Agricultura urbana y periurbana en América Latina y el Caribe

El Alto

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Hace treinta años, El Alto era una ciudad dormitorio, habitada por familias mineras y migrantes de las áreas rurales, situada en la meseta de 4 000 m de altitud que domina la ciudad de La Paz. Desde entonces, su población casi se ha triplicado, pasando de 300 000 a 890 000 habitantes. A principios de los años 2000, más del 70 % de la población vivía en situación de pobreza y alrededor del 40 % de los niños menores de 5 años estaban malnutridos, debido a un consumo extremamente bajo de proteínas animales, frutas y verduras. Para mejorar la seguridad alimentaria y nutricional en la ciudad, la FAO y el Gobierno Municipal de El Alto desarrollaron un proyecto, financiado por el Reino de Bélgica, que tiene como objetivo promover la producción de verduras durante todo el año en huertos familiares. Este experimento de agricultura urbana ha tenido un impacto duradero y positivo en los barrios más pobres de la ciudad y ha ayudado a enmarcar la agricultura urbana y periurbana en la Política nacional de alimentación y nutrición de Bolivia.

Incluso en un día soleado, la temperatura media en El Alto raramente supera los 13 °C. Dentro de los cientos de invernaderos de adobe que salpican el paisaje de la ciudad, los horticultores trabajan a unas temperaturas de alrededor de 30 °C, que crean condiciones de crecimiento ideales para densas camas de lechuga, acelga, espinaca, tomate, romero, cilantro y fresa.

En el barrio de San Roque, en la periferia de la ciudad, 90 mujeres cultivan 15 variedades distintas de verduras y plantas aromáticas, principalmente para el autoconsumo, pero cada vez más con la mirada puesta en los mercados de la ciudad, donde sus productos orgánicos obtienen buenos precios. Recientemente, algunas de estas mujeres han establecido tres nuevos invernaderos y planean comercializar el 70 % de lo que producen en ferias locales. A los precios corrientes, la venta de verduras de un invernadero típico de 40 m2 les genera al menos 560 USD al año.

Los invernaderos de los patios de El Alto se han convertido en símbolos de la agricultura urbana en el altiplano boliviano, la meseta andina de 125 000 km2 donde se estima que residen unos 4 millones de personas. De hecho, las lluvias escasas e irregulares de la región, las temperaturas nocturnas de cerca de 0 ºC de media y las heladas que se suceden a lo largo de todo el año hacen que la producción de muchas plantas de los huertos —como las lechugas, las acelgas, las espinacas y los tomates— sea prácticamente imposible sin invernaderos.

Entre el 2004 y el 2008, en el marco del proyecto de microhuertos de El Alto, se invirtieron 700 000 USD en el establecimiento de 1 187 invernaderos familiares en nueve distritos de la ciudad y en la capacitación de residentes de escasos recursos en técnicas de producción hortícola adaptadas a las condiciones agroclimáticas de la zona.

Para asegurar la sostenibilidad, también se ha procurado brindar asistencia al Gobierno Municipal en la preparación de orientaciones estratégicas para el ulterior desarrollo de la horticultura urbana y periurbana. Una de las primeras iniciativas de la Dirección de Medio Ambiente de la Municipalidad ha sido establecer una Unidad de Micro-Huertas Populares.

Para participar en las actividades del proyecto, los residentes tenían que disponer de al menos 30 m2 de espacio libre para un invernadero y al menos dos horas diarias para practicar la horticultura. Otro de los requisitos era tener una fuente permanente de agua de buena calidad y también contar con luz natural durante cinco horas al día como mínimo. También se esperaba que los participantes aportaran su capacidad de trabajo y el 40 % de los costos de materiales de la infraestructura.

Desde el principio, el proyecto siguió una política de “puertas abiertas” que animaba a la participación de organizaciones comunitarias, agencias públicas y otros interesados. Este enfoque ha ayudado a crear una red de colaboradores que incluye las facultades de agronomía de dos universidades, organizaciones religiosas, instituciones de microcrédito, centros de rehabilitación para jóvenes y empresas privadas.


En el marco del proyecto se estableció tres centros demostrativos y de capacitación, en los que los agrónomos probaron y evaluaron 54 especies de hortalizas, frutas, plantas aromáticas y condimentos para su producción en invernaderos, además de 14 tipos de contenedores fabricados con materiales reciclados para su uso en los microhuertos.

