Actos conmemorativos del
Cincuentenario de la FAO
Château Frontenac, Quebec
16 de octubre de 1995
Excelentísimos
señores, señoras y
señores:
Este acontecimiento es tan
extraordinario que me cuesta aceptar que sea cierto:
henos aquí reunidos en el Château Frontenac,
en el mismo lugar en que, hace exactamente medio siglo,
se firmó el Acta de Constitución de la
Organización de las Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación.
Apenas concluido el más
terrible conflicto que haya conocido el mundo, con
decenas de millones de muertos, un número
incalculable de personas desplazadas, una
destrucción sin precedentes, una agricultura
devastada en buena parte del mundo - especialmente en
regiones altamente productivas -, se hacía por fin
realidad la idea lanzada 10 ó 15 años antes
por visionarios inspirados y científicos: una
organización internacional capaz de aunar con
dinamismo y coherencia los esfuerzos de todos los
países interesados, para reconstruir sobre las
ruinas, rehabilitar la producción agrícola
y reactivar la corriente de intercambios mundiales,
afrontando el problema de proporcionar alimentos para
todos.
Hemos recorrido un largo camino desde
entonces. Los 34 miembros iniciales se han convertido en
171, y mientras tanto el mundo ha experimentado enormes
cambios. La población se ha casi triplicado, pero
la expansión aún más espectacular de
la producción agrícola ha permitido
aumentar considerablemente los alimentos disponibles por
habitante. Los países desarrollados de Europa, que
durante la guerra habían conocido privaciones y
cuya agricultura había sufrido graves
daños, fueron los primeros en recuperar y superar
sus antiguos niveles de producción y pronto
pudieron contar con excedentes. Pero no menos importante
es que numerosos países en desarrollo, hasta
entonces deficitarios y a veces amenazados por el hambre,
pudieron acceder a la autosuficiencia e incluso
convertirse en exportadores gracias a políticas
clarividentes, al duro trabajo de sus agricultores y a un
conjunto de innovaciones tecnológicas generalmente
conocido como la Revolución Verde. La FAO
desempeñó de manera incuestionable una
función de primer orden en esta
transformación.
A escala mundial, los suministros son
más que suficientes para alimentar a la
población actual y queda incluso cierto margen
para el crecimiento demográfico. ¿Pero
podemos por ello considerar que la FAO ha cumplido su
misión y que ha llegado el momento de aminorar el
ritmo de nuestras actividades, o incluso de retirarnos de
la escena internacional? ¿Podría
señalar el Cincuentenario de la FAO la
coronación y el término de nuestros
esfuerzos? De ninguna manera. Muy por el contrario, hemos
de responder ahora a un desafío sin precedentes
que exige toda la voluntad política de nuestros
Estados Miembros, toda la dedicación y la
competencia de nuestro personal, y el pleno apoyo de la
opinión mundial.
La situación es grave. Por
satisfactorios que parezcan, los datos mundiales no
pueden ocultar disparidades a menudo trágicas. Se
observan ya desigualdades flagrantes al interior de los
países: incluso en las naciones más ricas,
con más de 3 600 calorías diarias por
habitante, existen millones de niños desnutridos.
Y diferencias igualmente importantes se registran entre
países: los alimentos disponibles por habitante,
superabundantes en los países desarrollados del
Norte, siguen siendo insuficientes en gran parte del
mundo en desarrollo, especialmente en el Africa
subsahariana, incluso donde han disminuido en los
últimos 25 años.
Debo recordar aquí, una vez
más, que el mundo cuenta hoy con 800 millones de
personas que no tienen acceso a una dieta adecuada; y que
192 millones de niños menores de cinco años
son víctimas de graves carencias calóricas
o proteínicas que les impedirán un pleno
desarrollo físico e intelectual. Esta
situación no sólo es grave, es simplemente
intolerable.
¿Cómo hemos podido llegar
a estos extremos, si en principio hay alimentos
suficientes para todos? En primer lugar, los progresos de
la producción no están repartidos
equitativamente. Desgraciadamente, los países
menos favorecidos, que no tienen los medios para utilizar
insumos técnicos costosos en materia de riego,
fertilizantes y plaguicidas, son las víctimas
más frecuentes de las plagas o de
catástrofes climaticas como las sequías y
las inundaciones. Los más expuestos a estos azotes
son los peor equipados para luchar contra ellos y carecen
por lo demás de recursos financieros para cubrir
las escaseces mediante compras en el mercado mundial.
