Discurso con ocasión de la
24ª Conferencia Regional de la FAO para America
Latina y el Caribe
Asunción (Paraguay), 2-6 de julio de
1996
Sr. Presidente,
Excelentísimos señores, Señoras y
señores:
Dentro de la tradición de las
Conferencias Regionales de la FAO, la que agrupa a los
países de América Latina y el Caribe ocupa
un lugar privilegiado debido a su antigüedad: en
efecto, es la 24ª vez que se celebra esta
reunión regional, mientras que en el Cercano
Oriente y Asia y el Pacífico sólo se han
celebrado 23 reuniones y en las otras regiones aún
menos.
Antes de nada, deseo saludar y
expresar, en nombre de todos los participantes, mi
profundo agradecimiento al gobierno y al pueblo del
país que nos acoge hoy con tanto calor y
generosidad. Paraguay figura entre los miembros
fundadores de la Organización: ya antes de la
Conferencia de Quebec de 1945 en la que se creó la
FAO, había formado parte de los Estados firmantes
del Acta Final de la Conferencia preparatoria, celebrada
en Hot Springs en 1943. País esencialmente
agrícola, rico en espesos bosques y en pastos
donde prospera la ganadería bovina, surcado por
grandes ríos que favorecen el cultivo de
regadío al tiempo que constituyen poderosas
fuentes de energía e importantes ejes de
comunicación, pero que contiene también
extensas zonas áridas, Paraguay presenta un
compendio de las características de gran parte de
la Región.
Deseo también saludar a la
ciudad de Asunción, cuya fundación en 1537
hace de ella una de las más antiguas tras el
descubrimiento del Nuevo Mundo. Su posición en la
confluencia de los ríos Paraguay y Pilcomayo
reviste un valor simbólico al recordar la
importancia del agua para el desarrollo agrícola.
Esta noble ciudad ve hoy reunidos en ella a los
responsables de la alimentación y la agricultura
de todos los países de la región, tan
diversos entre sí.
En efecto, cuando se intenta obtener
una visión de conjunto de esta parte del mundo es
imposible no asombrarse ante la increíble variedad
de los aspectos y problemas que en ella se plantean.
Entre los más de 30 países que agrupa, hay
estados insulares cuya superficie no excede de algunos
centenares de kilómetros cuadrados y países
inmensos como Brasil, que abarca más de 8 500 000
kilómetros cuadrados. En la región se
encuentran todos los tipos de suelo y todas las
configuraciones del terreno posibles, desde las marismas
hasta las montañas con una atmósfera
enrarecida, desde los desiertos pedregosos hasta los
pastos abundantes, las grandes llanuras cubiertas de
trigales y los bosques inmensos de una frondosidad
incomparable. Se encuentran también en ella todo
tipo de climas, desde el tórrido al polar pasando
por toda la gama del tropical al templado, del más
seco al más húmedo. Extensas zonas
áridas coexisten con enormes cuencas fluviales de
crucial importancia para el riego, el transporte, la
energía hidroeléctrica y las
comunicaciones, en particular la cuenca del Amazonas, que
es la mayor del mundo. Además, entre las islas del
Caribe y riberas del Atlántico y el
Pacífico, la Región cuenta con decenas y
decenas de millares de kilómetros de costas en las
que abundan los recursos pesqueros.
No menos contrastes ofrece el paisaje
humano, dado que en el curso de una historia atormentada
y a menudo violenta los pueblos precolombinos han formado
un sustrato sobre el que se han superpuesto europeos
provenientes de todas partes, africanos desgajados de su
tierra por el tráfico de esclavos, emigrantes
llegados del Cercano o el Lejano Oriente. El resultado de
ello ha sido una mezcla de culturas que la
denominación "América Latina" no refleja
plenamente, aun cuando el predominio de las lenguas
ibéricas en todo el continente y en buena parte de
las islas esté sólidamente establecido. Las
modalidades de organización social presentan una
variedad igualmente asombrosa, desde la inmensa hacienda
de tipo casi feudal hasta los sistemas comunitarios de
posesión y explotación de la tierra,
especialmente en ciertas zonas montañosas, cuyo
origen se remonta a las civilizaciones precolombinas.
