Oficina Regional de la FAO para América Latina y el Caribe

Lanzamiento Regional del Decenio de la Agricultura Familiar 2019-2028

25 al 27 de agosto 2019, República Dominicana
Julio Berdegué

Señoras y señores,

Sin territorios rurales prósperos e incluyentes, América Latina y el Caribe no podrá alcanzar los objetivos de desarrollo sostenible. El 78% de las 169 metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, dependen exclusiva o principalmente de acciones emprendidas en las zonas rurales del mundo. Como ya se ha dicho en esta reunión, la agricultura familiar está llamada a jugar un papel central en la construcción de un mundo mejor en el marco de los ODS. También hemos dicho que sin los 500 millones de agricultores familiares, es prácticamente imposible alcanzar muchas de las metas de los ODS, comenzando por el ODS1 y el ODS2 de erradicación de la extrema pobreza y del hambre y la malnutrición, respectivamente.

Pero el que la agricultura familiar esté llamada a cumplir ese papel para beneficio de la humanidad, no significa que ya hemos asegurado que sí va a poder hacerlo. El grado en que lo haga, dependerá -como se señala en el Pilar 1 del Plan de Acción de la Década de la Agricultura Familiar- de los marcos políticos, normativos e institucionales que sepamos construir o fortalecer. Lo que la agricultura familiar puede hacer, depende en parte de lo que hagamos otros actores que interactuamos con ella, como los gobiernos y la propia FAO.

Pero también dependerá de la capacidad de la propia agricultura familiar de impulsar nuevas estrategias, capacidades y alianzas. En un mundo que cambia a velocidad vertiginosa, ningún actor tiene garantizado su lugar en la mesa del desarrollo sustentable, si no asume un esfuerzo de innovación.

Nuestros países enfrentan hoy tres poderosas olas de cambio, que ya ejercen sus efectos: el cambio climático, las nuevas demandas que trastocan lo que entendemos por alimentación, y el vertiginoso cambio tecnológico. Se trata de tres motores de cambio omnipresentes, que operan en simultáneo, y que, nos guste o no, actuemos o no, inciden sobre las sociedades rurales con una profundidad y magnitud como posiblemente no hemos visto en los 12 mil años desde que nuestros ancestros inventaron la agricultura.

El cambio climático

Ningún otro fenómeno impacta con tanta fuerza el mundo rural, los sistemas alimentarios y la agricultura, como el cambio climático. Muchos países de nuestra región, comenzando por los pequeños estados insulares del Caribe, y los de Centroamérica, se encuentran entre los más vulnerables del planeta, habiendo tenido poco y nada que ver con la creación del problema.

El Acuerdo de París incluye las metas de limitar el aumento en la temperatura global a bastante menos que 2 grados Celsius. Estudios recientes proyectan que con la actual trayectoria de emisiones de gases con efecto invernadero, alrededor del 40% de la superficie total de América Latina y el Caribe habrá alcanzado o sobrepasado el umbral de 2 grados en los próximos 11 años, y que hacia 2050 toda la región estará bajo el nuevo régimen climático. Las zonas que tendrán un incremento de 2 grados más temprano incluyen la mayor parte de la cuenca del Amazonas, la región central de Brasil, Bolivia, los Andes peruanos, la Venezuela y el oriente de Colombia. Por su parte, Centroamérica, México y el Caribe alcanzarán este umbral entre 2035 y 2040, en tanto que la Patagonia chilena y argentina lo harán poco más tarde.

En un mundo con más dos grados, que está a la vuelta de la esquina, simple y sencillamente no será posible practicar la agricultura tal y como lo hacemos hoy. Los científicos predicen que, en un escenario más caliente y seco, aumentará la masa de ganado lechero en Argentina y la República Oriental del Uruguay y se reducirá en los países andinos. Las pesquerías de Belice, Cuba, Guyana, Honduras, Jamaica, Nicaragua y la República Bolivariana de Venezuela se verán especialmente dañadas. La duración del periodo de crecimiento vegetal se reducirá en más de 5% en Bolivia, Brasil, Guyana, México, Surinam y Perú. En nuestra región se reducirán significativamente los rendimientos promedio de maíz, frijol y trigo de temporal y de trigo regado en México y en Argentina. Se expandirá la superficie apta para caña de azúcar en varias partes de la región, en tanto que la producción de café en Centroamérica deberá trasladarse desde su hábitat actual, entre 800 y 1 400 metros sobre el nivel del mar, a zonas más altas, entre 1 200 y 1 600 metros sobre el nivel del mar.

Millones de agricultores familiares verán afectadas, en algunos casos de manera radical, sus estrategias y sus medios de vida y sus sistemas productivos.

