AGRONoticias América Latina y el Caribe
 

Resiliencia al cambio climático

 

1. El cambio climático.

En la actualidad existe un consenso global sobre la necesidad de adoptar un modelo de desarrollo ambientalmente sostenible. Nuestro modo de producción y consumo energético está generando una alteración climática global que está provocando graves problemas ambientales y serios impactos tanto sobre los recursos básicos del planeta como sobre los sistemas socioeconómicos. El incremento de la concentración de los gases efecto invernadero en la atmósfera (fundamentalmente de dióxido de carbono) se debe a las emisiones que producen actividades humanas, tales como la quema de los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural) o la deforestación acelerada del planeta (representando esta última fuente una cuarta parte de las emisiones totales de gases efecto invernadero).

A pesar de la extensa variabilidad del clima, existen verdaderos indicios, sobre todo en las últimas décadas, de que hemos entrado en un proceso acelerado de cambio climático, basado sobre todo en las observaciones realizadas de la variación de las características físicas de la atmósfera, así como en el deshielo de los glaciales, mayor variabilidad de la temperaturas, olas de calor, lluvias torrenciales, sequías, mayor incidencia en la formación de fenómenos atmosféricos (huracanes, tornados, etc), colonización de especies tropicales en zonas templadas, desaparición de arrecifes de coral, y en general perturbaciones graves en muchos ecosistemas de la tierra, con indudable repercusión en las comunidades humanas tanto a nivel social, como económico. 

Las últimas previsiones sobre la evolución del cambio climático durante el siglo XXI, no son halagüeñas, se han vuelto a corregir al alza los incrementos de temperatura media de la corteza terrestre, y se teme que ello pueda causar un colapso en el sistema atmosférico, tal como lo conocemos hoy en día, pudiendo llegar a producirse el deshielo de Groenlandia y la interrupción de la corriente oceánica del Golfo (…). Los grandes modelos climatológicos predicen toda una serie de cambios que pueden afectar el futuro clima, entre otros, un aumento medio, a finales del siglo XXI, de la temperatura de la superficie de la Tierra entre 1,4 y 5,8 ºC; y una elevación del nivel del mar entre 0,09 y los 0,88 m respecto al nivel del año 1990, a finales de la centuria.

Todos estos fenómenos provocarían una serie de efectos sobre la humanidad, que irían desde la puesta en peligro de la seguridad alimentaria en muchas regiones (sobre todo en las áridas y pobladas con una fuerte presión no sólo climatológica, sino además demográfica); riesgos graves en el abastecimiento de recursos de agua dulce (aunque se prevé un aumento global de las precipitaciones de entre un 5 y un 10 % a finales de siglo, éste no se distribuirá de forma homogénea, si no que se concentrará sobre todo en las latitudes medias del Norte, en África tropical y en la Antártica, y disminuirá en Australia, Centroamérica y sureste africano); efectos sobre la salud humana (olas de calor, plagas…); o impactos sobre áreas generalmente muy fértiles y zonas densamente pobladas, por la elevación del nivel del mar.

Estos fenómenos contrastados científicamente a mediados del siglo XX, provocaron la reacción de la comunidad científica internacional, la cual a su vez, incidió en los medios políticos mundiales, dando lugar a numerosas Cumbres auspiciadas por organismos de carácter internacional, y al primer texto legal internacional vinculante para los signatarios en temas medioambientales, el Protocolo de Kyoto, firmado en el año 1997.

2.  La necesidad de actuar en un marco territorial climáticamente inteligente.

El cambio climático nos enfrenta a un doble desafío en nuestra actuación: la mitigación y la adaptación, y exigen una transformación profunda de los nuestros actuales modelos energéticos y productivos; y un compromiso desde la escala local y territorial más próxima, hasta la escala global al más alto nivel.

La planificación se convierte en una medida de adaptación al cambio climático, y tanto los conceptos como las herramientas de los sistemas de producción climáticamente inteligentes deben ser parte integrante de un marco territorial que permita hacer una contribución genuina y sostenible para afrontar retos como la seguridad alimentaria, la mitigación del cambio climático o el aumento de capacidades en los países empobrecidos.

