Sembrar esperanza en una tierra desgarrada por la guerra


El camión con tanta carga se bambolea y cruje a baja velocidad por los caminos de terracería con profundos surcos, por toda una hora hasta que por fin hay un respiro del sol que achicharra y el polvo, cuando unos chicos salen de los matorrales en una curva del camino ofreciendo cocos frescos.

Con mucha protección debido al sostenido conflicto civil de Somalia, este convoy cumple una misión humanitaria, entrega semillas muy necesitadas que ha proporcionado la FAO a los aldeanos cuyas casas, campos y almacenes de alimentos han estado inundados por meses.

Conduce el convoy Mohamoud Mohamoud, agrónomo residente de la FAO en la región del Shebeli bajo, al sur de Mogadishu, cuya tarea principal consiste en valuar las necesidades de las víctimas de las inundaciones. Va acompañado del Coordinador de Somalia, de la Organización, residente en Nairobi, El-Zein M. El-Muzamil.

A cierto punto, toda la población de la aldea de Wagade sale a saludar a los tripulantes del camión. Los ancianos observan en digno silencio conforme se descargan los costales de semillas. Los niños pequeños, muchos con los estómagos abultados que indican el inicio de la desnutrición, juegan en el polvo.

“Es la primera ayuda que nos llega -afirma Hussein Moalim Ahmed, un distinguido patriarca barbado-. Nuestros campos han estado inundados desde hace muchos meses. No se está produciendo nada, sólo maleza. No tenemos dinero para contratar tractores que limpien las tierras. Sólo tenemos bananos para comer”

Vista aérea de las tierras de cultivos anegadas

Entrega de semillas a una comunidad agrícola aislada

Esa misma noche en Merca, El-Muzamil recibe a cuatro ancianos de la aldea de Sheikh Banane, a varias horas de distancia hacia el interior del país. Explican que su comunidad ha perdido 1 150 hectáreas de maíz debido a las inundaciones causadas por las lluvias incesantes ajenas a la estación, atribuidas a El Niño. Son hombres dignos que nunca antes habían pedido ayuda, pero ahora no tienen remedio: no hay reservas de alimentos ni dinero. Aunque ya se han secado 750 hectáreas y están listas para la siembra, no pueden comprar semillas. ¿Podría ayudar la FAO?

El-Muzamil escucha con cordialidad. La capacidad de la FAO de proporcionar ayuda de urgencia está limitada por la cantidad que la Organización recibe de los países donadores. No puede ayudar a todos los que lo necesitan. ¿Se interesaría la aldea en que la FAO estableciera un programa de crédito que les permitiera comprar las semillas que necesitan ahora y pagando una vez levantada la cosecha? Sí, les interesaría mucho. Y así proceden las negociaciones.

“Otras organizaciones proporcionan ayuda alimentaria inmediata y asistencia sanitaria. En la FAO nos concentramos en la rehabilitación agrícola -explica El-Muzamil-. Hacer que estos campesinos produzcan de nuevo es un medio de alta eficacia desde el punto de vista de los costos para ayudarlos y que sean de nuevo independientes”. En el valle del Río Juba la inundación no se debió tanto a las lluvias en la zona circundante como a las lluvias torrenciales cientos de millas río arriba en Etiopía. El río comenzó a crecer bajo el cielo azul y claro. El trabajador británico de primeros auxilios Peter Rolfe, que trabajaba en la organización italiana Terra Nuova, acaba de llegar para organizar la reparación del puente que cruza el río. “Tres días después el río estaba sumergido bajo un metro de agua y el río se había convertido en un torrente furioso -explica-. De pronto yo estaba transportando alimentos de socorro por barco”.

Al sobrevolar el valle del Juba se advierte la proporción de los daños: gran parte de las tierras agrícolas productivas de la región era la superficie de riego de los márgenes del río. Grandes franjas están sumergidas bajo un metro o más de arena y arcilla, y se han formado arroyos entre las fincas productoras de fruta.

