Agricultura urbana y periurbana en América Latina y el Caribe

Tegucigalpa

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Honduras está entre los países más pobres del mundo y tiene una de las tasas más elevadas de pobreza urbana de la región de América Latina y el Caribe. La capital, Tegucigalpa, es emblemática en cuanto a los desafíos que supone el desarrollo urbano para el país. Desde 1970, la población de la ciudad se ha quintuplicado, pasando de 220 000 a aproximadamente 1,2 millones de habitantes. Casi la mitad del área urbana consiste en asentamientos informales. La mayoría de los barrios marginales de Tegucigalpa se encuentran en laderas escarpadas, con una fuerte tendencia a sufrir derrumbes naturales, y carecen de los servicios más básicos. En ellos se registran altas tasas de delincuencia. En 2009, se seleccionaron cuatro de estos asentamientos para un proyecto pionero que establece huertos familiares en los patios. El impacto del proyecto ha sido de gran alcance y ha permitido mejorar la nutrición familiar, fortalecer las comunidades y ayudar a desarrollar políticas públicas de desarrollo urbano.

El Proyecto piloto para el fortalecimiento de la agricultura urbana y periurbana y de la seguridad alimentaria en el Distrito Central —que engloba Tegucigalpa y su ciudad hermana, Comayagüela— es el primero de este tipo que se lleva a cabo en Honduras. Impulsado por la FAO y la Alcaldía Municipal del Distrito Central, tiene como objetivo contribuir a la seguridad alimentaria de la población en situación de pobreza extrema de las zonas urbanas y periurbanas. El objetivo inmediato del proyecto era incrementar el consumo diario de frutas y hortalizas por individuo, establecido inicialmente en 110 g per cápita, mediante la creación y el mantenimiento de huertos familiares y comunitarios.

El proyecto, que costó 480 000 USD, se aplicó en tres colonias de la región oriental de la ciudad: Villanueva, Los Pinos y Nueva Suyapa (la actividad en la cuarta colonia, Monte de los Olivos, se tuvo que abandonar debido a las amenazas de violencia de las pandillas).

Estas tres colonias mostraban amplias similitudes. Tanto Nueva Suyapa como el asentamiento cercano de Villanueva se crearon para acoger a la población desplazada a causa de huracanes y otros desastres naturales. Desde entonces, con un crecimiento sostenido porque también han acogido la constante migración del campo a la ciudad, la población total ha alcanzado las 42 000 personas. Los Pinos surgió en el marco del movimiento de recuperación de tierras de la década de 1980 y alcanzó los 10 000 habitantes con la llegada de pobladores procedentes del campo y de personas que habían perdido sus hogares a causa de deslizamientos de tierra en otros barrios de Tegucigalpa.

Más de la mitad de los adultos de la zona no tienen empleo formal, y entre los hogares más pobres, el ingreso promedio del empleo informal asciende a alrededor de 6 USD al día. Unos 3,60 USD se gastan en comida. Los barrios carecen de servicios básicos como el agua potable, el alcantarillado y la educación pública. El agua solo está disponible una vez al mes durante tres horas por medio de la red municipal, lo que significa que las familias tienen que recoger y almacenar reservas de agua en recipientes, en barriles y en tanques. Los suelos son de mala calidad para la agricultura y, en muchos casos, las familias no tienen espacio suficiente para sembrar verduras en la cercanía de sus casas. Otro problema común es la inseguridad generalizada: las pandillas cobran regularmente un “impuesto de guerra”, extorsionando con dinero a los residentes y comerciantes.

Sin embargo, en medio de las dificultades diarias de la vida en Nueva Suyapa, Villanueva y Los Pinos, brillaba una luz de esperanza: el alto nivel de solidaridad y participación comunitaria por parte de las mujeres, que terminó siendo uno de los factores clave para el éxito del proyecto de los huertos.

Un estudio de base encontró que las mujeres son las cabezas de hogar en el 72 % de las familias en las tres colonias. Muchas de ellas han tenido su primer hijo a los 15 años y comandan familias monoparentales, aportando ingresos para sus hogares, que, en promedio, se componen de 5 personas, incluyendo niños y ancianos. Entre la pequeña minoría de mujeres casadas, muchas declaraban que “los maridos no trabajan” o que estaban ausentes, ya sea porque habían migrado o porque habían salido a trabajar temporalmente fuera de la ciudad. Muchas mujeres, especialmente las de Nueva Suyapa, se han separado de sus esposos o parejas.

