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An opinion article by FAO-Director General José Graziano da Silva

Guardianas de la vida y de la tierra
Publicado originalmente el 07 de marzo 2013, Valor Econômico

En el mundo entero, y en particular en las regiones más pobres del planeta, las mujeres personifican la fuerza de la vida que se renueva diariamente superando todas las adversidades.

Derrotar el hambre que padecen millones de mujeres (las cuales componen el 43% de la fuerza de trabajo agrícola de los países en desarrollo) no es un meta distante, sino una obligación urgente y cotidiana.

Las mujeres son anónimas voluntarias en esta guerra contra el hambre, que busca superar la carencia de alimentos que afecta a uno de cada ocho habitantes del planeta, cerca de 870 millones de seres humanos. Se trata de la más devastadora de todas las guerras aunque – paradójicamente– es la de más fácil solución en nuestro tiempo.

Todos los años, el hambre mata a más seres humanos que el SIDA, la malaria y la tuberculosis juntas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).En los países en desarrollo, el 30% de la mortalidad infantil en los primeros cinco años de vida tiene su origen en la desnutrición.

De las mujeres depende, en gran medida, que en las mesas de millones de hogares en todo el mundo estén los alimentos necesarios. A los gobiernos e instituciones de cooperación internacional cabe otorgarles a las mujeres el empoderamiento que corresponde a ese protagonismo.

Dotadas de las herramientas, los derechos, las políticas y los recursos necesarios, las mujeres se vuelven salvaguardias incansable de la seguridad alimentaria, cumpliendo un rol insustituible.

Desde la gestación de los niños en el vientre materno, la mujer actúa como la gran centinela, combatiendo en la primera línea de la lucha por la justicia social. Los primeros mil días de la vida de un niño o una niña, el periodo desde su gestación y los dos años de edad, marcan para siempre su desarrollo futuro.

Este periodo es dónde se puede hacer la mayor diferencia, para bien o para mal, en los números del hambre que hoy incluyen a 2,5 millones de niños y niñas que padecen todos los años atrapados en las redes del hambre y las pobreza.

Ningún programa serio de combate a la pobreza y la desigualdad podrá ser exitoso si no incorpora como su aliado a quienes son el sostén de la seguridad alimentaria en cualquier sociedad: las mujeres 

Comenzando en el vientre y en la leche materna, pasando luego a las primeras frutas, cereales y comidas, la nutrición humana se conecta la riqueza de la naturaleza y del uso que la sociedad hace de ella a través del generoso cordón umbilical femenino.

Poner alimentos en la mesa familiar, allí donde muchas veces la oferta es escasa y los alimentos son caros, requiere extender el instinto maternal al trabajo mismo de la tierra, aprovechando la intimidad natural que las mujeres comparten con los ciclos de la naturaleza.

En el gigantesco continente africano es donde se enfrenta la principal batalla contra el hambre en el siglo 21: cerca de 240 millones de personas sufren hambre en África, la mayor proporción de hambrientos del mundo relativo a su población total. Y es en el espacio rural, donde vive el 60% de los africanos, donde la lucha contra esta tragedia halla sus frentes decisivos. Las mujeres son las jefes de hogar en una de cada cuatro viviendas rurales en África. En el sur de dicho continente esa participación se eleva al 45%.

Las guerras y los conflictos étnicos, las migraciones y los desastres ambientales aumentaron la presencia y el peso de las mujeres en la fuerza laboral agrícola en los últimos años. En el norte de África, desde 1980 hubo un crecimiento en la participación laboral de las mujeres en la agricultura desde el 30% al 43%. En algunos países pasaron a ser mayoría, como en Lesoto, donde más del 65% de quienes trabajan la tierra son mujeres.

El aumento de sus responsabilidades laborales significa a veces un doble y hasta un triple esfuerzo para las mujeres, quienes trabajan en el campo, en sus hogares y en sus comunidades, cumpliendo diversas funciones y muchas veces siendo el principal sostén económico. Esta carga múltiple (laboral-doméstica-comunitaria) no siempre es reconocida ni valorada, y con frecuencia se convierten en frenos al empoderamiento de la mujer en sus sociedades.

En el suelo africano, como en otras tierras alejadas del mundo, el día de las mujeres comienza junto al fuego y con los pies en el campo. La mano que siembra es la misma que recoge la cosecha, la que entrega la primera comida los niños y el forraje a los animales.

En muchos casos, ellas también son quienes traen los preciados refuerzos que fortalecen la dieta y la economía de un hogar, produciendo queso, artesanías, introduciendo nuevas semillas, recolectando miel– gestos y productos que suplementan los presupuestos apretados y las dietas empobrecidas cuyo única factor constante es la escasez.

Es imprescindible proteger la niñez, manteniendo los hogares a flote, especialmente en las regiones más pobres donde niños y adolescentes se hunden precozmente en el remolino de la lucha por la supervivencia: más de 61 millones de niñas de entre cinco y catorce años trabajan en la agricultura actualmente, según la OIT.

Sin embargo, paradójicamente, en todo el planeta las mujeres tienen menor acceso a la propiedad jurídica de la tierra, lo que afecta su acceso al crédito y a los insumos necesarios para maximizar el aporte ya de por si superlativo que hacen las mujeres a las cadena alimentaria.

Cerrar la brecha de género y equiparar estos derechos en la agricultura de los países más vulnerables es una de las más importantes políticas de seguridad alimentaria que deben ser implementadas por los gobiernos y las instituciones que se dedican a la cooperación internacional.

Que los Estados comprendan el papel central que la mujer juega en el desarrollo económico y social constituye uno de los pasos más importantes en la lucha contra el hambre. Y se debe trabajar por lograr el consenso político necesario para dotarlas de los instrumentos y derechos correspondientes. No solamente para la lucha contra el hambre, sino debido al rol que tienen las mujeres para estimular sociedad más pacíficas, fomentando la cooperación, la solidaridad y la seguridad, aún bajo las condiciones más adversas, en países pobres y en desarrollo, y en zonas de conflicto.

José Graziano da Silva, Director General de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura