Agricultura urbana y periurbana en América Latina y el Caribe

La Habana

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La caída de la Unión Soviética en 1991 privó a Cuba de su principal socio comercial y su fuente de hidrocarburos. Este hecho marcó el inicio de lo que los cubanos conocen como el período especial, una crisis económica prolongada que condujo al racionamiento de alimentos y a crecientes índices de malnutrición. Con la agricultura afectada por la escasez de combustibles y de dos de los principales derivados del petróleo, los fertilizantes minerales y los plaguicidas, los habitantes de La Habana iniciaron la siembra de productos alimentarios en cuanto espacio se encontraba disponible. Inicialmente no se lograban altos rendimientos, debido a la falta de insumos y de experiencia agrícola. Sin embargo, con un fuerte apoyo gubernamental, la agricultura urbana pasó rápidamente de ser una respuesta espontánea a la inseguridad alimentaria a ser una prioridad nacional. Durante este proceso, La Habana ha agregado una palabra nueva —organopónicos— al vocabulario de la agricultura urbana y se ha convertido en pionera en la transición global hacia una agricultura sostenible que produce “más con menos”.

La producción intensiva de hortalizas en La Habana comenzó en el siglo XIX, cuando inmigrantes chinos establecieron huertas comerciales en la periferia de la ciudad. Pero los cimientos de lo que hoy es un floreciente movimiento de agricultura urbana y periurbana pueden situarse en una fecha exacta: el 27 de diciembre de 1987, cuando el Comité Central del Partido Comunista de Cuba tomó medidas para generalizar la producción de vegetales con una tecnología conocida como organopónicos.

La organoponía es una invención cubana. El término se acuñó para distinguir este sistema de otros tipos de producción hortícola intensiva y de alto rendimiento, como la hidroponía, consistente en cultivar plantas sobre agua y sustratos inertes que son enriquecidos con nutrientes minerales.

Aunque los agricultores urbanos de La Habana han utilizado la hidroponía, esta tecnología depende de un suministro fiable de insumos químicos. Los cubanos dieron a su solución el nombre de organopónicos porque se utiliza un sustrato orgánico, obtenido con restos de cosechas, residuos domésticos y estiércol de origen animal.

Con el inicio del período especial, los huertos organopónicos resultaban idóneos para cultivar plantas en suelos pobres de pequeños espacios urbanos. Un huerto organopónico típico se inicia abriendo surcos y resguardándolos con “guarderas” de madera, piedras, ladrillos o concreto. La calidad del suelo se mejora gradualmente por medio de la aplicación de materias orgánicas; al aumentar el contenido orgánico, también aumentan los niveles de nutrientes del suelo y la humedad (y la altura de la cama de cultivo).

Los organopónicos –el término se aplica tanto a la tecnología como al huerto– se pueden crearse sobre zonas sin edificar, en terrenos baldíos y en los bordes de las carreteras, y también disponerse en terrazas en laderas. El suelo se puede preparar a la medida de cada cultivo, usando las mezclas más idóneas. Si los suelos se infectan por nematodos u hongos, existe la posibilidad de cambiar completamente el sustrato. Si es necesario, los huertos se pueden desmontar y reubicar.

Gracias a los sistemas de riego localizado, el uso sistemático de materia orgánica y la aplicación de buenas prácticas hortícolas —como el uso de variedades mejor adaptadas, la rotación y combinación de cultivos y el manejo integrado de plagas y enfermedades—, se pueden producir hortalizas todo el año y obtener cosechas de hasta 20 kg por m2.

En 2013, La Habana contaba con 97 organopónicos de alto rendimiento, en los que se producían lechugas, acelgas, rábanos, remolachas, habichuelas, pepinos, tomates, espinacas y pimientos. Entre ellos, uno de los más conocidos es el Vivero Alamar, que fue establecido en 1997 en unos terrenos baldíos y abandonados, a 2 km del centro de la ciudad. Gestionado por una cooperativa de 180 miembros, sus huertos producen unas 300 t de verduras orgánicas al año.

En La Habana, la producción agropecuaria depende de dos programas nacionales, uno para la agricultura urbana y otro para la agricultura suburbana. Con el objeto de impulsar esta actividad, el Gobierno cubano creó la Delegación Provincial de la Agricultura, siete subdelegaciones provinciales y 15 delegaciones municipales. El Gobierno también ha introducido medidas para ceder en usufructo y gratuitamente espacios sin construir para destinarlos la agricultura y fomentar la participación de mujeres y jóvenes.


