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Curriculum vitae del Dr Jacques Diouf

 


Alocución con ocasión de la celebración del Dia Mundial de la Alimentación
Sede de las Naciones Unidas, Nueva York, EE.UU.
25 de octubre de 1996

 

Señor Presidente de la Asamblea General,
Señor Presidente del Consejo Económico y Social Señor Secretario General,
Profesor Ivan Head,
Excelentísimos Señores y Señoras
Señoras y Señores

 

El Día Mundial de la Alimentación que celebramos hoy está dedicado a la "lucha contra el hambre y la malnutrición". Este tema debería despertar nuestras conciencias, hoy más que nunca, porque nos enfrentamos con la persistencia de una paradoja inverosímil. Nuestro planeta produce lo suficiente para alimentar a todos y, sin embargo, más de 800 millones de semejantes nuestros no tienen la seguridad de saciar su hambre. También es una paradoja que esta situación de inseguridad alimentaria exista cuando hay países que se enfrentan con una superproducción de alimentos de los que no saben qué hacer. Y paradoja también es el hecho de que un gran número de semejantes nuestros padezcan diversas carencias nutricionales, mientras que en algunos países la obesidad contribuye a reducir la esperanza de vida.

¿Qué hemos hecho para llegar a esta situación? ¿En nombre de qué moral lograremos vivir tranquilos en ella? Y, ante todo y sobre todo ¿qué debemos hacer para salir de ella?

Lo que considero más inaceptable es que conocíamos las soluciones del problema, contábamos con los instrumentos y sabíamos cómo utilizarlos. Entonces pregunto yo, ¿será que nos ha faltado la voluntad?

Tenemos el deber de actuar en favor de quienes hoy tienen hambre, de quienes hoy están malnutridos y de quienes mañana corren el riesgo de no tener con qué alimentarse. Yo afirmo también que, si no nos preocupamos de ellos hoy, el problema se complicará mañana. Pronto habrá sobre la Tierra millones e incluso miles de millones más de seres humanos. Todos tienen derecho a una nutrición suficiente, sana y equilibrada, pero muchos no la conseguirán si no actuamos ahora. Despilfarro de recursos, desperdicio de potencial humano, desorden político y social, miseria humana, muerte..... he aquí las consecuencias del hambre en el mundo. Es preciso reaccionar.

Se nos plantea un doble desafío: producir alimentos suficientes y garantizar el acceso de todos a estos alimentos para llegar a conseguir la seguridad alimentaria universal.

No podemos olvidar el incremento de la productividad que provocó la Revolución Verde, en particular en Asia, mediante la utilización de sistemas eficaces de extensión agraria. Era preciso entonces detener una epidemia de hambre que amenazaba causar estragos. La epidemia no se produjo. Los agricultores vencieron. Pero los costos para la sociedad y para el medio ambiente fueron elevados. Sin embargo, no hubo hambre y nosotros hemos aprendido mucho.

El potencial de las tecnologías de la Revolución Verde no se ha aprovechado totalmente, ni mucho menos. Sigue siendo todavía grande la diferencia entre lo que cosecha un pequeño agricultor y lo que el investigador obtiene en su centro experimental. Por término medio, la cosecha del primero representa un tercio de la del segundo. Además, incluso en un mismo país puede haber grandes diferencias entre los rendimientos obtenidos por los agricultores que tienen acceso a las técnicas modernas y por los campesinos pobres. Para reducir estas diferencias, no se necesitan descubrimientos científicos resonantes. Basta poner en práctica lo que sabemos ya hacer.

Sin embargo, nos hemos dormido en los laureles. Se ha roto la cadena de la transferencia de conocimientos y han empezado a faltar los recursos. La parte de la ayuda para el desarrollo destinada a la agricultura se ha reducido a la mitad durante los últimos 15 años. Muchos de los países en desarrollo, así como los organismos de financiación, han centrado sus esfuerzos en otras vías para el desarrollo, y no en la agricultura. Incluso en lugares donde se padece inseguridad alimentaria,la agricultura ha quedado relegada en muchos casos al segundo rango de las prioridades nacionales. En numerosos países, el Ministerio de Agricultura se ha convertido en el pariente pobre de la administración pública. Las voces que debían transmitir los nuevos descubrimientos a los campesinos en sus campos y en sus hogares se han ahogado o apenas pueden oírse. Se ha reducido incluso el porcentaje mínimo de las inversiones en la agricultura que deberían garantizar el futuro de la producción alimentaria sostenible. No digamos nada del nivel del presupuesto asignado a la FAO, a la que corresponde asegurar, entre otras cosas, los servicios de extensión agraria a nivel mundial.

