Viale delle Terme di Caracalla,
00100 Roma, Italia
Teléfono: +39 06 5705 1
Fax: +39 06 5705 3152
Télex: 625852/610181 FAO I /
Telégrafo: FOODAGRI ROME
Correo electrónico:
FAO-HQ@fao.org

EnglishFrançais

 

Discursos

Curriculum vitae del Dr Jacques Diouf

 


Declaración del Director General
Ceremonia del Día Mundial de la Alimentación
Sala de Plenarias de la FAO
Roma, 16 de octubre de 2001

 

 

Su Majestad, la Reina Fabiola de Bélgica,
Excelentísimo Sr. Johannes Rau, Presidente de la República Federal de Alemania,
Excelentísimo Sr. Giovanni Alemanno, Ministro de Políticas Agrícolas y Forestales de la República Italiana,
Excelentísimo Sr. Monseñor Marchetto, Observador Permanente de la Santa Sede,
Excelentísimos Señoras y Señores,
Señoras y Señores:

 

Con ocasión de esta ceremonia del Día Mundial de la Alimentación, que lamentablemente se desarrolla en el contexto de una crisis mundial en la que la atención pública se centra en conflictos y guerras, quisiera exhortar a que no olvidemos los 800 millones de personas que no tienen acceso suficiente a los alimentos y actuemos para alcanzar la meta máxima de la humanidad: un mundo sin hambre ni pobreza.

En las postrimerías del segundo milenio, el mundo ha presenciado un crecimiento sin precedente de los ingresos y mejoras extraordinarias de los niveles mundiales de vida. El importante aumento de la productividad agrícola ha permitido obtener unos suministros alimentarios por habitante de un 18 por ciento superiores a los de hace tres decenios. Y, aun así, en la actualidad más de 800 millones de personas del mundo siguen sufriendo subnutrición. Por consiguiente, la abundancia y la riqueza coexisten con la manifestación más extrema de la pobreza.

La pobreza está en el origen del hambre y la subnutrición, pero el hambre es también una causa básica de la pobreza. Las personas subnutridas se ven con frecuencia atrapadas en un círculo vicioso de subnutrición, baja productividad, mala salud y, por tanto, pobreza persistente. La reducción de la inseguridad alimentaria debe ocupar pues un lugar central en los programas nacionales e internacionales de reducción de la pobreza.

La subnutrición no sólo debilita a las personas sino también a las naciones. Las madres que no tienen suficientes alimentos dan a luz niños con insuficiencia pondera, lo que puede poner en peligro su salud y crecimiento durante el resto de sus vidas. Los niños que se acuestan con hambre no pueden combatir las enfermedades ni las infecciones ni tampoco concentrarse adecuadamente en la escuela, perdiendo así una oportunidad única en la vida de escapar a la trampa del hambre y la pobreza. Los adultos subnutridos trabajan más lentamente y son menos productivos. Una nación de personas hambrientas no puede crecer ni prosperar.

Es precisamente por la intrincada conexión que existe entre el hambre y la pobreza por lo que se ha escogido el lema "combatir el hambre para reducir la pobreza" para celebrar el Día Mundial de la Alimentación de este año.

Excelentísimos Señoras y Señores, Señoras y Señores

Combatir el hambre es una obligación moral. El derecho a una alimentación adecuada es un derecho fundamental e inalienable. Sin una integridad biológica del ser humano, que necesita su pan de cada día, no puede haber progresos reales y duraderos en la lucha por conseguir más justicia y equidad en el mundo.

A comienzos del decenio de 1990, la comunidad internacional adoptó una serie de metas destinadas a reducir la pobreza en sus diversas formas y dimensiones. Se establecieron objetivos en relación con la generación de ingresos y la mitigación de la pobreza, la escolarización, la igualdad entre hombres y mujeres, la reducción de la mortalidad materno-infantil, el acceso a los servicios de salud reproductiva y la adopción de estrategias nacionales de desarrollo sostenible.

Por lo que respecta a la inseguridad alimentaria, hace cinco años los dirigentes mundiales se reunieron en Roma en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación para hacer la solemne promesa de reducir a la mitad el número de personas hambrientas para el año 2015. En la práctica, ese compromiso suponía que el número de personas subnutridas había de disminuir en 20 millones al año para poder alcanzar dicha meta.

Excelentísimos Señoras y Señores, Señoras y Señores:

Lamento tener que informar de que la experiencia adquirida desde la CMA apunta, por el contrario, a una situación alarmante. En la época de la Cumbre, en 1996, se estimaba que en el mundo en desarrollo había 792 millones de personas subnutridas. Las estimaciones más recientes de la FAO indican que, para 1997-1999, ese número había disminuido únicamente a 777 millones. Esta cifra es muy insuficiente, ya que significa que, ahora, cada año sólo se eliminan seis millones de la lista de personas que padecen hambre. A este ritmo, necesitaremos más de 50 años para alcanzar el objetivo establecido en 1996.