Existen hoy 88 países de bajos ingresos con
déficit de alimentos, la mitad de ellos en el
Africa subsahariana. En estos países, las
condiciones de vida son las más precarias y la
producción de alimentos no consigue seguir el
ritmo de índices de crecimiento demográfico
que están entre los más altos del mundo.
Se verifica así una vez
más, a escala planetaria, lo que nuestros padres
fundadores afirmaban ya en 1943 en la Conferencia
preparatoria de Hot Springs: "La pobreza es la principal
causa del hambre y la malnutrición". De
allí el problema de la creciente distancia entre
poseedores y desposeídos, ya se trate de personas,
categorías socioeconómicas o países.
Sería un grave error suponer que se ha ganado la
batalla porque la oferta y la demanda están
equilibradas a nivel mundial. El drama estriba en que
gran parte de esta demanda no tiene con qué
comprar.
¿Qué se puede hacer en
estas condiciones para conseguir alimentos para todos? La
primera respuesta que viene a la mente es que se puede
restablecer el equilibrio distribuyendo a los
países pobres los excedentes de los países
ricos en forma de ayuda alimentaria. Estoy tal vez en
mejor situación que nadie para afirmar la
necesidad de una ayuda alimentaria generosa en caso de
hambre o penuria grave. Sé tal vez mejor que nadie
hasta qué punto una ayuda alimentaria bien
orientada hacia grupos específicos puede ser el
motor de ciertos proyectos de desarrollo. Pero al mismo
tiempo, soy más que consciente de los peligros de
una ayuda alimentaria de carácter estructural:
desestabilización de los mercados internos,
efectos negativos sobre la producción local,
pérdida de la preferencia por los alimentos
tradicionales y, sobre todo, el desarrollo de una
mentalidad asistencial entre los pueblos y los gobiernos.
Estos peligros se pueden evitar
tomando una serie de precauciones y medidas, como por
ejemplo el suministro de parte de la ayuda en efectivo y
no en productos, o las transacciones triangulares en las
que el país donante compra excedentes disponibles
en un país en desarrollo para entregarlos a un
país deficitario vecino. Lo cierto es que, si bien
la ayuda alimentaria constituye y seguirá
constituyendo durante mucho tiempo un elemento
indispensable de la acción internacional, no puede
ofrecer una solución duradera y humanamente
satisfactoria al problema que nos preocupa.
Hay que buscar otras soluciones. La
seguridad alimentaria sólo se hará realidad
si los países más desfavorecidos consiguen
salir de la pobreza y liberarse de su situación de
dependencia. El medio más evidente y seguro para
conseguirlo es aumentar considerablemente la
producción de alimentos. Pero para ello han de
concurrir toda una serie de condiciones, la primera y
más importante de las cuales es la
determinación: firme voluntad política de
los gobiernos y movilización total de las
energías de la población rural, en el seno
de la cual debe reconocerse la función esencial de
las mujeres y los jóvenes. En cuanto a los medios
que han de aplicarse, lo primero que viene a la mente es
ampliar la superficie cultivada, pero las posibilidades
de hacerlo son muy limitadas. No es justo decir, como
hacen algunos, que ya no quedan tierras potenciales para
dedicar al cultivo, pero en realidad quedan pocas, sobre
todo si se quiere mantener el equilibrio ecológico
y evitar una masiva deforestación. Con el continuo
crecimiento demográfico y 3 000 millones de
personas más para alimentar de aquí al
año 2030, es muy probable que la superficie arable
disponible en el mundo, que en la actualidad es de 0,25
hectáreas por habitante, disminuya aún
más.
Por consiguiente, el aumento de la
producción deberá resultar sobre todo de
una utilización más intensiva de las
tierras actualmente cultivadas, pero de un modo que evite
el rápido agotamiento de los suelos. Habrá
que esforzarse por difundir buenas prácticas de
conservación y fomentar el empleo de insumos:
semillas mejoradas, fertilizantes y, sobre todo, riego.