Es preciso, pues reaccionar. La Revolución Verde nos mostró lo que la ciencia puede hacer para incrementar la producción de alimentos, pero resulta hoy evidente que sus instrumentos tienen necesidad de ser perfeccionados, corregidos y completados por otros métodos. Sabemos hoy que hace falta favorecer la aplicación de sistemas integrados de producción en un marco general de desarrollo sostenible. La biotecnología es uno de los instrumentos que habrá que manejar con prudencia.

La Revolución Verde recurría a una mayor utilización de insumos. Es verdad que no se puede elevar la producción sin utilizar más medios, pero el empleo indiscriminado de fertilizantes y plaguicidas, así como el riego incontrolado, son prácticas peligrosas que pueden provocar consecuencias perniciosas, tales como la contaminación, el envenenamiento, la salinización de las tierras o el agotamiento de la capa freática. Hemos aprendido ahora las ventajas de un buen drenaje, de un control integrado de las plagas, de los nutrientes y, sobre todo, de los cultivos. Debemos respetar también los conocimientos obtenidos en la producción agrícola ecológica y reconocer el éxito creciente de la agricultura orgánica.

La Revolución Verde tuvo efectos positivos en una época en que había amplia disponibilidad de tierras fértiles. Ahora la situación es diferente. Las tierras fértiles sin explotar son cada vez más raras. Además, es preciso proteger cuidadosamente los hábitat naturales, en particular los bosques, para salvaguardar la diversidad biológica, la regularidad de los climas, el enriquecimiento de los suelos y la conservación de las aguas, ya que, en último término, todos dependemos, aguas abajo, de este ambiente natural. La agricultura no puede seguir invadiendo ciegamente los bosques o las sabanas. Es preciso intensificarla sobre todo en aquellos lugares donde se practica actualmente sin peligro para el medio ambiente.

Los adelantos científicos pasados y futuros, la transferencia de tecnología a los agricultores y la introducción de métodos de cultivo que conserven el medio ambiente no bastarán por sí solos para conseguir los objetivos de producción. Hace falta que estas medidas vayan acompañadas de una recuperación en gran escala de la inversión en el sector agrícola, ya que existen limitaciones que no se pueden superar sin la inversión. Deseo señalar especialmente la ordenación del agua, que es esencial en muchas regiones para reducir la dependencia de las inclemencias climáticas. El potencial existe, en particular en Africa, pero es preciso aprovecharlo dando prioridad a sistemas de riego y de ordenación del agua más baratos y que puedan ser construidos y manejados por los mismos agricultores. Quiero señalar asimismo las carreteras, los almacenes, los medios de comunicación, e incluso las escuelas y otros servicios indispensables, no sólo para la producción y su salida a los mercados, sino también para el bienestar de las poblaciones rurales y, por consiguiente, para mantenerlas en el campo.

El conjunto de los elementos que acabo de exponer determina la orientación del Programa Especial para la Seguridad Alimentaria que la FAO emprendió en 1994, en colaboración con sus asociados, para ayudar a 82 países de bajos ingresos y con déficit de alimentos.

El otro desafío que se nos plantea es el del acceso de todos a una alimentación suficiente, sana y equilibrada. En efecto, la mejora de la producción mediante una mayor productividad, la reducción de los riesgos climáticos mediante el control del agua y el aumento de los ingresos mediante precios remuneradores pueden ser condiciones suficientes para que los agricultores pobres consigan la seguridad alimentaria, pero no se la garantizan a los pobres de las zonas urbanas, los cuales no tienen los medios de adquirir en el mercado los alimentos necesarios para su subsistencia. Para ellos, hay que aplicar una política de lucha contra el desempleo y programas apropiados de distribución de alimentos.