En estas condiciones, no es de
extrañar que la agricultura de la Región
presente también una diversidad extraordinaria
tanto en a su producción como en los problemas que
debe afrontar.
Desde la agricultura de subsistencia
practicada por los campesinos pobres en tierras de
montaña amenazadas por la erosión hasta el
floreciente cultivo de cereales en las vastas llanuras y
la próspera cría de ganado, sobre todo
bovino, en las inmensas praderas, sin olvidar los
cultivos tropicales; como el café, la caña
de azúcar, el algodón y las frutas
tropicales; desde la explotación de los
prodigiosos recursos forestales hasta la pesca en las
aguas de los ríos, lagos y mares, la Región
despliega una actividad agrícola extremamente
variada. No olvidemos que, además de ser la cuna
de numerosas plantas alimenticias actualmente difundidas
por todo el mundo, sigue siendo la mayor reserva mundial
de especies que pueden salvaguardar una diversidad
biológica gravemente amenazada.
La existencia de situaciones tan
diferentes no podía dejar de crear problemas de
carácter y amplitud sumamente variables. En unos
casos, lucha contra la erosión o la sequía,
y en otros obras de desecación y drenaje; en unos
casos, necesidad de reforestar laderas erosionadas y en
otros destrucción acelerada de la cubierta
forestal, debida sobre todo al avance de la
ganadería; en unos casos, problemas propios de las
islas tropicales poco extensas y en otros dificultad de
regular los recursos hídricos de inmensas cuencas
fluviales, búsqueda de una alternativa
idónea al cultivo de plantas de las que se
obtienen estupefacientes, modalidades de
explotación de los recursos pesqueros, problemas
relacionados con los regímenes de tenencia de
tierras, etc.
A esta diversidad
característica del sector agrícola se
añaden diferencias notables en lo que respecta a
los recursos mineros y petrolíferos y su
explotación, la industrialización, la
actividad económica en general, los grados de
desarrollo y prosperidad y la seguridad alimentaria.
Países en plena expansión se alternan con
otros que se cuentan entre los más pobres del
mundo. Megalópolis donde impera un crecimiento
anárquico confinan con campiñas donde el
tiempo parece haberse detenido hace siglos. Esa misma
disparidad se observa en el interior de los
países, donde coexisten la riqueza y la pobreza
extremas, la abundancia y la malnutrición, la
cultura de alto nivel y el analfabetismo, el poder y la
precariedad.
Ante semejante diversidad, cabe
preguntarse qué es lo que unifica la
Región. Diría, en primer lugar, que todos
los países que la integran han tenido un pasado
colonial del que se han desprendido en épocas y
modos diversos pero que ha dejado en todos ellos la misma
impronta. A través de las diferencias culturales
se observa una determinada actitud hacia la vida y los
valores humanos. Todos los países de la
Región se enfrentan, especialmente en el sector
agrícola, con problemas análogos:
conservación de los recursos naturales,
regulación del agua, demografía,
endeudamiento, desarrollo urbano desordenado, problemas
asociados con la pobreza y las desigualdades
socioeconómicas, integración de la mujer en
el desarrollo y búsqueda de un aprovechamiento
óptimo del potencial humano.
El resultado de ello es una
dependencia mutua cada vez mayor que se traduce en
importantes acuerdos relacionados sobre todo con el
comercio intrarregional, entre los que es oportuno citar
MERCOSUR, mecanismo de integración en el que un
principio participaban cuatro países y que
está realizando rápidos progresos.
Se diría que, en esta
Región a la vez muy antigua y asombrosamente
joven, el tiempo transcurre más de prisa que en
otras partes y la evolución se produce a velocidad
acelerada. Por ello esdifícil presentar un
análisis válido de la situación, que
apenas concluido corre el riesgo de quedar superado, de
manera que hay que proceder con la máxima cautela
a la hora de sacar conclusiones.
No obstante, el estudio del contexto
macroeconómico permite formular algunas
observaciones importantes.