Un día normal en la vida de una mujer de cualquiera de las tres colonias comienza a las 4.00 de la mañana, cuando empiezan a hacer tortillas para venderlas de puerta en puerta durante el día, a 0,25 USD la unidad. Algunas de las mujeres tienen empleos remunerados auspiciados por el Gobierno, barriendo las calles o cortando hierba, a cambio de una remuneración de unos 110 USD mensuales. Después de haber limpiado la casa y revisado que los niños hayan cumplido con sus tareas escolares, su día normal termina a las 21.00, tras preparar y servir la cena.

Sin embargo, una gran proporción de las mujeres encuentra tiempo para realizar trabajos comunitarios y voluntarios, normalmente con iglesias u organizaciones civiles. La explicación principal es: “La gente tiene mucha necesidad”. En Nueva Suyapa, por ejemplo, las mujeres promueven activamente el recibimiento de voluntarios extranjeros que visitan la colonia cada año para participar en proyectos comunitarios e instruir a los niños huérfanos. En Villanueva, algunas mujeres imparten clases de reforzamiento escolar a niños.

Son mujeres como estas —pobres y subempleadas, pero interesadas en la iniciativa— las que conforman la mayoría de las 1 220 personas que se presentaron como voluntarias para participar en el proyecto de los huertos. Más de la mitad eran mujeres de edades comprendidas entre los 20 y los 39 años, y más del 40 % de las mujeres tenían entre 40 y 60 años de edad. Cuando se inició el proyecto, el 70 % de los participantes no tenían sembrado ningún cultivo en sus patios; sin embargo, estaban dispuestos a aprender.


El aprendizaje tomó lugar en los centros de demostración y capacitación (CDC) que se establecieron en cada una de las tres colonias. Allí, los participantes recibieron formación sobre diversas prácticas y tecnologías —preparación de semilleros, vermicompostaje, producción de plántulas, microcultivo en recipientes, cultivo hidropónico y control integrado de plagas— para la producción de frutas, hortalizas y otros cultivos.

Las capacitaciones se llevaron a cabo a razón de una cada semana y se agruparon en 8 módulos, con una duración total de dos meses. La metodología utilizada era la de “aprender haciendo”, y también se contó con material de apoyo sobre huertos familiares preparado para un proyecto de la FAO que se realizó entre comunidades vulnerables de Colombia. Además se capacitó a los participantes sobre la importancia de la diversificación de la producción y el aprovechamiento de los productos de la huerta para el consumo familiar.

Ya que los participantes en las capacitaciones tenían diferentes niveles de competencia agrícola, los CDC funcionaban como vitrinas donde podían ver una gama de tecnologías y, de acuerdo con sus necesidades, elegir la que más se acomodaba a su situación. El conocimiento práctico de las personas provenientes de zonas rurales fue un aporte importante en el proceso de capacitación.

En la segunda fase del proyecto, los participantes aplicaron las prácticas aprendidas al establecer sus propios huertos caseros, con el apoyo de técnicos que efectuaban un seguimiento del proceso y ofrecían orientación. El objetivo de cada participante era obtener por lo menos cinco hortalizas de diferentes colores para poder cumplir con los requerimientos nutricionales mínimos.

Como tercera y última fase, una vez finalizadas las capacitaciones, se entregaron insumos a cada uno de los participantes: semillas, tanques y barriles para almacenar agua. Estos insumos no eran gratuitos. Los participantes debían depositar el 50 % de su valor en un fondo —conocido como “caja urbana”—, que funcionaba como fuente de crédito para la compra futura de insumos. Aproximadamente, cada participante aportaba 60 USD por un tanque de almacenamiento de agua y 16 USD por un barril.

El enfoque del proyecto era promover el uso de tecnologías fáciles de aplicar, de bajo costo, adaptadas al suelo y clima local y desarrolladas con insumos locales. En Tegucigalpa, el proyecto permitió poner a prueba varias soluciones para dos de los grandes obstáculos a la producción: la escasa disponibilidad de agua y la mala calidad de suelo.

