AGRONoticias América Latina y el Caribe
 

Producción agrícola y clusters

1.      Contexto: desarrollo económico territorial.

El desarrollo económico impulsa cualquier actividad productiva cuyo potencial generador directo de ingresos, empleos e impuestos permita dinamizar la economía territorial. Según Sergio Sepúlveda, “dichas actividades poseen el potencial para promover actividades productivas complementarias, que a la vez generarán beneficios adicionales. Evidentemente, esas actividades están condicionadas por las características endógenas de cada territorio, son ellas las que perfilan las posibilidades productivas del territorio, como por ejemplo, la biodiversidad, el bosque, los recursos hídricos, pago de servicios ambientales, minerales, producción orgánica, elaboración de productos étnicos o de nostalgia, ecoturismo, biocombustibles, entre otros. Los motores permiten nuclear diversas actividades productivas primarias y de procesamiento y transformación que agregan valor a la materia prima y brindan nuevas oportunidades de desarrollo (Sepúlveda S., Sergio IICA, 2008[1]).

El enfoque territorial propone un tratamiento integral y multidisciplinario de la realidad rural; promueve la integración de todas esas actividades en una economía del territorio (rural y urbano), formar cadenas y clusters que vinculen las diferentes actividades productivas y que contribuyan a reforzar el uso racional de los recursos.

El desarrollo económico territorial debe ser liderado por los gobiernos locales y los gestores o propietarios de las unidades económicas, de manera concertado con otros actores locales del territorio. Entre las acciones que permitirán este desarrollo están el fortalecimiento de la competitividad de cadenas productivas, subsectores o conglomerados económicos potenciales del territorio, la consolidación de redes socioeconómicas de cooperación y competencia, o la implementación de mecanismos de retención de excedentes en la economía local.

 

2.      La agricultura familiar, base de las economías territoriales latinoamericanas.

La agricultura familiar, según se recoge en la Estrategia Centroamericana de Desarrollo Rural Territorial (ECADERT), engloba un conjunto de sistemas agrícolas basados en unidades domésticas de producción y consumo, en las cuales el trabajo de los miembros de la familia es la principal fuerza laboral y el grueso de las necesidades de consumo del hogar se satisfacen mediante la producción de la finca, ya sea directamente o adquiriendo bienes con productos vendidos o intercambiados. Este tipo de agricultura es una de las primordiales fuentes de producción de alimentos y de generación de empleos  rurales en América Latina y el Caribe (ALC), y tienen un papel importante en la lucha contra el hambre de la región. 

 

La agricultura familiar se basa en sistemas agrícolas fundamentados en la diversificación de cultivos, donde los agricultores familiares han transmitido, de generación en generación, conocimientos y habilidades, preservando y mejorando las prácticas agrícolas encaminadas a aumentar y mejorar la producción sin perjudicar la sostenibilidad. La agricultura familiar, además, contribuye a la vez a una dieta equilibrada y a la protección de la biodiversidad agrícola mundial.

Según el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA), hay más de 500 millones de explotaciones agrícolas familiares en todo el mundo y a pesar  de contar con enorme potencial para aumentar la disponibilidad local de alimentos a un precio accesible, aún enfrenta grandes retos y restricciones, especialmente en comparación con la agricultura mecanizada orientada a la exportación. Sin embargo, “el apoyo a la agricultura familiar no debería hacerse en oposición a la agricultura especializada de gran escala, que también juega un papel importante para garantizar el suministro mundial de alimentos y que se enfrenta a sus propios retos” (G. da Silva, Director General de la FAO).

Según el Marco Estratégico de Cooperación de la FAO para la Agricultura Familiar en América Latina y el Caribe, 2012 - 2015 , aprobado por los países miembros en la XXXII Conferencia Regional de la FAO en el año 2012, las explotaciones en manos de pequeños agricultores representan más del 80 por ciento del total, y aportan entre el 30 y 40 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) agrícola regional. La agricultura familiar en la región provee, a nivel país, entre 27 y 67 por ciento del total de la producción alimentaria, ocupando entre el 12 y el 67 por ciento de la superficie agropecuaria.

