Programa de la FAO para la Horticultura urbana y periurbana
Ciudades más verdes
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Fotografía: FAO/Jamie Razuri

Comunidades sanas

Los huertos de fruta y de hortalizas proporcionan a los grupos excluidos alimentos, ingresos, un objetivo para una actividad conjunta y un canal constructivo a la vitalidad juvenil

El hambre, la pobreza, la explotación y la falta de esperanzas pueden conducir a tasas elevadas de criminalidad, prostitución, falta de atención a los niños y consumo de drogas en las ciudades en desarrollo. Los jóvenes son especialmente vulnerables. En el mundo en desarrollo en general, casi la mitad de la población es menor de 25 años. En el África subsahariana, el 43% es menor de 15 años. Conforme las elevadas tasas de natalidad y la emigración rural añadan millones de personas a la población joven en el siguiente decenio, la frustración urbana podría exacerbarse.

Al proporcionar alimentos, ingresos y el objetivo de una actividad común, la horticultura urbana y periurbana ayuda a crear comunidades más contentas y sanas. Integra a los grupos excluidos y vulnerables al tejido social urbano, y ofrece un canal constructivo a la vitalidad juvenil.

En Colombia, por ejemplo, el programa de horticultura comunitaria «Bogotá sin indiferencia» extiende los beneficios de la producción de hortalizas a los ex combatientes, los ancianos, las presas, los discapacitados y las personas con VIH/SIDA.

En el barrio de Mathare, en Nairobi, los jóvenes con antecedentes por robo hoy se ganan dignamente la vida cultivando y vendiendo hortalizas a su comunidad. Los ingresos contribuyen a sus estudios en la escuela nocturna. Los huertos comunitarios en Buenos Aires se describen como «símbolos de vitalidad y crecimiento» en barrios conocidos por su criminalidad y pobreza.

Los datos de ciudades de todo el mundo ponen de relieve el impacto positivo de la horticultura urbana y periurbana en las mujeres, los jóvenes y los niños. Entre los beneficios citados por los participantes en un proyecto de microhuertos comunitarios en el Senegal fue la incorporación en redes sociales de amas de casa anteriormente aisladas.

En la periferia de la Ciudad de México, empleadas domésticas que trabajaban en el centro de la ciudad tenían que salir de sus casas a las 4 am y volvían por la noche. En su ausencia, sus hijos muchas veces frecuentaban pandillas de la calle. Al cambiar su actividad a la horticultura, no sólo encontraron un nuevo medio de sustento, sino que pudieron dedicar más tiempo a cuidar a sus hijos.

Una ONG de Port Elizabeth, Sudáfrica, donde toda una generación de padres murió de SIDA, estableció huertos escolares y parcelas domésticas para familias encabezadas por huérfanos, en asociación con una clínica de salud. Las abuelas formaron un círculo social estrecho que ofrece cuidados y apoyo, y la asistencia a clases aumento un 25%. En el polvoriento pueblo de Katatura, en Namibia, la FAO ayudó a un grupo de horticultores llamado «Hope» (esperanza) a establecer un centro de capacitación para la horticultora para otros miembros de la comunidad.

La FAO afirma que la horticultura urbana y periurbana debería ocupar un lugar importante en los planes de mejoramiento de los barrios bajos y en el diseño de los nuevos barrios para los grupos urbanos pobres. Además de ingresos y alimentos, los huertos de fruta y hortalizas ofrecen un medio ambiente urbano sano, una conexión con lo rural y lo natural, y el placer de cultivar y atender las plantas hasta el atardecer.