K.B. Ghimire
Krishna B. Ghimre es el Coordinador de proyectos del Programa de investigación sobre la dinámica social de la deforestación en los países en desarrollo del Instituto de Investigaciones de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social (UNRISD). Nota: Este artículo es una adaptación de un documento preparado para la Conferencia sobre la dimensión social del medio ambiente y el desarrollo sostenible, que tuvo lugar en La Valetta, Malta, del 22 al 25 de abril de 1992, y fue auspiciada por el UNRISD y la Fundación de Estudios Internacionales.
En este artículo se examinan varios ejemplos de las reacciones a nivel local ante la deforestación o la enajenación de los bosques, los terrenos boscosos y las sabanas en los países en desarrollo. Para examinar esos aspectos de forma más sistemática, el artículo observa los esfuerzos realizados a nivel familiar, y luego las reacciones a nivel comunitario o colectivo. En la última sección se presenta una evaluación critica de la eficacia o las limitaciones de esas experiencias a nivel local.
Este artículo se basa en la documentación disponible y en el material empírico generado por el Programa de investigación sobre la dinámica social de la deforestación en los países en desarrollo del Instituto de Investigaciones de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social (UNRISD). Como parte del Programa, inicialmente se llevaron a cabo estudios monográficos detallados tanto en el Brasil como en varios países de América Latina, así como en Nepal y Tanzania. Posteriormente, se realizaron otros estudios en algunos países francófonos de Africa occidental. También se han encomendado diversos estudios temáticos sobre los principales problemas de interés general. El Programa del UNRISD presta atención especial al análisis de las alternativas propuestas por los distintos grupos para contrarrestar los efectos socioeconómicos y ecológicos negativos de la deforestación. Es preciso señalar desde un principio que la deforestación es sólo un elemento de un panorama amplio y complejo de cambios ambientales y sociales. Por lo tanto, aunque las reacciones locales están obviamente relacionadas con la deforestación o la enajenación de los recursos forestales, los terrenos boscosos o las sabanas, sería simplista encuadrarlas en una relación directa de causa y efecto. Las estrategias de supervivencia frecuentemente pueden ser reacciones a problemas más graves y amplios.
REACCIONES A NIVEL FAMILIAR
Las familias rurales reaccionan de diversas maneras a los cambios y las circunstancias ambientales, aunque la documentación que se refiere específicamente a la deforestación es fragmentaria. Como generalmente se indica, la deforestación puede afectar gravemente a los sistemas de producción y subsistencia del medio rural. A veces los hogares más afectados se ven obligados a tomar medidas radicales, incluido el abandono de los asentimientos para emigrar hacia las fronteras agrícolas o a las zonas urbanas, aunque en algunos casos algunos factores relacionados con el nuevo destino ejercen una cierta atracción y pueden incluso desempeñar un papel importante. Sin embargo, la migración permanente suele ser un «último recurso». Antes de tomar esa medida extrema, la mayoría de las familias tratan de adaptarse a los cambios y a las circunstancias socioeconómicas relacionadas con la deforestación disminuyendo los niveles de subsistencia, buscando empleo asalariado, administrando mejor los recursos productivos y reduciendo la dependencia del bosque.
Los procesos de adaptación relacionados con la deforestación se notan más en el sector agrícola. Los estudios relativos a América Central y Tanzania indican una reducción drástica de los períodos de barbecho en la agricultura de corta y quema (Utting, 1991; Mascarenhas y Maganga, 1991). En algunos casos, esto ha favorecido la aparición de «cultivos permanentes» y de inversiones productivas en la tierra (por ejemplo, riego, construcción de terrazas), mientras que en otros casos ha contribuido a reducir tanto la productividad de la tierra como los rendimientos. Por lo que se refiere a la superficie destinada a los cultivos permanentes, al parecer los campesinos han combinado varios métodos para incrementar al máximo la producción o mejorar las condiciones generales de vida. Se han adoptado nuevos cultivos y se han modificado las combinaciones de éstos para tener en cuenta las mayores necesidades de alimentos y otro tipo de necesidades.
Las familias rurales afectadas por la deforestación también adoptan muchos métodos agrícolas con alto coeficiente de mano de obra, como se indica en el ejemplo relativo a Tanzania sobre la sustitución de los cultivos perennes anuales por las hortalizas. Además, las familias comienzan a adoptar estrategias que prevén la variedad del empleo, en particular empleo asalariado estacional en el sector agrícola y actividades comerciales en pequeña escala, como la venta de leña y la fabricación de alcohol. La medida en que se aprovechan esas oportunidades depende de los contextos socioeconómicos, ecológicos y culturales específicos.