La primera es que la parte
correspondiente al sector agrícola en la
economía de la Región disminuye
rápidamente; en la actualidad representa un 10 por
ciento aproximadamente del producto interno bruto. Si la
producción agrícola aumenta ligeramente,
este crecimiento (que por lo demás es cada vez
más lento) no se debe a una ampliación de
la superficie cultivada, la cual por el contrario,
registra una disminución de más del 2 por
ciento al año. Lo que aumenta es el rendimiento, y
este aumento indica una evolución de la
importancia relativa de los conocimientos
tecnológicos y los sistemas de gestión, que
crece al tiempo que tiende a disminuir la de los recursos
naturales y la mano de obra. La agricultura emplea
actualmente a 40 millones de trabajadores, pero el
número de personas a las que asegura la
subsistencia asciende a 115 millones, es decir un cuarto
de la población total de la Región.
Además, constituye la base de un gran
número de servicios y actividades industriales.
Por tanto, su función social en el desarrollo
reviste una importancia proporcionalmente superior a su
aportación a la producción y el comercio.
En la medida en que el progreso de la
agricultura se debe a una tecnología más
avanzada, la rentabilidad y competitividad del sector
dependen cada vez más de factores externos como
por ejemplo las infraestructuras, la energía, el
transporte, el crédito, las redes de
comercialización, las condiciones del mercado
internacional, etc. Numerosos agricultores, que no se
benefician de estos adelantos, quedan entonces
marginados. Por ello, la pobreza rural constituye un
problema de primer orden en toda la región, en la
que en 1990 afectaba al 53 por ciento de la
población rural frente al 34 por ciento de la
urbana. Una vez más, se trata de un promedio: la
proporción es sin duda mucho mayor en los
países de bajos ingresos con déficit de
alimentos. Por lo demás, se asiste a una
globalización de la pobreza, dado que la miseria
engendra un éxodo rural que empuja a los
campesinos hacia las megalópolis donde van a
engrosar las filas de los desempleados y los indigentes
urbanos.
Hablar de pobreza es hablar de
inseguridad alimentaria y malnutrición. En este
sentido, la parte de los ingresos totales que corresponde
a gastos en alimentos constituye un índice
revelador. En la Región, representa poco
más del 25 por ciento en los hogares acomodados,
pero puede exceder del 90 por ciento en las familias
pobres. Se estima que 59 millones de habitantes de la
Región sufren malnutrición crónica a
causa de su pobreza, pero unos 64 millones de personas
aproximadamente están expuestos a los riesgos de
la malnutrición. Esta cifra supone el 13 por
ciento de la población total de la Región,
pero con toda probabilidad su proporción
varía entre el 20 y el 40 por ciento en los
países de bajos ingresos con déficit de
alimentos.
En resumen, se puede afirmar que la
situación de la agricultura y la
alimentación es preocupante en el conjunto de la
Región y grave en los países de bajos
ingresos con déficit de alimentos, donde se
está consolidando una verdadera dinámica de
la degradación. La ligera recuperación
registrada últimamente en los precios de ciertos
productos agrícolas no debe inducir a
engaño: es una recuperación parcial (los
precios del azúcar y del café siguen
bajando), precaria y, sobre todo, demasiado débil
para restablecer el equilibrio con el costo de las
importaciones y compensar la reducción anterior
del poder adquisitivo de las exportaciones. Baste
recordar que entre 1988 y 1993, el volumen de las
exportaciones de la Región aumentó un 13
por ciento mientras que su valor disminuyó un 15
por ciento.
Tampoco cabe esperar que la
salvación venga de los acuerdos resultantes de las
Negociaciones Comerciales Multilaterales de la Ronda
Uruguay: sólo darán lugar a una
liberalización parcial que beneficiará
sobre todo a quienes produzcan con un costo más
bajo, y sus efectos sobre la agricultura serán
también parciales y sólo se notarán
a plazo medio.
Por consiguiente, es obvio que
sólo una acción lúcida, tenaz y
enérgica, concebida y puesta en práctica de
manera individual y colectiva por todos los países
de la Región, permitirá invertir el proceso
de degradación y salir de la crisis. El desarrollo
de la agricultura, la lucha contra la pobreza y las
desigualdades sociales, el combate por la seguridad
alimentaria constituyen los tres aspectos indisociables
de la política nueva y coherente cuya necesidad
resulta acuciante.
