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Allocutions du directeur général de la FAO José Graziano da Silva
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Discurso de agradecimiento del Director General de la FAO:

Esta Universidad es una de las más antiguas de este país, con más de 160 años de existencia, y que desde sus orígenes ha tenido por norte adaptar sus enseñanzas a las necesidades de la población y orientar a sus estudiantes hacia especialidades que son de interés para la sociedad.

En esta Universidad se combina el estudio académico con la experiencia de trabajo de campo, amalgama imprescindible para la formación de agrónomos y veterinarios de primera calidad.

Mi vida académica y profesional empezó en un ambiente así, por esto me siento en casa y es con inmenso orgullo que recibo este título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Ciencias Agrícolas y Medicina Veterinaria de Bucarest.

Un homenaje a una persona es siempre un reconocimiento a las ideas y a las causas a las que dedicó su vida.

En mi caso, este reconocimiento va a las causas del desarrollo rural y de la lucha contra el hambre.

Y yo quisiera compartir esta distinción con todos aquellos que tambien se han dedicado a estas luchas. En especial, aquellos que hoy me acompañan en esta labor en la FAO y a aquellos que antes estuvieron a mi lado.

También deseo rendir mi homenaje personal a todos los colegas docentes de esta Universidad por su noble trabajo de formar a las mujeres y a los hombres que harán posible que la humanidad pueda enfrentar con éxito dos de los grandes desafíos del Siglo 21: erradicar el hambre y la pobreza extrema y lograr un desarrollo sostenible e inclusivo.

Estos son retos que caminan juntos. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio lo dejaron en evidencia.

Establecer la erradicación del hambre y de la pobreza extrema como primer objetivo tiene su lógica: ese es el engranaje que mueve todos los demás objetivos.

En la Conferencia Río+20, esta centralidad fue reafirmada. Decimos: no hay desarrollo sostenible mientras millones de personas se queden atrás, excluidas de una vida digna por sufrir hambre y vivir en
pobreza extrema.

Hace pocos días el Panel Intergubernamental de Cambio Climático, IPCC por sus siglas en ingles, difundió su nuevo informe y, una vez más, eses temas coparon los titulares de los medios.

El informe del IPCC da una idea de los retos a los que el mundo y la FAO enfrentan. Debemos ser capaces de responder a ellos.

Para la FAO, esto significa ajustar su manera histórica de actuar, incorporando los retos de hoy.

Nuestros objetivos siguen iguales a los definidos en nuestra fundación: erradicar el hambre y promover el desarrollo agrícola y rural sostenible.

Sin embargo los obstáculos son otros. Hoy sabemos, por ejemplo, que simplemente aumentar la producción de alimentos no es suficiente para erradicar el hambre.

También debemos reforzar la protección social.

Ella se torna más y más necesaria para que los más vulnerables tengan un sostén mínimo mientras desarrollan sus propias capacidades productivas para sostenerse por sí solos.

Y el cambio climático siquiera era un tema hace unas pocas décadas.

El contexto en que actuamos y los actores también cambiaron. La FAO es la agencia especializada de ONU pero sabemos que, solos, no iremos lejos.

Voluntad política es la fundación sobre la cual debemos construir el futuro que queremos. Sin embargo, es el conjunto de la sociedad que sostiene e impulsan los gobiernos en trabajar por esa meta.

Necesitamos alianzas. Con gobiernos, con comunidades locales, con la sociedad civil, con el sector privado y con la academia.

La academia juega un rol fundamental.

Necesitamos de su conocimiento, de su discernimiento, de su autoridad intelectual, de su capacidade de identificar problemas y maneras de superarlos, y de diseminar tecnologías y conocimiento que deben acompañar la decisión política de erradicar el hambre y caminar en dirección a un mondo sostenible.

En este marco, la FAO está sinceramente interesada en ampliar los canales de participación y alianzas con las instituciones académicas.

Por este motivo, hoy en que se me confiere la más alta distinción académica que una persona puede aspirar a obtener en una Universidad, pido licencia para convocarlos a establecer una alianza de colaboración estrecha entre esta Casa de estudios y la FAO, con el objeto de empeñarnos juntos en encarar los desafíos que la humanidad enfrenta en esta difícil época de cambios que nos ha tocado vivir.

Señoras y señores,

El hambre es un problema que puede y debe ser resuelto.

Este convencimiento surge de mi experiencia de vida tanto en la academia, como en la reflexión intelectual, en el compromiso político en mi país, y en la experiencia internacional acumulada en la última década.

Permítanme hacer dos reflexiones a partir de lo que aprendí y que estimo ser útil para pensar los desafíos que tenemos.

Una primera reflexión es sobre el valor del trabajo académico en este esfuerzo, y la necesidad de conectarlo al mundo real.

Revisando buena parte de los trabajos que he escrito no he encontrado ninguna idea que hubiese nacido por sí sola, al margen del diálogo con nuestros predecesores y con los contemporáneos de la teoría y de la acción.