También pueden observarse otras formas de adaptación en la cría de ganado. Este aspecto se examina en detalle en los estudios relativos a Tanzania y Nepal (Mascarenhas y Maganga, 1991; Shrestha y Upety, 1991). La deforestación, sumada a la limitación del acceso a las zonas de pastoreo, ha obligado a las familias rurales de varios países a hacer cambios importantes en sus métodos tradicionales de cría de ganado vacuno. Algunas familias se ven obligadas a reducir el tamaño del hato pese a los efectos negativos en los niveles de subsistencia y de ingresos, mientras que otras deben revaluar sus necesidades de ganado y la ventaja comparativa de criar determinados tipos de vacuno.
Por lo que se refiere al modo de adaptarse a la escasez de productos forestales, las familias de residencia fija parecen reaccionar sobre todo de dos maneras: la autolimitación y la autosuficiencia. La autolimitación comprende el desarrollo de varios mecanismos internos que permiten que las familias rurales se adapten a la creciente escasez de productos forestales. Este proceso se describe en particular, en el estudio sobre Nepal (Shrestha y Uprety, 1991). Por ejemplo, a medida que escasea la leña, las familias rurales han tratado de reducir la cantidad necesaria para cocinar y para calentar e iluminar la vivienda. La costumbre de alimentar constantemente el fuego del hogar ha desaparecido casi totalmente. Durante el invierno la gente prefiere cubrirse con mantas, y las mujeres encienden el horno sólo por la mañana y por la noche.
Uno de los principales métodos relacionados con la autosuficiencia prevé la plantación de árboles, aunque la mayoría de las familias reconocen que esos árboles ocupan tierras que podrían utilizarse diversamente, y que los rendimientos de los cultivos perennes pueden disminuir debido a la sombra de los árboles. Los agricultores que poseen tierras improductivas también han comenzado a plantar árboles para la obtención de forraje y leña. En el Terral, se ha popularizado la plantación de Leucaena sp. y de Dalbergia sissoo, sobre todo en los jardines de las casas, o para la construcción de setos, pero también como cultivo comercial en las explotaciones más grandes.
REACCIONES A NIVEL COMUNITARIO
Una de las principales características de las reacciones de la comunidad ante la deforestación, o a la falta de acceso a los recursos forestales y a los pastizales, es la manifestación colectiva en la que varias familias se reúnen para exponer sus quejas o indicar sus intereses específicos. La mayoría de esos intereses colectivos también se comparten en el ámbito de las distintas familias o agrupaciones. Sin embargo, no se puede garantizar que todas las familias o todos los grupos sociales participarán por igual de los beneficios obtenidos. También puede ser que algunas familias o grupos sociales deban soportar más responsabilidades que otros.
Una iniciativa importante a nivel comunitario es el intento de reforzar los sistemas tradicionales utilizados para administrar los recursos, lo que supone la celebración de debates de carácter más amplio y la toma de decisiones en forma colectiva. La finalidad principal es incrementar la productividad de los recursos naturales disponibles y adoptar prácticas racionales de utilización. Por ejemplo, las comunidades locales podrían tratar de limitar la utilización excesiva del bosque a fin de permitir su regeneración. En aquellas zonas donde la autoridad del gobierno es débil, o cuando prevalece una inestabilidad política, la población local a voces toma iniciativas para proteger los bosques de quienes traten de aprovecharse de la situación. También pueden regular las cosechas para garantizar la utilización sostenible de los distintos productos forestales. Pueden ocuparse asimismo de reorganizar las normas de pastoreo, en particular el fomento de la alimentación en establo o los sistemas de pastoreo en rotación. Los terrenos baldíos de la comunidad pueden bonificarse con el propósito de plantar árboles, cultivar pastos para los animales u obtener paja para techos, o de recuperar la productividad de la tierra para fines agrícolas o agroforestales a largo plazo.