El riego ofrece posibilidades de
dimensiones insospechadas, especialmente en Africa, que
es la región donde los problemas de la seguridad
alimentaria se plantean hoy con mayor gravedad. Existe el
preconcepto de que este continente, donde los cultivos de
regadío ocupan sólo 11 millones de
hectáreas (sólo 7 por ciento del total
mundial), está abocado ineluctablemente a la
sequía crónica. Sin embargo, algunos de los
países sahelianos más áridos reposan
sobre enormes reservas de agua subterránea apenas
explotadas hasta ahora. Además, los ríos
africanos vierten cada año en mares y
océanos unos 4,5 billones de metros cúbicos
de agua. Obviamente, pretender que sea posible utilizar
la totalidad de esta agua sería una quimera. Pero
una buena ordenación hidroagrícola
permitiría triplicar o cuadruplicar la actual
superficie regada. Las consecuencias serían
enormes, tanto como para considerar que el dominio del
agua constituye sin duda la clave de la seguridad
alimentaria en Africa.
Es evidente que la realización
de una empresa tan ambiciosa exigirá a la vez una
política decidida de los gobiernos y una estrecha
cooperación entre ellos, así como una
inyección masiva de capitales extranjeros para
construir la infraestructura necesaria indispensables y
una participación activa y permanente de las
comunidades locales y de todos los campesinos,
debidamente informados, en el desarrollo y mantenimiento
de las redes secundarias y terciarias. Es aquí
donde surgen dificultades que hasta ahora no han podido
superarse, lo que ha inducido a algunos a considerarlas
insuperables. Los responsables políticos, con
medios limitados a su disposición son reticentes a
comprometerse en proyectos tan amplios, en especial si
tienen dudas sobre la fuerza de los acuerdos entre
estados vecinos para explotar recursos comunes. En cuanto
a los inversores, muchos se niegan a financiar una
ordenación hidroagrícola cuya rentabilidad
económica les parece dudosa, al parecer sin
comprender el valor de conservar vidas humanas, evitar
sufrimientos, y economizar fondos de socorro para
operaciones de urgencia. Por último, las
poblaciones rurales sólo se movilizarán,
individual y colectivamente, si pueden percibir con
claridad las ventajas de la empresa y si están
seguros de recibir una parte justa de los beneficios
resultantes.
Si me he detenido en este ejemplo, es
porque creo que indica con notable precisión los
enemigos a los que hemos de vencer para alcanzar nuestro
objetivo final de lograr alimentos para todos. Entre
ellos destacan, como hemos dicho, la pobreza de las
personas, las colectividades y los países. Pero
hay otros igualmente temibles: la ignorancia, la
desigualdad en el reparto de los frutos de la tierra y
del trabajo; la indiferencia que el conjunto de sectores
que trabajan por la seguridad alimentaria mundial ha
denunciado ya como el enemigo por excelencia y, sobre
todo, el temor a confiar una gran ambición al
ingenio humano.
En el curso de sus 50 años de
existencia, la FAO no ha cesado de combatir
encarnizadamente en todos los frentes contra estos
enemigos y de asestarles duros golpes. Pero, pese a sus
múltiples iniciativas en todos los terrenos, el
resultado de estas batallas es incierto, dada la
asombrosa capacidad de resistencia activa y pasiva del
adversario. Sin duda hemos realizado progresos
considerables, pero medio siglo de esfuerzos no nos ha
permitido aún abrir una brecha decisiva. Se han
registrado incluso retrocesos en ciertos sectores; por
ejemplo, la ayuda a la agricultura de los países
en desarrollo sigue disminuyendo en términos
reales, y su proporción en la ayuda total al
desarrollo ha caído del 24,5 al 16 por ciento
entre 1981-83 y 1991-93.
Pero no por ello estamos dispuestos a
arriar nuestra bandera, ni siquiera a considerar una paz
negociada. Seguimos confiando plenamente en la victoria
final y firmes en nuestro empeño de luchar contra
la ignorancia, mediante la difusión de
información y conocimientos; contra el miedo a los
programas ambiciosos, mediante los consejos que brindamos
a los responsables de la adopción de decisiones;
contra las desigualdades, mediante nuestro trabajo en
favor de la equidad en las relaciones comerciales
nacionales e internacionales, así como mediante
proyectos cuya finalidad es garantizar la igualdad de
condiciones y oportunidades a las categorías menos
favorecidas, especialmente a la mujer. Seguiremos
combatiendo contra la pobreza a través de todas
las actividades de la FAO, ya se trate de aumentar la
producción, evitar pérdidas o asegurar a
los productores precios estables y remunerativos; y, por
último, combatiremos contra la indiferencia,
recordando constantemente que no es posible alcanzar la
prosperidad y la seguridad en solitario, sin preocuparse
del resto del mundo, y que la interdependencia a nivel
planetario es un hecho fundamental que exige de modo
imperativo la solidaridad colectiva.