La producción agrícola y ganadera está incluida en el Plan estratégico de la ciudad, que permite practicar la agricultura en áreas donde no esté previsto el desarrollo constructivo, mientras que el Esquema de ordenamiento territorial y urbano de 2013 declara las zonas periféricas como idóneas para la agricultura.

La agricultura urbana y periurbana cuenta con el apoyo de un Consejo Técnico Asesor, que representa a 11 centros de investigación agrícola, una red de consultorios tienda agropecuarios , fincas municipales de semillas , c entros de procesamiento de materia orgánica , clínicas veterinarias y centros de producción de entomófagos y entomopatógenos, y la Escuela Superior de Agricultura Urbana y Suburbana , que coordina la capacitación de productores y técnicos y ayuda a introducir nuevas tecnologías, variedades de cultivos y razas de animales .

Aunque los organopónicos han llegado a ser emblemáticos de la agricultura de La Habana, en la ciudad se han desarrollado otros sistemas de producción de alto rendimiento. En este momento hay 318 huertos intensivos establecidos directamente en el suelo y 38 ha de cultivos semiprotegidos bajo tendales y establecidos en suelo enriquecido con vermicompost.

El sector de la agricultura urbana y periurbana de la ciudad incluye cinco empresas agropecuarias provinciales, que manejan unas 700 fincas de cultivos varios, 170 fincas ganaderas y 27 explotaciones forestales, dos establecimientos provinciales especializados en producción porcina y de gan ado menor, 29 unidades básicas de producción cooperativa, y 91 cooperativas de crédito y servicio que producen flores, hortaliz as y viandas. En 2013, estas actividades ofrecieron empleo a más de 2 000 personas.

La superficie total utilizada para la agricultura productiva en La Habana se estima en aproximadamente 35 900 ha, el 50 % de la extensión de la provincia. En 2012 la producción fue de 63 000 t de hortalizas, 20 000 t de fruta, 10 000 t de tubérculos y raíces, 10,5 millones de l de leche de vaca, de búfalo y de cabra y 1 700 t de carne.

Además, hay 89 000 patios y 5 100 parcelas menores de 800 m2 a cargo de familias que cultivan hortalizas, condimentos y frutales y crían ganado menor, como aves y cuyes (cobayos), para el consumo doméstico. En zonas densamente pobladas se usan azoteas y balcones para el cultivo en recipientes. En total, aproximadamente 90 000 vecinos de La Habana están involucrados en algún tipo de agricultura.

La comercialización de los cultivos se basa en el intercambio directo entre el productor y el consumidor. Los productos frescos se venden en una amplia gama de establecimientos, que incluyen puntos de venta situados a menos de 5 km de las unidades productivas y repartidos por todos los barrios de La Habana. En 2013, las ventas alcanzaron 58 000 t. Casi la mitad —26 500 t— se vendieron al público en puntos de venta locales, mientras que en las ferias y los mercados estatales se ofertaron 21 000 t.

Unas 6 770 t se suministraron en forma de entregas diarias a casi 300 000 personas en “destinos priorizados”, como escuelas, centros de salud pública, hospitales, casas de maternidad y otras instituciones de la ciudad. Muchos agricultores, especialmente del sector cooperativo, comercializan productos procesados, como condimentos u hortalizas, frutas y carnes, y tienen contratos directos con el sector del turismo, lo que en 2013 representó 3 500 t de ventas.


El enfoque holístico de la agricultura en La Habana, y en Cuba en su conjunto, se ha basado en la necesidad de obtener altos rendimientos con un uso mínimo de insumos externos, especialmente agroquímicos derivados de combustibles fósiles. Se dice que Cuba ha sido el primer país que ha experimentado una crisis de “pico petrolero”, que terminará afectando a la producción de alimentos en todo el mundo.

La preocupación ante el alza de precio de los combustibles y los fertilizantes, la competencia cada vez mayor por las tierras y el agua y el impacto ambiental de los agroquímicos condujo a la FAO a proponer en 2011 un nuevo paradigma de producción agrícola intensiva, que es a un tiempo sumamente productiva y sostenible. El modelo de agricultura “Ahorrar para crecer” propuesto por la FAO emplea un enfoque ecosistémico basado en las contribuciones de la naturaleza al crecimiento de los cultivos.

Esto significa, por ejemplo, hacer uso de fuentes naturales de nutrientes y controlar las plagas protegiendo a los enemigos naturales de los insectos en vez de fumigar indiscriminadamente los cultivos con plaguicidas. “Ahorrar para crecer” es la base de una iniciativa con la que la FAO pretende impulsar una transición global hacia una producción agrícola, ganadera, forestal y pesquera sostenible.

