Alocución con
ocasión del Día Mundial de la
Alimentación
Roma, 16 de octubre de 1996
Excelentísimo Señor
Presidente de la República de Côte
d'Ivoire,
Excelentísimo Señor Ministro,
Excelentísimos Señoras y Señores
Embajadores,
Excelentísimo y Reverendísimo
Señor,
Señoras y Señores:
Permítaseme ante todo,
Señor Presidente de la República de
Côte d'Ivoire, dar las gracias a Vuestra Excelencia
por haber querido honrar con vuestra presencia esta
celebración, y por haber aceptado dirigir la
palabra a esta asamblea. La finalidad de esta ceremonia
es no sólo celebrar el aniversario de la
fundación de la FAO, sino también, y sobre
todo, rendir homenaje a todos los agricultores,
pescadores y silvicultores, hombres y mujeres, que
trabajan sin cesar para alimentar a la población
mundial. Por esta razón, veo en vuestra presencia,
Señor Presidente, un doble símbolo, ya que
representáis, por una parte, a un país,
Côte d'Ivoire, cuyo desarrollo agrícola es
un auténtico ejemplo de éxito, y a
través de vuestra persona, deseo saludar a todos
los ciudadanos de ese país que merecen nuestros
elogios en muchos aspectos. Representáis asimismo
al continente africano, que es la región donde el
desafío de la seguridad alimentaria se plantea
indudablemente de la forma más aguda. Por todo
ello, escucharemos a continuación vuestras
palabras con suma atención.
El Día Mundial de la
Alimentación que celebramos hoy está
dedicado a la "Lucha contra el Hambre y la
Malnutrición". Este tema debería contribuir
aún más a despertar nuestras conciencias
porque nos enfrentamos con la persistencia de una
paradoja inverosímil. Nuestro planeta produce lo
suficiente para alimentar a todos y, sin embargo,
más de 800 millones de semejantes nuestros no
tienen la seguridad de saciar su hambre. También
es una paradoja que esta situación de inseguridad
alimentaria exista cuando hay países que se
enfrentan con una superproducción de alimentos de
los que no saben qué hacer. Y paradoja
también es el hecho de que 2 000 millones de entre
nosotros padezcan carencias nutricionales, mientras que
en algunos países la obesidad contribuye a reducir
la esperanza de vida.
¿Qué hemos hecho para
llegar a esta situación? ¿En nombre de
qué moral podemos mantenernos en ella?
Y, ante todo y sobre todo,
¿qué debemos hacer para salir de ella?
Tenemos el deber de actuar en favor de
quienes hoy tienen hambre, de quienes hoy están
mal nutridos y de quienes mañana corren el riesgo
de no tener con qué alimentarse. Yo afirmo
también que, si no nos preocupamos de ellos hoy,
el problema se complicará mañana. La tierra
tendrá millones, y pronto miles de millones,
más de seres humanos. Todos tienen derecho a una
nutrición suficiente, sana y equilibrada, pero
muchos no la conseguirán si no actuamos ahora.
Despilfarro de recursos, desperdicio de potencial humano,
desorden político y social, miseria humana,
muerte... he aquí las consecuencias del hambre en
el mundo. Es preciso reaccionar.
Lo que considero lo más
inaceptable es que conocíamos las soluciones del
problema, contábamos con los instrumentos y
sabíamos cómo utilizarlos. Entonces,
pregunto yo ¿será que nos ha faltado la
voluntad?
Se nos plantea un doble
desafío, producir alimentos suficientes y
garantizar el acceso de todos a estos alimentos a fin de
llegar a alcanzar la seguridad alimentaria.
Las variedades de trigo y arroz de
alto rendimiento, y más tarde las de maíz,
nos han permitido duplicar o incluso triplicar en 30
años las cosechas en tierras fértiles.