Hago un llamado fervoroso a que, en el marco del Decenio de la Agricultura Familiar, nos comprometamos a que los planes nacionales incluyan estrategias de transición climática de la agricultura familiar, y a que en cada país preparemos y pongamos en marcha políticas y programas concretos para apoyar la adaptación de la agricultura familiar al cambio climático. Si no nos preparamos y actuamos ya, con sentido de urgencia, la agricultura familiar enfrentará una situación que solo puedo calificar de catastrófica.

La alimentación

Hay cambios en curso en la alimentación del planeta que tendrán importantes consecuencias para la agricultura y los sistemas alimentarios de nuestra región. El más evidente es la fuerte expansión en la demanda de alimentos, provocada por el crecimiento poblacional. En 20 años más en el mundo habrá 9700 millones de personas, 68% de ellos serán habitantes urbanos. Además, esa población tendrá ingresos per cápita promedio mayores a los actuales. En un escenario de crecimiento económico modesto, ello implica un crecimiento de alrededor de 50% en la demanda global de alimentos en el 2050, comparada con la de 2013, neta de la producción agrícola que se destine a biocombustibles u otros usos no alimentarios.

Los cambios proyectados no se darán solamente en la cantidad de alimentos demandados, sino también en la composición de la dieta global. Las proyecciones de FAO indican que aumentará el consumo per cápita de aceites vegetales, de carne, de lácteos, de raíces y tubérculos, y de frutas y verduras.

En cualquier caso, la región está muy bien posicionada para responder a esa mayor demanda de alimentos. América Latina y el Caribe produce solo el 13% de los alimentos del orbe, pero aporta el 45% de las exportaciones netas globales de alimentos, muy por encima de cualquier otra región del mundo, más que Europa, más que Estados Unidos. Pero yo pregunto a ustedes: ¿Qué debemos hacer, para que la agricultura familiar participe de manera destacada en la respuesta regional a la importante expansión de la demanda global de alimentos? ¿Debemos proponernos en los planes nacionales, por ejemplo, aumentar en 25% la participación de la agricultura familiar en aquellas producciones en las que pueden tener ventajas comparativas, como la pesca, los cafés y cacaos de calidad, las frutas y verduras frescas, los lácteos, ciertos tipos de carnes, y algunos productos de nuestros bosques? ¿Qué políticas y qué programas, con qué presupuestos serían necesarios en cada país para hacer factible una meta como esa?

La relación entre alimentación y salud es cada día más fuerte y, además, radicalmente distinta al problema clásico de los efectos en la salud de la desnutrición y la subalimentación. En las últimas décadas, la alimentación de los latinoamericanos y caribeños ha cambiado dramáticamente. Esto no es consecuencia de decisiones independientes de 626 millones de personas actuando de acuerdo a su libre albedrío. La alimentación de hoy es el resultado de un sistema alimentario marcadamente diferente al de la época de nuestros padres, donde han aparecido nuevos actores dominantes y con, ellos, nuevas reglas del juego.

Por ejemplo, las ventas de alimentos de las grandes cadenas de supermercados en una muestra de nuestros países, aumentaron de 40 mil millones de dólares en 2002, a 154 mil millones en 2011, casi 4 veces en 9 años. Entre 2008 y 2016, las cadenas líderes de comida rápida duplicaron sus ventas, totalizando algo más de 16 mil millones de dólares en 12 países para los que tenemos información. El consumo de alimentos fuera del hogar también ha tenido un crecimiento exponencial en la región, de alrededor de 50 dólares anuales per cápita en 1995, a algo más de 350 dólares en 2016, un incremento de siete veces. Estos nuevos actores del sistema alimentario tienen un enorme poder sobre lo que se produce y lo que se importa, y en cómo se produce; estos efectos se transfieren, sin duda, a la agricultura familiar.

Estos nuevos sistemas alimentarios en América Latina y el Caribe han fracasado en su objetivo más elemental, que es alimentar saludablemente a la población. Al menos 294 millones de personas en América Latina y el Caribe, el 47% de la población, sufren una o más formas de malnutrición. La principal manifestación de este fracaso del sistema alimentario moderno es la epidemia descontrolada de sobrepeso (151 millones de personas en nuestra región) y de obesidad (otros 105 millones de personas). Esta es una epidemia que afecta cada vez con más fuerza las áreas rurales, al punto de que el sector rural contribuye a explicar el 60% del incremento en el índice de masa corporal en el mundo.

