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Anexo 3. Evaluación económica[14]


La evaluación económica es una manera de medir y comparar los diversos beneficios de los recursos pesqueros y sus ecosistemas, y puede constituir un instrumento poderoso para ayudar a utilizarlos y ordenarlos más racionalmente. Mediante este método se trata de asignar valores cuantitativos a los bienes y servicios obtenidos a partir de los recursos ambientales, independientemente de que se disponga de valores de mercado.

Generalmente, el valor de cualquier bien o servicio se mide en función de lo que los usuarios del recurso o la sociedad en general están dispuestos a pagar por ellos menos lo que cuesta suministrarlos. Cuando se trata de un recurso ambiental existente y los productos y servicios se obtienen sin costo alguno, entonces lo que describe el valor del recurso que origina la mercancía de que se trate dependerá de la disposición de la gente a pagar por él, aun cuando en realidad no se realice pago alguno. Muchos recursos ambientales son complejos y cumplen múltiples funciones y no siempre es evidente de qué manera la miríada de bienes y servicios generados por estos recursos afectan el bienestar de los seres humanos. La evaluación económica constituye una herramienta que ayuda a adoptar las difíciles decisiones que ello supone.

La pérdida de recursos ambientales es un problema económico porque desaparecen valores importantes, a veces, quizás, en forma irreversible, cuando estos recursos se degradan o se pierden. Cada una de las alternativas u opciones elegidas para el recurso ambiental -dejarlo en su estado natural, permitir que se degrade o convertirlo para darle otro uso- tiene consecuencias en función de los valores ganados o perdidos. Sólo se puede decidir qué uso se le dará a un recurso ambiental determinado o, en última instancia, si la velocidad con que se pierde es «excesiva», si se analizan y evalúan correctamente las pérdidas y las ganancias. Para ello es preciso considerar con sumo cuidado los valores ganados y perdidos correspondientes a cada uno de los usos que se haga del recurso.

Hoy día, la mayoría de los países no realizan una evaluación sistemática de los recursos pesqueros. Si bien es cada vez más frecuente que los análisis bioeconómicos sirvan de base para las decisiones de ordenación pesquera, especialmente en lo que se refiere a la determinación del tamaño o tipo de las flotas y del esfuerzo de pesca, no se llevan a cabo con el objeto de estimar el valor in situ de los recursos pesqueros, aunque fácilmente podrían servir de base para ello. La mayoría de los análisis bioeconómicos se basan en modelos monoespecfícos o multiespecíficos, en los que se incorporan exclusivamente las interacciones tecnológicas (por ejemplo un tipo de arte de pesca que captura un conjunto de especies distintas de peces)[15]. La creación de modelos realmente multiespecíficos, es decir que tengan en cuenta las interacciones biológicas, ha demostrado ser muy compleja y requiere de gran cantidad de datos, pero también ha permitido concluir que sirve para obtener conocimientos valiosos, especialmente en los casos en que unas pocas interacciones entre especies dominantes son fundamentales para la adopción de decisiones relativas a la ordenación de la pesca[16]. Los enfoques de evaluación basadas en la zona (como los que se aplican con frecuencia para estimar el valor de los manglares) pueden ser utilizados correctamente para evaluar los recursos de usos múltiples como los arrecifes de coral, que muchas veces suministran una multitud de productos y servicios específicos, como el pescado, los productos medicinales, los lugares de buceo (es decir, valores estéticos) para el turismo, la protección del litoral y la diversidad biológica.

En la mayoría de los casos, para evaluar los recursos en el marco del EEP habría que recurrir a una combinación de métodos de evaluación que incluyan el análisis bioeconómico de una sola especie o de especies múltiples, las evaluaciones basadas en la zona y la elaboración de modelos de todo el ecosistema[17]. Sin embargo, normalmente estos métodos permitirían realizar estimaciones de los usos directos solamente, pero no de los usos indirectos o de los no usos.

CUADRO
Clasificación del valor económico total de los humedales

Valores de uso

Valores de no uso

Uso directo

Uso indirecto

Opción y cuasi-opción

Existencia

peces

retención de nutrientes

usos posibles en el futuro (directos e indirectos)

biodiversidad

agricultura

control de las inundaciones

valor futuro de la información

cultura, patrimonio

combustible/madera

protección contra tormentas



recreación

recarga de aguas subterráneas


valores de legado

transporte

apoyo externo al ecosistema



flora y fauna silvestres

microclimático



cosecha

estabilización



turba/energía

estabilización de la costa, etc.



Fuente: E.B. Barbieri, M. Acreman y D. Knowler. (1997). Economic valuation of wetlands: A guide for policy makers and planners, Gland, Suiza, Oficina de la Convención de Ramsar.

