Declaración del Director General
Ceremonia del Día Mundial de la
Alimentación
Sala de Plenarias de la FAO
Roma, 16 de octubre de 2001
Su Majestad, la Reina Fabiola de
Bélgica,
Excelentísimo Sr. Johannes Rau, Presidente de la
República Federal de Alemania,
Excelentísimo Sr. Giovanni Alemanno, Ministro de
Políticas Agrícolas y Forestales de la
República Italiana,
Excelentísimo Sr. Monseñor Marchetto,
Observador Permanente de la Santa Sede,
Excelentísimos Señoras y
Señores,
Señoras y Señores:
Con ocasión de esta ceremonia del Día
Mundial de la Alimentación, que
lamentablemente se desarrolla en el contexto de una
crisis mundial en la que la atención
pública se centra en conflictos y guerras,
quisiera exhortar a que no olvidemos los 800 millones de
personas que no tienen acceso suficiente a los alimentos
y actuemos para alcanzar la meta máxima de la
humanidad: un mundo sin hambre ni pobreza.
En las postrimerías del segundo milenio, el
mundo ha presenciado un crecimiento sin precedente de los
ingresos y mejoras extraordinarias de los niveles
mundiales de vida. El importante aumento de la
productividad agrícola ha permitido obtener unos
suministros alimentarios por habitante de un 18 por
ciento superiores a los de hace tres decenios. Y, aun
así, en la actualidad más de 800 millones
de personas del mundo siguen sufriendo
subnutrición. Por consiguiente, la abundancia y la
riqueza coexisten con la manifestación más
extrema de la pobreza.
La pobreza está en el origen del hambre y la
subnutrición, pero el hambre es también una
causa básica de la pobreza. Las personas
subnutridas se ven con frecuencia atrapadas en un
círculo vicioso de subnutrición, baja
productividad, mala salud y, por tanto, pobreza
persistente. La reducción de la inseguridad
alimentaria debe ocupar pues un lugar central en los
programas nacionales e internacionales de
reducción de la pobreza.
La subnutrición no sólo debilita a las
personas sino también a las naciones. Las madres
que no tienen suficientes alimentos dan a luz
niños con insuficiencia pondera, lo que puede
poner en peligro su salud y crecimiento durante el resto
de sus vidas. Los niños que se acuestan con hambre
no pueden combatir las enfermedades ni las infecciones ni
tampoco concentrarse adecuadamente en la escuela,
perdiendo así una oportunidad única en la
vida de escapar a la trampa del hambre y la pobreza. Los
adultos subnutridos trabajan más lentamente y son
menos productivos. Una nación de personas
hambrientas no puede crecer ni prosperar.
Es precisamente por la intrincada conexión que
existe entre el hambre y la pobreza por lo que se ha
escogido el lema "combatir el hambre para reducir la
pobreza" para celebrar el Día Mundial de la
Alimentación de este año.
Excelentísimos Señoras y
Señores, Señoras y Señores
Combatir el hambre es una obligación moral. El
derecho a una alimentación adecuada es un derecho
fundamental e inalienable. Sin una integridad
biológica del ser humano, que necesita su pan de
cada día, no puede haber progresos reales y
duraderos en la lucha por conseguir más justicia y
equidad en el mundo.
A comienzos del decenio de 1990, la comunidad
internacional adoptó una serie de metas destinadas
a reducir la pobreza en sus diversas formas y
dimensiones. Se establecieron objetivos en
relación con la generación de ingresos y la
mitigación de la pobreza, la
escolarización, la igualdad entre hombres y
mujeres, la reducción de la mortalidad
materno-infantil, el acceso a los servicios de salud
reproductiva y la adopción de estrategias
nacionales de desarrollo sostenible.
Por lo que respecta a la inseguridad alimentaria, hace
cinco años los dirigentes mundiales se reunieron
en Roma en la Cumbre
Mundial sobre la Alimentación para hacer la
solemne promesa de reducir a la mitad el número de
personas hambrientas para el año 2015. En la
práctica, ese compromiso suponía que el
número de personas subnutridas había de
disminuir en 20 millones al año para poder
alcanzar dicha meta.
Excelentísimos Señoras y
Señores, Señoras y Señores:
Lamento tener que informar de que la experiencia
adquirida desde la CMA apunta, por el contrario, a una
situación alarmante. En la época de la
Cumbre, en 1996, se estimaba que en el mundo en
desarrollo había 792 millones de personas
subnutridas. Las estimaciones más recientes de la
FAO indican que, para 1997-1999, ese número
había disminuido únicamente a 777 millones.
Esta cifra es muy insuficiente, ya que significa que,
ahora, cada año sólo se eliminan seis
millones de la lista de personas que padecen hambre. A
este ritmo, necesitaremos más de 50 años
para alcanzar el objetivo establecido en 1996.