En ese sentido, no se puede entender una agenda de desarrollo sin incorporar el cambio climático, y para ello se requiere una mayor coordinación entre las distintas esferas de gobierno (agricultura, medio ambiente, salud, economía, obras públicas, etc.) y entre sectores público y privado; una “apropiación” mayor por parte de autoridades sectoriales, especialmente del sector agropecuario; y una más activa participación de los países en las negociaciones internacionales (Gómez. 2013).

“No sólo se trata de impulsar la planificación territorial, sino que esta tome en cuenta al cambio climático”, en palabras de Bastian Louman, investigador del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (Catie), organismo internacional que combina ciencia, educación de posgrado e innovación para el desarrollo, y que está impulsando el concepto de territorios climáticamente inteligentes. Este modelo busca reinventar la forma en la que el individuo se relaciona con su entorno, promoviendo la adopción de enfoques sistémicos. Hay varios objetivos en este modelo, entre ellos:

  • Aumentar la capacidad de producción del territorio.
  • Reducir las emisiones de gases responsables por el cambio climático y la variabilidad climática.
  • Aumentar la capacidad de adaptación del territorio y de sus pobladores, sistemas productivos y ecosistemas, ante las crecientes presiones que ocasionan los cambios globales.

El modelo se articula en tres áreas de actuación:

1)     sus actores (involucran a todas las personas que influyen en la forma en que se administran los recursos ambientales, sociales y productivos);

2)     su escala (el territorio es la unidad mínima para lograr un impacto real y colectivo, que va más allá de lo ambiental, social o productivo); y

3)     su enfoque (el clima es una variable determinante, fundamental y crítica para cualquier enfoque de desarrollo sostenible).

Por otra parte, al hablar de territorios climáticamente inteligentes, es obligada una referencia al modelo de movilidad territorial, ya que el transporte es el consumidor del 60% del petróleo extraído en todo el mundo y genera diferentes tipos de emisiones contaminantes. La movilidad sostenible permite el transporte a unos costes sociales y ambientales menores a los actuales y se sustenta en tres pilares fundamentales e inseparables: la racionalización y restricción del uso del vehículo privado (alternativas basadas en la ecomovilidad); la potenciación del transporte público (reorganizando el espacio público y priorizándolo para el transporte público); y la planificación territorial adecuada (urbanismo medianamente denso en función del transporte público). Son los entes locales y territoriales quienes tienen el margen más amplio, desde el punto de vista de sus competencias, para incluir medidas que mitiguen el cambio climático (ya sea en urbanismo, construcción, movilidad, espacio público, o metabolismo urbano).

 

3.      La Agricultura Climáticamente Inteligente.  

Se estima que para el año 2050 la población mundial ascenderá a más de nueve mil millones de personas, de los cuales una gran parte provendrá de países en vías de desarrollo. Simultáneamente se valora que la producción agrícola tendrá que aumentar un 70 por ciento para proporcionar alimentación suficiente. Este panorama se ve oscurecido por el cambio climático que está influyendo gravemente en la agricultura y la seguridad alimentaria, por la mayor frecuencia de fenómenos extremos y por la impredecibilidad de los patrones meteorológicos. Esto puede llevar a reducciones de la producción y de los ingresos en zonas vulnerables. Igualmente, tales cambios pueden afectar a los precios mundiales de los alimentos.  Muchos de estos productores de pequeña escala ya están enfrentando una base degradada de recursos naturales. A menudo, carecen de conocimientos acerca de posibles opciones para adaptar sus sistemas de producción y disponen de bienes limitados y escasa capacidad de asumir riesgos para acceder y usar las tecnologías y los servicios financieros.