Aunque la agricultura familiar utiliza sobre todo mano de obra familiar, también es común que emplee mano de obra eventual contratada: hasta el 70 por ciento del empleo agrícola en la región (FAO y BID, 2007a) en las zonas rurales donde se encuentran los focos más duros de pobreza e inseguridad alimentaria.  Además de su importancia como proveedor de alimentos para las ciudades, generador de empleo agrícola y fuente de ingresos para los más pobres, la agricultura familiar contribuye al desarrollo equilibrado de los territorios y de las comunidades rurales (Schneider, 2009). Es un modelo productivo que favorece el arraigo de la familia al medio rural; crea redes de protección social; permite preservar y potenciar aspectos culturales, habilidades, destrezas y tradiciones; y favorece la preservación de especies vegetales y animales endógenas de la región.

Sólo en América Central (Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá) existen más de dos millones de familias (o diez millones de individuos) que producen granos básicos (maíz, frijol, arroz y sorgo); y la casi totalidad de ellos son agricultores familiares y representan el 52 por ciento de la población rural de Centroamérica.

La modernización de la agricultura en América Latina ha tenido un carácter desigual e incompleto en la mayoría de los países y, en algunos casos, ha privilegiado a los sectores empresariales frente a la pequeña agricultura. En la región se ha ido creando una agricultura polarizada con unidades productivas de diferentes dimensiones, y con distintas racionalidades. Hoy se pueden distinguir, en términos generales, dos grandes tipos de explotaciones: la agricultura empresarial y los pequeños productores o “agricultura familiar”.

La agricultura familiar ocupa un lugar fundamental en la agenda política de los gobiernos de la región y en los organismos intergubernamentales, dada su  importancia para aumentar la seguridad alimentaria y reducir el hambre en la región.

El Marco Estratégico de Cooperación de la FAO para la AF en América Latina y el Caribe, 2012 - 2015 resume las acciones más importantes que han llevado a cabo los gobiernos de la región en apoyo a la agricultura familiar. El gobierno de Argentina, por ejemplo, ha destinado casi 2 millones de dólares para impulsar la inscripción de los agricultores del rubro en el registro nacional y  en Costa Rica el gobierno ha adoptado un plan para el sector. El gobierno de Chile ha incrementado el presupuesto para apoyar este tipo de cultivos a través del Instituto  Nacional de Desarrollo Agropecuario (INDAP) y en México, se han  adoptado medidas para poner en marcha una iniciativa de inclusión social contra el hambre basada en el apoyo a la agricultura familiar.

Brasil, donde más del 80 por ciento de los alimentos consumidos provienen de la agricultura familiar,  destaca por ser uno de los países en la región  que más ha apoyado a la agricultura familiar. El Programa Nacional de Fortalecimiento de la Agricultura Familiar (PRONAF) de Brasil, en marcha desde 1966, es uno de los más vastos esfuerzos desplegados en América Latina  para apoyar la agricultura familiar a escala del país más grande de la región. Entre otras ayudas, el PRONAF ofrece un programa subsidiado de seguro agrícola contra riesgos climáticos, y algunos otros apoyos a cargo de entidades estatales específicas: los desarrollos tecnológicos llevados a cabo por la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (EMBRAPA, por sus siglas en portugués) y su transferencia a los productores a través de entidades federales y estaduales de asistencia técnica.

Asimismo, existen iniciativas e instituciones de más reciente creación, como la Secretaría de Desarrollo Rural y Agricultura Familiar en Argentina; el programa de Apoyo a la agricultura familiar del Ministerio de Agricultura y Ganadería de El Salvador; el Programa de Fomento de la Producción de Alimentos para la agricultura familiar  en Paraguay, establecido en 2010; y la Estrategia de agricultura familiar implementada por el Ministerio de Agricultura de Costa Rica. Otros países también están desarrollando políticas de protección y promoción como es el caso de Bolivia que ha declarado la Agricultura Familiar como actividad de interés nacional.

Naciones Unidas ha declarado el 2014 como Año Internacional de la Agricultura Familiar (AIAF) con el objetivo de reposicionar la Agricultura Familiar en las agendas nacionales, promover el debate sobre los desafíos a los que se enfrentan los pequeños campesinos y ayudar a identificar formas eficaces de apoyo a la Agricultura Familiar. El Plan Maestro del Año Internacional de la Agricultura Familiar 2014 (AIAF por sus siglas en inglés):  identifica cuatro objetivos fundamentales: (1) Apoyar el desarrollo de las políticas agrícolas, ambientales y sociales propicias para la agricultura familiar sostenible; (2) Aumentar el conocimiento, la comunicación y concienciación del público; (3) Lograr una mejor comprensión de las necesidades de la agricultura familiar, su potencial y limitaciones, y garantizar el apoyo técnico; (4) Crear sinergias para la sostenibilidad.