Tanto juntos como por separado,
numerosos gobiernos de la Región han dado ya pasos
decididos en esta dirección, como lo atestigua en
particular la Declaración sobre la seguridad
alimentaria de los países de América Latina
y el Caribe, aprobada en 1995 por una reunión de
alto nivel organizada en Nicaragua con apoyo de la FAO.
Pero todo el trabajo de la Organización en la
Región da fe del vigor y la intensidad de su
compromiso en favor de un desarrollo armonioso. Estas
actividades, que han sido objeto de un tema especial del
programa de la Conferencia Regional, se han intensificado
en el curso del último ejercicio presupuestario,
en particular mediante la creación de una Oficina
Subregional para el Caribe en Barbados. Utilizando todos
los medios a su disposici 3¢n, la FAO se ha
esforzado por aplicar las recomendaciones y los deseos de
la 23ª Conferencia Regional, especialmente en lo que
respecta a la ordenación de los recursos naturales
con miras a un desarrollo sostenible, la lucha contra la
pobreza, la integración de la mujer en el
desarrollo, la participación popular, la
nutrición y la seguridad alimentaria, la
cooperación económica y técnica
entre países en desarrollo y la
colaboración con las instituciones
académicas y de investigación.
Dada la amplitud de la empresa y la
importancia de lo que está en juego sería
un trágico error suponer que los protagonistas del
desarrollo, ya se trate de la inmensa masa de los
agricultores y las asociaciones y movimientos que los
agrupan, los investigadores y científicos, los
agentes económicos, los poderes públicos a
todos los niveles o las organizaciones internacionales,
tienen la partida perdida de antemano. De hecho, los
motivos de esperanza son en este caso mucho más
poderosos que los de temor. En primer lugar, los recursos
naturales tierras, aguas, bosques, océanos ofrecen
un potencial de desarrollo extraordinario. Pero, sobre
todo, se puede contar con los recursos humanos, con la
sabiduría ancestral y el ánimo paciente de
los campesinos, con la energía y creatividad de
las personas llegadas de todas las partes del mundo para
contribuir a la prosperidad de esta Región.
Tanto las dificultades con que se
enfrenta la Región como las posibilidades y
esperanzas que encierra otorgan una importancia
excepcional a la contribución que el mundo entero,
y en particular nuestra Organización, espera de
ella en la búsqueda de lo que ha de constituir la
preocupación fundamental de la humanidad, a saber
la seguridad alimentaria en sus tres grandes vertientes:
estabilidad de los suministros, disponibilidad de los
alimentos y acceso de todos a los mismos. Esta
obligación apremiante, que la FAO ha resumido en
la fórmula "Alimentos para todos", ha servido de
base a la decisión de la Conferencia de celebrar
en 1996 una Cumbre Mundial sobre la Alimentación.
El objetivo es suscitar un compromiso solemne al
máximo nivel de erradicar el hambre y la
malnutrición y garantizar la seguridad alimentaria
para todos los habitantes del mundo mediante una
acción concertada en los planos mundial, regional
y nacional. La principal tarea de la Cumbre será
concretar este compromiso en una Declaración
Política y un Plan de Acción que
constituirán la carta deuna campaña amplia
y eficaz.
Cada región habrá de
contribuir a la elaboración de estos documentos
fundamentales teniendo en cuenta sus experiencias
concretas. Por este motivo, la Organización
concede la máxima importancia a textos como la
Declaración regional sobre la seguridad
alimentaria a la que antes hice referencia, así
como a las aportaciones que han enviado los países
durante el proceso de preparación de la Cumbre. A
este respecto, tengo el placer de señalar los
documentos especialmente sustanciosos e interesantes que
la FAO ha recibido de México y Nicaragua. Por otra
parte, deseo expresar mi profundo agradecimiento por la
aportación eficaz que ha realizado el grupo de los
Representantes Permanentes de los países de
América Latina y el Caribe en Roma a las
actividades del Grupo de Trabajo constituido por el
Comité de Seguridad Alimentaria Mundial con miras
a proseguir la preparación de los proyectos de
Declaración Política y Plan de
acción. También por este motivo, esta
Conferencia Regional, como las demás de este
año, se sitúan bajo el signo de la Cumbre
Mundial sobre la Alimentación.