Otra forma de movilización colectiva prevé una actitud participativa y positiva hacia las políticas y los programas gubernamentales relacionados con la protección del medio ambiente. Por ejemplo, las comunidades locales pueden demostrar un interés cada vez mayor en los programas oficiales destinados a sensibilizar al público en lo que se refiere al medio ambiente. También podrían colaborar con el personal del gobierno en las actividades de protección forestal, tales como la notificación a las autoridades de la corta ilegal de árboles o la caza ilegal de animales. La participación de la comunidad también puede ser fundamental para la plantación de árboles en tierras públicas. La población local puede desempeñar un papel importante en lo que respecta al establecimiento de viveros, la plantación de árboles y la garantía de su protección a largo plazo. Sin embargo, como se advierte generalmente, muchos de los programas oficiales de plantación de árboles han demostrado ser poco realistas desde el punto de vista de los campesinos y las comunidades locales, porque con frecuencia se basan en conocimientos superficiales de las características sociales, económicas y culturales, y de sus limitaciones y necesidades.
En muchos países en desarrollo existe una oposición colectiva a los proyectos y programas de desarrollo relacionados con embalses, minas y carreteras. Esa resistencia se ha expresado contra la corta indiscriminada de árboles por parte de leñadores o madereros, o contra las autoridades que otorgan licencias oficiales para dichas actividades.
Comienza a disponerse de información que documenta la resistencia colectiva por parte de las comunidades locales. El caso más analizado es el del movimiento Chipko que surgió en el norte de la India. Dicho movimiento se desarrolló en el contexto de una arraigada tradición de movilización popular contra el control de los recursos forestales locales por parte de las autoridades coloniales para su explotación comercial y generación de ingresos (Shiva y Bandyopadhyay, 1988). Desde la independencia, basada en la filosofía de la no violencia de Gandhi, el movimiento se ha convertido en una iniciativa de resistencia general contra la explotación maderera. Un aspecto singular ha sido la intervención de las mujeres, que se han abrazado a los árboles para evitar que estos se corten. Durante los últimos años el movimiento se ha transformado en una campaña de plantación de árboles a fin de regenerar los bosques en las colinas peladas de la vertiente india de la cordillera del Himalaya, así como en otras zonas del país.
Otro movimiento popular muy conocido, en el que participa la gente pobre que depende de los bosques, es la lucha de los grupos Penan y de otros grupos tribales en Sarawak, Malasia, contra la destrucción de su tierra natal por parte de las sociedades madereras. Para proteger los bosques y defender sus territorios tradicionales de dichas sociedades esa gente ha llegado a formar barreras humanas en las carreteras por donde se efectúa el transporte de la madera. El Gobierno de Malasia ha intervenido frecuentemente desmantelando las barreras, arrestando y deteniendo a la gente de las tribus e imponiendo multas y sentencias de encarcelamiento. Pero a pesar de esas medidas punitivas se han seguido erigiendo barreras obstaculizando gravemente las actividades de extracción de madera (Colchoster, 1991). De igual modo, la movilización colectiva de la población local contra las intervenciones oficiales relacionadas con el sector forestal o el desarrollo tiene una larga tradición en Tailandia y Filipinas.
En Malasia, los movimientos populares luchan contra las prácticas no sostenibles de la explotación
En general, se han realizado pocos estudios sobre los movimientos sociales de las comunidades de Africa en relación con los bosques, los terrenos boscosos y las sabanas. Sin embargo, existen algunos ejemplos documentados. Por ejemplo, los ganaderos y pastores masai de Africa oriental resistieron activamente los intentos de la administración colonial de establecer grandes explotaciones ganaderas y agrícolas de colonos blancos en sus territorios (Miller, 1987; Thomson, 1983). Después de la independencia, esa gente ha perdido gran parte de sus tierras porque éstas se han destinado a parques nacionales, reservas de caza y plantaciones comerciales. Esas medidas han dado lugar a muchas demostraciones de protesta de la población, incluida la ausencia total de colaboración en proyectos oficiales sobre el mejoramiento de las tierras y el ganado, la inobservancia de las leyes agrarias y la negativa a abandonar las zonas protegidas (Matampash, 1991; Lochgan, 1991).
En América Latina, las protestas organizadas y la oposición de los habitantes de los bosques a la deforestación y las invasiones se han convertido en manifestaciones corrientes. En El Salvador, Panamá, Guatemala y Honduras, los indios y las poblaciones campesinas residentes que dependen de los recursos forestales han encabezado muchos movimientos de protesta para evitar las actividades mineras, la explotación maderera excesiva y la tala de bosques para la producción comercial en gran escala (Utting, 1991).