Nuestra batalla para conseguir la seguridad alimentaria debe combatirse sobre todo en favor de las mujeres y los jóvenes que constituyen los grupos más vulnerables. En las regiones que cuentan con un potencial agrícola, estoy convencido de que el aumento de la producción, conseguido por los medios que acabo de citar, generará ingresos y empleo y producirá un efecto multiplicador del que se beneficiará el conjunto de los sectores y de la población de la zona. En las regiones en que la producción agrícola es marginal, en los lugares donde el medio ambiente es frágil y en las zonas de pobreza urbana, será preciso encontrar otras soluciones para la sobrevivencia. En ambos casos, tendremos que reexaminar las políticas económicas con el fin de crear un entorno favorable al aumento de la producción, por una parte, y a la creación de otras actividades económicas, por otra.

Para garantizar el acceso de todos a la alimentación de forma permanente, deberemos vigilar también constantemente la situación de los suministros a nivel mundial, regional, nacional e incluso local, no solo con el fin de determinar sus tendencias, sino sobre todo para detectar a tiempo las situaciones de urgencia y movilizar a la comunidad internacional para que ponga en práctica los medios necesarios. Esta es la función del Sistema de Información y Alerta de la FAO.

Por último, debemos favorecer el comercio internacional de productos agrícolas y alimenticios en condiciones equitativas que protejan a los consumidores. Esto es lo que hace la FAO en colaboración con la OMS y la OMC.

Todos estos datos se presentan y demuestran en los documentos técnicos preparados para la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, que reunirá a los Jefes de Estado y de Gobierno en Roma dentro de menos de un mes. En dichos documentos, que se prepararon con sumo cuidado y en colaboración estrecha con varias organizaciones del sistema de las Naciones Unidas, instituciones académicas y de investigación y personalidades eminentes del mundo científico, se reconoce que contamos con los conocimientos, la competencia e, incluso, los recursos financieros necesarios para afrontar el desafío que se nos presenta. Se muestra la función determinante que desempeña la agricultura en la lucha contra la pobreza y en pro de la seguridad alimentaria. La producción de alimentos, y la lucha contra la pobreza tanto rural como urbana tienen que volver a ser la prioridad del desarrollo. Deberán figurar en el primer plano de las preocupaciones de quienes adoptan las decisiones a nivel nacional e internacional. Con esto no quiero decir que la industria, la energía, las telecomunicaciones, la seguridad, las carreteras, los aeropuertos y los puertos no sean también importantes para el desarrollo de los países pobres y que padecen inseguridad alimentaria. Se trata de inversiones importantes. También la salud es importante, como lo es la educación, pero sin alimentación, nada tiene sentido.

Nosotros no somos ya los únicos que se preocupan de esta situación. En otros organismos del sistema de las Naciones Unidas se realizan esfuerzos para fortalecer la agricultura y la seguridad alimentaria como elementos decisivos para el desarrollo. Los bancos internacionales de desarrollo están reexaminando sus carteras en este sentido. Se ha vuelto a hablar de la agricultura en los organismos de desarrollo, en los que durante muchos años ha quedado casi olvidada. Muchas ONG intensifican sus notables esfuerzos en apoyo de los pequeños agricultores.

Así pues, si todos nosotros - los agricultores, los técnicos ytodos los que nos preocupamos del desarrollo -, estamos ya convencidos hay que convencer y movilizar a los más altos responsables de nuestros estados y nuestros gobiernos, para que proclamen como inaceptable una situación en la que más de 800 millones de personas padecen todavía hambre. Para que se comprometan a poner remedio a esa situación, cambiando lo que debe cambiarse de las políticas, destinando los recursos donde hacen falta y, sobre todo, dando confianza a sus campesinos y confiando en ellos. De esta forma, en virtud de su voluntad declarada públicamente, arrastrarán tras de sí, no solo a sus ministros, sus organizaciones financieras y otros órganos de desarrollo, sino también al conjunto de la sociedad civil, en la aplicación de un plan de acción que garantice alimentos para todos. Es este el sentido y el objetivo de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación que se celebrará en Roma del 13 al 17 del próximo noviembre.