Deseo igualmente expresar mi
reconocimiento a los Jefes de Estado y de Gobierno de la
Región que han apoyado personalmente nuestras
iniciativas durante sus encuentros con colegas de otros
países, y en particular a los Presidentes de
Panamá y Uruguay que han tenido a bien visitar la
Sede de la Organización y dirigirse a los
Representantes Permanentes para subrayar las
oportunidades que ofrece y la importancia que reviste la
Cumbre.
Esta Cumbre que tendrá lugar en
Roma del 13 al 17 de noviembre de 1996, será, en
cincuenta años de existencia de la FAO, la primera
reunión organizada sobre el tema de la
alimentación mundial a nivel de Jefes de Estado y
de Gobierno. Y si la propuesta fue aprobada por
unanimidad por la Conferencia y por la Asamblea General
de las Naciones Unidas, es porque el problema reviste hoy
día un carácter particularmente grave.
Además, las dimensiones y la
naturaleza de los problemas alimentarios han evolucionado
con la rapidez que caracteriza nuestro siglo. Por
último, la Organización tiene la
responsabilidad primordial de alertar a la opinión
internacional y a las más altas instancias del
mundo sobre una situación alimentaria que se
degrada, antes de que adquiera las dimensiones de una
crisis insalvable.
Es cierto que los conocimientos y las
tecnologías han progresado de forma prodigiosa, y
que la transformación de los modos de
producción vegetal y animal, el conocimiento y la
utilización de los insumos, el progreso en materia
de aprovechamiento del agua y el perfeccionamiento de las
técnicas de conservación de los recursos,
del almacenamiento y de la elaboración de los
productos han provocado una verdadera revolución
del sector agrícola y rural en un gran
número de países.
Pero, al mismo tiempo, la
población mundial ha aumentado considerablemente,
pese a que la superficie cultivable disponible por
habitante no cesa de disminuir. La explotación
intensiva degrada el medio ambiente; la cubierta forestal
desaparece rápidamente y la roturación de
tierras más o menos marginales acelera la
erosión. Los recursos pesqueros son objeto de una
explotación excesiva y, en este sector, como en
tantos otros, la naturaleza no logra regenerar los
recursos con la misma rapidez con que el hombre los
destruye.
Por otra parte, si bien en el plano
mundial las disponibilidades actuales son suficientes
para nutrir a todos los habitantes del planeta, la
distribución de las mismas sigue siendo
terriblemente desigual.
Las conmociones políticas, los
conflictos, la multiplicación delos refugiados y
las personas desplazadas no hacen más que agravar
la situación.
En los países en desarrollo,
asciende a casi 800 millones el número de personas
que padecen desnutrición crónica y a casi
200 millones el de los niños menores de 5
años afectados por carencias
proteínicocalóricas agudas o
crónicas.
No obstante, el derecho a la
alimentación es absolutamente fundamental; es el
primero de los derecho humanos y, si no se asegura, todos
los demás derechos serán mera
ilusión. Si una persona no come lo suficiente,
¿cómo podrá ejercer su derecho a la
formación, al trabajo, a la cultura, cómo
podrá participar plenamente en la vida
política y social de la comunidad?
Entre los grandes retos que se
perfilan al iniciarse el tercer milenio, figura en primer
plano el de los alimentos y el agua. El problema adquiere
a veces una dimensión ética, una
dimensión política y una dimensión
estratégica, y entraña el riesgo de
provocar conflictos de una violencia y gravedad extremas,
si no se hace nada por remediar la situación.
La FAO tiene tal conciencia de la
necesidad de actuar rápida y enérgicamente
que, sin esperar a las decisiones que adopte la Cumbre a
escala mundial, ha emprendido un Programa Especial para
la producción de alimentos en apoyo de la
seguridad alimentaria en los países de bajos
ingresos y con déficit de alimentos.
Los principios que inspiran el
Programa, cuya fase experimental está cosechando
resultados alentadores en una quincena de países,
dos de los cuales (Bolivia y Haití) forman parte
de esta Región, contribuirán a trazar las
coordenadas que la Cumbre deberá decidir.
