Declaración del
Director General con ocasión del Día
Mundial de la Alimentación y TeleFood
2000
Roma, Italia, 16 de octubre de
2000
Excmo. Sr. Owen Seymour, Primer
Ministro de Barbados
Excmo. Sr. Alfonso Pecoraro Scanio, Ministro de
Agricultura y Políticas Forestales de Italia
Excmo. Sr. Arzobispo Don Agostino Marchetto, Observador
Permanente de la Santa Sede
Excelentísimos Señoras y Señores
Señoras y Señores
Con ocasión de la
celebración del primer Día
Mundial de la
Alimentación del nuevo
milenio, deseo invocar una visión y a la vez un
desafío para la comunidad mundial. La
visión es un mundo en el que todos los hombres,
mujeres y niños tengan la seguridad de recibir los
alimentos que necesitan para estar bien alimentados y
sanos, a fin de poder desarrollar toda su capacidad
potencial. El desafío es hacer esa visión
una realidad.
El mundo como comunidad debe asegurar
un acceso equitativo a la más básica de las
necesidades -la alimentación- que afecta
directamente al bienestar de las personas y al desarrollo
general de las naciones. La fuerza de una nación
depende de la fuerza de su población. Cuando la
población está bien alimentada y es sana y
fuerte, tiene la energía, la creatividad y la
seguridad necesarias para trabajar y aprender, resolver
problemas y vivir su existencia cotidiana con
alegría y dignidad, haciendo en último
término que la humanidad avance hacia nuevas
cimas.
No todas las personas tienen acceso a
alimentos suficientes en todo momento. Aunque se han
realizado progresos importantes en la lucha contra el
hambre, el número de personas en el mundo que
sufren desnutrición crónica y no pueden
cubrir sus necesidades básicas diarias de
energía para llevar una vida activa y saludable es
todavía inaceptablemente alto. Al comienzo del
tercer milenio, no padecer hambre sigue siendo un
objetivo difícil de alcanzar para 820 millones de
personas y continúa frenando el desarrollo
socioeconómico de muchas naciones.
Además, millones de personas en
todo el mundo padecen malnutrición debido a la
falta de vitaminas y minerales esenciales y varios
millones más están expuestas a problemas
causados por la contaminación del agua y los
alimentos. El acceso a un suministro suficiente de una
variedad de alimentos sanos y de buena calidad sigue
siendo un grave problema en muchos países, incluso
donde el suministro de alimentos es suficiente a nivel
nacional. En todos los países continúa
existiendo alguna forma de hambre y
malnutrición.
Muchas personas aceptan el hambre como
una realidad penosa pero inevitable. No tiene por
qué ser así; el hambre y la
malnutrición no son inevitables en un mundo donde
reina la abundancia. Tampoco es tolerable esa realidad.
Tenemos los conocimientos, tecnología y recursos
necesarios para avanzar rápidamente en la lucha
mundial contra el hambre. Es sobre todo la falta de una
voluntad colectiva lo que nos impide eliminar el hambre.
Debemos comprometernos firmemente a rechazar lo
inaceptable y lo intolerable.
La experiencia reciente indica que el
hambre crónica puede ser suprimida en el curso de
este siglo. En los últimos decenios, se han
realizado logros importantes en los sectores del
suministro de alimentos, la nutrición, la salud y
el acceso a servicios sociales básicos. Como
resultado de ello, la población mundial
está mejor alimentada, es más sana y vive
más tiempo que hace 30 años. El
número de personas desnutridas en el mundo se ha
reducido de unos 920 millones en 1970 al nivel actual de
820 millones. Los suministros mundiales de alimentos han
aumentado más de prisa que el espectacular
crecimiento demográfico, la disponibilidad de
alimentos por persona ha crecido un 32 por ciento
mientras la población aumentaba en 2 mil millones
de personas.
El hambre y la malnutrición,
asi como los principales indicadores de la pobreza,
están reduciendo mediante el acceso al empleo, a
la educación, a los servicios de salud, al
saneamiento, al agua potable y a una vivienda segura. Y
todos estos elementos, a su vez, influyen en la seguridad
alimentaria y el estado nutricional de las
personas.
La mejora de las condiciones de vida
es muy alentadora. Ello constituye una prueba fehaciente
de que tenemos los instrumentos y la capacidad para
afrontar y superar las causas principales del hambre y la
malnutrición. Por supuesto se prevé que las
tendencias positivas continuarán. Pero
¿continuarán a un ritmo suficiente para
mejorar aún más las condiciones de la
población actual y facilitar los medios adecuados
a las generaciones futuras? ¿Se producirán
otras mejoras con la suficiente rapidez para aliviar los
inmensos sufrimientos de los millones de hombres, mujeres
y niños afligidos por el hambre crónica y
la malnutrición?