Se propusieron varias tecnologías para superar la escasez de agua: el riego por goteo con envases desechables, el uso de cubierta vegetal para mantener la humedad en el suelo y el uso de aguas grises filtradas con un sistema a base de llantas recicladas y llenas de carbón y grava. Los filtros retienen el jabón y las grasas de las aguas grises provenientes del lavado de platos, ropa y ducha de baño, lo que permite la utilización inocua del agua para el riego del huerto. Este sistema fue adoptado en Villanueva y Los Pinos por su bajo costo (aproximadamente 25 USD) y por la buena calidad del agua obtenida después del filtrado. En el marco del proyecto también se prestaba asistencia para construir pozos de llantas con una capacidad de 300 l con el fin de almacenar agua proveniente de la lluvia o del filtrado de aguas grises.

Dado que la calidad del suelo se optimiza más fácilmente en espacios pequeños, se utilizaron diferentes recipientes para el cultivo. Entre ellos había tubos colgantes, llamados “chorizos” o “canoas”, hechos con telas de plástico, y también canastas, envases de plástico y cartones de refrescos. El 80 % de los participantes preferían los cultivos en llantas, debido a que son más productivos y más fáciles de regar. Además de verduras, el proyecto alentaba el cultivo de fruta. Se proporcionaron 285 árboles de aguacate, guayabo, limón y mango a los participantes para que los plantaran alrededor de sus hogares.


Al término del proyecto, en diciembre de 2011, más de 1200 personas habían recibido capacitación en cuestiones de horticultura, seguridad alimentaria y nutrición. Además, todas estas personas habían participado en talleres de preparación de alimentos, gracias a los cuales conocieron diferentes formas de consumir y preparar las hortalizas que producían. (Uno de los resultados del proyecto fue la publicación El recetario del huerto urbano, elaborada con las recetas que intercambiaron los horticultores durante los talleres.)

De acuerdo con los estudios de seguimiento, casi el 90 % de las personas capacitadas tenían sus propios huertos familiares y producían al menos seis cultivos básicos: rábano, cilantro, lechuga, remolacha, zanahoria y pepino. Muchos habían comenzado a incorporar otros vegetales, como tomate, espinaca, jamaica (hibisco), zacate de limón (citronela), pipián (calabaza o zapallo), chile y albahaca. Otro cultivo popular era la yuca, que se adapta bien a las condiciones climático-edafológicas locales y es de bajo mantenimiento. Se encontró que los huertos familiares podían tener hasta 30 especies de plantas, entre árboles frutales, hortalizas y hierbas medicinales.

Más de la mitad de las hortalizas que consumían las familias participantes en el proyecto provenían del huerto familiar. Y lo que resulta más relevante es que la familia media pasó de un consumo diario de verduras y frutas de 110 g per cápita al inicio del proyecto a 260 g.

Después de realizar un seguimiento de los precios de las hortalizas en las pulperías y ferias agrícolas, se concluyó que la contribución del huerto a la economía familiar oscilaba entre los 20 y los 36 USD mensuales. Los huertos familiares incluso generaban producción que las mujeres compartían con sus familiares o vecinos o que podían destinar a la venta en pulperías. Así mismo, esta producción les permitía no depender totalmente de sus maridos en lo que respecta a la compra de alimentos.

Incluyendo a los miembros del hogar, el aumento en el consumo de frutas y hortalizas y en ingresos ha beneficiado a más de 6 000 personas, es decir, a más del 10 % de la población total de las tres colonias, a un costo de 80 USD por participante en el proyecto.


Desde el principio, el proyecto de los huertos buscó promover una fuerte participación comunitaria. Se identificaron líderes y actores clave de cada comunidad y se los involucró en las actividades del proyecto. Muchos de ellos se convirtieron posteriormente en instructores y animaron a otros a cultivar. Asimismo, se organizaron visitas a los huertos de otras colonias, lo que contribuyó a compartir los avances y las tecnologías.

En el proceso, las mujeres de las colonias de Nueva Suyapa, Villanueva y Los Pinos hicieron nuevas amistades que han fortalecido las comunidades y las han llevado a tomar parte en otras actividades sociales y económicas. En Villanueva, por ejemplo, seis mujeres han organizado el grupo de costura Entre Mujeres, que ha obtenido un préstamo de 100 USD para su negocio.

