Mozambique

RESUMEN

La guerra civil que siguió a la independencia de la República de Mozambique asoló el país entre 1977 y 1992, devastó las infraestructuras, destruyó los medios de vida y obstaculizó seriamente la producción agrícola y el desarrollo económico. No obstante, Mozambique es un ejemplo positivo de recuperación económica tras un conflicto, si bien sigue estando atrás por lo que se refiere al desarrollo humano y la pobreza. Mozambique se ve gravemente afectado por la pandemia del VIH/SIDA, lo cual compromete el progreso social y económico que el país se esfuerza por alcanzar.

La República de Mozambique es un país con un elevado potencial agrícola aún infrautilizado. La mayor parte de la producción agrícola se concentra en las provincias septentrional y central, donde el clima es más favorable. La producción agrícola ha experimentado una importante mejora desde el fin de la guerra gracias a las políticas de fomento, al retorno de los emigrantes y a las sustanciales entradas recibidas en concepto de ayuda. En consecuencia, los envíos de ayuda alimentaria, antes muy numerosos, han disminuido. Actualmente un tercio del suministro de cereales depende todavía de las importaciones.

En las zonas rurales, donde vive la mayoría de la población, el principal obstáculo para la seguridad alimentaria es el acceso físico a los alimentos, ya que las infraestructuras del país, tanto los mercados como las carreteras, quedaron destruidas durante la guerra civil. En las zonas urbanas, el acceso económico a los alimentos constituye un problema importante, en particular en momentos de alza de precios de los alimentos. La producción agrícola sufre regularmente los efectos de perturbaciones naturales como las inundaciones (en especial en el valle Zambezi) y las sequías (en las provincias meridional y central).

La dieta de Mozambique consiste fundamentalmente en yuca, un alimento básico con un bajo contenido en proteínas, en el norte del país, y en maíz en el centro y el sur. Los hogares urbanos consumen en su mayor parte maíz y trigo importado. A excepción de las hortalizas de hoja verde con las que se acompañan a menudo los alimentos básicos, el suministro de alimentos ricos en micronutrientes (otras hortalizas, frutas y alimentos de origen animal) es sumamente bajo. En las zonas urbanas, donde la comida que se compra en los puestos ambulantes, los aperitivos y los alimentos ricos en azúcar son cada vez más comunes, la transición nutricional está en marcha. Los cereales y las raíces feculentas representan casi el 80 por ciento del suministro de energía alimentaria. Este escasísimo nivel de diversificación alimentaria no ha mejorado en los últimos 40 años y es hoy en día el más bajo de la región. Además de ser muy poco diversificada y, en consecuencia, extremadamente pobre en proteínas y micronutrientes, la dieta no proporciona la energía suficiente para satisfacer las necesidades energéticas de la población. La prevalencia de la subnutrición llegó a situarse en un 38 por ciento en el período comprendido entre 2005 y 2007.

Mientras la prevalencia de la emaciación (malnutrición grave) es baja, la del retraso del crecimiento (malnutrición crónica) sigue situada a un nivel muy alto (44 por ciento en niños de menos de cinco años en 2008), si bien puede observarse un descenso. La malnutrición crónica está más extendida en las provincias del norte, donde la inseguridad alimentaria crónica es común y el acceso a los servicios de salud, el agua, el saneamiento y la educación está más limitado que en el sur. La prevalencia del retraso del crecimiento, ya alta en los niños de menos de 6 meses, aumenta vertiginosamente durante los dos primeros años de vida, debido principalmente a las inadecuadas prácticas de alimentación, en especial por lo que se refiere a la lactancia materna exclusiva. La alimentación complementaria se suministra, en general, de manera oportuna pero carece de diversidad y es particularmente pobre en alimentos de origen animal. Entre las madres, la prevalencia de la carencia energética crónica disminuyó entre 1997 y 2003, mientras que la prevalencia del sobrepeso y de la obesidad aumentó. En 2003 la prevalencia del sobrepeso y la obesidad era tres veces más alta en las zonas urbanas que en las rurales, signo de la transición nutricional actualmente en curso en las ciudades.

La carencia de yodo era aún un problema de salud pública, si bien de carácter leve, en 2004, sobre todo en las zonas septentrionales del país que se corresponden con aquellas donde la yuca (un alimento bociógeno) es el alimento básico fundamental. En el año 2000 se decidió llevar a cabo la yodación universal de la sal, pero es necesario reforzar fuertemente la implementación de esta medida: solo la cuarta parte de los hogares consumía sal adecuadamente yodada en 2008, con marcadas disparidades regionales. En 2001 2002, la carencia de vitamina A constituía un grave problema de salud pública para los niños; como respuesta, entre 2003 y 2008 se extendió la cobertura de la suplementación de vitamina A para llegar hasta el 72 por ciento de los niños. Entre las mujeres, la carencia de vitamina A era también un problema de salud pública pero la cobertura de la suplementación era muy baja. La anemia por carencia de hierro representa un grave problema de salud pública tanto para los niños como para sus madres y la suplementación de hierro entre las mujeres embarazadas sigue siendo insuficiente, en particular en las zonas rurales.

Las importantes carencias de micronutrientes de la población están directamente vinculadas con una dieta extremadamente pobre en micronutrientes. Si bien es necesario reforzar aún más las medidas a corto plazo como la suplementación, es imprescindible también invertir urgentemente en estrategias sostenibles basadas en los alimentos para combatir la malnutrición crónica y las carencias en micronutrientes. Mejorar el estado nutricional de los niños de corta edad requiere asimismo redoblar los esfuerzos para fomentar prácticas de alimentación adecuadas entre los lactantes y niños pequeños.

© FAO 2010