Estas semillas mejoradas llegaron a estar disponibles al
mismo tiempo que los sistemas de riego, los fertilizantes
y los medios para combatir las plagas y enfermedades de
las plantas. No podemos olvidar el incremento de
productividad que aportó esta Revolución
Verde, en particular en Asia. Era preciso entonces
detener una epidemia de hambre que amenazaba causar
estragos. La epidemia no se produjo. Los agricultores
vencieron. Pero los costos para la sociedad y para el
medio ambiente fueron elevados. Sin embargo, no hubo
hambre y nosotros hemos aprendido mucho.
El potencial de las tecnologías
de la Revolución Verde no se ha aprovechado
totalmente, ni mucho menos. Sigue siendo grande la
diferencia entre lo que cosecha un pequeño
agricultor y lo que el investigador obtiene en su centro
experimental. Por término medio, la cosecha del
primero representa un tercio de la del segundo.
Además, incluso en un mismo país puede
haber la misma diferencia entre los rendimientos
obtenidos por los agricultores modernos y por los
campesinos pobres. Para reducir estas diferencias, no se
necesitan descubrimientos científicos resonantes.
Basta poner en práctica lo que sabemos ya hacer.
Sin embargo, no hemos actuado. La
cadena de la transferencia de conocimientos se ha
interrumpido. Las voces de los campesinos que expresan
sus necesidades a los científicos se han ahogado
en el estrépito de los tiempos modernos. Las voces
de los investigadores que transmiten los nuevos
conocimientos a los campesinos se han apagado en
numerosos países en desarrollo. La cadena del
saber es el cordón umbilical de la seguridad
alimentaria y, por ello, somos incapaces de comunicar a
los agricultores desprovistos que en muchos casos son
mujeres los conocimientos que necesitan para mejorar los
métodos de producción. Es ésta una
carencia que debemos corregir lo antes posible. Tenemos
que desarrollar sistemas de vulgarización.
Haría falta bien poca cosa para conseguir grandes
resultados.
Es preciso sostener también la
investigación agronómica, ciertamente a
nivel internacional, pero sobre todo a nivel nacional.
Debemos estimular a las redes nacionales a trabajar con
las de los países de la misma región.
Podrían así constituir la masa decisiva que
les permita progresar, y evitar las duplicaciones y el
desperdicio de los escasos recursos disponibles. Trabajar
unidos por encima de las fronteras en la
investigación agronómica es también
trabajar unidos por la paz. La Revolución Verde ha
demostrado lo que la ciencia puede hacer para incrementar
la producción de alimentos. Es preciso, pues,
estimular sin descanso la investigación
científica. Se sabe que una idea nacida en un
laboratorio tarda 10 años o tal vez 20 en llegar a
ser utilizable en la agricultura. Y en 20 años
será preciso alimentar a casi 2 000 millones de
bocas más.
Ahora bien, resulta evidente que los
instrumentos de la Revolución Verde tienen
necesidad de ser perfeccionados, corregidos y completados
por otros métodos. Sabemos hoy que hace falta
favorecer la aplicación de sistemas integrados de
producción en un marco general de desarrollo
sostenible. La biotecnología es uno de los
instrumentos que habrá que manejar con prudencia.
Podemos introducir en el código genético de
las semillas la resistencia a las plagas que, hasta hace
poco, hemos combatido a golpe de productos
químicos peligrosos. Mediante cruzamientos
apropiados, podemos incrementar la resistencia del ganado
a la tripanosomiasis. Podemos utilizar los instrumentos
del mejoramiento genético para aumentar la
producción acuícola de distintos peces
tropicales, como las tilapias o las carpas. Se
están comercializando actualmente las primeras
plantas transgénicas. Mientras los
científicos, los juristas y la opinión
pública discuten la naturaleza y
utilización de la ingeniería
genética, no podemos menos que esperar que los
descubrimientos científicos del futuro permitan
obtener más alimentos en un mundo sin conflictos.
La cuartaConferencia Técnica sobre los Recursos
Fitogenéticos, celebrada en Leipzig el pasado
junio, permitió marcar los hitos en este sector,
especialmente en lo que respecta a los derechos de la
propiedad intelectual sobre los organismos vivos. Estoy
convencido de que cuando, dentro de unos años,
volvamos la mirada hacia atrás, descubriremos que
en Leipzig se echaron los cimientos de las nuevas
orientaciones de la ciencia en un sector esencial para la
seguridad alimentaria.