Las demostraciones colectivas en las que participan migrantes sin tierra, indios y caucheros en la región brasileña del Amazonas han recibido una atención generalizada durante los últimos años. El movimiento de los caucheros (seringueiros) es el más organizado de esas comunidades forestales. El centro del movimiento ha sido Acre, donde Chico Mendes realizó una campaña para el reconocimiento de los derechos sobre la tierra, el establecimiento de reservas de extracción, y el final del peonaje en concepto de deuda en las plantaciones de caucho tradicionales (Hecht y Cockburn, 1990).
EVALUACION CRITICA DE LAS ACTIVIDADES LOCALES
Puede considerarse que, en muchos aspectos, el movimiento de los cancheros ha tenido éxito. Además de su habilidad para obtener un creciente apoyo internacional, se ha convertido en una poderosa actividad política capaz de influir en la política oficial de aprovechamiento de tierras. Actualmente, el Gobierno de Brasil ha reconocido los derechos tradicionales sobre la tierra de esa gente y reservado extensiones considerables de bosques en la zona del Amazonas como reservas indígenas donde los caucheros y otros grupos sociales pueden dedicarse a la extracción forestal sostenible.
En varias ocasiones, gracias a la protesta continua para defender sus derechos tradicionales sobre la tierra, otras poblaciones indígenas de América Latina han logrado hacer adelantos considerables. Por ejemplo, los Kuna de Panamá, que cuentan con una arraigada organización política de remota tradición, ya en los años treinta habían adquirido del gobierno federal derechos legales semiautónomos sobre las tierras forestales. Sin embargo, desde entonces, han tenido que hacer frente a incursiones de ganaderos y agricultores de subsistencia (Chapin, 1990).
Por lo que respecta a Africa, cabe mencionar nuevamente a los masai del Parque Nacional de Serengeti situado en Tanzania. Cuando el gobierno colonial estableció el parque en 1940, trató de sacar de la zona a los habitantes masai. Ello dio lugar a prolongadas protestas por parte de éstos y, a la larga, el Gobierno se vio obligado a dividir el parque en dos secciones, el Serengeti y el Ngorongoro, y autorizó a los masai a que conservaran sus viviendas y su ganado en la zona del Ngorongoro (Arhem, 1986; Parkipuny, 1991).
Aunque algunos movimientos relacionados con la protección del medio ambiente han influido en forma considerable tanto en lo que respecta a la protección de los bosques y los terrenos boscosos como al nivel de vida alcanzado por algunos grupos sociales, muchos otros no han obtenido resultados positivos. En realidad, en determinados casos han tenido efectos totalmente contradictorios. Por ejemplo, en el estado de Bihar, en la India, las poblaciones Ho, a quienes el Gobierno les negó el acceso consuetudinario a los bosques, han expresado sus quejas poniendo en marcha un «movimiento para el desmonte» (Colchoster, 1991). Otro ejemplo es el de la isla filipina de Mindanao, donde las comunidades indígenas, desposeídas de sus tierras por el Estado así como por los grandes ganaderos, han organizado campañas de recuperación de tierras que entraña el desmonte ulterior de bosques y el establecimiento de nuevas viviendas (Lumad, 1991). En Sarawak, Malasia, además de un creciente movimiento de protesta contra la extracción comercial, algunos miembros importantes de las tribus prefirieron aliarse con los negociantes en madera, e igualmente, en Papua Nueva Guinea, a pesar de la obtención de derechos legales sobre las tierras, parece ser que algunas comunidades arriendan sus tierras a las empresas mineras y de extracción para obtener ganancias financieras (Colchester, 1991). Los casos como éstos contribuyen poco a la ordenación sostenible de los bosques.
En otros casos, los intentos realizados para proteger los bosques y los medios de vida mediante actividades colectivas han dado lugar sólo a más represión, mientras que los grupos sociales dominantes han obtenido beneficios de la deforestación. Por lo que se refiere a Asia, en Filipinas, la India, Myanmar y Tailandia ha habido enfrentamientos armados entre las comunidades locales y el Estado a causa de los recursos forestales. Conflictos más serios se han verificado en América Latina, especialmente en El Salvador y Guatemala.
