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Discursos

Curriculum vitae del Dr Jacques Diouf

 


Discurso con ocasión de la Reunión Ministerial sobre la seguridad alimentaria mundial: cincuentenario de la FAO
octubre 1995

 

Señor Presidente,
Excelentísimos señores,
Señoras y señores,

El cincuentenario de la FAO nos ofrece, gracias a la generosa hospitalidad del Canadá, y de la Provincia y la ciudad de Quebec, la ocasión de volver a los orígenes. Se trata efectivamente de un regreso y no sólo, ni tampoco principalmente, de un peregrinaje romántico al sitio donde nació nuestra Organización. Ante una situación en que la humanidad se ve amenazada por graves peligros, se trata de reencontrar el espíritu y el impulso que animaron a nuestros fundadores hace medio siglo. Se trata de volver a nuestras raíces, renovar nuestras energías, reavivar nuestra creatividad.

Esta Reunión Ministerial se inscribe en un proceso que ha dado ya lugar a un importante debate sobre el puesto que ocupa el ser humano en el desarrollo y que debe desembocar el año que viene en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación. Se les pide a ustedes que examinen las conclusiones del simposio y den al mismo tiempo un gran paso adelante en la preparación de la Cumbre. Es evidente que, después de un abierto debate entre los representantes de los gobiernos, las empresas, las asociaciones y el mundo universitario, se requería un acontecimiento de muy alto nivel como éste para iniciar el proceso de decisiones políticas y de movilización popular que es el £nico que podrá conducirnos hasta nuestro objetivo: eliminar de la faz de la tierra el hambre y su principal causa - la miseria; o, para utilizar el lema del décimoquinto Día Mundial de la Alimentación y del cincuentenario de la FAO, conseguir "Alimentos para todos".

He tenido y tendré todavía ocasión de exponer las dimensiones del problema, sobre el que no es necesario extenderse aquí. Por las funciones que desempeñan, están ustedes mejor informados que nadie sobre el tema. En muy raras ocasiones he tenido ocasión de dirigirme a un auditorio tan consciente del hecho de que no es aceptable ni posible vivir en un mundo que cuenta en los países en desarrollo con 800 millones de personas malnutridas y cerca de 200 millones de niños de menos de cinco años que padecen carencias proteínoenergéticas agudas o crónicas. La simple presencia de ustedes aquí, a pesar de las numerosas ocupaciones que tienen, testimonia la importancia que tanto ustedes como sus gobiernos atribuyen a la cuestión que se nos plantea hoy con semejante urgencia.

Ustedes comprenden mejor que nadie que no habrá salvación si no logramos ganar la carrera entre el crecimiento demográfico y la producción de alimentos en los países en desarrollo, es decir, precisamente allí donde nacerá la mayor parte de los 3 mil millones de habitantes suplementarios con que contará el mundo en el año 2030. El núcleo del problema consiste por lo tanto en encontrar la forma de que la producción de alimentos progrese con la suficiente rapidez y de manera sostenida en los países del Tercer Mundo, y muy especialmente en los más desposeídos de ellos, a saber en los 88 países de bajos ingresos con déficit de alimentos, cuya mitad exactamente - 44 - se encuentra en Africa, y los demás están repartidos entre las regiones de Asia y el Pacífico (19), América y el Caribe (9), Cercano Oriente (4), Europa y las ex repúblicas soviéticas (12).

Una empresa sin duda formidable y erizada de dificultades. Sin embargo, ¿sobrepasa esta empresa, como algunos parecen resignarse fácilmente a creer, las posibilidades de una humanidad capaz de lanzarse a la conquista del cosmos, explorar los secretos de la materia y dominar la energía, revolucionar la genética y curar tantas enfermedades que apenas ayer eran mortales? No; no estaríamos nosotros aquí, y la FAO no habría luchado durante 50 años ni se prepararía con tanta energía para los futuros combates si no tuviéramos la firme convicción de que la victoria no es inalcanzable y que el objetivo puede y debe ser alcanzado. Para lograrlo, sera necesario lanzar y llevar plenamente a término una acción de gran envergadura que aborde a la vez el problema desde el punto de vista técnico, financiero y político; tres aspectos que, por otra parte, están íntimamente ligados entre sí.