La Habana podría servir como ejemplo para los países que tratan de efectuar esta transición. El uso de productos químicos en los huertos urbanos está prohibido por ley y además no es práctico, dadas las cantidades limitadas disponibles. Ya que para mejorar el sustrato de los huertos y mantener altos niveles de rendimiento es esencial contar con una fuente fiable de abonos orgánicos, el Programa de agricultura urbana y periurbana fomenta la producción de compost, abonos verdes, vermicompost, biofertilizantes y abonos líquidos, conecta a los agricultores con fuentes de estiércol, como las unidades de producción ganadera, y recomienda otras fuentes de materia orgánica, como pueden ser los residuos urbanos y de cosechas y algunos residuos de la agroindustria, como la cascarilla de café y el aserrín.

Para controlar plagas y enfermedades, los agricultores reciben capacitación para analizar los problemas fitosanitarios y responder a los mismos eliminando o disminuyendo la causa en lugar de atacar los síntomas: por ejemplo, mejorando el drenaje para tratar los problemas de hongos. Se utilizan, por ejemplo, bioplaguicidas y agentes de control biológico suministrados por los seis centros de reproducción de entomófagos y entomopatógenos.

El enfoque agroecológico aporta una excelente relación costos/beneficios. El Programa de agricultura urbana y periurbana ha calculado que para producir 1 millón de t de hortalizas con técnicas de agricultura convencional se requieren unos 40 millones de USD en fertilizantes y 2,8 millones de USD en plaguicidas químicos. La cantidad de abonos orgánicos que se requiere para alcanzar el mismo nivel de producción es de alrededor de 1 millón de m³, y el costo principal es el diesel que se necesita para transportarlo a los campos desde una distancia media de 10 km.

El costo de combustible por tonelada de verduras orgánicas es de 0,55 USD, comparado con el costo en fertilizante de la agricultura convencional, que es de 40 USD por tonelada en agricultura convencional, lo que representa un ahorro total de unos 39,5 millones de USD. El costo del control de plagas también disminuye —de 2,8 millones de USD a 300 000 USD— usando agentes de control biológico y bioplaguicidas.

Se pueden lograr otros ahorros con la producción local de semillas de calidad, lo que, en condiciones de producción intensiva, permite que los rendimientos se eleven en un 30 %. Debido a los altos precios de las semillas importadas, el Programa de agricultura urbana y periurbana ha creado 10 fincas municipales de semillas hortícolas, que suministran el 40 % de las semillas de lechuga y el 20 % de las de acelga china sembradas en los huertos urbanos de La Habana. (A escala nacional, la red de fincas municipales produce al año 17,6 t de semillas, de 22 especies y más de 40 variedades.) En La Habana también hay 28 casas de producción de plántulas en cepellones —principalmente tomate, col, lechuga, pepino, pimiento y cebolla—, listos para su trasplante en el campo.

En los 52 consultorios tienda se venden semillas, mejoradores de suelo, vermicompost y agentes de control biológico, además de herramientas y medicamentos veterinarios. Estos consultorios se encuentran repartidos por los 15 municipios de la capital y en ellos se prestan también servicios técnicos, de asesoría y capacitación a los agricultores. Todos los agricultores urbanos tienen acceso a los seguros agrícolas y a los créditos otorgados por el Banco Metropolitano de La Habana.


La Habana ha sentado las pautas para el desarrollo de la agricultura en el resto del país, y no solamente en pueblos y ciudades. Su modelo de gestión ha sido adoptado a nivel nacional por el Ministerio de la Agricultura, que promueve una combinación de producción “tecnológico-industrial” y agroecológica en las áreas rurales.

Algunas innovaciones, como los organopónicos y las tecnologías para la producción de abonos orgánicos y la conservación de semillas, han sido transferidas al exterior mediante la asistencia técnica prestada a programas de agricultura urbana en más de 10 países de América Latina, entre ellos Colombia, México, Venezuela y otros países del Caribe. El Instituto de Investigaciones Fundamentales en Agricultura Tropical (INIFAT) ha puesto en marcha una Maestría en Agricultura Urbana y Suburbana, de tres años de duración, que ha atraído estudiantes de Europa y Japón.

Una de las lecciones clave de la experiencia de estos últimos veinte años en La Habana es que, para ser productiva y sostenible, la agricultura urbana debe adaptarse a las condiciones físicas del entorno urbano y al potencial y los recursos locales. Esta adaptabilidad será también necesaria cuando mejore la economía cubana y emerjan nuevas prioridades en la planificación urbana.

Desde los días aciagos del período especial, el PIB per cápita de Cuba ha aumentado en casi un 80% —lo que supone uno de los mejores desempeños de América Latina—, gracias a las reformas económicas, el aumento de ingresos debido al turismo y las exportaciones y, más recientemente, el auge del sector de la construcción.