La Revolución Verde
recurría a una mayor utilización de
insumos. No se puede elevar la producción sin
utilizar más medios. Pero el empleo indiscriminado
de fertilizantes y plaguicidas, así como el riego
incontrolado, son prácticas peligrosas que pueden
provocar consecuencias perniciosas como, entre otras, la
contaminación, el envenenamiento, la
salinización de las tierras o el agotamiento de la
capa freática. Hemos aprendido ahora las ventajas
de un buen drenaje, de una gestión integrada de
las plagas, de los nutrientes y, sobre todo, de los
cultivos. Debemos respetar también los
conocimientos obtenidos en la producción
agrícola ecológica y reconocer el
éxito creciente de la agricultura orgánica.
Nos compete la tarea de poner en comunicación a
las distintas escuelas de pensamiento, pues no se debe
permitir que cada una vaya por su lado. Los conflictos de
camarilla o de escuela están fuera del lugar
cuando más de 800 millones de seres humanos
carecen de una nutrición suficiente. Pido un
diálogo abierto entre todos los grupos competentes
en todos los sectores de los que dependen la vida y el
trabajo de los agricultores. La producción de
alimentos es un sector en el que todos tenemos algo que
aportar.
La Revolución Verde tuvo
efectos positivos en la producción de tres
cereales principales en una época en que
había amplia disponibilidad de tierras
fértiles. Ahora la situación es diferente.
Las tierras fértiles sin explotar son cada vez
más raras. Además, es preciso proteger
cuidadosamente los hábitat naturales, en
particular los bosques, para salvaguardar la diversidad
biológica, la regularidad de los climas, el
enriquecimiento de los suelos y la conservación de
las aguas, ya que, en último término, todos
dependemos, aguas abajo, de este ambiente natural. La
agricultura no puede seguir invadiendo ciegamente los
bosques o las sabanas. Es preciso intensificarla sobre
todo en aquellos lugares donde se practica actualmente
sin peligro para el medio ambiente.
En las zonas frágiles, muchos
agricultores comparten sus riesgos mediante sistemas de
explotación mixtos que combinan la agricultura y
otras actividades económicas. Es ésta una
enseñanza de la sabiduría ancestral.
Tenemos que fomentar este tipo de actividades mixtas, en
su medio ambiente ecológico y
socioeconómico específico. Tales
actividades son una de las expresiones del desarrollo
agrícola sostenible, en el que coexisten las
plantaciones, la cría de ganado, de aves y de
peces, la explotación forestal, la caza, la
recolección de plantas silvestres, la venta en los
mercados locales, la migración estacional y toda
una serie de actividades que marcan el ritmo del
año de trabajo de la familia.
Los adelantos científicos
pasados y futuros, la transferencia de tecnología
a los agricultores y la introducción de
métodos de cultivo que conserven el medio ambiente
no bastarán por sí solos para conseguir los
objetivos de producción. Hace falta que estas
medidas vayan acompañadas de una
recuperación en gran escala de la inversión
en el sector agrícola. En efecto, existen
limitaciones que no se pueden superar sin la
inversión. Deseo señalar especialmente la
ordenación del agua, que es
esencial en muchas regiones para reducir la dependencia
de las inclemencias
climáticas. El potencial existe,
en particular en Africa, pero es preciso aprovecharlo
dando prioridad a sistemas de
riego o de ordenación del agua más baratos
que puedan ser construidos y
administrados por los mismos
agricultores. Quiero señalar asimismo las
carreteras, los almacenes, los
medios de comunicación e incluso las escuelas y
otros servicios indispensablesno sólo para
la producción y su salida a
los mercados, sino también para el bienestar de
las poblaciones rurales y, por
consiguiente, para mantenerlas en el campo.
El conjunto de los elementos que acabo
de exponer forma parte del Programa Especial para
la Seguridad Alimentaria que la
FAO empezó a ejecutar desde 1994 para los
países de bajos ingresos y
con déficit de alimentos, en
colaboración con sus asociados.