En mayor medida que los otros, el aspecto técnico es un cometido propio de la FAO, que ha definido sus dimensiones basándose en importantes estudios de prospectiva. El más reciente - Agricultura: hacia el año 2010 - analiza la amplitud previsible de las necesidades y las posibilidades que subsisten de extender las superficies cultivadas y aumentar los rendimientos. La FAO se ha dedicado asimismo a extraer las enseñanzas del pasado y, sobre todo, de la Revolución Verde que ha dado resultados espectaculares, especialmente en la región de Asia y el Pacífico, donde la disponibilidad de alimentos por habitante se ha elevado en un 35 por ciento en 30 años, mientras que hace apenas una generación, el sentido com£n hacía dudar de que la región fuera nunca capaz de autoalimentarse. Sobre esta base, la FAO ha decidido lanzar una nueva Revolución Verde, evitando los escollos con que tropezó la primera, es decir, fundamentalmente, los efectos negativos sobre el medio ambiente y el riesgo de beneficiar sobre todo a los productores más acomodados e instruidos, dejando marginados a los más pobres.

A costa de un intenso trabajo, la Organización ha puesto en marcha programas dinámicos y bien ajustados al servicio del desarrollo en los sectores agrícola, forestal y pesquero, así como en el ámbito de la nutrición. No es este el lugar ni la ocasión para extenderme sobre este aspecto, por lo cual me limitaré a recordar brevemente los dos programas especiales que, a propuesta mía, fueron aprobados por el Consejo de la Organización en junio de 1994 y a los cuales damos una importancia particular por estar llamados a obtener un rápido impacto sobre la producción agrícola en general y alimentaria en particular.

El primer Programa se refiere a la producción de alimentos en apoyo de la seguridad alimentaria en los países de bajos ingresos con déficit de alimentos. Se trata de un mecanismo que incluye la selección de proyectos experimentales, la aplicación de tecnologías adecuadas, en especial para garantizar el aprovechamiento del agua, la adopción de sistemas de producción que protejan el medio ambiente, la promoción de políticas económicas favorables y el refuerzo de la capacidad nacional. Basado en la participación de las comunidades agrícolas y del personal de extensión, dentro del marco de unas medidas socialmente equitativas, sobre todo para los más desfavorecidos, este Programa tiene por objeto aumentar la disponibilidad de alimentos, estabilizar los rendimientos y crear empleo e ingresos en el sector agrícola.

El otro Programa se denomina "Sistema de prevención de emergencia de plagas y enfermedades transfronterizas de los animales y las plantas". En su fase actual, pone el acento sobre todo en la lucha contra la langosta y la peste bovina, dos plagas que provocan cíclicamente importantes destrozos, especialmente en Africa, Cercano Oriente y Asia sudoccidental.

Es evidente que los planes mejor concebidos se convierten en letra muerta si no se dispone de los medios necesarios para realizarlos. Un crecimiento agrícola como el que tenemos que conseguir exige una inyección verdaderamente masiva de capitales, de tecnologías más eficaces y apropiadas, de insumos, conocimientos y técnicas, en resumen una aportación de ayuda e inversiones de una magnitud sin precedentes.

Ahora bien, ¨qué sucede con la asistencia oficial para el desarrollo, para la cual las Naciones Unidas habían fijado hace ya mucho tiempo un objetivo equivalente al 0,7 por ciento del producto nacional bruto de los países donantes? Son conocidas las dificultades encontradas durante decenios para alcanzar este objetivo, que sólo algunos países han podido conseguir y, en número aun más escaso, sobrepasar. El final de la guerra fría hizo nacer grandes esperanzas: al haber perdido todo sentido la carrera de armamentos, las enormes sumas de dinero y de recursos humanos que consumía sin beneficio alguno, se podrían dedicar y canalizar hacia empresas pacíficas de desarrollo, generadoras de prosperidad y de bienestar para toda la humanidad.