Muchas de las características de las manifestaciones colectivas relacionadas con los bosques se asemejan a las de los movimientos sociales urbanos y rurales. Con frecuencia faltan intervenciones constantes y coordinadas, y las comunidades locales se exponen a repetidas represiones. En primer lugar, los habitantes de los bosques y los campesinos están totalmente enfrascados en la lucha cotidiana por sobrevivir, lo que obstaculiza su participación continua en las demostraciones colectivas. En segundo lugar, como cualquier enfrentamiento directo con el Estado o las fuerzas sociales dominantes probablemente genera más represión, muchas personas tienden a abstenerse de participar en esas actividades. En tercer lugar, la falta de organizaciones y dirigentes eficaces, sumada al aislamiento material de los asentamientos, dificulta en extremo la organización política de esas poblaciones. Por último, en muchos países en desarrollo es escasa o inexistente la representación política del interés colectivo de esas personas en los procesos relativos a la toma de decisiones.
Aunque algunas iniciativas relacionadas con el sector forestal han logrado movilizar fuerzas nacionales e incluso internacionales, es obvio que muchos movimientos carecen del apoyo político e institucional necesarios. Por ello, las intervenciones colectivas no trascienden del ámbito local, además de ser caóticas y discontinuas. Cabe señalar que aun cuando se ha contado con ayuda externa, con frecuencia ésta ha sido irregular. Además, las organizaciones externas que han colaborado han tendido a imponer sus propios intereses. Por ejemplo, los organismos internacionales relacionados con el medio ambiente que han apoyado las iniciativas de protección forestal a nivel local en los países en desarrollo, por lo general han tendido a favorecer la conservación de la flora y la fauna y a ignorar las necesidades de subsistencia a largo plazo de los habitantes locales. A este respecto, el movimiento Chipko es un caso interesante. A la luz de esa experiencia reciente, un investigador señala que actualmente el movimiento está en manos de una minoría seleccionada, así como de activistas y organismos externos que están principalmente interesados en la conservación de los recursos naturales y prestan poca o ninguna atención a los problemas relacionados con la supervivencia económica de la población local (Rangan, en prensa). Rangan afirma que «... cuando el movimiento Chipko había adquirido la fuerza necesaria para influir en las políticas estatales, los problemas originales planteados por las comunidades locales de Garhwai en relación con los medios de subsistencia quedaron casi totalmente sepultados bajo las polémicas y la retórica suscitadas por el movimiento. Esta iniciativa se convirtió en un movimiento para salvar el Himalaya y el medio ambiente de la India en general, pero se refería apenas a la forma en que las poblaciones locales iban a sobrevivir y a mejorar su nivel de vida en las condiciones económicas poco prometedoras prevalecientes en Garhwai».
Se ha insistido en que un determinado movimiento social puede ser más eficaz si los antecedentes socioeconómicos de los participantes son homogéneos, y si se tienen objetivos comunes claramente definidos. Sin embargo, por lo que respecta a los movimientos forestales, existen muchas contradicciones y fuerzas internas entre los diversos grupos sociales participantes. Las poblaciones rurales que participan en movimientos relacionados con el medio ambiente no sólo están estratificados según el sexo, la categoría social, la autoridad y la riqueza, sino que también están divididos en agrupaciones integradas por agricultores con o sin tierras, habitantes de los bosques y gente establecida fuera de éstos, migrantes y no migrantes, residentes y no residentes, así como diversos grupos étnicos y culturales. Muchos de esos grupos tienen a veces determinados intereses que pueden chocar con los de otros grupos. En consecuencia, las intervenciones colectivas tienen más probabilidades de éxito si coinciden los intereses de los distintos grupos. Esto impone una grave limitación a las posibilidades de duración de muchos movimientos forestales y a la consecución de sus objetivos.
CONCLUSION
Aunque algunas movilizaciones colectivas han logrado proteger los bosques, los terrenos boscosos o las sabanas, sus efectos positivos han sido bastante escasos con respecto a la dificultad de la tarea. Se estima que son fundamentales las intervenciones sociales bien coordinadas que tienen como objetivo un desarrollo de base más amplio orientado a la mejora y la protección de los medios de subsistencia, así como a la utilización sostenible de los recursos de que se dispone. Esto también depende del apoyo que esas intervenciones reciban de las fuerzas sociales externas, así como de los papeles que desempeñen las fuerzas del mercado y las instituciones políticas nacionales e internacionales. Por supuesto, los éxitos y los fracasos de un determinado movimiento social no deben juzgarse sólo a la luz de sus resultados actuales. También deben tenerse en cuenta sus efectos a largo plazo para la protección y utilización sostenible de los bosques, la satisfacción de las necesidades y aspiraciones de la población local en lo que respecta a sus medios de subsistencia, la formulación de políticas, así como su capacidad de promover un debate más amplio, sensibilizar al público en general y generar nuevas ideas.
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