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Violencia y hambre: los ingredientes de la migración forzada

"Hace cuatro años, cuando partimos de Puerto Asís conseguíamos un kilo de tomate en 6 mil pesos, aproximadamente unos 3 dólares y hoy en una ciudad como Bogotá, se consiguen a 3 mil 500 pesos (aprox. 2 dólares). No había salario que alcanzara a pesar de que tanto mi esposo como yo teníamos trabajo en una escuela estatal, ambos como profesores de primaria. Por eso decidimos huir, principalmente de la violencia, pero también del hambre".

Puerto Asís, departamento de Putumayo, sur de Colombia, zona limítrofe con Ecuador y Perú. 8:00 p.m. Gloria*, su esposo y sus dos hijos menores de edad, parten en medio del calor húmedo de la zona y los peligros de la noche. No pueden esperar al siguiente día, pues el mensaje que les dejó un grupo armado ilegal fue bastante claro: "Tienen 12 horas para salir, si no, los matamos".

Partieron hacia la ciudad de Pasto, en el suroccidente colombiano, ubicada a unos 300 kilómetros de distancia de Puerto Asís. Llegarían a la casa de la madre de Gloria e iniciarían una nueva vida, lejos de las amenazas de las que fueron víctimas.

El recorrido sería de unas ocho horas aproximadamente, mientras amanecía, y el primer transporte público daba inicio a su jornada; en la noche hay restricciones de movilización para buses y taxis por la inseguridad en la zona debido a que los grupos armados suelen quemar los automotores para imponer su ley.

En sus mochilas había agua y unos cuantos panes para alimentar a los niños y evitar su deshidratación. "No era la primera vez que aguantábamos hambre, ya que en el pueblo escaseaba la comida y cuando se conseguía era a precios bastante elevados debido a que provenía de otros departamentos del país, como consecuencia de la sustitución de cultivos locales por hoja de coca", relata Gloria.

"Hace cuatro años, cuando partimos de Puerto Asís conseguíamos un kilo de tomate en 6 mil pesos, aproximadamente unos 3 dólares y hoy en una ciudad como Bogotá, se consiguen a 3 mil 500 pesos (aprox. 2 dólares). No había salario que alcanzara a pesar de que tanto mi esposo como yo teníamos trabajo en una escuela estatal, ambos como profesores de primaria. Por eso decidimos huir, principalmente de la violencia, pero también del hambre".

La mañana llegó y a pesar de la zozobra y el cansancio que los invadía, pensaron que lo peor ya había pasado. Una vez se reencontraron con la familia, la tranquilidad les duró un día. Los actores del conflicto los encontraron en Pasto y el miedo regresó. Esta vez el objetivo era traspasar la frontera y empezar de cero en un país desconocido. Así, en dos días y sin planes concretos, pisaron territorio ecuatoriano.

"Si me preguntan qué motivos les dimos para que nos persiguieran, no sabría qué responder. La cogieron con nosotros y ya, sin más razón. Jamás tomamos partido, ni con la guerrilla ni con los paramilitares", narra con desconcierto.

Llegaron a Quito, la capital del Ecuador en busca de un familiar lejano, quien les dejó pasar una noche en su casa, ya que no podía ofrecerles más porque las dificultades económicas se lo impedían. Fueron días duros, para ella y su familia. "Teníamos unos ahorros en moneda colombiana, los cuales al cambiar al dólar se redujeron sustancialmente", recuerda.

"Procuramos que nuestros niños tuvieran las tres comidas diarias, no tan equilibradas como se querría, porque los almuerzos o cenas que podíamos pagar eran con porciones de carne mínima y sopa, arroz, papa, yuca... un montón de harinas en un solo plato. Las frutas y vegetales, escaseaban en la alimentación de mis hijos. En el caso de mi esposo y yo, diariamente compartíamos un almuerzo que costaba 1 dólar, no comíamos más. Yo sufría de mareos constantes producto de la mala alimentación y además tenía ataques nerviosos como consecuencia de la violencia de la que fui víctima en mi país. No teníamos opción, había que ahorrar mientras adelantábamos los trámites para legalizar nuestra situación en Ecuador".

Cuando llegaron los papeles...

Dadas las circunstancias del desplazamiento de Gloria y su familia, la República de Ecuador les otorgó la visa de refugiados. Pese a que ahora están como residentes legales, la situación para ellos no cambió mucho: pasaron de ser profesores de primaria en una escuela fronteriza en Colombia a rebuscarse la comida de cada día. Él realiza arreglos eléctricos, irónicamente algo que detestaba hacer en su casa, y ella empanadas colombianas con salsa de guacamole para vender.