Excelentísimos Señoras y Señores, Señoras y Señores:

Si se quiere alcanzar todavía el objetivo de la Cumbre para el año 2015, el mundo debería reducir anualmente como promedio el número de personas hambrientas en 22 millones. Por tanto es fundamental que los encargados de formular políticas en todo el mundo hagan un balance de la situación en 2001 con el fin de asegurar la adopción de medidas inmediatas para acelerar el ritmo del cambio. Este es el contexto en el que el Consejo de la FAO, en su 119º período de sesiones de noviembre de 2000, decidió que la próxima Conferencia de la FAO de noviembre de 2001 se utilizara como foro para la "Cumbre Mundial sobre la Alimentación: cinco años después" y que se invitara a los Jefes de Estado y de Gobierno a asistir a la reunión para dar nuevo impulso al proceso de aplicación del Plan de Acción de la Cumbre. Desafortunadamente, las actuales circunstancias internacionales y la pérdida de tantas vidas inocentes así como la crisis subsiguiente nos han llevado a concertar el aplazamiento de la celebración de dicho acontecimiento.

Algunas de la consecuencias del hambre y la malnutrición son sin duda alarmantes: según las estimaciones, el número de niños menores de cinco años de edad que estaban malnutridos ascendía a 174 millones en 1996-98. Actualmente se reconoce que el 54 por ciento aproximadamente de la mortalidad infantil en los países en desarrollo está asociado con la malnutrición. Esto representa unos 6,6 millones de los 12,2 millones de fallecimientos entre niños de menos de cinco años de edad.

El hambre tiene también costos económicos altísimos para las personas, las familias y las sociedades en su conjunto. Las pérdidas de productividad de los adultos debido a los efectos combinados del retraso del crecimiento y de las carencias de yodo y hierro equivalen a cerca del tres por ciento del PIB anual en algunos países.

Un estudio reciente llegó a la conclusión de que, si los países en desarrollo con una alta tasa de subnutrición hubieran aumentado su ingestión de alimentos hasta un nivel adecuado, su producto interno bruto en los 30 últimos años se habría incrementado hasta un 45 por ciento.

Excelentísimos Señoras y Señores, Señoras y Señores:

Es posible que la lucha contra el hambre sea difícil, pero es una batalla que podemos y debemos ganar. La experiencia de varios países ha mostrado que el hambre puede reducirse, y además rápidamente. Hemos aprendido que la reducción del hambre puede acelerarse donde hay paz y estabilidad política. Un aumento de las inversiones en el sector agrícola, especialmente en infraestructuras básicas de regulación del agua, carreteras rurales e instalaciones de almacenamiento, pero también un entorno normativo favorable al aumento de los ingresos agrícolas, incluidas redes de seguridad social para los pobres, son condiciones indispensables para el éxito.

Eliminar el flagelo de la pobreza y el hambre es una empresa noble, compleja y pluridimensional. Los que padecen hambre en el mundo no pueden esperar a que se den las condiciones esenciales.

La responsabilidad de asegurar que todos puedan ejercer su derecho a una alimentación adecuada recae en primer lugar, sobre los propios individuos, y en segundo lugar sobre sus familias, comunidades y gobiernos. Pero la comunidad internacional tiene que desempeñar una importante función de apoyo en este proceso, sobre todo ayudando a los gobiernos, y en particular a los de los países de bajos ingresos y con déficit de alimentos y de otros países vulnerables, a sufragar los gastos de las inversiones suplementarias que necesitan y a las que no pueden hacer frente con sus propios recursos.

Por ello resulta alentador observar que los dirigentes que asistieron a la Cumbre del G-8 celebrada el pasado mes de julio en Génova indicaron expresamente que el apoyo a la agricultura debería ser un elemento fundamental de la asistencia oficial para el desarrollo. También insistieron en que la seguridad alimentaria y el desarrollo rural deberían recibir especial atención y situarse en el centro de las estrategias de erradicación de la pobreza.

Alimentos para Todos no es un sueño imposible. Aún puede alcanzarse la meta fijada en 1996. Pero hace falta una firme voluntad política y una movilización de los recursos necesarios.

En este Día Mundial de la Alimentación, pido a todos &endash; los dirigentes mundiales, los gobiernos, las organizaciones de la sociedad civil, la comunidad científica, el sector privado, las organizaciones internacionales y el público en general &endash; que movilicen sus energías para luchar contra el hambre a fin de reducir la pobreza, ya que donde hay personas que sufren subnutrición crónica no puede existir la esperanza de conseguir el mundo justo, pacífico y próspero que persigue el sistema de las Naciones Unidas en general y la FAO en particular.

 


Búsqueda | Página inicial | Árabe | English | Français

[ ¿Sugerencias?: Webmaster@fao.org ]