Siguiendo estos cuatro objetivos, la FAO ha marcado sus líneas de acción para este año que pasan por la promoción del diálogo en los procesos de tomas de decisiones sobre políticas que refuercen el valor de la AF y su importancia dentro de las comunidades rurales. La FAO se presenta como el punto de enlace entre organizaciones públicas y privadas para que trabajen conjuntamente en el desarrollo de políticas encaminadas a apoyar este sistema de producción agrícola. Al mismo tiempo la FAO está llevando a cabo una labor de comunicación, promoción y divulgación de la importancia que tiene la Agricultura Familiar para reducir la inseguridad alimentaria.

Por su parte, varios países de la región están llevando a cabo acciones de apoyo a la Agricultura Familiar a través de la aprobación de políticas concretas o la creación de comités y grupos de trabajo. Según recoge el Boletín de Agricultura Familiar de América Latina y el Caribe de la FAO, en el marco del AIAF 2014, el Parlamento Andino ha aprobado, en el último semestre de 2013, una declaración de implementación en la región andina de políticas públicas a favor del desarrollo sostenible de los sistemas agrarios basados en la unidad familiar. Perú es uno de los países que afronta el reto de continuar formulando y replanteando sus políticas y programas con el objetivo de lograr un desarrollo rural inclusivo e integral de su actividad agropecuaria. En países como Bolivia se conformó el Comité de Agricultura Familiar para el AIAF integrado por representantes de las organizaciones de productores, representantes de la sociedad civil y representantes del Gobierno. Por su parte, Venezuela ha anunciado su integración al Fondo de Agricultura Familiar del MERCOSUR, un organismo que financia acciones para el desarrollo de los pequeños y medianos productores a nivel regional.

 

3.      Cadenas agroalimentarias, clusters y competitividad.

Si bien la visión de desarrollo territorial se sustenta en una lógica de diversos motores de desarrollo, también plantea la especialización de la agricultura como un posible eje dinamizador. La agricultura que genera productos de alto valor agregado implica la integración de los distintos procesos que van desde la producción hasta el procesamiento y la distribución de los productos. Ese encadenamiento apunta a la generación de mayor valor agregado como una condición para alcanzar, sostener o elevar la competitividad (es necesario recordar que el valor agregado no es la única vía para llegar a la competitividad) (Chavarría et al., 2002).

El desarrollo de clusters es una estrategia territorial para aumentar la competitividad en el sector agroalimentario. Los clusters son un elemento clave de desarrollo sectorial y rural, al  facilitar la vinculación de los agricultores y empresas de un territorio a cadenas alimentarias globales de forma más eficiente. Un cluster se define como “un grupo geográficamente próximo de compañías e instituciones asociadas en un campo particular, vinculadas por características comunes y complementarias” (Porter, 1990).

Un clúster agrario es una concentración de productores, de agroprocesadores, y de las instituciones que participan en el mismo subsector agrícola o agroindustrial, que interaccionan y construyen redes al abordar desafíos y búsqueda de oportunidades comunes. El enfoque de clústers reconoce que todos los actores de la cadena de valor agrícola son más innovadores y  éxitosos cuando interactúan con las instituciones de apoyo y otros actores de la cadena de suministro. Mediante la promoción de los vínculos verticales y horizontales entre las empresas agrícolas locales, así como las relaciones de apoyo entre ellos y las organizaciones acompañantes (por ejemplo, los gobiernos locales, institutos de investigación y universidades), las políticas de clusters promueven la difusión de la innovación, así como el uso y la generación de importantes externalidades locales. Los cluster agrarios también pueden mejorar el acceso a los mercados y a la información. Las políticas de clúster son cruciales para los agricultores de pequeña escala y la agroindustria, ya que les permiten participar en una mayor productividad, y más orientada hacia el mercado y la producción de mayor valor añadido. En consecuencia, los gobiernos central y locales han descubierto que la promoción de clusters es una valiosa herramienta para apoyar a las empresas agrícolas en su territorio y les ayudan a vincular a las cadenas de valor agrícolas mundiales de una manera más eficiente y sostenible.