Sin embargo, será necesario
movilizar la opinión pública y los medios
de comunicación, recurriendo para ello a las
orientaciones que las más altas autoridades
políticas del mundo tendrán a bien ofrecer,
con vistas a la elaboración de políticas
alimentarias dinámicas y a la aplicación de
medidas concretas de forma vigorosa y permanente.
El gran debate sobre la
alimentación deberá tener también en
cuenta los problemas de las inversiones y del comercio
internacional, que revisten una importancia especial.
Más allá de la propia
Cumbre, es importante asegurar, a través de la
cooperación y las consultas a todos los niveles,
la puesta en marcha de una verdadera campaña de
alcance mundial.
Esta Campaña, cuya finalidad es
garantizar "Alimentos para todos", estará
impulsada por comités nacionales en los que
participarán todos los componentes de la sociedad
civil: el sector privado, las organizaciones no
gubernamentales, las instituciones académicas y de
investigación, las asociaciones femeninas y los
movimientos de la juventud. Deberá asegurar de
forma permanente el apoyo y la movilización
necesarios con vistas a realizar un esfuerzo que, para
llegar a buen puerto, exige un compromiso y una
disponibilidad de recursos a largo plazo.
Con todo, la Cumbre Mundial sobre la
Alimentación tendrá que hacer frente a un
desafío sin precedentes. Ciertamente, mucho se ha
hecho para luchar contra el hambre y la
malnutrición, para estimular el aumento de la
producción agrícola y para favorecer una
distribución más equitativa de los
alimentos disponibles; pero se trataba la mayoría
de las veces de medidas fragmentarias, aplicadas en modo
disperso.
Ahora, es necesario integrar estas
medidas y orientarlas en cada país allí
donde la necesidad de programas para asegurar o
consolidarla seguridad alimentaria es más
acuciante.
Durante largo tiempo los enormes
excedentes acumulados en los países desarrollados
habían dado la ilusión de poner al mundo al
abrigo de situaciones de penuria. Pero ya la crisis
alimentaria de los años setenta había
permitido constatar que estas montañas de
excedentes podían esfumarse como la nieve al sol y
dar lugar a crueles situaciones de penuria.
Después de un nuevo período de gran
acumulación de excedentes, de nuevo las
existencias han vuelto a caer por debajo de los niveles
considerados necesarios para la seguridad alimentaria
mundial, los precios se disparan en el mercado mundial y
la factura de las importaciones de los países en
desarrollo de bajos ingresos con déficit de
alimentos aumentará 3 000 millones de
dólares este año.
"Nada es una conquista definitiva en
el hombre", decía el poeta francés
Aragón. Pero precisamente en esta precariedad
reside el resorte de su acción. ¿No es de
hecho la inminencia del peligro lo que ha empujado
siempre a la humanidad a encontrar los recursos de
energía y de inventiva que le ha permitido
sobrevivir? La humanidad se enfrenta hoy con un peligro
inminente.
Paradójicamente, este peligro
representa también una ocasión de
salvación para la presente generación y
para las que seguirán, en la medida en que los
hombres se muestren capaces de interpretar los signos de
los tiempos y de situarse a la altura de las
circunstancias. Hará falta una enorme lucidez,
imaginación, valentía, paciencia y
tenacidad. Hará falta también una
movilización unánime que tiene pocos
precedentes en la historia de la humanidad.
Ciudadanos de todas las naciones y de
todas las condiciones, de todas las edades, sexos y
religiones; asociaciones y agrupaciones de todas clases;
profesionales de todos los sectores, fuerzas vivas de la
comunidad de orden intelectual, social, económico,
político y espiritual; responsables y
representantes de los poderes públicos de todos
los niveles, desde las aldeas hasta las organizaciones
internacionales, deberán movilizar sus
energías y colaborar sin reservas en la
acción común.
¿Existen estímulos
suficientes para tan gigantesca empresa? La
interdependencia de la ciudad planetaria en que se ha
convertido la tierra ¿será más fuerte
que los intereses restringidos y miopes que nos dividen?
Quiero creerlo con todas mis fuerzas.
También con esta confianza y de
todo corazón, deseo que tengan pleno éxito
los trabajos de la 24ª Conferencia Regional de la
FAO para América Latina y el Caribe.
Muchas gracias.