La vida académica es un ejercicio de humildad auditiva y de valentía intelectual, valores de los cuales extraigo una recomendación básica para mis alumnos: una idea nunca estará suficientemente pronta sin la incubación adecuada en la realidad de lo cotidiano de nuestras vidas.

Y no debemos nunca olvidar que necesitan probar que pertenecen al mundo a través de la acción. Y para ello necesitan romper el enclaustramiento del ambiente académico.

Así es como yo entiendo que debe ser la universidad: una instancia de reflexión y de desarrollo de ideas puestas al servicio del bien común.

Debemos enorgullecernos, sin falsa modestia, cuando conseguimos añadir al menos un ladrillo a la construcción colectiva de ese interminable tejido que es el conocimiento, y que sirva para construir puentes entre las ideas y la práctica social.

La segunda reflexión que quiero compartir con ustedes es sobre las enseñanzas que aprendí en mi vida intelectual y política en mi país, que fortalecen mi convicción de que es posible erradicar el hambre en el mundo.

Y no puedo dejar de contar aquí como se gestó y como hicimos “Hambre Cero”, programa cuya implementación me tocó liderar como Ministro de Seguridad Alimentaria de Brasil.

“Hambre Cero” era el compromiso con la seguridad alimentaria y la inclusión social de millones de brasileños.

Tratamos el hambre como un problema político y no como una fatalidad del destino o de la naturaleza.

Lula venció la elección presidencial brasileña en el 2002 y llegó al gobierno del país con el desafío de traducir sus compromisos en políticas públicas.

Osamos y conseguimos colocar la lucha contra el hambre como la más elevada prioridad del nuestro Gobierno.

Y hoy me siento orgulloso de la semilla plantada en ese tiempo pionero, cuyos frutos se encuentran al alcance de las manos y de la mesa de millones de brasileños: más de 40 millones de personas han abandonado la pobreza en mi país desde 2003.

Más de 14 millones de hogares están incorporados al abrigo de decenas de políticas sociales.

La agricultura familiar tendrá un volumen de crédito subsidiado del orden de US$ 10 mil millones de dólares este año.

Las leyes aseguran demanda para las cosechas de los pequeños productores; una de ellas obliga a comprar a la agricultura local el 30% de las meriendas escolares.

Colocar la economía al servicio de la sociedad y permitir que sus sectores más pobres y sus regiones más olvidadas participen de ese esfuerzo es el hilo de continuidad que vincula nuestros sueños y agendas hoy en la FAO, con los ideales e inquietudes de ayer, en esta construcción todavía inconclusa.

La experiencia de Brasil nos permite extraer varias lecciones, y con eso avanzo hacia la conclusión de mi ponencia.

Brasil, y muchos otros países, muestran que es posible erradicar el hambre.

En Brasil, el camino elegido juntó el apoyo a la producción del pequeño productor a la protección social, buscando también elevar los patrones de vida de la populación aumentando el sueldo mínimo y haciendo el crecimiento más inclusivo.

Permítame recordar que el 2014 celebramos el Año Internacional de la Agricultura Familiar y que cerca del 70 por ciento de la populación que vive en inseguridad alimentaria está concentrada en las áreas rurales de los países en desarrollo.

Es decir, aquellos mismos responsables por la producción de alimentos en grandes partes del mundo también son los más vulnerables al hambre. Por lo tanto, apoyarlos es central a la seguridad alimentaria.

Y cuando logramos combinar este apoyo a la producción del agricultor familiar con el consumo en las comunidades, logramos beneficios que van más allá de sus própios limites y generan circulos virtuosos que promoven el desarrollo local.

Estoy hablando, por ejemplo, de la vinculación entre agricultura familiar y alimentación escolar o con programas de transferencias de ingresos que permitan a las familias pobres comprar localmente los alimentos que necesitan.

Esta combinacón entre el mundo productivo y social funcionó en Brasil, pero no fue una invención de mi país.

La cuestión es: se puede erradicar el hambre, pero no existen soluciones mágicas o que puedan ser simplemente copiadas y replicadas en otros países. Aprendamos unos de los otros y adaptemos lo que sea relevante.

Señoras y señores,

Transformar en realidad el sueño de un un mundo sin hambre y sostenible fue el desafío que me llevó a transitar de la libertad académica al compromiso con la vida pública.

Después de una larga trayectoria en Brasil y América Latina y el Caribe, asumir en enero de 2012 la dirección de la FAO fue una consecuencia lógica de esa voluntad.

Encaro esta responsabilidad como parte de un esfuerzo histórico; un esfuerzo de energías públicas y privadas; de una militancia universal y humanista; de una asociación entre la acción y la reflexión, entre la vida intelectual y la práctica social, entre los que sueñan porque sufren y los que sufren porque sueñan.

Más de uno podrá pensar que lo que he planteado es una ilusión.

Pero no hay que olvidar que la ilusión no es un simple sueño. Tener ilusión es estar convencido de que incluso lo que nos parece imposible es realizable, “si nuestra cabeza refleja el suelo que pisamos”.

Muchas gracias.