Las cadenas agroalimentarias tienden a localizarse geográficamente, y esa localización espacial responde teóricamente a una serie de factores entre los que destacan la cercanía de las materias primas (base de recursos naturales) y la cercanía de los mercados, lo que disminuye los costos de transporte (Polèse, 1998). Las características físicas del territorio, así como la infraestructura y los servicios de apoyo a la producción, también juegan un papel importante. Esos últimos aspectos favorecen la obtención de un mayor valor agregado de la cadena y reducen los costos de transacción, ambos factores contribuyen a la competitividad.

La eficiencia y la sostenibilidad son elementos claves para la competitividad de las cadenas agroalimentarias. Por eso, esta noción considera tanto aspectos de orden económico como ambiental. Así, “… competitividad es un concepto comparativo fundamentado en la capacidad dinámica que tiene una cadena agroalimentaria […] para mantener, ampliar y mejorar de manera continua y sostenida su participación en el mercado, tanto doméstico como extranjero, por medio de la producción, distribución y venta de bienes y servicios en el tiempo, lugar y forma solicitados, buscando como fin último el beneficio de la sociedad” (Chavarría et al., 2002). “Para alcanzar su destino final —la mesa del consumidor— el producto debe recorrer un largo camino que se inicia en la empresa de producción primaria. Los subsecuentes procesos de transformación conforman los eslabones intermedios de las cadenas agroalimentarias. A su vez, cada eslabón está conformado por una serie de empresas cuyas interacciones y desempeño condicionan la competitividad de toda la cadena (vínculos hacia atrás, adelante y a los lados)”. Fuente: Chavarría et al. (2000).

Tampoco se puede olvidar que las empresas no existen en un vacío social, sino que operan en entornos geográficos, económicos, sociales y culturales específicos (Porter 1990). Como señala ese autor, “la competitividad muy pocas veces proviene de negocios o empresas aisladas, sino más bien de clusters de negocios que compiten y actúan en campos similares, reforzándose entre sí.” Los clusters propician la competitividad en cuatro sentidos:

  • Aumentan la productividad de las empresas y de las industrias a las que pertenecen, reduciendo los costos de transacción;
  • Mejoran la capacidad de innovación de las empresas y las industrias,
  • Estimulan la formación de nuevas empresas que amplíen las ventajas aportadas por el cluster,
  • Aumenta el valor agregado, por la complementariedad entre las empresas presentes

Además, generan beneficios como el aprovechamiento de las economías de escala en la producción; la presencia de productores, proveedores y mano de obra especializados y de servicios anexos específicos al sector; y una mayor fluidez de la información, lo que permite un mejor manejo y aprovechamiento de los resultados de la investigación y la experimentación, y consecuentemente una mayor generación y transferencia de innovaciones.

Los clusters son una buena opción para que las pequeñas empresas rurales sean más competitivas, pues permiten generar economías de escala en actividades como compras, distribución y ventas.

 

4.      Enlaces y fuentes de referencia.

http://www.territorioscentroamericanos.org/agricultura/Paginas/default.aspx

Web Territorios Centroamericanos, ECADERT.

Objetivos y Líneas de Acción Agricultura Familiar. FAO, 2014.

Prioridades de la Agricultura Familiar en América Latina y el Caribe, RLC-FAO.

Marco Estratégico de Cooperación de la FAO para la Agricultura Familiar en América Latina y el Caribe, 2012 – 2015. FAO, 2012

Boletín de Agricultura Familiar de América Latina y el Caribe, RLC-FAO

Los países andinos apuestan por la agricultura familiar, RLC-FAO

Clusters agro en países en desarrollo: competitividad en una economía globalizadas. FAO. Roma, 2010

Web de Programa de Agroindustria Rural – PRODAR –, IICA.

Gestión del Desarrollo Sostenible en Territorios Rurales: Métodos para la planificación. Sergio Sepúlveda S. San José de Costa Rica, 2008

Una mirada a experiencias exitosas de agroindustria rural en América Latina. IICA, 2009

Curso de gestión de agronegocios en empresas asociativas rurales en América Latina y el Caribe. FAO y IICA

 


[1] Gestión del desarrollo sostenible en territorios rurales: métodos para la planificación / Sergio Sepúlveda S. – San José, C.R. : IICA, 2008.