Aunque el nuevo Esquema de ordenamiento territorial y urbano fomenta la práctica de la agricultura en las zonas periurbanas, también reserva los espacios libres de la zona intermedia a inversiones industriales y de servicios y los de las áreas centrales a pequeñas instalaciones productivas de alta tecnología y grandes instalaciones hoteleras.

Muchas de las actuales áreas agrícolas de la ciudad se verán afectadas por un Plan de ordenamiento territorial y urbanismo, que prevé eliminar parcelas ocupadas con carácter temporal en la zona central, reducir la actividad ganadera intensiva en zonas situadas sobre los acuíferos y trasladar instalaciones porcinas a suelos no urbanizables.

Sin embargo, la agricultura ha dejado una huella indeleble en el paisaje de La Habana, y sus beneficios comprobados —seguridad alimentaria, mejora de la nutrición infantil, fomento del empleo y resurgimiento de valores sociales y solidarios— han sido reconocidos por el Gobierno y por la sociedad en general. Entre las prioridades estratégicas del Programa de agricultura urbana y periurbana de La Habana está asegurar de forma permanente el potencial productivo de la agricultura urbana y acelerar la organización y el alistamiento de la base productiva.

Para ello, se prevé aumentar la producción de biofertilizantes y semillas, reforzar los servicios de apoyo y fortalecer las capacidades de los productores en el manejo de infraestructuras, las tecnologías de ahorro de agua y aprovechamiento del agua de lluvia y el manejo agroecológico de plagas y enfermedades.

Mientras tanto, en Cuba se está formando la nueva generación de agricultores urbanos y periurbanos. El país ha establecido unos 3 000 círculos de interés, donde técnicos y productores locales animan a niños y jóvenes a practicar la agricultura y aprender más sobre las técnicas de producción agroecológica. En La Habana, se invita a los estudiantes a tomar parte en actividades agrícolas locales y las escuelas utilizan la agricultura urbana y periurbana como ejemplo para enseñar cálculos aritméticos sencillos, procesos productivos participativos y relaciones sociales.

No solamente en la Habana, sino en todo el país

La agricultura urbana y periurbana de La Habana ha evolucionado junto con el Programa nacional cubano de producción de alimentos en áreas urbanas. Durante la crisis económica de la década de 1990, el enfoque se basaba en el desarrollo de huertos organopónicos e intensivos en espacios vacíos o subutilizados de las ciudades.

En 1997, lo que hasta entonces había sido una actividad participativa popular quedó institucionalizada mediante los adecuados instrumentos legislativos y pasó a conocerse como movimiento de agricultura urbana. En 2009, el Gobierno creó un Programa complementario de agricultura suburbana, con el que se intentaba transferir “las experiencias sumamente positivas” de la agricultura urbana a la periferia de las ciudades y pueblos.

Ambos programas tienen como fin apoyar el autoabastecimiento alimentario mediante “la producción de alimentos en el barrio, por el barrio y para el barrio”. Sus premisas básicas son la producción agroecológica, la sustentabilidad a nivel local, la permanente actualización técnica y tecnológica y la vinculación directa de los productores con los resultados de su trabajo. Se trata de emplear métodos sencillos y utilizar un mínimo de recursos, con el objetivo de aumentar la producción de alimentos y reducir la dependencia de las importaciones de agroproductos.

En toda Cuba, actualmente practican la agricultura unos 40 000 trabajadores urbanos, en una extensión estimada de 33 500 ha, compuesta por 145 000 parcelas, 385 000 patios, 6 400 huertos intensivos y 4 000 huertos organopónicos.

Una de las características de la agricultura urbana y periurbana de Cuba es su alto grado de independencia local, lo que se considera un factor decisivo para alcanzar una mayor seguridad alimentaria. La estrategia cubana consiste en apoyar la producción de alimentos en áreas pequeñas con un alto número de productores, que responden a la demanda alimentaria del propio barrio. Cada territorio actúa de manera autónoma en la producción de insumos, como semillas, abonos orgánicos, bioproductos para el control de plagas y alimentos para animales.

La coordinación general de la agricultura urbana y periurbana corresponde al Grupo Nacional de Agricultura Urbana y Suburbana, bajo la dirección del Instituto de Investigaciones Fundamentales en Agricultura Tropical, del Ministerio de la Agricultura. El grupo está formado por representantes del Ministerio de la Agricultura y de otros seis ministerios, así como representantes de 16 instituciones científicas y de 53 subprogramas de agricultura urbana y suburbana.