Estas grandes esperanzas se han visto cruelmente frustradas. En lugar de aproximarse al objetivo fijado, éste se ha alejado aún más: en 1970, la ayuda oficial al desarrollo representaba 0,34 por ciento del PNB de los países donantes; en 1994, había caído al 0,29 por ciento. El sector agrícola ha sufrido más que ningún otro. La ayuda que recibe ha disminuido tanto en valor absoluto como en porcentaje del total. Calculada en dólares constantes de 1990, ha descendido de 15 900 millones en 1981-83 a 11 200 millones en 1991-93. En el mismo período, la proporción que representaba en el total de la ayuda pasó del 24,5 al 16 por ciento.

Sin embargo, los signos de una recuperación económica se multiplican; además, los resultados obtenidos por los diversos países que han conseguido salir del subdesarrollo y los esfuerzos en materia de ajuste estructural realizados por muchos otros deberían normalmente restablecer un clima de confianza y estimular la necesaria reanudación de las corrientes de ayuda. No obstante, existen dificultades reales. Una parte importante de los recursos que los principales donantes están dispuestos a proporcionar a los organismos internacionales ha sido y sigue siendo absorbida por numerosas operaciones de mantenimiento de la paz realizadas para poner freno a los conflictos y masacres que ensangrientan el planeta. En cuanto a la ayuda bilateral, no manifiesta, fuera de la ayuda militar, ningún signo de recuperación; por el contrario, la tendencia descendente sigue acentuándose, con algunas honrosas excepciones. Sería por consiguiente inútil esperar un aumento de las corrientes de ayuda mientras la paz y el orden no se hayan impuesto en las diferentes partes del mundo.

Pero la inversión no es sólo la asistencia oficial para el desarrollo. En efecto, es menester fomentar el ahorro interno para estimular la financiación nacional pública y privada y crear también condiciones favorables para un aporte complementario de recursos privados externos.

El desarrollo del sector agrícola ofrece a los inversores un inmenso campo. Si se quiere garantizar un fuerte crecimiento de la producción, protegerla de los imponderables, evitar las pérdidas y facilitar la colocación de los productos en el mercado, es preciso invertir en sectores muy variados. Transferencia de tecnología; provisión de material e insumos de todo tipo; ordenación forestal; fomento de la acuicultura y las industrias conexas; planificación y construcción de obras hidroagrícolas en el marco de un plan integrado de ordenación de las cuencas hidrográficas y de aprovechamiento del agua; protección contra las pérdidas mediante la lucha contra plagas y enfermedades y la creación de infraestructuras tales como instalaciones de almacenamiento, carreteras y redes de transporte; desarrollo de los recursos humanos por medio de la enseñanza, la capacitación y la extensión: una lista que está lejos de ser exhaustiva.

Estas realizaciones exigen estudios detallados de viabilidad y proyectos "financiables", que tengan en cuenta los parámetros más diversos: rentabilidad económica y financiera; impacto a medio y largo plazo; dimensiones óptimas del proyecto; selección de las tecnologías; capacidad de absorción; protección del medio ambiente natural y cultural; posibilidad de que el personal nacional y la población se hagan cargo progresivamente del proyecto; equidad en la distribución de los beneficios, etc.

El "despegue" conseguido por varios países en desarrollo a partir del crecimiento del sector agrícola debería ser la garantía de otros éxitos cuyas repercusiones en materia de crecimiento y empleo se dejarán sentir también en los países desarrollados, constituyendo un incentivo adicional para invertir en países con perspectivas de futuro.

