Agricultura urbana y periurbana en América Latina y el Caribe

Lima

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Desde su nacimiento, situado a una altitud de 5 200 m en los Andes peruanos, el río Rímac forja un camino descendente de 200 km hasta el desierto costeño, atravesando la ciudad de Lima y desembocando en el Océano Pacífico. El río Rímac es la base del suministro de agua de Lima, ya que provee la mayor parte del agua potable que consumen sus 9,6 millones de habitantes y se utiliza para irrigar gran parte de sus 12 500 ha de tierras agrícolas periurbanas. Es también el principal destino de eliminación de residuos de la región de Lima: los efluentes no tratados desde minas, fábricas y asentamientos humanos han conllevado niveles de contaminación descritos como “catastróficos”. A medida que su población aumenta, a un ritmo de casi 200 000 personas por año, Lima se vuelve más vulnerable a la escasez de agua, una situación que el cambio climático agravará aún más. Al mismo tiempo, el incremento en los ingresos de la población está creando una demanda de mayor variedad y calidad de alimentos, a pesar de que la expansión urbana empuja la agricultura hacia zonas menos productivas.

La agricultura intensiva fue el fundamento de las civilizaciones que emergieron en la árida costa central del Perú hace 7 000 años. Las abundantes aguas del río Rímac junto con las de los ríos Chillón al norte y Lurín al sur, la poco profunda capa freática de la región, el suelo fértil de los valles y un clima estable favorecieron la producción de cultivos de regadío, como algodón, maíz, frijol, camote (batata) y otras hortalizas, a lo largo del año. A principios del siglo XX, el área agrícola de la actual Lima Metropolitana sumaba alrededor de 600 km2.

En la actualidad, Lima es la quinta ciudad más poblada de América Latina, con cerca de un tercio de la población total del Perú, y, con una precipitación anual media de apenas 25 mm, es la segunda ciudad más grande del mundo enclavada en un desierto, después de El Cairo. Desde 1950, una migración masiva procedente del interior multiplicó por nueve su población. El área urbana se ha expandido más de 200 km2 en los últimos 30 años, y se estima que esta tendencia se mantendrá a razón de 16 km2 por año hasta al menos 2020.

A pesar de que se calcula que el 17,5 % de los habitantes de la capital se encuentran en situación de pobreza, lo que equivale a 1,5 millones de personas, las condiciones de vida de la población han mejorado significativamente en los últimos años. Desde el año 2000, la economía del Perú ha sido una de las que más ha crecido en toda la región, y se estima que el 60 % de la población pertenece actualmente a la “clase media”. El dinamismo económico y el aumento de los ingresos de la población han generado la pérdida de espacios de agricultura periurbana, dedicados a la construcción de viviendas, industrias e infraestructuras, mientras que los precios del suelo urbano se han disparado (de acuerdo con un informe, el precio medio del terreno destinado a la construcción de nuevos edificios de oficinas y apartamentos en Lima aumentó casi un 50 % en el bienio 2012-2013).

La prosperidad económica y el crecimiento urbano han traído consigo una reducción de hasta unos 125 km2 en el área agrícola de Lima. El crecimiento urbano se realizó sobre tierras agrícolas de buena calidad y, en los últimos años, sobre los terrenos baldíos de la parte baja de las cuencas de los ríos Rímac, Lurín y Chillón. La actividad agrícola está quedando relegada a áreas que carecen de la fertilidad, la adaptabilidad y el rendimiento de los valles de las zonas costeras, lo que no solo puede generar cadenas de distribución más largas sino también el desabastecimiento de determinados productos.

La expansión urbana también ha generado una importante presión sobre los recursos hídricos, con consecuencias negativas para la agricultura. Cerca del 80 % del agua capturada de los tres ríos, junto con la mayor parte del agua subterránea extraída —un total anual de cerca de 600 000 millones de litros—, se destinan al consumo humano e industrial. Por otro lado, la población limeña y sus fábricas producen una gran cantidad de residuos sólidos y líquidos que son vertidos en los canales y ríos, lo cual conduce a un alto grado de contaminación del agua utilizada para el riego de cultivos. Hasta hace poco, menos del 10 % de los 550 000 millones de litros de aguas residuales generados al año se procesaban en plantas de tratamiento.