He resumido la labor que la FAO ha
desarrollado infatigablemente desde su creación.
Pero el estado del mundo y los peligros que enfrentamos
son tan amenazadores que debemos redoblar nuestros
esfuerzos y nuestra creatividad si queremos obtener una
victoria decisiva. Por este motivo, y animada del deseo
de intervenir allí donde las necesidades son
mayores y la agricultura más vulnerable, la
Organización acaba de lanzar dos programas
especiales de gran envergadura.
El primero de ellos es el Programa
especial sobre producción de alimentos en apoyo de
la seguridad alimentaria en los países de bajos
ingresos con déficit de alimentos. Este programa,
que se basa en la participación de las comunidades
agrícolas y del personal de extensión en el
marco de medidas socialmente equitativas, sobre todo para
los más necesitados, comprende la ejecución
de proyectos experimentales utilizando tecnologías
apropiadas a los imperativos del medio ambiente, que
más adelante se aplicarán en gran escala en
el curso de una fase de expansión, paralelamente a
la promoción de políticas económicas
favorables y al fortalecimiento de la capacidad nacional.
Con ello nos proponemos nada menos que una nueva
Revolución Verde que extraiga enseñanzas de
los errores del pasado, asegurando la protección
de los recursos naturales y la equidad en el reparto de
los frutos del crecimiento agrícola. Se trata de
aumentar la disponibilidad de alimentos en los
países especialmente vulnerables, de mejorar su
rendimiento y de crear empleo e ingresos en el sector
agrícola.
El segundo programa especial es el
Sistema de prevención de emergencia de plagas y
enfermedades transfronterizas de los animales y las
plantas. En una primera fase, las actividades se
centrarán en dos objetivos precisos: la langosta y
la peste bovina, dos azotes que causan repetidos
estragos, sobre todo en Africa, el Cercano Oriente y el
Asia sudoccidental. Estamos convencidos de que esta
iniciativa tendrá también una gran
repercusión.
Ciertamente, estos dos programas no
resolverán por sí solos todos los
problemas. Pero, además de los resultados
importantísimos que esperamos de ellos, apostamos
por su capacidad de movilización y su efecto
multiplicador. La respuesta a la pregunta de si
conseguiremos alimentar al mundo dependerá ante
todo de los gobiernos y de los pueblos de los
países tanto desarrollados como en desarrollo. La
FAO no puede reemplazarlos, pero se esfuerza por
desempeñar cada vez más y mejor su
función, que consiste en facilitarles
información y asesoramiento, proponerles nuevas
iniciativas, ayudar a encontrar fuentes de
financiación y a realizar proyectos de desarrollo.
En resumen, apoyar sus esfuerzos con todos los medios de
que dispone. Esta atención a las necesidades de
los Estados Miembros se ha manifestado una vez más
con el lanzamiento de cinco nuevos programas: tres de
ellos tienen por objeto la cooperación entre
países en desarrollo, entre países en
transición y con las universidades y centros de
investigación; otro programa está dirigido
a los jóvenes profesionales de países en
desarrollo, a fin de que puedan adquirir una experiencia
práctica en el marco de los proyectos de la FAO
como ya sucedía en el caso de los jóvenes
profesionales de los países desarrollados; por
último, un programa relativo a los expertos que
han llegado a la edad de jubilación, los cuales
pueden aportar a la tarea común un caudal
irremplazable de competencia y experiencia en materia de
cooperación internacional.
Todos estos esfuerzos que realizamos
para alimentar al mundo, o mejor dicho para ayudar al
mundo a alimentarse, los dedicamos de todo corazón
a los agricultores, silvicultores y pescadores de todo el
mundo, y en particular a las mujeres, que producen una
gran parte de los alimentos. La FAO no tiene otra
razón de ser que la de servir a todos y cada uno
de ellos. En este Cincuentenario de nuestra
Organización, nos comprometemos a hacer todo lo
posible para poner en sus manos las tres claves de la
seguridad alimentaria: conocimiento, capacidad y voluntad
de acción.
Muchas gracias.