Las mayores dificultades en el proceso de evaluación de recursos o ecosistemas surgen de la necesidad de evaluar, por un lado, las variaciones de abundancia, especies y composición por tamaño del recurso pesquero, junto con las modificaciones de sus hábitat y, por el otro, estimar los valores de no uso expresados a través de conceptos como el «valor de opción» y el «valor intrínseco». El concepto de valor económico total sirve de marco para evaluar en forma integral los recursos naturales y ambientales, y existe cada vez más consenso de que es el más apropiado para ello. Para llevar a cabo una tarea completa de evaluación económica es preciso distinguir entre los valores de uso y los de no uso. Estos últimos tienen que ver con los valores actuales o futuros (potenciales) asociados con un recurso y que dependen, simplemente, de que sigan existiendo y no guardan relación alguna con el uso. Por lo general, los valores de uso suponen alguna «interacción» entre los seres humanos y el recurso, mientras que con los valores de no uso ocurre lo contrario. A veces, resulta difícil detectar esta diferencia. Por ejemplo, cuando se descartan ejemplares pequeños de una especie objetivo debido al proceso de selección, los peces descartados si bien no se usan directamente para mejorar el bienestar de los seres humanos representan de todos modos un uso de un recurso pesquero. El valor de uso de los peces descartados es el costo de oportunidad de capturarlos antes de que hayan alcanzado su edad reproductiva y su tamaño óptimo comerciable (véase el cuadro).

Los valores de uso de están agrupados en directos o indirectos. Los primeros se refieren a los usos más habituales: las capturas de peces o la recolección de madera como combustible en las zonas de los manglares. Entre los usos directos cabe señalar tanto las actividades comerciales como no comerciales, siendo algunas de estas últimas importantes en muchos casos para satisfacer las necesidades de subsistencia de las poblaciones locales de los países en desarrollo o para la recreación en países desarrollados. Los usos comerciales pueden ser importantes tanto para los mercados internos como los internacionales. En general el valor de los productos comerciados es más fácil de medir que el de los no comerciados o utilizados para la subsistencia directa. Muchas veces, los encargados de la formulación de políticas omiten considerar ya sea los usos de subsistencia ajenos al mercado o los usos informales de los recursos pesqueros y de sus hábitat (como los manglares) en muchas decisiones en materia de desarrollo.

En contraposición, varias funciones ecológicas regulatorias de los hábitat de los peces, como los arrecifes de coral y los manglares, pueden tener valores importantes de uso indirecto. Estos valores se originan en el hecho de que sirven de apoyo o protección a determinadas actividades económicas que tienen valores directamente mensurables. El valor indirecto de uso de una función ambiental guarda relación con la variación del valor de producción o de consumo de la actividad o de la propiedad que protege o apoya. Sin embargo, como esta contribución no es comerciada no devenga beneficios financieros y sólo está vinculada indirectamente con las actividades económicas. Resulta difícil cuantificar estos valores de uso indirectos y muchas veces se hace caso omiso de ellos en las decisiones de ordenación. Asimismo, generalmente no se las incluirá en el tipo de modelos bioeconómicos y económico-ecológicos aplicados actualmente a las pesquerías y sus ecosistemas.

Por ejemplo, las funciones de protección contra las tormentas y estabilización de las costas de los manglares y de otro tipo de humedales pueden poseer un valor de uso indirecto al reducir la propiedad, sin embargo muchas veces se drenan los sistemas de humedales costeros y fluviales a fin de seguir construyendo más propiedades en las orillas. Se sabe que los sistemas de los manglares son zonas de cría para los camarones y los peces esenciales para las pesquerías costeras y marinas. No obstante, estos hábitat importantes se están dedicando a varios otros tipos de usos, como la construcción residencial e industrial y la acuicultura costera del camarón. Las llanuras aluviales pueden constituir un hábitat estacional rico para los peces, recargar las aguas subterráneas utilizadas para la agricultura de secano, servir para el pastoreo de ganado y ser utilizadas para la construcción de casas e incluso de industrias. Sin embargo muchas de estas llanuras se ven amenazadas por la construcción de embalses u otras presas de contención que desvían el agua para el riego en las tierras más altas o para el suministro de agua.

Una categoría especial de valor es el valor de opción, que surge porque una persona o la sociedad pueden resolver con certeza cuál será la demanda de un recurso o su disponibilidad. En muchos casos, el criterio preferido para incorporar valores de opción al análisis es mediante la determinación de la diferencia entre las evaluaciones ex ante y ex post. Si una persona no está segura de lo que valdrá un ecosistema pero considera que su valor puede ser elevado o que su explotación y conversión en el presente puede ser irreversible, entonces puede existir un valor de cuasi-opción originado por la postergación de las actividades de desarrollo. El valor de cuasi-opción es, sencillamente, el valor actual esperado de la información derivada de postergar la explotación y conversión del ecosistema. Muchos economistas consideran que el valor de cuasi-opción no es un componente independiente del beneficio pero exige la participación del analista para imputar correctamente las consecuencias de obtener más información.