Mejorar la seguridad alimentaria a la vez que se contribuye a mitigar el cambio climático y a preservar la base de recursos naturales y los servicios vitales de ecosistema requiere la transición a sistemas de producción agrícolas que sean más productivos, que usen los insumos de forma más eficiente, cuyos rendimientos tengan menos variabilidad y más estabilidad, y con una mayor resiliencia a los riesgos, las crisis y la variabilidad climática a largo plazo. Una agricultura más productiva y con mayor resiliencia precisa un cambio fundamental en la forma de gestión de la tierra, el agua, los nutrientes del suelo y los recursos genéticos para asegurar que estos sean empleados más eficientemente. Llevar a cabo estas modificaciones exige cambios considerables en la gobernanza nacional y local, legislación, políticas y mecanismos financieros.

La agricultura climáticamente inteligente (CSA, por sus siglas en inglés), tal y como fue definida y presentada por la FAO en la Conferencia sobre Agricultura, Seguridad Alimentaria y Cambio Climático de 2010 en La Haya, contribuye a la consecución de los objetivos de desarrollo sostenible. Integra las tres dimensiones del desarrollo sostenible (económica, social y medioambiental), abordando de forma conjunta la seguridad alimentaria y los retos climáticos. Se basa en tres pilares fundamentales: (i) incrementar de forma sostenible la productividad y los ingresos agrícolas; (ii) adaptar y desarrollar resiliencia al cambio climático; (iii) reducir y/o eliminar las emisiones de gases de efecto invernadero donde sea posible.

La CSA es un enfoque para desarrollar las condiciones técnicas, de políticas e inversión con el fin de lograr el desarrollo agrícola sostenible para la seguridad alimentaria en el contexto del cambio climático. La FAO y sus socios reconocen que alcanzar las transformaciones requeridas por la CSA y cumplir sus múltiples objetivos exige un enfoque integrado y sensible a las condiciones específicas locales. La coordinación entre los sectores agrícolas (p. ej., cultivos, ganado, forestería y pesca), así como entre otros tales como el de la energía y el agua, es esencial para aprovechar las posibles sinergias, reducir las compensaciones y optimizar el uso de los recursos naturales y de los servicios de ecosistema.

La CSA guía el desarrollo de las condiciones técnicas, de políticas e inversión con el fin de lograr el desarrollo agrícola sostenible para la seguridad alimentaria en el contexto del cambio climático. El apoyo gubernamental e internacional juega un papel determinante para el desarrollo de nuevas políticas que comprometan al sector privado, favorezcan a los pequeños productores e incentiven la transición de los campos de producción hacia una agricultura climáticamente inteligente, asegurando nuevos mercados que garanticen el sustento diario de las familias productoras.

Para afrontar esta compleja tarea y ayudar a los países miembros, los diferentes departamentos de la FAO han trabajado juntos con el fin de articular el concepto de CSA y ofrecer una guía sobre las prácticas, tecnologías, políticas y financiación requeridas para logar un sector agrícola productivo, resiliente y sostenible. El Manual sobre Agricultura Climáticamente Inteligente (FAO, 2013) desarrolla con profundidad el concepto de CSA y ofrece una herramienta de referencia para planificadores, especialistas y responsables de las políticas que trabajan en agricultura, forestería y pesca a nivel nacional y subnacional. Se abordan tanto (i) los argumentos para la agricultura climáticamente inteligente, como (ii) los enfoques y tecnologías mejorados para la gestión agrícola sostenible (en términos de agua, suelos, energía y recursos genéticos para la ampliación de prácticas de producción de cultivos, ganado, forestería y pesca y acuicultura) a lo largo de las cadenas de valor alimentarias sostenibles y globales, y (iii) los marcos favorables - proporciona orientación sobre las opciones institucionales, políticas y financieras disponibles.

 

4.      Cambio climático en América Latina y el Caribe.

Los países latinoamericanos son muy vulnerables al cambio climático debido a sus características socioeconómicas, geográficas e institucionales. La región depende en gran medida de sus recursos naturales y el funcionamiento de los ecosistemas para las exportaciones de los productos, por ejemplo, madera, cultivos y productos pecuarios. 61% de las exportaciones totales de América Latina en 2011 fueron productos básicos y materias primas, y el crecimiento económico de la región es altamente dependiente de las exportaciones que se derivan de los recursos naturales.