Fuera de Bardhera y otros poblados de los márgenes del Juba, las víctimas de las inundaciones desplazadas se amontonan en patéticos refugios de plástico: unas cuantas ramas y pliegos de plástico desgarrado. Predominan la malaria y la desnutrición. En un charco, los pastores dan de beber a sus camellos, y llenan con cubos unas bateas de cuero porque a estos latosos animales no les gusta entrar en el agua aunque tengan sed. A la sombra de un árbol, un camello yace quejándose, mientras su dueño lo observa. El funcionario local de veterinaria, Hussein Ismail Ahmad, explica cuando ha muerto la bestia: “Luego de las inundaciones muchos animales, en particular camellos y cabras, han muerto de diversas enfermedades, muchas transmitidas por las nubes de mosquitos y otros insectos que pican -afirma-. No pudimos hacer nada. No tenemos medicamentos”. Aren Mohamed Hussein cuida un grupo de siete camellos con su hijo pequeño Mohamed. “Antes tenía 70 -explica-. Pero se han muerto por las enfermedades durante las inundaciones”.

La última solicitud de la FAO a la comunidad de donadores internacionales incluye una petición de más de un millón de dólares EE.UU. para apoyar los servicios veterinarios en Somalia y combatir las enfermedades de los animales. Los somalíes obtienen casi la totalidad de sus divisas de las exportaciones de ganado y no queda duda de que hace falta esa ayuda.

En Buale ocurre algo parecido, río abajo. Como en Bardhera, la FAO está enviando semillas para que las distribuyan las organizaciones no gubernamentales internacionales (ONG) que operan en la zona: World Vision International en Buale, Terra Nuova en Bardhera. Están llegando semillas de cereales a los almacenes, así como de hortalizas. Por ejemplo cebollas y tomates, que solían cultivar los aldeanos, pero también hay nuevas variedades como coles y calabazas, que contribuirían a mejorar la nutrición y a dar variedad al régimen alimenticio, a la vez que mejoraría la seguridad alimentaria de la población.

En la aldea de Buale inunda el aire un martilleo. El herrero local, Gabow Ali Hurre, acaba de obtener un contrato con la FAO para fabricar 3 500 almocafres. Es el primer trabajo pagado que consigue desde las inundaciones. Todos sus parientes parecen estar ayudando: hay hombres martillando y niños soplando fuelles hechos de viejas cámaras de llantas, para mantener encendido el carbón.

De pronto se escucha un disparo. Se suspende el trabajo. Todo el mundo se queda paralizado. Luego otro disparo. Por último se oye una voz y todos descansan: era sólo un miliciano que le disparaba a los cocodrilos detectados cerca de donde las mujeres sacan agua del río. Esos reptiles se han llevado a ocho en las últimas semanas.

Las semillas proporcionadas por la FAO se están utilizando en una situación particularmente peliaguda en el poblado de Merca. Ahí existe un internado de rehabilitación financiado por la Unión Europea para los pistoleros que quieran recuperarse. Es un oasis de calma y orden en un país caótico, donde no se ve una sola pistola. Hay clases de alfabetización y de aritmética para los hombres jóvenes, de los que 60 por ciento llegaron sin saber leer ni escribir tras años de ser milicianos. Se les ofrece la opción de obtener conocimientos agrícolas o de pesca. Hoy un grupo de estudiantes de agricultura está recibiendo instrucción práctica de cómo transportar plantones. Esas manos más habituadas a utilizar rifles y ametralladoras, separan con cuidado las delicadas plantas y las colocan en el suelo.

Hoy en Somalia, aunque las perspectivas de una paz duradera parecieran tan frágiles como esos plantones, el almacén con 150 pistolas entregadas indica que hay esperanzas, por lo menos. No ha abandonado los estudios ninguno de los estudiantes de Merca; muchos expresan una feroz decisión de crear un futuro nuevo y diferente, aunque por el momento, los aviones y los camiones que transportan ayuda de socorro sigan necesitando mucha protección.

Todavía le falta mucho a Somalia para volver a ser un país normal de nuevo.

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