La agricultura se practica en zonas periféricas al norte, este y sur de la ciudad de Lima, y más ampliamente en los distritos de Carabayllo, Puente Piedra, Pachacamac, Lurín, Lurigancho Chosica y Ate Vitarte. Esta actividad representa la principal fuente de ingresos para muchos hogares de migrantes de las zonas rurales del país y es fuente de empleo temporal para los residentes urbanos pobres de Lima. Muchos trabajan como jornaleros, mientras que otros alquilan tierras de cultivo y venden sus productos. A pesar de que algunas de las áreas donde se practica la agricultura urbana y periurbana alcanzan las 600 ha, cerca del 60 % tienen menos de 1 ha, y el 43 % tiene menos de 1 000 m2.

La agricultura periurbana produce una amplia variedad de cultivos, principalmente hortalizas, frutales, plantas ornamentales, maíz y forraje. En 2007, había más de 5 000 ha de terrenos de regadío en las cuencas de los ríos Rímac, Chillón y Lurín, donde se cultivaban hortalizas que eran comercializadas en los mercados de abastos de la capital. Los sistemas de producción son muy dinámicos: el agricultor siembra de manera simultánea una amplia gama de hortalizas de período corto ajustándose a los cambios en la demanda del mercado y practica la rotación de cultivos para optimizar el uso del recurso suelo.

Según un estudio sobre la producción periurbana realizado en 2007, menos de 200 ha del total de tierra agrícola se riegan con agua que ha sido filtrada por las plantas de tratamiento. El resto utiliza agua de los ríos o aguas residuales no tratadas, las cuales presentan un alto grado de contaminación de metales pesados, parásitos y coliformes fecales.

Otros riesgos para la salud pública se asocian a la producción porcina informal, que ha venido utilizando residuos orgánicos municipales como pienso en áreas comunales marginales, a menudo ocupadas de forma ilegal, y que proporciona empleo a un gran número de familias de los asentamientos humanos. Los ganaderos trabajan en condiciones precarias y varios estudios han denunciado que la salud tanto de productores como de consumidores se encuentra en peligro por la presencia de residuos orgánicos nocivos en la alimentación de estos animales.

Dentro de las zonas urbanizadas, la producción de alimentos tiene lugar en huertos familiares que ocupan espacios tan reducidos como 4 m2 y también en espacios comunitarios de hasta 1 000 m2, principalmente en los distritos meridionales de Chorrillos, Villa El Salvador y Surco. Además de hortalizas y frutales, muchos habitantes crían cuyes (cobayos) y aves utilizando desperdicios del hogar y de sus huertos.

Los agricultores urbanos casi no usan productos químicos y riegan sus cosechas con agua potable. Su producción es generalmente para autoconsumo, y solo se observa el uso de sistemas hidropónicos en unos pocos casos de producción de hortalizas de alto valor que luego se venden en supermercados o ferias de productos orgánicos.

A pesar de que no existen datos exactos sobre el número o la situación socioeconómica de los residentes limeños dedicados a la agricultura urbana y periurbana, se puede decir que esta se practica en áreas con altos índices de pobreza. Diversos estudios revelan que las familias que se dedican a estas actividades tienen más posibilidades de llevar una dieta variada basada en alimentos frescos producidos en casa, complementados con la compra de otros.

De hecho, se cree que la producción local de una amplia variedad de alimentos vegetales y animales tiene un papel importante en la nutrición infantil en Lima, donde los porcentajes de malnutrición infantil representan la mitad de la media nacional.