Las variaciones del clima, los cambios en los patrones de precipitación y la desaparición de los glaciares se prevé que afectarán significativamente la disponibilidad de agua para el consumo humano, la agricultura y la generación de energía. Además la región se enfrenta a pérdidas importantes de potencial de biodiversidad así como riesgos para la vida humana bajo acontecimientos climáticos extremos. La mayoría de los impactos de la variabilidad climática tienen lugar en Mesoamérica y los Andes.

En las áreas más secas de la región, el cambio climático provocará un incremento en la salinidad y desertificación de las tierras agrícolas. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, en inglés) en su evaluación de 2007 encontró que la productividad de algunos cultivos importantes podría disminuir (por ejemplo, maíz), aunque se encontraron grandes diferencias regionales, puesto que otros cultivos podrían beneficiarse de un clima distinto (por ejemplo, la soya). Los rendimientos de la cosecha de café, de gran importancia económica, podrían disminuir en muchas partes de la región, y se espera que la productividad del ganado disminuya.

Si todos estos impactos no son mitigados, podrían tener consecuencias adversas para la seguridad alimentaria en la región. Uno de los retos será convencer a la gente de la región de las sinergias entre la adaptación y la mitigación.

Para fortalecer la resiliencia y reducir el impacto del cambio climático en la región, la mejor estrategia es hacer uso racional de los recursos naturales. Afortunadamente, la investigación sobre el terreno ya está mostrando cómo podemos desarrollar la intensificación agrícola y, al mismo tiempo, preservar la salud de los ecosistemas.

Otro enfoque importante de adaptación para aumentar la resiliencia al cambio climático en América Latina será el de reducir la degradación de los ecosistemas a través de la creación y el fortalecimiento de políticas (IPCC AR4 (Magrin et al. 2007).

Sin olvidar que la región ALC es una gran emisora de gases de efecto invernadero, debido a la deforestación y a una industria ganadera en expansión, la reducción de la deforestación será una estrategia de mitigación importante (Locatelli et al., 2010). Además de esto, existe un gran potencial para reducir las emisiones procedentes de las actividades agrícolas (66,3% de las emisiones de metano del total en América Latina en 2010 provino del sector agrícola, mientras que el promedio para el mundo es del 42%); las medidas para mitigar las emisiones son el aumento de la calidad de los pastos y la mejora en el sistema de alimentación.

A continuación se mencionan algunas de las iniciativas de los países de América Latina y el Caribe sobre la adopción de prácticas climáticamente inteligentes:

En Costa Rica y Nicaragua, después de varios años de pastoreo intensivo, los pastos estaban degradados, el sobrepastoreo había acelerado la erosión y la productividad del ganado estaba cayendo. Para hacer frente a estos desafíos, un proyecto piloto introdujo un conjunto de técnicas silvopastoriles en 265 granjas ( 12.000 hectáreas) entre 2001 y 2007, y un esquema de pago por servicios ambientales - el secuestro de carbono y la conservación de la biodiversidad - como una fuente de ingresos adicional para la producción ganadera. Las técnicas  silvopastoriles se utilizan para transformar tierras degradadas en sistemas agroforestales más complejos que pueden incluir fragmentos de bosque, cercas vivas, bosques ribereños y árboles dispersos en potreros. Estas técnicas demuestran una mejora de la biodiversidad y secuestro de cantidades apreciables de carbono. El carbono absorbido se pagó a razón de 2 dólares por tonelada de CO2 equivalente. Los agricultores tuvieron una reacción muy positiva a la iniciativa. Los resultados mostraron una captura anual de 1,5 toneladas de CO2 equivalente acompañado con un aumento de: 22 por ciento en producción de leche, 38 por ciento en la carga animal y 60 por ciento de los ingresos agrícolas. La emisión de metano por kilogramo de producto disminuyó, mientras que la biodiversidad (medido por el número de especies de aves y el agua calidad) aumentó. El proyecto se está ampliando actualmente en Colombia a través del Medio Ambiente Mundial Fondo Mundial (FMAM) y los fondos del sector privado.

