Salvar la Tierra


Las modernas prácticas agrícolas, en particular la labranza, están comprometiendo la fertilidad del suelo. La agricultura de conservación puede detener e invertir el daño

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Campo en Santa Catarina, Brasil.
Haga clic en la fotografía para ver un clip de agricultura de conservación en Brasil.

En todo el mundo, la agricultura atraviesa una silenciosa crisis: la tierra misma produce menos. La fertilidad del suelo ha disminuido alrededor del 13% entre 1945 y 1990, según un estudio realizado en 1994. Este promedio mundial oculta las cifras mucho más graves que corresponden a Centroamérica (37%) y África (25%). La labranza mecanizada, o arado, tiene la responsabilidad en gran medida.

Pero hay una estrategia capaz de impedir, y aun invertir, gran parte del daño: la agricultura de conservación. Recientemente se reunieron en Madrid agricultores, investigadores y personal de extensión agrícola, en el Congreso Mundial sobre Agricultura de Conservación, organizado conjuntamente por la FAO y la Federación Europea de Agricultura de Conservación (ECAF), con el propósito de promover este método de producción agrícola, que sigue la tendencia de la agricultura sin o con muy poca labranza. Esta técnica consiste en dejar los residuos de los cultivos en el suelo, para protegerlo del viento, alentar la actividad biológica y crear materia orgánica en el mismo.

"La agricultura de conservación protege el suelo de la erosión del viento y el agua -explica Theodor Friedrich, de la Subdirección de Ingeniería Agrícola de la FAO-. Al quedar en la superficie los residuos de los cultivos, el suelo se mantiene vivo. Así se forma una estructura permeable, que permite al agua llegar a las raíces en provecho de los cultivos, en vez de escurrirse por la superficie y arrastrar consigo el suelo".

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Labranza con tractor. Tierras muy erosionadas al fondo.
(FAO/19376/R. Jones)

No es lo mismo que la agricultura orgánica, explica. "Aunque ambas se orientan, por lo menos en parte, a la conservación del medio ambiente y pueden practicarse juntas".

Iniciada en los Estados Unidos a fines del decenio de 1970, la agricultura de conservación fue una reacción a la erosión y a los problemas de fertilidad del suelo que iban en aumento, así como al ascenso acelerado de los precios de los combustibles, tras el conflicto de 1973 en el Medio Oriente. Estos factores hacían de la labranza una práctica costosa.

"Los Estados Unidos siguen a la vanguardia de la agricultura de conservación, con cerca de una tercera parte de las 60 millones de hectáreas de tierras agrícolas cultivadas de esta manera a nivel mundial-afirma el Dr. Friedrich-. Pero el crecimiento más dinámico se observa en América del Sur, donde actualmente existe una superficie de la misma extensión que se cultiva con este método". La mayor parte de estas tierras están en el sur del Brasil y en Argentina, así como en Paraguay, donde la agricultura de conservación ya puede estarse practicando en la mitad de las tierras de cultivo.

La FAO comenzó a apoyar la agricultura de conservación en 1987, trabajando con asociaciones de agricultores de América del Sur que poco después comenzaron a adoptar esta técnica. Desde 1990, la superficie cultivada con este método en esa región se ha extendido aceleradamente.

"Para los agricultores sudamericanos, la agricultura de conservación fue una cuestión de supervivencia -explica el Dr. José Benites, otro defensor de la FAO de este método-. La agricultura mecanizada moderna repercutió con gran fuerza en el estado de Santa Catarina, en el Brasil, en la década de 1970, con grandes incrementos de la producción... por un tiempo. Después, en los años ochenta, la naturaleza pasó la factura, en forma de erosión, pérdida de fertilidad del suelo y disminución de las cosechas. Para muchos agricultores de ese estado, se trataba simplemente de elegir entre conservación del suelo o morir de hambre".

Erosión y agotamiento: los viejos enemigos

La degradación del suelo no es una novedad. Los antiguos romanos agotaron a tal grado los suelos de gran parte de Italia, que tuvieron que depender de las importaciones de cereales del Norte de África, donde también agotaron gran parte de las tierras.

El caso más espectacular del que se tenga memoria fue la gran polvareda de la década de 1930 en las grandes llanuras del sur de los Estados Unidos. En el siglo XX se había arado los pastizales para cultivar trigo, pero este cultivo no protegía del viento y el suelo se secó y pulverizó, efecto agravado por las pezuñas del ganado que ahí pastaba después de la primera Guerra Mundial. Finalmente, una intensa sequía en ese decenio dejó la tierra tan vulnerable que una sola tormenta que hubo en 1934 se llevó 318 millones de toneladas de suelo. En ese decenio se dañaron alrededor de 20 millones de hectáreas, lo que hubiera podido evitarse con un régimen de labranza cero y dejando una cubierta de residuos de los cultivos.