Es urgente transformar profundamente los sistemas alimentarios. En esta Década que estamos poniendo en marcha hoy, la agricultura familiar debe hacer suya la bandera de la alimentación saludable, hasta ser reconocida como el principal campeón de la tarea de recuperar nuestros sistemas alimentarios para el bienestar general de la población. Los efectos de esa transformación sobre la propia agricultura familiar, serían enormes. Quiero resaltar la oportunidad que existe de que, en el 2021, el Decenio de la Agricultura Familiar se asocie al Año Internacional de las frutas y Verduras, que fue aprobado en junio por la Conferencia de la FAO. ¿Qué políticas, que programas concretos, deberíamos estar impulsando para avanzar en esta dirección, para que, en el año 2028, podamos decir que la agricultura familiar ha sido un agente de transformación para asegurar una alimentación saludable para toda la población? Estas son preguntas que deberían ser respondidas en los planes nacionales.

El cambio tecnológico

El tercer motor de cambio es el derivado de los procesos de innovación tecnológica. Los efectos revolucionarios de conjuntos de tecnologías de frontera, alteran en muchos sentidos la agricultura, los sistemas alimentarios y la vida de sociedades rurales. Los efectos de estas tecnologías de frontera no son ajustes modestos de las actuales relaciones sociales, incluyendo la producción y el consumo. Estas tecnologías de frontera están presentes en la informática y las comunicaciones (incluyendo la microelectrónica, la ciencia de datos, la inteligencia artificial, la teledetección y las tecnologías de registro distribuido), así como en la biología.

La interacción entre ambos campos está produciendo verdaderas revoluciones a todo lo largo y ancho de la agricultura y los sistemas alimentarios, cambiando, entre otras cosas, el sentido de lo rural. Por ejemplo, la digitalización en las sociedades rurales ya permite una más fluida interacción entre lo rural y lo urbano. Diariamente en las ciudades de América Latina y el Caribe, millones de consumidores, especialmente las y los jóvenes, ya usan su teléfono celular para comprar los alimentos y se los lleven directamente a su casa, dando un nuevo contenido al concepto de "cadenas cortas": la compra entera de la semana, se entrega directamente en la casa, en forma personalizada, el día y a la hora que a cada consumidor le convenga. ¿Cómo los planes nacionales van a posicionar a la agricultura familiar en este escenario?

Las nuevas tecnologías tienen el potencial de facilitar la sostenibilidad y resiliencia de la agricultura y los sistemas alimentarios, entendiendo mejor las características, potencialidades y limitaciones de los recursos y los ecosistemas. Pareciera delinearse una agroecología 4.0 que dialoga con la biotecnología y las tecnologías de la información y las comunicaciones para avanzar hacia nuevas rutas de producción sostenible. ¿Cómo participará la agricultura familiar en estos procesos?

Las nuevas tecnologías traen consigo nuevos actores. Está por verse cuáles serán los efectos sobre las políticas públicas. La definición de las prioridades del gasto público, así como las relaciones de poder y los arreglos institucionales, deberán retejerse teniendo presente el hecho inédito de que los actores principales del cambio tecnológico en la agricultura y los sistemas alimentarios tienen poca o ninguna relación con lo agrario o lo rural. Empresas como Amazon, Google, Alibaba, Bayer, Computomics, Genedata, Siemens o Rockwell Automation, sin duda harán valer su considerable peso económico y poder político.

La incertidumbre y los riesgos son inherentes a cambios tecnológicos de esta envergadura. Preocupan los efectos distributivos de esta nueva revolución tecnológica. Según un muy citado estudio del McKinsey Global Institute, el 58% de los empleos en la agricultura latinoamericana tienen un alto potencial de ser automatizados. Es preocupante el costo y la duración del proceso de ajuste social y económico a esta transformación del mundo del trabajo en nuestro sector. Tras la Revolución Industrial en Gran Bretaña, tuvieron que pasar 80 años antes de que se recuperaran los salarios y la participación del trabajo en el producto interno bruto. El costo del ajuste es mayor en sociedades, como las de nuestra región, en que hay altos niveles iniciales de desigualdad, y en que una gran proporción de los trabajadores carecen de las habilidades requeridas para participar en los empleos del futuro y no cuentan con una oferta de formación continua que les permita adquirirlas. ¿Qué vamos a proponer en los planes nacionales para que los millones de mujeres rurales que trabajan en la agroindustria, tengan un futuro cuando sus empleos sean amenazados por la automatización? ¿Qué políticas y qué programas necesitamos para que el resultado final de esta radical transformación tecnológica, no sea una nueva brecha, una nueva desigualdad, entre aquellos pocos agricultores que cuentan con los medios, con las relaciones sociales y con las capacidades para ser parte del cambio, y la inmensa mayoría de los agricultores familiares que se quedan rezagados en la era del azadón y el arado? ¿Qué necesitamos hacer, hoy, en cada país, para que en diez años tengamos 16,5 millones de agricultores familiares que han convertido su teléfono celular en su principal herramienta agrícola?