Excelentísimos Señoras y
Señores, Señoras y Señores:
Si se quiere alcanzar todavía el objetivo de la
Cumbre para el año 2015, el mundo debería
reducir anualmente como promedio el número de
personas hambrientas en 22 millones. Por tanto es
fundamental que los encargados de formular
políticas en todo el mundo hagan un balance de la
situación en 2001 con el fin de asegurar la
adopción de medidas inmediatas para acelerar el
ritmo del cambio. Este es el contexto en el que el
Consejo de la FAO, en su 119º período de
sesiones de noviembre de 2000, decidió que la
próxima Conferencia de la FAO de noviembre de 2001
se utilizara como foro para la "Cumbre
Mundial sobre la Alimentación: cinco años
después" y que se invitara a los Jefes de
Estado y de Gobierno a asistir a la reunión para
dar nuevo impulso al proceso de aplicación del
Plan
de Acción de la Cumbre. Desafortunadamente,
las actuales circunstancias internacionales y la
pérdida de tantas vidas inocentes así como
la crisis subsiguiente nos han llevado a concertar el
aplazamiento de la celebración de dicho
acontecimiento.
Algunas de la consecuencias del hambre y la
malnutrición son sin duda alarmantes: según
las estimaciones, el número de niños
menores de cinco años de edad que estaban
malnutridos ascendía a 174 millones en 1996-98.
Actualmente se reconoce que el 54 por ciento
aproximadamente de la mortalidad infantil en los
países en desarrollo está asociado con la
malnutrición. Esto representa unos 6,6 millones de
los 12,2 millones de fallecimientos entre niños de
menos de cinco años de edad.
El hambre tiene también costos
económicos altísimos para las personas, las
familias y las sociedades en su conjunto. Las
pérdidas de productividad de los adultos debido a
los efectos combinados del retraso del crecimiento y de
las carencias de yodo y hierro equivalen a cerca del tres
por ciento del PIB anual en algunos países.
Un estudio reciente llegó a la
conclusión de que, si los países en
desarrollo con una alta tasa de subnutrición
hubieran aumentado su ingestión de alimentos hasta
un nivel adecuado, su producto interno bruto en los 30
últimos años se habría incrementado
hasta un 45 por ciento.
Excelentísimos Señoras y
Señores, Señoras y Señores:
Es posible que la lucha contra el hambre sea
difícil, pero es una batalla que podemos y debemos
ganar. La experiencia de varios países ha mostrado
que el hambre puede reducirse, y además
rápidamente. Hemos aprendido que la
reducción del hambre puede acelerarse donde hay
paz y estabilidad política. Un aumento de las
inversiones en el sector agrícola, especialmente
en infraestructuras básicas de regulación
del agua, carreteras rurales e instalaciones de
almacenamiento, pero también un entorno normativo
favorable al aumento de los ingresos agrícolas,
incluidas redes de seguridad social para los pobres, son
condiciones indispensables para el éxito.
Eliminar el flagelo de la pobreza y el hambre es una
empresa noble, compleja y pluridimensional. Los que
padecen hambre en el mundo no pueden esperar a que se den
las condiciones esenciales.
La responsabilidad de asegurar que todos puedan
ejercer su derecho a una alimentación adecuada
recae en primer lugar, sobre los propios individuos, y en
segundo lugar sobre sus familias, comunidades y
gobiernos. Pero la comunidad internacional tiene que
desempeñar una importante función de apoyo
en este proceso, sobre todo ayudando a los gobiernos, y
en particular a los de los países de bajos
ingresos y con déficit de alimentos y de otros
países vulnerables, a sufragar los gastos de las
inversiones suplementarias que necesitan y a las que no
pueden hacer frente con sus propios recursos.
Por ello resulta alentador observar que los dirigentes
que asistieron a la Cumbre del G-8 celebrada el pasado
mes de julio en Génova indicaron expresamente que
el apoyo a la agricultura debería ser un elemento
fundamental de la asistencia oficial para el desarrollo.
También insistieron en que la seguridad
alimentaria y el desarrollo rural deberían recibir
especial atención y situarse en el centro de las
estrategias de erradicación de la pobreza.
Alimentos para Todos no es un sueño imposible.
Aún puede alcanzarse la meta fijada en 1996. Pero
hace falta una firme voluntad política y una
movilización de los recursos necesarios.
En este Día Mundial de la Alimentación,
pido a todos &endash; los dirigentes mundiales, los
gobiernos, las organizaciones de la sociedad civil, la
comunidad científica, el sector privado, las
organizaciones internacionales y el público en
general &endash; que movilicen sus energías para
luchar contra el hambre a fin de reducir la pobreza, ya
que donde hay personas que sufren subnutrición
crónica no puede existir la esperanza de conseguir
el mundo justo, pacífico y próspero que
persigue el sistema de las Naciones Unidas en general y
la FAO en particular.