En los talleres de los centros demostrativos y de capacitación, se enseñaron a los participantes nociones básicas de horticultura y se los sensibilizó sobre la necesidad de mejorar la calidad de la dieta familiar. En total, el proyecto capacitó a unos 2 000 horticultores familiares, la mayoría de ellos mujeres, en la construcción y mantenimiento de invernaderos, producción hidropónica, compostaje, manejo biológico de plagas y enfermedades, irrigación y buenas prácticas en el manejo poscosecha.

Los invernaderos —conocidos localmente como carpas solares— son esenciales para practicar la horticultura en el clima adverso de El Alto. El proyecto desarrolló dos modelos básicos: una estructura con un techo inclinado de agrofilm o calamina plástica, orientado hacia el norte, y un túnel simple, hecho de arcos de fierro cubiertos con agrofilm, para zonas con más viento. También se diseñó un invernadero totalmente portátil para las personas que viven en condición de inquilinos.

La superficie horizontal del invernadero, de 24 m2, es suficiente para satisfacer las necesidades de una familia de 5 miembros. El costo de construcción es de alrededor de 580 USD por invernadero, con el 60 % a cargo del proyecto; los beneficiarios aportan la mano de obra y algunos materiales disponibles localmente, como los adobes de barro.

Al retener el aire calentado por medio de la radiación solar durante las horas de luz diurnas, los invernaderos permiten la producción continua de una gran variedad de verduras y la obtención de hasta seis cosechas por año, dependiendo del cultivo. Para proporcionar calor adicional se usaron estufas de aserrín y contenedores de agua pintados de negro, que absorbían calor durante el día y lo irradiaban durante la noche.

Los estudios indican que la temperatura del interior de las carpas superaba por lo general en 10 °C la temperatura externa. Durante las heladas nocturnas habituales en el altiplano, cuando la temperatura descendía a –5° C, la temperatura interna era de 4,2 °C. Las temperaturas diurnas de los invernaderos llegaron algunas veces hasta los 32,6 °C.

En sus carpas solares, las familias cultivaban hasta 32 especies de plantas recomendadas, incluyendo algunas verduras ricas en nutrientes que no eran conocidas en El Alto, como el rábano blanco. Para aumentar el rendimiento de los invernaderos, se capacitó a las familias para cultivar verduras en una gran variedad de contenedores —incluyendo vasijas, zapatos, cascos y lectoras de CD— fijados en las paredes y colgados del techo.

Dado que los horticultores y sus familias estaban en contacto cotidianamente con los cultivos, no se usaban plaguicidas. Algunas de las alternativas seguras que se introdujeron por medio del proyecto fueron el uso del lupino silvestre —muy abundante en las condiciones frías del altiplano— para el control de los áfidos y del chile para el control de la mosca blanca. También se introdujo el compostaje de los residuos provenientes de las cocinas y los invernaderos para obtener fertilizantes orgánicos (como las unidades de compostaje se encontraban en campo abierto y estaban expuestas a las heladas nocturnas, la descomposición tardaba hasta seis meses).

Para reducir el consumo de agua, el proyecto promovió técnicas como la cobertura del suelo con materia orgánica, que según se descubrió reducía la necesidad de riego de los 5 l por m2 a unos 3 l al disminuir el ritmo de evaporación de la humedad. El riego por goteo con botellas de plástico se adaptaba a cada estadio del desarrollo radicular de los cultivos, reduciendo los requisitos de riego a 2 l. Manejando con cuidado el ciclo hídrico en sus invernaderos, algunos horticultores podían obtener buenas cosechas usando solo 1 l de agua por m2 por día.

Para asegurar la disponibilidad de insumos de buena calidad, el proyecto ayudó a establecer una red de tiendas comunitarias en las que se distribuían semillas adquiridas en grandes cantidades por el Gobierno Municipal, y proveyó capital para establecer 18 centros de distribución de insumos a cargo de las familias. También impulsó la cría casera de cuyes (cobayos), animales que son originarios de los Andes y que aportan proteínas de alta calidad, ofreciendo a 250 familias razas y métodos de producción mejorados y realizando estudios sobre la producción de forraje en invernadero para alimentarlos.

Los invernaderos de El Alto han demostrado ser altamente productivos, ya que los horticultores obtienen anualmente seis cosechas de acelga y rabanito y cinco cosechas de tomate. Los estudios demuestran que, en un año, en un invernadero de 24 m2 se podrían producir casi 1 t de tomates, 460 kg de lechuga y 260 kg de pimentón.

Al aumentar la producción, muchas familias comenzaron a generar excedentes e iniciaron ventas de carácter informal. Tras llevar a cabo un estudio de viabilidad, se capacitó a 70 familias en técnicas de manejo y envasado poscosecha y se prestó ayuda para crear la marca Verdurita, con la que se comercializan verduras de alta calidad en El Alto y en mercados selectos de la ciudad de La Paz. En diciembre de 2008, un grupo formado por 20 mujeres vendía hortalizas a restaurantes y supermercados, una actividad que generaba 32 USD de ingresos mensuales por invernadero.