En Perú se desarrolló el Plan Nacional para la adaptación al cambio climático y la gestión del riesgo de desastres (2012-2021) conjuntamente con los gobiernos regionales con un enfoque de manejo integral de cuenca. Comisiones de cuencas, mancomunidades de municipios y organizaciones de usuarios de las cuencas hidrográficas y las partes interesadas de la industria pueden jugar un papel clave en estos procesos. A nivel del paisaje, las cuencas hidrográficas pueden ser gestionados favorablemente por comisiones intermunicipales que crean una cadena de municipios siguientes el flujo de agua.

En Lempira, Honduras, los agricultores cambiaron de un sistema tradicional de quema y corta al sistema Quesungual. Este sistema utiliza árboles y cubierta vegetal. Un análisis económico de esta transición mostró que partir del tercer año los rendimientos del maíz y del sorgo aumentan con a los obtenidos con el sistema tradicional de tala y quema. Debido al aumento de producción de maíz, la cantidad de rastrojos también se incrementó, pudiendo venderse como alimento para el ganado. Asímismo: a partir del primer año, el agricultor podía arrendar la tierra para pastoreo del ganado, dado el aumento de la producción de biomasa; normalmente, esto se hacía durante dos meses. La aplicación del sistema Quesungual no sólo responde a las necesidades de subsistencia del hogar de fruta, madera, leña y grano, sino que además genera un excedente que puede ser vendido, teniendo así una fuente adicional de ingresos.

EL Fondo de Credito para el Desarrollo Agroforestal, en alianza con el sector privado, está emprendiendo una serie de iniciativas ganaderas a favor de los más pobres con el objetivo de aumentar la producción lechera en las zonas pobres y vulnerables de Perú, como la región de Cajamarca. La eficiencia de la producción se logra a través de programas de reproducción de variedades (utilizando cruces de ganado bovino suizo); mejor manejo de los pastos y estiércoles; disminución del uso de fertilizantes sintéticos; y mejora de la salud animal mediante la provisión de servicios veterinarios, el saneamiento de canales y el tratamiento de los animales por enfermedades como el distoma hepático. Estas prácticas han aumentado la producción lechera por vaca en un 25 por ciento, con una mejora significativa de la calidad. Además, la edad de destete ha disminuido, los terneros alcanzan 280 kg. en 20 meses -en lugar de 30- y el tiempo entre los partos se ha reducido de 16,5 a 14,9 meses. Estas mejoras en la eficiencia han reportado aumentos en la producción y en los ingresos (aproximadamente del 60 por ciento), pero con rebaños más pequeños y eficaces. La continuidad del sistema está garantizada con la formación de todos los miembros de la comunidad en los distintos aspectos del sistema de producción.

Desde el 2002-2003 y ante la insuficiencia de oferta de seguros para atender las necesidades de protección de los productores rurales ante la ocurrencia de eventos climáticos, principalmente de carácter catastrófico, México vienen utilizando estrategias basadas en el otorgamiento de apoyos extraordinarios que afectan los presupuestos nacionales y, en el mejor de los casos, se constituyen fondos nacionales de desastres que operan bajo un esquema de asistencia gubernamental. Se trata de una estrategia integral de administración y transferencia de riesgos agrícolas, que bajo un enfoque de participación público privada, contribuye a fortalecer los programas de ayuda postdesastre que tienen institucionalizados el gobierno. Permite, en particular, a los productores, contar con los recursos necesarios para acelerar su recuperación después de una catástrofe; generar una mayor conciencia del riesgo y fomentar la adopción de medidas de mitigación; y a los gobiernos, contar con un canal para la distribución y transferencia del riesgo ex ante que reduzca los costos de capital para enfrentar desastres, contribuyendo a la estabilización fiscal y al desarrollo económico, complementando, así, los instrumentos asistenciales ex post con que cuentan para estos efectos. Es en esta visión, en la que se enmarca la política pública establecida por el Gobierno mexicano para la gestión de los riesgos naturales que afectan la producción agrícola y, de manera especial, las condiciones de vida de la población rural. En 2010, el programa abarcó potencialmente 3,2 millones de agricultores de bajos ingresos en 30 de los 33 estados de México. La disponibilidad de bases de datos meteorológicos fiables y estaciones meteorológicas en el campo es uno de los varios factores que limitan la expansión de este modelo.