El desarrollo sostenible de la agricultura en Lima y su periferia requiere un mayor apoyo del Gobierno. Para empezar, las políticas públicas nacionales deben reconocer los beneficios de la producción de alimentos en áreas urbanas y priorizar esta actividad.

Desde hace algunos años, las entidades que más han trabajado por la promoción de la agricultura urbana y su inserción en la agenda política han sido las ONG, los centros de investigación, los organismos internacionales y algunas empresas privadas. Sus actividades lograron persuadir a los gobiernos locales de los distritos de Villa María del Triunfo, Lurigancho Chosica, Villa El Salvador y Ventanilla para incorporar la agricultura a sus programas de gestión y ordenamiento, en ocasiones como parte de proyectos de ornato de las ciudades.

Recientemente, la Municipalidad Metropolitana de Lima aprobó una Ordenanza Marco de Promoción de la Agricultura Urbana, donde esta se define como “una estrategia de gestión ambiental, provisión de alimentos y seguridad alimentaria, y promoción de desarrollo económico local e inclusión social”. La Ordenanza, que rige para los 43 distritos de la provincia de Lima, establece también un Programa metropolitano de agricultura urbana que incluye entre otros el uso de espacios públicos para la producción de alimentos.

Sin embargo, no existe una política pública clara a nivel nacional que reconozca y promueva la agricultura urbana o que regule su inclusión en los planes de desarrollo urbano de las ciudades peruanas. El Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento ha establecido pautas y procedimientos para dicho desarrollo, pero no existen normas que regulen la agricultura en áreas urbanas. En ciudades en desarrollo como Lima, la agricultura urbana y periurbana solo podrá ser rentable, competitiva y sustentable cuando existan mecanismos claros de zonificación económico-ecológica, junto con exoneraciones fiscales, subsidios a los insumos agrícolas y apoyo a la inserción en mercados rentables y estables.

Por otra parte, también se necesita actuar urgentemente para proteger y valorizar la agricultura periurbana limeña, que sufre importantes limitaciones, entre ellas la escasez de suelos fértiles y de agua de riego limpia. Se estima que en 2025 el área metropolitana tendrá una población de 11,5 millones de habitantes y su zona urbana se extenderá más allá de las cuencas de los ríos Rímac, Chillón y Lurín.

Junto a esta expansión, se prevé que la presión sobre los recursos edafológicos e hídricos se incrementará exponencialmente.

Al mismo tiempo, la explosión demográfica y el desarrollo económico han generado en la ciudad una creciente demanda de alimentos más variados y de mayor calidad. En los últimos años se han abierto numerosos centros comerciales de abastecimiento de alimentos, mercados mayoristas y grandes supermercados en diferentes puntos de la capital. Esta mayor sofisticación y modernización de los mercados es una oportunidad para que la agricultura urbana y periurbana se consolide como principal proveedora de alimentos “locales” frescos y saludables para los consumidores.


El reto está en crear las condiciones necesarias para desarrollar plenamente el potencial de la agricultura urbana y periurbana como sector que puede ayudar a lograr la seguridad alimentaria y nutricional de Lima, y simultáneamente generar beneficios positivos para la sociedad, conservando los recursos naturales y protegiendo la salud pública.

Con la creación del Ministerio del Ambiente en 2008, el Perú se ha ajustado a los estándares internacionales en el área de las políticas ambientales. Dado que los gobiernos municipales son los responsables de aplicar localmente las políticas de protección ambiental, Lima debe promover la agricultura como una actividad que contribuya a mejorar la calidad medioambiental a través de la reutilización productiva de aguas cloacales y residuos sólidos.

Cuando las aguas residuales de origen doméstico se tratan adecuadamente para su reutilización agrícola, pueden emplearse de forma segura para irrigar frutales, hortalizas y plantas ornamentales. Al contener nutrientes como carbono orgánico, nitrógeno, fósforo y potasio, permiten un uso más intensivo de la tierra y mejoran el vigor de las plantas. Y lo cierto es que Lima tiene aguas residuales en abundancia.

