida que llevarle a sus familias. "No tenía opción -explica Samuel-. La vida de mis hijos dependía de los alimentos. Tenía miedo. Sabía que si no hallaba comida, se iban a morir".

Pero con su nuevo cereal de soya -se está sembrando por primera vez en este ciclo agrícola-, los aldeanos ya tienen más confianza. "La soya nos va ayudar porque podremos preparar cereal cocido", asegura Ivon Mkwamba. "Con la soya, aunque haya menos lluvias, de todas formas algo obtendremos".

No sólo eso, sino que a los niños les gusta más que el maíz. "Todavía no tenemos soya en casa -explica Rangeni Futsa, de 14 años de edad-. Pero los vecinos tienen un poco, así que voy a comer a la de ellos". Pronto, Rangeni tendrá su propia soya.

2 de abril de 1997

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