A seis años de la conclusión del proyecto, la horticultura en carpas solares sigue siendo una actividad ampliamente practicada por las familias de la ciudad. Según una encuesta realizada en 2013, la producción de verduras ahorra a una familia media unos 60 USD al mes en la compra de alimentos. Además, alrededor del 70 % de los horticultores venden excedentes de producción, lo que genera unos ingresos en efectivo de unos 15 USD al mes. En los invernaderos donde se cultivan también plantas en contenedores, la producción mensual puede representar hasta unos 100 USD.

¿Qué hace sostenibles estos cultivos? En primer lugar, aunque el proyecto fomentaba la comercialización, la capacitación y la asistencia técnica con un enfoque colectivo, se descubrió que la producción hortícola era más productiva y sostenible cuando se llevaba a cabo individualmente en cada hogar, ya que la horticultura es una actividad intensiva, en la que la producción colectiva es más difícil de organizar.

En segundo lugar, la política de “puertas abiertas” del proyecto demostró ser otra de las claves de su éxito. Muchas de las organizaciones que participaron en las actividades han continuado prestando apoyo al desarrollo de la agricultura urbana en El Alto y están reproduciendo la tecnología de los invernaderos que se desarrolló en los centros demostrativos y de capacitación. Un ejemplo de este efecto multiplicador es el caso de una empresa privada local que ha establecido un huerto de 120 m2 que usan los empleados y que sirve también como centro demostrativo.

Otro factor clave para el éxito del proyecto fue el enfoque participativo de la capacitación, que no se centraba solamente en la producción de hortalizas sino también —y sobre todo— en sensibilizar a los residentes de bajos ingresos sobre la importancia de la nutrición y la necesidad de mejorar la alimentación familiar. Una evaluación del impacto realizada en 2010 subrayó la efectividad de la educación nutricional, ya que, según se encontró, el consumo de calcio, hierro, vitamina B y vitamina C entre las familias beneficiarias era notablemente superior a los de las familias de referencia. El dinero que se dedicaba a comprar verduras, ahora se usa para comprar carne, huevos y leche, que antes se consumían solo en “ocasiones muy especiales”.

El apoyo y la voluntad política del Gobierno Municipal de El Alto han sido decisivos. Durante la implementación del proyecto, la Unidad de Micro-Huertas de la Municipalidad dedicó recursos y personal a la construcción de 150 invernaderos familiares, y hoy es responsable de la promoción y coordinación de todas las actividades agrícolas en la ciudad.


Quizás el beneficio más duradero de la agricultura urbana y periurbana en El Alto ha sido el posicionamiento de esta actividad en la agenda política de Bolivia, desde el nivel local al nacional. Se han puesto en práctica proyectos similares en otras ciudades del altiplano. En la ciudad vecina de La Paz, el Gobierno Municipal, junto con la FAO, ha ayudado a construir 150 invernaderos periurbanos de 60 m2, suficientemente grandes para la producción de autoconsumo y la venta de excedentes. En la ciudad de Oruro, otra iniciativa ha establecido un centro demostrativo y de capacitación que se utiliza para formar a 1 000 familias de bajos ingresos en técnicas de horticultura en invernaderos.

Otra iniciativa de El Alto que se ha extendido por medio de proyectos a otras ciudades y pueblos de Bolivia es la crianza de cuyes y otros animales pequeños, y los centros comunitarios de distribución de semillas han sido imitados tanto en las áreas urbanas como en las rurales.

En 2009, Bolivia reconoció el derecho a la alimentación en su Constitución, y actualmente el Gobierno está finalizando una Política nacional de alimentación y nutrición que se espera incluirá un Programa de agricultura urbana y periurbana. Dicho programa está ya siendo desarrollado por el Ministerio de Desarrollo Productivo y Economía Plural en colaboración con la FAO. En 2014, cuando entre en vigor, el programa ofrecerá asistencia técnica e insumos para la producción agrícola en invernaderos familiares en 13 municipios, para el consumo en el hogar y, eventualmente, como fuente de productos frescos para grandes ciudades como La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Sucre.

En El Alto, el Gobierno Municipal adoptó en agosto del 2013 como política pública el fomento de la producción agrícola y ganadera en su área urbana y periurbana. El principal objetivo de esta política es reducir los niveles de malnutrición y generar empleo y recursos económicos a favor de las familias alteñas por medio de la comercialización de hortalizas y animales menores.