El Servicio de Producción Animal del Departamento de Agricultura de la FAO colaboró recientemente en un estudio mundial encaminado a determinar la forma de ayudar al sector ganadero a satisfacer sus demandas futuras, y conservar también la base de los recursos naturales. Este estudio, dirigido a los encargados de elaborar las políticas y a los especialistas, señala que a consecuencia de la producción ganadera, se talan bosques, se contaminan los ríos o los suelos se sobrecargan de nitratos, el ganado mismo no tiene la culpa: "El ganado no destruye el medio ambiente, lo destruyen las personas". Los responsables de la degradación ambiental son la ignorancia, la indiferencia y las políticas que orientan mal la utilización de los recursos. Los ganaderos en particular, sobre todo en los países en desarrollo, a menudo tienen pocas opciones. Corresponde a los encargados de elaborar las políticas asegurar que dichas opciones estén bien concebidas desde el punto de vista ecológico." El estudio analizó diversos "puntos críticos" de la acción recíproca entre el ganado y el medio ambiente.
El ganado en los pastizales. Cerca de 60 por ciento de las tierras agrícolas del mundo se utilizan para apacentar a unos 360 millones de cabezas de ganado, y más de 600 millones de ovejas y cabras. El pastoreo proporciona cerca de 10 por ciento de la producción mundial de carne de bovino y alrededor de 30 por ciento de la carne de ovino y de caprino. Para unos 100 millones de personas de las zonas áridas - y es probable que para un número parecido de otras zonas - la ganadería es la única forma viable de ganarse la vida.
La gran ventaja de apacentar al ganado es que convierte en productos útiles recursos que de otra forma se desperdiciarían. En tanto, los rumiantes desempeñan una función ecológica positiva: mejoran la diversidad de los pastos al diseminar sus semillas, y rompen la costra de los suelos. Por eso los pastizales de las zonas áridas forman un ecosistema dinámico y muy resistente, siempre y cuando el número de personas y de animales que pueden sustentar las tierras se mantengan en equilibrio. Efectivamente, la capacidad de recuperación después de las sequías es uno de los principales indicadores de la sostenibilidad ecológica y social a largo plazo de los sistemas de pastoreo de las zonas áridas.
Hoy en día muchas zonas de pastoreo del mundo - en especial las semiáridas y las subhúmedas - corren peligro de degradación. A consecuencia de la presión demográfica y de las políticas favorables a la agricultura marginal, gran parte de los mejores pastizales se están dedicando a cultivos para los que esas tierras no son aptas. Cuando se agotan y se dejan en barbecho, después de algunos años, no se recuperan como buenos pastizales. Es más, los pastores sólo aprovechan mejor los recursos conduciendo su ganado entre diversos pastizales. Los cultivos no sólo reducen las zonas de pastoreo, sino que también repercuten en los pastizales. Cuando se mantiene durante mucho tiempo a los animales en un mismo sitio, es inevitable la degradación de las tierras.
Las personas más próximas al uso de las tierras deben participar más y tener más responsabilidad en su gestión. Así se alentaría el cuidado de los recursos naturales y se reglamentaría el acceso a los mismos. Por lo general, esto debe apoyarse con medidas normativas e institucionales, como el incremento de los costos de utilización de los pastizales, para estimular a los propietarios a vender sus animales cuando sean más jóvenes, cobrando precios realistas por el agua y los servicios veterinarios, e introduciendo, donde sea adecuado, el derecho a la propiedad agraria.
Otro "punto crítico" del medio ambiente vinculado al pastoreo es la deforestación. Desde 1950 se han perdido unos dos millones de kilómetros cuadrados de selvas tropicales y su biodiversidad correspondiente, donde la ganadería es uno de los principales responsables, sobre todo en América Latina. Pero de nueva cuenta, las causas fundamentales son complejas, y a menudo son consecuencia de distorsiones políticas más que de la propia producción pecuaria. Entre aquéllas, los créditos subsidiados y otras ventajas fiscales que han favorecido la ganadería, así como la especulación con las tierras ligada a la construcción de carreteras y a los programas de población financiados por el Estado (en muchos países es necesario demostrar que las tierras están ocupadas con alguna actividad agrícola antes de poder registrarse a nombre de algún propietario).
Muchos de estos incentivos inadecuados ya se han eliminado. El uso agrario está dominado cada vez más por la demanda real de alimentos, y la ganadería se introduce una vez agotada la fertilidad de los suelos por los cultivos. La principal política de contención de la deforestación ha de ser la intensificación, mediante una combinación de incentivos fiscales (como la gravación de las tierras), investigación y servicios de extensión.
El ganado en las tierras de cultivo. Casi toda la agricultura mundial combina el cultivo y la ganadería, abarcando una superficie cercana a 2 500 millones de hectáreas. El ganado, importante no sólo para obtener carne, leche y piel, además proporciona tracción para cultivar más de 25 por ciento de la superficie agrícola. En todo el mundo está aumentando la población del ganado, pero en las regiones húmedas y subhúmedas es más veloz dicho crecimiento. Los sistemas agrícolas mixtos con irrigación, especialmente en las regiones húmedas de Asia, han mostrado el mayor incremento de la productividad.
La actividad agropecuaria aprovecha de manera muy eficiente los recursos naturales. Los residuos de las cosechas alimentan a los animales y el estiércol de éstos abona los suelos. El ganado añade valor a los alimentos de poco valor o excedentes, utiliza con mayor eficiencia la mano de obra y diversifica los riesgos. Al aplicar estiércol a las tierras, no sólo se reciclan los elementos nutritivos sino que la estructura mejorada de los suelos reduce la erosión. Suele reconocerse menos el beneficio que aporta a la biodiversidad un uso más variado de las tierras: los árboles de forraje y las franjas de pastos proporcionan un hábitat a muchos tipos de animales y vegetales silvestres, incluyendo microfauna y flora.
