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Historia de dos familias campesinas de Nepal Ambas tienen la decisión de salir de la pobreza, pero sólo una puede lograrlo, gracias a un proyecto forestal de bonificación de tierras degradadas
Una de las familias, a cargo de Thule Biswakarma, ha logrado salir de la pobreza extrema aprovechando al máximo el contrato por 40 años de las tierras conseguidas gracias a un programa forestal de atención a los más pobres de los pobres. Otra familia similar, encabezada por Karma Dhyowag Lama, vive a dos horas de distancia por carretera y lleva una vida todavía más dura, en tierras marginales, del cultivo de patatas y la venta de leña. Ambos casos muestran que con apoyo, los pobres pueden salir de la pobreza, pero sin recursos, su panorama es negativo. El señor Biswakarma, hombre de 45 años de edad, perteneciente a la casta hindú de los intocables, vive en los márgenes de la encantadora aldea de Sirisghari, a 40 kilómetros al este de la capital, Katmandú, con sus cinco hijos y dos hijas. Pese a proceder de un grupo desfavorecido, el señor Biswakarma cuenta con muchas aptitudes. Es herrero y carpintero, y también talla y vende estatuas del templo de las diosas Kali y Durga para ganar unas rupias adicionales. Antes cultivaba patatas en cuatro pequeñas parcelas sin riego. "Era muy difícil tratar de alimentar a todos mis hijos", explica. Como sus tierras sólo bastaban para mantener a su familia durante tres meses al año, el señor Biswakarma se trasladaba a otras partes alejadas de Nepal para trabajar en la construcción de carreteras, y remitía sus ingresos a su familia para sostenerlos. Protección ambiental con ganancias La salvación de la familia Biswakarma y de sus vecinos estaba tan próxima como la desértica montaña a espaldas de sus casas de adobe. Mediante un programa con asistencia de la FAO, los aldeanos comenzaron a sembrar pastos y árboles de crecimiento rápido a fin de proteger la ladera, lo que les ha permitido ampliar su producción de alimentos. Este programa, llamado Arrendamiento forestal para los sectores pobres, cuenta con financiación del Gobierno de Nepal, los Países Bajos y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), y con la asistencia técnica de la FAO. Su objetivo son los sectores marginales de la sociedad nepalesa: las mujeres, las castas inferiores, las minorías étnicas y, especialmente, los campesinos sin tierras o con parcelas insuficientes. Al proporcionarles tierras ociosas mediante arrendamientos por 40 años, los campesinos se animaron a invertir tiempo y esfuerzo en la siembra de pastos y árboles de crecimiento rápido. Las lluvias de los monzones que solían escurrirse por las laderas desérticas hasta el río que recorre el fondo de la montaña hoy se sumen en la vertiente y resurgen en manantiales, canalizados a través de las parcelas cuidadosamente atendidas de patatas, mostaza y cebollas. Los participantes están criando variedades ganaderas mejoradas que alimentan con los pastos recogidos de sus propias tierras. Estos campesinos ya han comenzado a formar un fondo rotatorio para financiar la mejora de sus viviendas. "Pude comprar más tierras con los ingresos de la venta de mis hortalizas excedentes, y ya somos autosuficientes en alimentos durante ocho meses del año", explica el señor Biswakarma.
Una desventaja de la silvicultura arrendataria es su costo por familia participante, más elevado que otras formas de actividad forestal de participación, como la silvicultura comunitaria. Por eso, dice Frits Ohler, asesor técnico de la FAO en el programa de arrendamiento, "el arrendamiento forestal debería ponderarse como medio para mitigar la pobreza, y sólo como segunda opción para restablecimiento forestal". Mitigar la pobreza es el principal objetivo de la política del Gobierno del Nepal, lo que explica su entusiasmo por la silvicultura arrendataria, enfoque que ayuda a los miembros más pobres de las aldeas, excluidos actualmente de las principales actividades de desarrollo. Aunque no se trata de una panacea para la pobreza rural, el arrendamiento forestal ha venido ayudando a los pobres con tan buenos resultados que el Gobierno desea ampliar el programa al resto del país. La pobreza rural: sin salida La familia de Karma Dhyowag Lama vive en condiciones más difíciles. Residen a dos horas más hacia el oriente, a la orilla de una solitaria carretera de una montaña a 2 000 metros de altura, en una zona cubierta de nieve en el invierno. El señor Lama, su esposa, sus cinco hijas y un hijo son tan pobres que en las gélidas noches invernales duermen en el piso de tierra, amontonados alrededor de una fogata en el sótano de su casa, donde entra menos viento. Sólo pueden recoger una cosecha al año de sus tierras de mala calidad, en comparación con las tres cosechas anuales de los campesinos de las zonas bajas del valle. La familia cuenta, por lo menos, con algunos animales que proporcionan estiércol, con el que forman un abono con hojas del bosque para fertilizar las tierras. El señor Lama lleva a la cadera un afilado cuchillo gurka en una funda de madera, con sus bueyes ara su parcela de casi una hectárea, repartida en distintos niveles de la empinada ladera desde la que se ven las cumbres de los Himalaya. Se esfuerza por sacar las mejores ganancias mediante la producción, por ejemplo, de entre cuatro y ocho kilos anuales de miel de una colmena colocada a un lado de su casa. Tiene la suerte de vivir cerca de una carretera, lo que le permite, como a muchos otros nepaleses, vender leña recogida en sus tierras a los automóviles y camiones que pasan por ahí. Pero su parcela sólo puede mantener a su familia durante seis meses al año, y el señor Lama tiene que recorrer el país en busca de trabajo en la construcción de carreteras durante los otros seis meses. "Me estoy haciendo viejo -dice el señor Lama, de 48 años de edad-. Nuestra vida es difícil y no parece que vaya a mejorar. Así están las cosas". 9 de enero de 2002
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