El otro desafío que se nos
plantea es el del acceso a los alimentos. En efecto, si
para los agricultores pobres la
mejora de la producción mediante una mayor
productividad, la reducción de
los riesgos climáticos mediante el
control del agua y el aumento de los ingresos mediante
precios remuneradores son
condiciones suficientes para conseguir la seguridad
alimentaria, no ocurre lo mismo
para los pobres de las zonas rurales, los cuales no
tienen los medios de adquirir en el
mercado los alimentos necesarios para su
subsistencia. Para ellos, se necesita una política
de lucha contra el desempleo y
programas apropiados de distribución de alimentos.
Nuestra batalla para conseguir la
seguridad alimentaria debe combatirse sobre todo en favor
de las mujeres y los
jóvenes, que constituyen los grupos más
vulnerables. En las regiones que cuentan con
un potencial agrícola, estoy
convencido de que el aumento de la producción,
conseguido por los medios que
acabo de citar, generará ingresos y empleo y
producirá un efecto multiplicador del que
se beneficiará el conjunto de los
sectores y de la población de la zona. En las
regiones en que la
producción agrícola es
marginal, en los lugares donde el medio ambiente es
frágil y en las zonas de
pobreza urbana, será preciso
encontrar otras soluciones para la sobrevivencia. En
ambos casos, tendremos que
reexaminar las políticas económicas con el
fin de crear un entorno favorable al
aumento de la producción
agrícola, por una parte, y a la creación de
otras actividades económicas,
por otra.
Para garantizar el acceso de todos a
los alimentos de forma permanente, deberemos mantener
también un seguimiento
constante de la situación de los suministros a
nivel mundial, regional, nacional e
incluso local, no sólo con el fin
de determinar sus tendencias, sino sobre todo para
detectar a tiempo las situaciones
de urgencia y movilizar a la comunidad internacional a
fin de poner en práctica
los medios necesarios. Esta es la función del
Sistema y de Información y Alerta de la
FAO.
Por último, debemos favorecer
el comercio de productos agrícolas en condiciones
que protejan a los consumidores.
Esto es lo que hace la FAO al establecer con sus
asociados las normas de calidad y
los métodos de análisis que
constituyen referencias aceptadas en el plano
internacional.
Contamos con el capital humano
necesario y con los conocimientos teóricos y
metodológicos para afrontar
este doble desafío planetario. Podemos
también, no cabe la menor duda, movilizar
los recursos financieros
indispensables. Lo que nos falta es tal vez la voluntad
de cambiar nuestras prioridades,
nuestras políticas, nuestras costumbres. Los
agricultores reaccionarán si reciben las
motivaciones necesarias, si comprueban
que pueden influir en su futuro, si se les enseña
a mejorar su producción,
sus tierras, su propia vida, y si se les da confianza.
Los responsables políticos y
administrativos deberán, pues,
devolver a la agricultura su rango de prioridad. Su
primera obligación es la de
crear el marco político, económico y social
favorable a la producción
alimentaria y estimular la
adopción de métodos de producción
sostenibles. Es éste el sentido que es
preciso dar a la Cumbre Mundial sobre la
Alimentación que abrirá sus puertas en Roma
dentro de menos de un mes y que
ilumina con una luz de esperanza este Día Mundial
de la Alimentación. En
efecto, los primeros responsables
mundiales tendrán la ocasión de proclamar
públicamente su voluntad ysu compromiso de hacer
todo lo posible para erradicar el hambre y la
malnutrición, y de
arrastrar tras ellos a este combate al
conjunto de la sociedad civil.
La ciencia de hoy y la de
mañana nos ofrecen una posibilidad. Pero esta
posibilidad no fructificará
si no hay un entorno político,
económico y social favorable. Y para que haya este
entorno, hace falta la voluntad de
crearlo. Esta es la condición de la victoria sobre
la malnutrición y el
hambre, y estoy convencido que todos
estamos dispuestos a cumplirla. He aquí mi mensaje
en este Día Mundial de la
Alimentación de 1996.