La buena noticia es que Lima ha dejado de verter más del 80 % de sus aguas residuales directamente en el mar, sin filtrarlas o tratarlas previamente. En febrero de 2013, el Gobierno peruano inauguró la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales Taboada, una inversión equivalente a 160 millones de USD; esta planta es la mayor de América del Sur, con capacidad para tratar el 75 % de los efluentes generados en el área municipal antes de verterlos en el mar a través de una tubería subterránea de 3,5 km de longitud.

En 2013 también se ha comenzado a construir otra planta en La Chira, al sur de Lima, cuya construcción se espera completar a finales de 2014, aumentando la cobertura al 100 %. El Gobierno ha anunciado asimismo “planes futuros” para usar el agua tratada en el riego de parques y jardines.

Esta revolución en el tratamiento de las aguas residuales permitirá reutilizar los residuos líquidos y sólidos de la ciudad como agua de regadío y fertilizante orgánico para la producción de alimentos en las afueras de la capital, especialmente en áreas agrícolas no cultivadas y abandonadas. Un estudio reciente sobre la gestión hídrica en zonas urbanas, financiado por la Comisión Europea, calculó que, reutilizando un poco más de la mitad de sus aguas residuales tratadas, Lima podría regar 28 000 ha de parques y áreas verdes y cerca de 10 800 ha de terrenos agrícolas.

Esta tasa de riego, que equivale a 8 millones de litros por hectárea al año, ayudaría a aumentar el rendimiento y la calidad de los productos, así como a generar empleo e ingresos. Reducir la competición por el agua potable por parte de la agricultura también aumentaría su disponibilidad para los habitantes de la ciudad.

Lechuga , remolacha, zanahoria y brócoli

En el colegio especial Divina Misericordia, situado en el distrito limeño de Villa El Salvador, un proyecto de la FAO ayudó a crear un huerto escolar en el que los estudiantes cultivan lechuga, remolacha, zanahoria y brócoli. Maestros, estudiantes y algunos de los padres ayudaron a construir el huerto comenzando de cero, trayendo la tierra e instalando un sistema de riego.

Prórroga para las granjas porcinas

Algunas comunidades aisladas de las colinas que rodean Lima han desarrollado un sistema de producción porcina altamente eficiente en respuesta a la creciente demanda de alimentos de origen animal. Sin embargo, la expansión inexorable de los límites de la ciudad ha traído consigo el conflicto entre ganaderos, nuevos vecinos y autoridades sanitarias.

Uno de los lugares donde se ha manifestado este conflicto es el asentamiento de Saracoto Alto, en el distrito limeño de Lurigancho. Cuando se construyeron allí los primeros chiqueros, en la década de 1980, la zona aún se encontraba a una distancia prudencial de los centros de población. Fuera del control de los inspectores de sanidad, las comunidades se organizaban en una asociación informal y criaban a sus animales con poca atención en materia de saneamiento. Era una práctica común, por ejemplo, tirar los cerdos muertos al lecho seco del cercano río de Huaycoloro.

Cuando la expansión urbana llegó a las colinas a principios de la década de 2000, las denuncias de los riesgos sanitarios que comportaba esta actividad para vecinos, consumidores y los propios granjeros forzaron al Ministerio de Salud a decretar el cierre inmediato de las granjas porcinas, las cuales constituían la principal fuente de ingresos para 140 familias.

Las familias apelaron a la recién creada Subgerencia de Agricultura Urbana de Lurigancho, la cual convocó una mesa de diálogo entre la asociación de ganaderos y las autoridades municipales. Se llegó a un acuerdo mediante el cual la Subgerencia organizaría cursos de capacitación en gestión porcina para los ganaderos, centrados especialmente en cuestiones de salubridad. Desde entonces, muchos granjeros han adoptado buenas prácticas, tales como vacunar a sus animales, proporcionarles una dieta más adecuada, deshacerse de los desechos porcinos de forma segura y construir corrales de concreto.