Mi ardiente deseo es responder
"sí" a esas preguntas. Sin embargo, sabemos que el
ritmo actual de avance en la reducción del
número de personas desnutridas no es suficiente ni
siquiera para alcanzar el objetivo de la Cumbre Mundial
sobre la Alimentación, de reducir a la mitad como
mínimo el número de personas desnutridas
para el año 2015, por no hablar de superarlo. Es
evidente que tenemos que hacer mucho más y que no
hay tiempo que perder si queremos conseguir que la
visión de un mundo sin hambre se haga
realidad.
¿Cómo se puede conseguir
ésto? No existen respuestas sencillas, pero
sí hay enfoques comunes que han resultado eficaces
para acelerar los progresos. La primera medida es adoptar
la eliminación del hambre y la malnutrición
como objetivo fundamental del desarrollo social y
económico nacional.
En la Cumbre
Mundial sobre la
Alimentación, gobiernos
y organizaciones internacionales llegaron a un consenso
sobre las estrategias principales para mejorar la
seguridad alimentaria y el estado nutricional. Indicaron
los factores más importantes que influyen en la
seguridad alimentaria mundial -la pobreza, las
limitaciones a la producción de alimentos, el
crecimiento demográfico, las tasas de
urbanización, los cambios en las modalidades de
alimentación, la insuficiente inversión en
la investigación agrícola y la
infraestructura rural, los conflictos y la inestabilidad,
la falta de prioridad concedida a la agricultura y a las
zonas rurales en las políticas gubernamentales- y
convinieron en realizar esfuerzos concertados en todos
estos sectores de importancia decisiva.
Es hora de empezar a perseguir de
forma decidida los objetivos fijados por la Cumbre
Mundial sobre la Alimentación. Las nobles palabras
y las promesas que se plasmaron en un marco de siete
compromisos deben ahora ponerse en práctica. Para
ello es menester la determinación de los
gobiernos, en colaboración con instituciones
intergubernamentales, el sector privado, las ONG y la
sociedad civil, para establecer políticas que
contribuyan al logro de esos objetivos. Los procesos que
guíen dicha acción deberán estar
orientados a conceder un poder efectivo a los sectores de
la población que sufren hoy la inseguridad
alimentaria, es decir a las personas pobres y, sobre
todo, a los campesinos pobres. Los gobiernos deben tomar
medidas para corregir la distribución sesgada de
servicios y bienes fundamentales, como por ejemplo la
educación, la información, la asistencia
sanitaria, el empleo, los avances tecnológicos, el
crédito y los recursos de tierras y
aguas.
La inversión en la agricultura,
que es el motor del crecimiento económico en casi
todos los países en desarrollo, es fundamental
para mejorar la difícil situación de los
países en desarrollo. Son necesarios programas de
mitigación de la pobreza, destinados a los
campesinos pobres, a fin de incorporar en la corriente
principal de la economía a las personas más
desamparadas. Un acceso creciente a la tierra, la
tecnología, los insumos y el crédito para
las mujeres rurales -que constituyen el 60 por ciento de
los agricultores de todo el mundo- es imprescindible para
mejorar la nutrición, la producción de
alimentos y los ingresos familiares. Es necesaria una
inversión en la población en general, en
forma de educación, agua potable y saneamiento,
servicios sanitarios y sociales y, cuando sea necesario,
apoyo directo a la alimentación y la
nutrición.
Recuerdo el Compromiso Primero del
Plan de Acción de la Cumbre Mundial sobre la
Alimentación, que estipula lo siguiente:
"Garantizaremos un entorno político, social y
económico propicio, destinado a crear las mejores
condiciones posibles para la erradicación de la
pobreza y para la paz duradera, sobre la base de una
participación plena y equitativa de las mujeres y
los hombres, que favorezca al máximo la
consecución de una seguridad alimentaria
sostenible para todos". Este compromiso
internacionalmente aceptado debe servir de patrón
para medir los esfuerzos nacionales e internacionales
encaminados a combatir las múltiples causas de la
inseguridad alimentaria y restablecer el derecho humano
básico a no padecer hambre.
El Día Mundial de la
Alimentación de este año es un llamamiento
en favor de una acción colectiva para alcanzar y
superar con la mayor rapidez posible el objetivo de la
Cumbre Mundial sobre la Alimentación. En este
Día Mundial de la Alimentación, pido a los
gobiernos y a todos los sectores de la sociedad que se
unan de forma solidaria a los esfuerzos para lograr ese
objetivo. Empeñémonos, todos juntos, en
eliminar el hambre y la malnutrición.
Empeñémonos en ello como el primero y
más importante de los posibles logros de nuestro
programa. Contribuir a crear y mantener a lo largo del
nuevo milenio un mundo sin hambre es un desafío y
una obligación para todos nosotros.