En cambio, algunas personas no explotan los bienes y servicios de un ecosistema en el presente sino que desean su preservación «por derecho propio». Este valor «intrínseco» se conoce muchas veces como el valor de existencia. Es una forma de valor de no uso, sumamente difícil de medir, ya que los valores de existencia entrañan evaluaciones subjetivas por parte de personas no relacionadas con su propio uso o el de otros, ya sea actual o futuro. Un subconjunto importante de valores de no uso o de preservación es el valor de legado que le otorgan las personas que valoran grandemente la conservación del ecosistema para el uso de las generaciones futuras. Los valores de legado pueden ser muy altos, especialmente para la población local que usa el ecosistema en la actualidad, puesto que querría que éste y la forma de vida concomitante se transmitan a sus herederos y a las generaciones futuras.

Si bien hay pocos estudios sobre los valores de no uso asociados con determinados ecosistemas, las campañas de algunos grupos defensores del medio ambiente de Europa y América del Norte para recaudar fondos con el objeto de apoyar la conservación de los humedales tropicales dan una idea de las magnitudes que están en juego[18].

Las evaluaciones sólo son una de las actividades necesarias para mejorar la ordenación de los ecosistemas. Al mismo tiempo, para decidir cómo utilizarlos de la mejor manera, los encargados de adoptar decisiones deben tener en cuenta los diversos intereses contrapuestos. La evaluaciones económicas pueden contribuir a fundamentar mejor las decisiones en materia de ordenación, pero sólo si quienes las toman son conscientes de los objetivos generales y de las limitaciones de estos cálculos.

En general, el principal objeto de la evaluación es indicar la eficacia económica global del varios usos de los recursos naturales y de los ecosistemas correspondientes, que compiten entre sí. La premisa subyacente es que los recursos pesqueros y sus ecosistemas deben ser asignados a usos que generan una ganancia neta para la sociedad, medida mediante la evaluación de los beneficios económicos de cada uno de los usos, menos los costos. En realidad, quién gana y quién pierde mediante un uso determinado no es parte del criterio de eficiencia en sí mismo. Así, el uso de un ecosistema que suponga un beneficio neto significativo podría considerarse muy deseable en términos de eficiencia, aunque los beneficiarios principales no sean necesariamente quienes acarrean con los costos originados por ese uso. Si así fuera, ese uso en particular puede ser eficiente pero también puede tener consecuencias distributivas negativas significativas. En consecuencia, muchas veces es importante que las políticas de ordenación se evalúen no sólo en función de su eficacia sino también en términos de sus resultados distributivos.

Una de las principales dificultades para evaluar un sistema ambiental complejo es la falta de información suficiente sobre algún proceso ecológico importante que subyace en los diversos valores generados por el sistema. Si se carece de esta información, lo que ocurre a menudo para muchos valores ambientales no de mercado que pueden ser considerados importantes, corresponde al analista proporcionar estimaciones realistas de su capacidad de evaluar los beneficios ambientales esenciales. Del mismo modo, los encargados de la adopción de decisiones deben darse cuenta de que en esas circunstancias no cabe esperar que la evaluación produzca estimaciones realistas de valores ambientales no de mercado, a menos que se invierta tiempo, recursos y esfuerzos en nuevas investigaciones científicas y económicas.

Por último, la evaluación económica tiene que ver, en última instancia, con la asignación de recursos naturales para mejorar el bienestar de los seres humanos. En consecuencia, los diversos beneficios ambientales de los recursos pesqueros y del ecosistema correspondiente se miden en función de su contribución para generar los bienes y servicios de valor para la humanidad. Sin embargo, algunos miembros de la sociedad pueden sostener que determinados ecosistemas y los recursos vivos que pueden contener tienen un valor adicional «preeminente» en sí mismos, más allá de los que pueden aportar en términos de satisfacer las preferencias las necesidades de la gente. Desde este punto de vista, la preservación de determinados recursos marinos podría ser una cuestión vinculada con los valores morales más que con una asignación eficaz o incluso justa.


[14] A menos que se indique lo contrario, el contenido de este anexo ha sido adaptado de: E.B. Barbier, M. Acreman y D. Knowler. (1997). Economic valuation of wetlands: A guide for policy makers and planners,Gland, Suiza, Oficina de la Convención de Ramsar.
[15] Se pueden consultar excelentes reseñas sobre este tema: R. Hanneson. (1993). Bioeconomic analysis of fisheries, publicado en el marco del acuerdo con la FAO, por Fishing News Books; y J.C. Seijo, O. Defeo y S. Salas. (1998). Fisheries bioeconomics - Theory, modelling and management, FAO Documento Técnico de Pesca No. 368, FAO, Roma.
[16] Véase por ejemplo: O. Flaaten. (1988). The economics of multispecies harvesting: Theory and application to the Barents Sea Fisheries, Berlín, Springer-Verlag.
[17] Un ejemplo de un modelo de ecosistema completo es Ecopath con Ecosim (véase: http://www.ecopath.org).
[18] Por ejemplo, hace varios años la Royal Society for the Protection of Birds del Reino Unido recaudó 500 000 libras esterlinas (800 000 dólares de los Estados Unidos) mediante una campaña postal de un ofrecimiento único para hacerse socio con el objeto de contribuir a salvar los humedales de Hadejia-Nguru, en Nigeria septentrional, África occidental.

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