La Alianza de Pequeños Estados Insulares del Caribe mantiene una campaña mundial para intentar reducir las concentraciones de gases de efecto invernadero. El objetivo es permitir el desarrollo de la región y en algunos casos existir como países, debido al peligro de que muchas islas sean tragadas por las aguas.

A pesar de estas importantes iniciativas piloto, Latinoamérica y el Caribe necesitan unos 30.000 millones de dólares anuales para atenuar el impacto generado por el cambio climático, según estimaciones de los expertos reunidos en el «II Diálogo latinoamericano y del Caribe sobre finanzas del clima» (San Salvador, 30.07.13).  Más de 125 participantes de gobiernos de América Latina y el Caribe y de organismos multilaterales y agencias bilaterales, abordaron temas relacionados con el financiamiento y los retos de los efectos del cambio climático en Latinoamérica, además del potencial del sector privado para las finanzas del clima, y la coordinación interinstitucional. Entre los avances y acciones futuras, se preparará un programa regional que incluya políticas locales y globales.

En diciembre 2014, Perú será la sede de la Conferencia de las partes sobre el Cambio Climático – COP 20, última conferencia del clima antes del encuentro de Paris, cuando un acuerdo global vinculante deberá ser alcanzado entre los países para responder efectivamente al cambio climático. Antes de la COP20, en octubre, Venezuela será sede de la Pre-COP social, que por primera vez integrará las propuestas de la sociedad frente al cambio del clima como insumo a las negociaciones formales. La Cumbre del Clima, promovida por Ban Ki Moon en septiembre en Nueva York, (y que busca catalizar la acción de los gobiernos, las empresas, la sociedad civil, el sector financiero en relación al cambio climático), junto con la priorización del cambio climático en el próximo Foro Económico Mundial de DAVOS, serán los dos eventos de alto nivel que presentarán contribuciones en Perú durante la COP 20.

4. Enlaces y fuentes de referencia:

Portal de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Naciones Unidas

IV Seminario regional agricultura y cambio climático: Economía y modelación. CEPAL – FAO, 2013.

Portal Sostenibilidad, J.J. de Felipe, Cátedra UNESCO de Sostenibilidad. Universidad Politécnica de Cataluña.

Territorios climáticamente inteligentes neo colonizacion y viejas mentiras de la agroindustria. Asociación Comunidades Ecologistas la Ceiba - Amigos de la Tierra Costa Rica (COECOCEIBAT-AT)

Calidad y evaluación ambiental, Libro Verde de Sostenibilidad urbana y local en la era de la información. Gobierno de España. Madrid, 2012

Construyendo territorios climáticamente inteligentes para la seguridad alimentaria y ambiental. Informe Anual 2011. Serie institucional. Informe anual no. 32. Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE). Turrialba, Costa Rica, 2012

'Big Facts' sobre los vínculos entre el cambio climático, la agricultura y la seguridad alimentaria. CGIAR, 2014.

Soluciones para el ambiente y el desarrollo. CATIE, 2013

Impactos del cambio climático en el sector agropecuario en países seleccionados de América Latina. Presentación de José Javier Gómez, CEPAL.

Artículo “2014, año clave para que Latinoamérica incida en la sustentabilidad climática”. Igua.es

Agricultura climáticamente inteligente para el desarrollo. FAO

Modulo 2 Gestionando tierras en Sistemas Agrarios Climáticamente Inteligentes. Manual.

Informe “El estado de los recursos de tierras y aguas del mundo". FAO, 2011.