Lo que quiero decir con todo lo anterior, es que la agricultura familiar no opera en el vacío en su tarea de realizar contribución al logro de los ODS. Alrededor de la agricultura familiar, hay un mundo en ebullición.

Hay que emplear la Década, como un espacio político, social e incluso cultural, para que la agricultura familiar realice su aportación a los ODS, mediante su propia transformación de cara a las grandes olas de cambio que he indicado.

En nuestra región, además, hay que hacer todo lo anterior mirando, al mismo tiempo, al futuro y al pasado. Me refiero al rezago y a la condición de extrema pobreza y de exclusión que afecta al menos al 25% de la población rural de América Latina. Hablamos de futuro, pero la FAO y CEPAL hemos contabilizado que tenemos al menos a unos 40 a 60 millones de habitantes rurales, en unos 2000 municipios de la región, viviendo en condiciones sociales que ya eran inaceptables hace 75 o 100 años. La Década de la Agricultura Familiar, debe ser la década en que saldamos la deuda de derechos elementales en los territorios rurales rezagados de América Latina y el Caribe.

El punto de partida para todo lo anterior es si acaso creemos que la agricultura familiar tiene un espacio propio en la economía agroalimentaria en el futuro. Es decir, ¿las políticas hacia la agricultura familiar tienen solo una justificación cultural, de justicia social y de gestión ambiental sustentable de los recursos que controla y los ecosistemas que ocupa, o hay -además- un argumento económico? Desde 1980 esta ha sido una pregunta recurrente, planteada casi siempre por quienes están predispuestos para contestar negativamente, dando origen a una suerte de profecía auto-cumplida: "no son viables", por tanto, en el mejor de los casos se formulan políticas pobres para agricultores pobres.

Nosotros opinamos que la agricultura familiar en América Latina y el Caribe no es solo un sector social con aportes culturales y ambientales, sino que tiene efectivamente un espacio y potencial económico real. Aún tras el enorme shock que representó para ellos el consenso de Washington y sus políticas y cambios institucionales, millones de agricultores familiares, muchos más que el total de las grandes fincas comerciales y corporativas en nuestra región, operan exitosamente en los mercados nacionales y globales, a pesar de contar con mucho menos acceso a asistencia técnica, a financiamiento y a otros servicios.

En nuestra región tenemos miles de ejemplos de grupos de agricultores familiares, muchos de ellos en comunidades indígenas, que, sobre la base de combinar sus conocimientos y sistemas sociales ancestrales, articulados con innovaciones que llegan de fuera, han irrumpido en mercados dinámicos, competitivos y sofisticados, gracias a que han contado con los servicios de asistencia técnica, financiamiento, inversión en infraestructura básica y apoyo a su asociatividad y al acceso al mercado. La experiencia es que cuando se le apoya con políticas y programas pertinentes, de buena calidad y bien financiadas, la agricultura familiar está en condiciones de producir y competir en los mercados. Pero la gran mayoría de las y los agricultores familiares de la región, no tienen acceso a estos servicios públicos. ¿Los planes nacionales se van a proponer metas para que al final de la Década haya aumentado de manera significativa el porcentaje de agricultores familiares que cuentan con recursos productivos, cuyos derechos de propiedad de la tierra -sean individuales o colectivos- están debidamente reconocidos y resguardados, con asistencia técnica y con financiamiento para innovar, con programas que faciliten su acceso a mejores mercados, con caminos decentes, con acceso a banda ancha de internet? Si no es así, no le pidamos a la agricultura familiar que haga milagros y que nos salve a todos realizando los ODS con las manos atadas a la espalda.

Esta agenda que mira al futuro y que salda las cuentas con el pasado, supone romper radicalmente con dos prejuicios fuertemente arraigados en la región: aquel que señala que la agricultura familiar carece de potencial productivo y que, por consiguiente, debe ser tratada como un problema de rezago social; y otro, extraordinariamente pernicioso, que supone que para una agricultura de pobres son suficientes servicios de pobre calidad.

En definitiva, amigas y amigos, la invitación es a usar la Década en nuestra región como una plataforma de transformación. La tarea es avanzar sustantivamente en saldar las deudas de nuestras historias, al tiempo que nos posicionamos frente a los desafíos del futuro. En mi opinión, es solo así que la agricultura familiar podrá hacer efectivo todo su potencial de aporte al logro de los ODS.