"No es que la situación de un colombiano que llega como refugiado a Ecuador tenga un giro radical positivo, éste es un país con muchas necesidades, también hay pobreza y desempleo. Sin embargo la inseguridad que vivían en su lugar de origen sí cambia. Están lejos del conflicto interno", dice Luis Varese, representante adjunto del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados -ACNUR- en Ecuador.

A medida que pasa el tiempo, asegura Gloria, la situación se pone más tensa, es más complicado encontrar trabajo porque los colombianos no son fácilmente aceptados por la comunidad ecuatoriana, además de que el número de migrantes y refugiados, en la actualidad, crece significativamente.

Según cifras del ACNUR, entre 2000 y 2005 había alrededor de 34 mil colombianos en el Ecuador, de los cuales sólo 10.738 tenía sus documentos en regla. Hoy las cifras sin duda han aumentado y para septiembre del año anterior, sólo el número de solicitudes de asilo era de 29 mil trescientos ochenta y cinco.

En medio del drama... Manos amigas

Dado el número significativo de migrantes y refugiados colombianos en el Ecuador, organizaciones no gubernamentales internacionales han abierto sus puertas en este país para tenderles una mano. En ninguna de éstas hay restricciones por papeles o discriminación alguna. Simplemente por medio de referidos o con el voz a voz, llegan quienes necesitan una cara amable en medio de su drama.

"Al estar como ilegales en este país, son explotados laboralmente, recibiendo sueldos inferiores al mínimo. Producto de esta situación, se presenta también la desnutrición, ya que sus escasos recursos económicos les impiden acceder a una alimentación adecuada", dice José Guerra, abogado del Servicio de Jesuitas para Refugiados y Migrantes - SJRM.

Al respecto, el Programa Mundial de Alimentos -PMA-, recientemente lanzó un llamado a la comunidad de donantes para recolectar fondos, cuyo destino es brindar ayuda humanitaria a los colombianos que viven en Ecuador y que se encuentran vulnerables al hambre y la desnutrición, entre los cuales se cuentan 1.350 niños.

Sabrina Lustgarden, directora ejecutiva de la Organización Hebrea de Ayuda a Inmigrantes y Refugiados -HIAS Ecuador- dice que este problema no es desconocido, por ello en 2009 y con el apoyo del PMA, se puso en marcha el proyecto 'Cocina sin Fronteras', donde se capacitaron a colombianos y ecuatorianos en temas de nutrición.

El objetivo se centró, primero en dar a conocer la pirámide nutricional, a través de un taller dictado por profesionales en esta área, y luego en la preparación de diferentes alimentos con productos de la canasta básica que tuvieran características tales como un alto valor nutricional, que fueran económicamente accesibles y de producción local como arroz, avena, quinua, lenteja y atún.

Una vez se formó a un grupo de migrantes y refugiados colombianos, ellos replicaron lo aprendido en diferentes centros del HIAS. "En los talleres aprendí las propiedades de los alimentos y a preparar diferentes recetas con los mismos productos, así le varío el menú a mi familia. También sé cómo aprovechar más los ingredientes para evitar el desperdicio e incluso cocino cosas para vender. Además, el costo de todos estos productos no sobrepasa los 8 dólares", cuenta sobre su experiencia.

Algunas de las recetas aprendidas por los participantes fueron crema de lentejas, tortillas de quinua, arroz con leche y torta de atún con avena, entre muchas otras. Adicionalmente, Gloria dice que tanto ella como las otras participantes han despertado su creatividad e inventan sus propias recetas y las comparten entre sí.

"Como mi especialidad son las empanadas, en lugar de prepararlas sólo con harina, les mezclo quinua y quedan muy nutritivas. A mis hijos les encanta porque también recuerdan los platos típicos de nuestra Colombia", dice.

El programa tuvo tal acogida que el HIAS planea iniciar este año un proyecto de cooperativas para impulsar la creación de microempresas y abordar, entre otros, el tema del cultivo, aprovechando la experiencia de algunos colombianos en la agricultura.

Al igual que la familia de Gloria*, hay más de 34 mil colombianos que buscan abrirse espacio en un país ajeno al suyo a través del comercio informal, como empleados domésticos, laborando en cultivos (de palma principalmente) o en otras ocasiones, llegando a límites como la delincuencia, que afecta no sólo la imagen de otros compatriotas, también el entorno social en el que se desenvuelven.

A los colombianos, se les van sumando haitianos y cubanos que también huyen de la ausencia de pan, del desempleo, de la explotación y de la falta de oportunidades en sus respectivos países. Salen con su mochila al hombro y con la incertidumbre de no saber qué les espera más allá de sus fronteras: Ecuador es uno de los tantos destinos al que los migrantes llegan en busca de que el hambre al fin sea historia en sus vidas.

*Nombre ficticio para proteger la identidad de la entrevistada.

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