En otras zonas, el sesgo político que favorece la producción de cultivos, de hecho impide la integración de los mismos con la ganadería. Muchos países -por ejemplo en el Oriente Medio- imponen altos derechos de importación para proteger la producción interna de granos, que a su vez alienta a los agricultores a cultivas tierras marginales antes dedicadas al pastoreo. Los fertilizantes baratos y los combustibles de origen mineral están sustituyendo el abono y la tracción animal, y los forrajes económicos en el Sudeste de Asia han propiciado la industrialización de la producción pecuaria.
Eliminar los subisidios a los forrajes, los fertilizantes y la mecanización estimularía una utilización mayor de piensos producidos internamente, el uso de tracción animal y de abono natural. Aun en los países desarrollados -donde la actividad agropecuaria es más intensiva y, por lo tanto, más susceptible de producir un excedente que de padecer escasez de sustancias nutritivas- eliminar los susbisidios a los forrajes y los fertilizantes ayudaría a remediar los daños ecológicos.
La producción industrial puede crear enormes problemas de contaminación porque produce grandes cantidades de sustancias nutritivas en forma de forrajes concentrados, y luego los residuos se desechan en las tierras cercanas. Así se contaminan las tierras y los mantos freáticos. Los principales motivos de esta situación son una infraestructura deficiente y reglamentaciones débiles. Donde hay carreteras inadecuadas y los costos del transporte son elevados, las unidades industriales suelen estar próximas a los centros urbanos. Así ha ocurrido en Asia, donde una industria pecuaria que se ha desarrollado muy rápidamente y una estructura normativa débil constituyen riesgos para la salud humana.
El reto estriba en lograr una mayor eficiencia sin concentrar en exceso el ganado. Si mejoran el transporte y los servicios de almacenamiento, es posible trasladar la producción pecuaria más cerca de donde se producen los forrajes, es decir, regresarla a las zonas rurales, y permitir así no sólo que se aprovechen los desechos, sino devolverlos como nutrientes. Recrear esta relación ayudaría, pues, a reducir la merma de las sustancias nutritivas de los suelos debida a la producción de forrajes.
Por último, el ganado y sus desechos producen gases. Algunos, como el amonio, son locales, pero otros, comprendidos el bióxido de carbono, el metano y los óxidos nitrosos, afectan a la atmósfera y contribuyen al calentamiento del planeta. Con todo, la tendencia a la producción intensiva de cerdos y aves de corral ha ayudado a mantener estable las emisiones de gases del ganado (los cerdos y las aves de corral no emiten cantidades significativas de metano, como los rumiantes), y hay soluciones técnicas disponibles para limitar la emisión de estos gases que producen el efecto invernadero, en particular los óxidos nitrosos y el metano. Por ejemplo, éste puede recuperarse de las lagunas y utilizarse directamente como combustible o para producir energía eléctrica.
Reto para los encargados de elaborar las políticas. La acción recíproca del ganado y el medio ambiente es múltiple y compleja, constituye un desafío para los encargados de elaborar las políticas, para quienes los factores socioeconómicos probablemente ejerzan mayor presión y sean prioritarios. Anteponer el medio ambiente no significa que sólo cuenten los objetivos ecológicos. Por el contrario, las metas ambientales sólo se pueden resolver con eficacia si se acompañan de medias económicas bien concebidas.
Las medidas exclusivamente dirigidas a los efectos superficiales del daño ambiental, nunca tendrán la eficiencia de una política que se ocupe de las causas de fondo. El meollo del asunto está en que los que se benefician de una explotación excesiva y degradan el medio ambiente, no han pagado todos los costos. Quienes defienden los recursos naturales, o pagan los costos de su conservación, obtienen pocos de esos beneficios.
¿Cómo se puede invertir esta situación? Una posibilidad sería asegurar que el precio de los productos pecuarios no se subsidie artificialmente, ignorando los costos ambientales en que incurre esa producción. Esta difícil tarea incumbirá a los encargados de elaborar las políticas, que combinando la reducción de los subsidios e imponiendo gravámenes y reglamentos, pueden alentar la utilización de tecnologías de producción pecuaria favorables al medio ambiente. Afrontarán poderosas presiones sectoriales, como también las de los consumidores que no querrán pagar más por los productos de origen animal. La política puede variar según la etapa de desarrollo de los países. No puede esperarse que los de ingresos más bajos impongan los mismos reglamentos y gravámenes que se pueden permitir los países más ricos. No obstante, con mejor información, es más probable que el público se interese por la defensa del medio ambiente.
Es enorme el alcance de la tecnología para incrementar la producción pecuaria, y reducir a la vez la utilización de recursos naturales por unidad de producto. Lo que hace falta es la voluntad de defender la base de los recursos naturales, seguida de la introducción de las políticas e instituciones necesarias para inducir la adopción de esa tecnología.
Hay muchas oportunidades de aprovechar el inmenso potencial de desarrollo que brinda el ganado y reducir al mínimo al mismo tiempo el daño al medio ambiente. La conciencia, la voluntad política y la disposición están aumentando entre los interesados, y deberían garantizar que ya no se ignoren los problemas sino que se resuelvan con eficacia.
Publicado en septiembre de 1998