Pero la innovación más importante en cuanto a desarrollo de la comunidad surgida del proyecto son las cajas urbanas, los fondos autogestionados de crédito y de ahorro. La idea era una adaptación de las cajas rurales, que se instauraron en áreas rurales de Honduras en el marco de un proyecto de seguridad alimentaria de la FAO. Los agricultores tenían que depositar parte de los ingresos obtenidos con la venta de su producción para formar el capital inicial de la caja. En el caso del proyecto de los huertos en Tegucigalpa, los participantes debían reponer al fondo al menos el 50 % del valor de los insumos otorgados.

La creación de las cajas urbanas en las tres colonias contó con la orientación de los técnicos del proyecto, quienes impulsaron la conformación de las mesas directivas y la redacción de los reglamentos. Se formaron nueve cajas con un total de 200 socios, con el fin de ofrecer servicios financieros a los miembros y vecinos.

Dos años después de la conclusión del proyecto, cuatro de estas cajas siguen operativas: Bendición de Dios y Mujeres Luchando por un Nuevo Amanecer, ambas en Nueva Suyapa; Sembrando Esperanza, en Villanueva; y Socios Unidos al Desarrollo, en Los Pinos. Como sugieren los nombres, todas atribuyen su éxito a la “buena comunicación y organización” y a la confianza que existe entre sus integrantes.

Para acumular capital, los agricultores depositaron los ingresos obtenidos con la venta de hortalizas, semillas y aperitivos y organizaron actividades destinadas a generar ingresos extra, como las rifas. Las cajas proveen préstamos de entre 15 y 100 USD a los socios y vecinos, que los utilizan para comprar equipos e insumos para los huertos familiares o materias primas para las microempresas (por ejemplo, ingredientes para hacer tortillas, tamales y enchiladas). Las cajas son una forma inmediata de acceder a dinero en efectivo, que se puede utilizar, por ejemplo, para comprar medicinas cuando un familiar se enferma. Los intereses por los préstamos son del 3 % para los socios y del 5 % para los vecinos, mucho más bajos que las tasas aplicadas por bancos comerciales, ONG y prestamistas, que comienzan en el 12 %.

Las cajas establecen un mínimo de ahorro mensual por socio —por lo general de 1 USD— y algunas excluyen a los socios que no cumplen con este requisito. Los intereses de las cuentas de ahorro son del 12 % al año, lo que ha ayudado a muchas mujeres a acumular reservas de efectivo disponible. Al final del año, los socios reciben la mitad de los intereses y devuelven la otra mitad a la caja como capital para otras inversiones.

En 2013, las cuatro cajas sumaban un capital total de más de 4 000 USD. En una reciente evaluación se encontró que, gracias a las cajas, las mujeres han tenido la posibilidad de explorar nuevas capacidades, independizarse económicamente de sus esposos o parejas y ganarse el respeto de sus vecinos e hijos.


El impacto del proyecto de los huertos urbanos de Tegucigalpa se ha hecho notar más allá de las colonias de Nueva Suyapa, Villanueva y Los Pinos. Así mismo, ha influido en la decisión del Gobierno de Honduras, en 2011, de extender su Programa nacional de desarrollo rural sostenible a las áreas urbanas, para beneficiar a las poblaciones urbanas vulnerables. El programa, impulsado por la Secretaría de Agricultura y Ganadería, es ahora parte fundamental de la Visión de País 2010-2038, que persigue la erradicación del hambre y la extrema pobreza, la generación de empleo masivo y la utilización sostenible de los recursos naturales.

Una de las prioridades de la Secretaría es promover la seguridad alimentaria a través de proyectos participativos con las comunidades urbanas, y también mejorar el acceso a los recursos financieros, expandiendo el sistema de las cajas rurales a las ciudades.

Huerto escolar se convierte en microempresa

En el barrio de Cerro Grande, en Comayagüela, la “ciudad hermana” de Tegucigalpa, una escuela primaria local conoció el proyecto de los huertos y solicitó apoyo para iniciar su propio huerto escolar. Dentro del proyecto, se capacitó a los docentes para trabajar con los estudiantes y se instalaron un tanque para almacenar agua, un sistema de irrigación y un invernadero para producir plántulas.

Ahora, además de cultivar frutas, hortalizas y hierbas en su huerto, los escolares también procesan y venden productos propios, como encurtidos, jaleas, confites y tortillas fortificadas, entre los familiares y la comunidad. Además, ha habido un “efecto multiplicador” positivo: 40 familias de escolares de la escuela Cerro Grande zona II han creado sus propios jardines en los patios traseros de sus casas.