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Incrementar la resiliencia de los medios de vida ante las catástrofes

Cada año millones de personas que dependen de la producción, la comercialización y el consumo de cultivos, ganado, pescado, bosques y otros recursos naturales se enfrentan a catástrofes y crisis que pueden sobrevenir repentinamente, como un terremoto o un golpe de estado violento, o producirse lentamente, como los ciclos de inundaciones y sequías. Pueden darse como un suceso aislado, uno puede desencadenar otro, o pueden converger e interactuar varios sucesos a la vez y generar efectos en cascada y magnificados. Estas situaciones de emergencia ponen en peligro la producción de alimentos y el acceso a los mismos a escala local, nacional y, en ocasiones, regional y mundial.

Las amenazas y crisis pueden clasificarse de la siguiente manera:

  • catástrofes naturales;
  • emergencias en la cadena alimentaria (p. ej., plagas y enfermedades transfronterizas de plantas, bosques, animales, acuáticas y zoonóticas, incidentes relacionados con la inocuidad de los alimentos, emergencias radiológicas y nucleares, roturas de presas, contaminación industrial, vertidos de petróleo y similares);
  • crisis socioeconómicas (como la crisis de precios de los alimentos de 2008 y las más recientes crisis financieras);
  • conflictos violentos (conflictos civiles, cambios de régimen, conflictos entre estados, guerras civiles, etc.);
  • crisis prolongadas (emergencias complejas y prolongadas que combinan dos o más aspectos de las mencionadas con anterioridad).

La naturaleza, la frecuencia, la intensidad, la combinación y la duración de las catástrofes y las crisis influyen en el tipo y la escala de las consecuencias que tienen en los distintos grupos y en los ecosistemas frágiles. Asimismo, las consecuencias de las catástrofes y las crisis dependen de factores como el género, la edad, el nivel de educación y de conocimientos, la posición socioeconómica, la cultura, la capacidad institucional y otros factores que rigen los riesgos y el acceso a los recursos.

Los países en situación de crisis prolongada necesitan que se les preste especial atención, dada la función excepcional que desempeñan la agricultura, los recursos naturales y la economía rural en la supervivencia de las personas, así como el daño que las crisis prolongadas causan a los sistemas alimentarios y agrícolas.

Los pobres de las zonas rurales y urbanas se ven afectados desproporcionadamente y la incapacidad de las familias, las comunidades y las instituciones de prever y absorber las crisis y las catástrofes y de adaptarse o recuperarse de las mismas a tiempo y de forma eficiente y sostenible son la esencia de la labor de la FAO en este ámbito. Una resiliencia débil desencadena una espiral descendente: se comprometen y, en ocasiones, se destruyen, los medios de vida de las familias y los beneficios del desarrollo en el ámbito nacional que se ha tardado años en obtener.

Fomentar la resiliencia

La labor de la FAO se centra en crear, proteger y recuperar medios de vida sostenibles de forma que la integridad de las sociedades que dependen de la agricultura, la ganadería, la pesca, los bosques y otros recursos naturales no se vea amenazada por las crisis. Emplea un enfoque de doble componente que, por un lado adopta iniciativas inmediatas con el fin de proteger y respaldar la agricultura, la alimentación y la nutrición y, por otro, aborda a más plazo largo los factores subyacentes que determinan los riesgos, las catástrofes y las crisis. Para mejorar la resiliencia también es necesario que haya más voluntad política, inversión, coordinación, conocimientos técnicos, capacidades, innovación y responsabilidad compartida para que los países, las autoridades locales, las comunidades, la sociedad civil, el sector privado, el ámbito académico y la comunidad internacional reduzcan los riesgos de catástrofes y gestionen las crisis. Son esenciales cuatro componentes principales complementarios y multisectoriales a nivel mundial, regional y nacional:

1.      Potenciar el entorno: es necesario reforzar las capacidades de los países para la gestión de riesgos y crisis o de “gobernanza del riesgo” para la agricultura, la alimentación y la nutrición, es decir, la prevención, la preparación, la mitigación, la respuesta, la recuperación y la rehabilitación.

2.      Vigilar para proteger: son necesarias mejoras continuas en la gestión de la información, la alerta temprana, el análisis de riesgos y los sistemas de vigilancia de los riesgos múltiples para la agricultura, la alimentación y la nutrición (incluyendo la seguridad alimentaria y la inocuidad de los alimentos) de tal manera que se den alertas más oportunas, precisas y sobre las que se pueda actuar.

3.      Aplicar medidas de reducción de los riesgos de catástrofes: si bien los peligros son inevitables, no tienen por qué acabar en catástrofe. Las catástrofes pueden prevenirse y mitigarse aplicando sistemáticamente buenas prácticas de reducción del riesgo antes, durante y después de las crisis en beneficio de la agricultura, la alimentación y la nutrición.

4.      Prepararse y responder: cuando las capacidades de las personas se ven abrumadas por las situaciones de crisis, es necesario que puedan contar con respuestas de emergencia eficaces a nivel local, nacional e internacional. Entre estas cabe citar la preparación y la asistencia humanitaria, especialmente la protección de los medios de vida, la reconstrucción de activos y otras formas de protección social adaptada con el fin de ayudar a las poblaciones “en riesgo”.

La resiliencia requiere una mayor coherencia e integración de las estrategias humanitarias, de desarrollo y de inversión para respaldar las instituciones locales y nacionales, con el apoyo de un sistema mundial eficaz de agentes coordinados.