En los últimos 30 años, aproximadamente, la mayor parte del incremento de la producción -más de tres cuartas partes- se debe a cosechas más abundantes, sobre todo en consecuencia de la revolución verde. Se prevé que en los siguientes 30 años ocurra lo mismo en los países en desarrollo, con el 69 por ciento del aumento de la producción a cargo del volumen mayor de las cosechas, el 12 por ciento por la intensidad de explotación, y el resto a partir de la extensión de las tierras de cultivo.
Gran parte del aumento de la producción agrícola provendrá de las tierras de regadío, de las que tres cuartas partes están en los países en desarrollo. En la actualidad, un 20 por ciento de las tierras agrícolas de los países en desarrollo tiene irrigación, y suministra cerca del 40 por ciento de la producción agrícola total. En los pasados 30 años, la superficie de regadío creció cerca de dos por ciento anual, con un incremento total de casi 94 millones de hectáreas entre 1962 y 1996. La superficie irrigada de los países en desarrollo en 1996 era casi el doble que en 1962.
Un estudio de la FAO de 93 países en desarrollo llega a conclusiones comparativamente alentadoras en este tema. En el periodo 1996-2030, se prevé que el consumo de agua para riego en esos países aumente apenas un 14 por ciento, de los 1 840 kilómetros cúbicos por año a 2 060 kilómetros cúbicos anuales en el año 2030. Se trata de un ligero aumento en comparación con el crecimiento previsto de la superficie agrícola de regadío. La mayor parte de esta diferencia se explica por la mejoría anticipada de la eficiencia del riego, que hace disminuir la explotación necesaria de agua para riego por hectárea de tierras irrigadas. Una pequeña proporción de esta reducción también se deberá al cambio de las pautas agrícolas en algunos países, como China, donde se anticipa un cambio sustancial de la producción de arroz a la de trigo. Aquél suele consumir el doble de agua que éste.
Mejorar la producción de secano y la de regadío. La FAO afirma que incrementar la productividad de la agricultura de secano -que sigue proporcionando cerca del 60 por ciento de los alimentos mundiales- repercutiría significativamente en la producción mundial de alimentos. Con todo, las posibilidades de mejorar las cosechas depende en gran parte de las pautas de la lluvia. En las zonas secas, el acopio de agua pluvial puede reducir los riesgos e incrementar las cosechas. Existen diversas formas de acopio de agua pluvial:
La agricultura de regadío ha sido una fuente en extremo importante de producción de alimentos en los últimos decenios. Las cosechas más abundantes que se pueden obtener con riego duplican con creces las más voluminosas de la agricultura de secano. Incluso el riego con pocos insumos es más productivo que la agricultura de secano que ocupa muchos insumos. Esas son las ventajas de poder controlar, con precisión, la absorción de agua en las raíces de las plantas.
Es posible elaborar políticas, crear instituciones y leyes orientadas a mejorar la productividad del agua en muchos niveles distintos. En cuanto al consumo personal, una política que fomentara el consumo de alimentos que ocupan menos agua -trigo en lugar de arroz, pollo en vez de carne de vacuno, por ejemplo- podría mejorar notablemente la eficiencia en el consumo de agua. En el aspecto local, una mejor gestión del riego aumentaría mucho la eficiencia de la utilización del agua. La mejor forma de lograrlo es otorgar a los que actualmente utilizan agua de riego el poder de organizar y administrar sus propias reservas, por lo menos localmente. Además, debe haber una mayor responsabilidad y transparencia, y se deben otorgar incentivos para economizar el agua. En el ámbito de la cuenca hidrográfica es prioritario profundizar la integración no sólo de la tierra con la organización del consumo de agua, sino también entre los demás consumidores del líquido: los sistemas hidroeléctricos, la industria y las poblaciones urbanas, por ejemplo.
Los hombres y las mujeres rurales participarían en la mejoría mundial del nivel de vida y sus beneficios, reflejados en la calidad de la vida, la salud y el tiempo libre. La agricultura y otras actividades se realizarían en armonía con el medio ambiente, habría agua limpia en los ríos, en los lagos y en los mantos acuíferos, rodeada de e integrada en ecosistemas saludables. El consumo de agua se organizaría con eficiencia y de manera sostenible. Habría acceso al agua y a otros recursos agrícolas a partir de una base equitativa y en un medio económico justo, que brindara oportunidades para todos.
Un futuro semejante no se dará automáticamente, hace falta dar a las personas acceso a sus derechos humanos, políticos y económicos. La sociedad necesita organizarse en forma tal que todos tengan acceso a los alimentos y el agua, incluso los más débiles. Todas las generaciones tienen la obligación de conservar el legado natural y agrícola para sus sucesores, de modo que la producción de hoy no reduzca la capacidad de las futuras generaciones de producir lo necesario para vivir. Y lo que es más importante, los hombres y las mujeres deben tener voz en las decisiones que les afectan, comprendidas las relativas a la asignación y la gestión del agua. Es necesario devolver al nivel más bajo posible la autoridad para tomar decisiones, y las personas requieren tener acceso a la información imprescindible para tomarlas.
Texto elaborado por el Grupo multimedia de la FAO (GII)
Publicado en abril de 2000