Evidentemente los tipos de inversión prioritaria varían de una región a otra. En Asia, donde el crecimiento agrícola logrado con la Revolución Verde corre el peligro de llegar a su límite, la reparación de las instalaciones de riego, el drenaje y la reglamentación de los derechos de acceso al agua tienen una importancia de primer orden. En Africa, donde a pesar de que hay tanto por hacer la superficie regada alcanza apenas al 7 por ciento de las tierras de cultivo, los programas de ordenación hidroagrícola realizados por la población son una condición para toda modernización, mientras que en América Latina, reformas agrarias basadas en los mecanismos del mercado resultan una prioridad esencial.

No es fácil determinar la magnitud de las inversiones necesarias para alcanzar la tasa de crecimiento prevista en el estudio de la FAO, Agricultura: Hacia el año 2010, pero es sobre todo en el Africa subsahariana donde las inversiones netas en la producción y la comercialización deberán registrar un fuerte crecimiento con respecto a los niveles actuales.

La eficacia de las inversiones es tan importante como su volumen. A este respecto, los esfuerzos de reajuste estructural ya realizados han permitido reducir disposiciones y estructuras ineficaces, así como crear incentivos para la inversión privada. No obstante, subsisten numerosas perturbaciones económicas y sociales, y los problemas de la transición no siempre han recibido la atención y las soluciones apropiadas.

Es evidente, sin embargo, que son los países en desarrollo los que deberán financiar la parte esencial de las inversiones necesarias para su despegue. Los ingresos públicos, los ingresos procedentes de la exportación y el ahorro deberían contribuir a la constitución de los capitales necesarios. Pero en numerosos países es la movilización de los agricultores para realizar inversiones y mantenerlas la que ofrece las posibilidades más alentadoras, aun cuando en muchos de ellos sea necesario un firme apoyo exterior para completar el esfuerzo nacional.

La instauración de una verdadera seguridad alimentaria en el mundo no se conseguirá a menos que todos los interesados -los gobiernos de los países en desarrollo y desarrollados, pero también los inversores privados y los organismos internacionales de financiación- den pruebas de una determinación política clara, coherente y constante, aún a costa de cuestionar conceptos, criterios y actitudes por mucho tiempo considerados inmutables.

Ya se trate de aspectos técnicos, financieros o políticos, hay un elemento que reviste una importancia primordial y que hay que tener siempre presente: la dimensión temporal.

El tiempo de la agricultura (y aún más el de las actividades forestales) no es el tiempo de la industria o del sector terciario. Los ritmos son más lentos. Las transformaciones no se producen de un día para otro. Los resultados sólo se ven despúes de un largo período. Para que sean significativos, los análisis de las tendencias deben efectuarse a medio y largo plazo. La realización y evaluación deben concebirse con una perspectiva mucho más prolongada. En pocas palabras, la paciencia del campesino debe convertirse en una virtud importante del inversor.

En el momento presente, los problemas de la seguridad alimentaria tienen una importancia vital: está en juego la supervivencia de la humanidad. Si por desgracia no consiguiéramos evitar el hambre, si fracasaran los esfuerzos por proporcionar "alimentos para todos", todos los habitantes de la aldea global, ricos y pobres, estaríamos en peligro. Tal es, Señoras y Señores Ministros, la dimensión del desafío que nuestros gobiernos y nuestros pueblos están llamados a afrontar ahora y en el futuro. Confiamos, pues, en que nuestro retorno a las fuentes, en este cincuentenario de la FAO, nos ayude a reencontrar la amplitud de miras, la esperanza, la energía y la tenacidad que han presidido el nacimiento y la vida de nuestra Organización. Así, la Reunión Ministerial que se inaugura esta mañana será portadora de esperanza y marcará una etapa decisiva en la realización del sueño - o más bien del grande y lúcido designio - de nuestros fundadores: liberar a la humanidad del hambre.

Muchas gracias.

 


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