La celebración de esta Cumbre, que marca un hito en la historia, no sólo es fruto del deseo y la decisión de la Conferencia de la FAO celebrada en octubre de 1995, sino que ha sido también objeto del apoyo unánime de la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre del mismo año y de numerosas organizaciones intergubernamentales cuyos miembros se han comprometido a participar al más alto nivel. La Cumbre será la culminación de una serie de consultas con los Gobiernos, las organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales y el sector privado, los cuales han conducido a la preparación de un proyecto de Declaración de Política General y Plan de Acción para alcanzar la seguridad alimentaria universal que se someterá a la aprobación de los Jefes de Estado y de Gobierno.

El Comité de Seguridad Alimentaria Mundial de la FAO, en el que pueden participar todos los Estados Miembros de las Naciones Unidas, fue encargado por la Conferencia de la FAO de que asegurara la preparación final de estos documentos de base, de forma que reflejen las preocupaciones de todos los Estados y de la sociedad civil en su conjunto. En esta actividad, a la que se ha invitado a participar a las organizaciones del sistema de las Naciones Unidas, se han tenido debidamente en cuenta los resultados de importantes conferencias internacionales celebradas en los últimos años. Los trabajos del Comité han sido intensos. Han exigido la celebración de dos períodos de sesiones y la creación de un grupo de trabajo entre períodos de sesiones que se reunió cuatro veces entre marzo y agosto de 1996. Estos trabajos están llegando a su fin, ya que el Comité debe terminar sus negociaciones durante una última reunión que se celebrará la semana próxima.

En su estado actual, el Plan de Acción que se someterá a la Cumbre enuncia un conjunto de medidas concretas y prácticas en siete sectores específicos, para garantizar: 1) las condiciones propicias para la seguridad alimentaria, 2) el acceso de todos a los alimentos, 3) el crecimiento sostenible de la producción alimentaria, 4) la contribución del comercio internacional a la seguridad alimentaria, 5) la disponibilidad de socorros de urgencia en el momento y el lugar en que se necesiten, 6) las inversiones necesarias y 7) los esfuerzos concertados de los Estados y las organizaciones internacionales para alcanzar los resultados esperados.

La Cumbre no será una Conferencia de anuncio de contribuciones. Tampoco tiene por objeto crear nuevos mecanismos financieros, ni engranajes administrativos complementarios. Después de la Cumbre, cada Estado determinará, con total independencia, la forma de alcanzar los objetivos fijados en el Plan de Acción. Las organizaciones internacionales, las ONG y todos los integrantes de la sociedad civil se verán invitados a unirse al esfuerzo internacional en una amplia campaña encaminada a garantizar alimentos para todos.

La FAO, por su parte, de conformidad con su mandato, hará todo lo posible para garantizar el seguimiento de la Cumbre y la aplicación del Plan de Acción, en colaboración estrecha con sus asociados del sistema de las Naciones Unidas. De conformidad con las soluciones aprobadas en 1995 por la Conferencia de la FAO y la Asamblea General de las Naciones Unidas,el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial será el órgano intergubernamental que examine los progresos e informe al respecto al Consejo y a la Conferencia de la FAO y, por conducto de ellos, al Consejo Económico y Social y a la Asamblea General.

La confirmación de la participación en la Cumbre de un centenar de Jefes de Estado y de Gobierno, la libertad, la transparencia y la intensidad de los debates preparatorios, y el interés suscitado en los medios de difusión, así como entre los políticos, los industriales y las ONG, me permiten estar seguro del éxito de la Cumbre. Teniendo en cuenta lo que está en juego, no podría ser de otro modo.

La Cumbre ilumina con una luz de esperanza esta celebración del Día Mundial de la Alimentación dedicado a la lucha contra el hambre y la malnutrición. Deseo transmitir esta esperanza a los agricultores de todo el mundo, pequeños y grandes, hombres y mujeres, que luchan todos los días por vencer las limitaciones de la naturaleza, de los mercados y de los reglamentos, y para garantizar los alimentos a todos. Deseo también, y sobre todo, trasmitirla a quienes padecen hambre y expresarles mi fe en un futuro mejor.

Muchas gracias.

 


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