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Una intensa erosión amenaza las tierras y los cultivos de este agricultor
(FAO/19367/R. Jones)

"Los agricultores aran por diversos motivos &endash;explica el Dr. Benites-. Una de las principales es para remover el suelo, dejar que penetre el aire y se inicie la actividad biológica, especialmente después del invierno. La labranza también sirve para dejar entrar el agua en el suelo, y para eliminar los residuos de las cosechas, a fin de preparar las tierras para la nueva siembra. Pero, a menudo, el efecto es exactamente el contrario de lo que se pretendía".

La presencia de materia orgánica -residuos vegetales, como las raíces muertas de los anteriores cultivos- y la biota del suelo &endash;los organismos vivos, desde los microbios hasta los topos- le da estructura al suelo amasándolo. Pero la labranza expone la materia orgánica del suelo al aire y se pudre. A falta de esta materia, el suelo se desintegra y el viento puede llevárselo, además de que se compacta, especialmente si se pasa por encima un tractor pesado. Entonces ya no puede penetrar el agua y se escurre por la superficie, llevándose parte del suelo, e impidiendo que las raíces reciban suficiente agua.

Función de la agricultura de conservación

El reto no sólo consiste en conservar la fertilidad, sino en restablecerla. La agricultura de conservación deja los residuos de los cultivos en la superficie del suelo, éstos lo protegen del viento y los escurrimientos, reducen la evaporación de la humedad y "nutren" la actividad biológica.

Las cosechas aumentan porque los cultivos cuentan con más nutrientes y agua. Y se ahorra mucho en combustible y mano de obra cuando no se aran las tierras. Hace algunos años, la FAO calculó que la agricultura de conservación podía reducir 27 dólares EE UU en Argentina el costo de la producción de soya por acre, 14 dólares EE UU en los Estados Unidos y 11 dólares EE UU en Brasil.

Pasados unos años, los beneficios pueden ser:

  • incrementos espectaculares de las cosechas
  • considerable ahorro de agua de riego
  • cosechas más estables
  • menor pérdida de la capa superficial
  • ahorro de gastos en energía por no arar las tierras
  • menos escurrimientos, que reducen las inundaciones y la contaminación de los ríos con sustancias químicas
  • mejores reservas locales de agua por reducción de los escurrimientos (en algunos casos han renacido manantiales secos desde hacía mucho tiempo)
  • menor sedimentación en los cauces de agua.

Entonces ¿cuál es el problema?

Que los agricultores también aran para preparar las tierras para las semillas y encontrar y eliminar las plagas y enfermedades. Con la agricultura de conservación, es necesario comprar o adaptar otro tipo de equipo para sembrar. Este método agrícola también reduce al mínimo la utilización de plaguicidas químicos, de modo que los agricultores deben aprender a combatir las plagas y las enfermedades mediante el manejo integrado de plagas (MIP), que hace énfasis en la utilización de los enemigos naturales de las plagas. Esto toma tiempo y las plagas y enfermedades ya no se controlan con el arado. Así que cuando los agricultores comienzan a adoptar la agricultura de conservación, suelen necesitar más herbicida, en vez de menos. Pero pasados algunos años, las ganancias obtenidas con este método deberían cancelar los costos extras. Y más adelante el MIP permitirá al agricultor reducir mucho la utilización de herbicidas, o prescindir de éstos por completo.

La agricultura de conservación tiene otro efecto conveniente. Las plantas están formadas en gran parte de carbono, y al pudrirse o quemarse, liberan bióxido de carbono, el gas más importante de los que producen el efecto invernadero, que contribuye al cambio climático. Con una mejor gestión, las tierras agrícolas de todo el mundo pueden devolver este carbono al suelo, como materia orgánica, proceso denominado "fijación de carbono".

La Conferencia celebrada en Madrid convocó el apoyo de las organizaciones internacionales para elaborar métodos que ayuden a los agricultores a beneficiarse económicamente cuando contribuyan a la fijación del carbono.

La conferencia también hizo otras propuestas:

  • Que haya una transferencia mayor de conocimientos entre los países del sur, y del sur al norte.
  • Que los sectores privado y público y las ONG participen en colaboración con los agricultores, a fin de elaborar las tecnologías necesarias: de información, en materia de sustancias químicas y de maquinaria.
  • Que el sector público ayude a llevar a la práctica y promover la agricultura de conservación.

Muchos agricultores ya están practicando la agricultura de conservación. Pero hará falta la participación internacional para asegurar que se desarrolle plenamente.

8 de noviembre de 2001

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