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CERCANO ORIENTE Y AFRICA DEL NORTE

RESUMEN REGIONAL

Principales acontecimientos económicos

El crecimiento económico en la mayor parte de los países del Cercano Oriente y Norte de Africa adquirió nuevo impulso en 1996. En el conjunto de la región, el crecimiento del PIB en 1996 fue, según las estimaciones, del 4,5 por ciento, frente al 3,5 por ciento de los cinco años anteriores. Los factores que contribuyeron a ese crecimiento económico superior al normal fueron los siguientes: la subida de los precios, que dio lugar a un volumen de ingresos mayor de lo previsto en los países productores de petróleo; las oportunas precipitaciones caídas en muchos países de la región; el progreso en la estabilización, que redujo las tasas de inflación (desde una media del 34 por ciento en 1995 al 24,5 por ciento en 1996) y aminoró los desequilibrios de la cuenta corriente; finalmente, la profundización de las formas estructurales, que creó un mejor entorno para el comercio y la inversión del sector privado. No obstante, las tensiones políticas continuaron entorpeciendo el progreso en varios países de la región, mientras que otros tuvieron que hacer frente a problemas de recalentamiento de la economía, con una inflación acelerada y un creciente déficit fiscal.

Figura 12A

Figura 12B

La subida de los precios del petróleo como consecuencia del ingreso del Iraq en el mercado, contribuyó a aumentar la tasa de crecimiento del PIB en los países productores de petróleo. El PIB creció un 9,9 y un 4,2 por ciento en los Emiratos Arabes Unidos y en Irán, respectivamente, y un 2,5 por ciento en Arabia Saudita, cuya modesta expansión representó sin embargo una mejora con respecto al crecimiento cero del año anterior. La gradual consolidación fiscal ha sido el componente fundamental de los intentos de reforma de la Arabia Saudita. Aunque la limitación del gasto público ejerció un efecto paralizador en este país, contribuyó también a aumentar la confianza del sector privado y a reavivar la actividad económica. El mayor impulso del crecimiento en Egipto, que fue del 4,3 por ciento en 1996 frente al 3,2 por ciento en 1995, se debió tanto al aumento de los ingresos derivados del petróleo como a los notables progresos alcanzados en las reformas estructurales. Egipto consiguió también reducir los desequilibrios internos y externos y reducir la inflación desde el 9,4 por ciento de 1995 al 7,2 por ciento en 1996. En Turquía, la economía mantuvo en 1996 un elevado crecimiento por segundo año consecutivo, con una tasa aproximada del 6,4 por ciento después del 7,5 por ciento de 1995, lo que significó la recuperación de los efectos producidos por las enérgicas medidas de ajuste económico adoptadas en 1994. A pesar de las rígidas medidas de regulación de la demanda, el déficit fiscal ascendió a más del 9 por ciento del PIB en Turquía, y las tasas de interés llegaron a superar el 120 por ciento. Aunque los intentos de reducir estas tasas de inflación de tres cifras, que alcanzaron un máximo del 106,3 por ciento en 1994, consiguieron ciertos logros, la inflación continuó siendo todavía elevada, situándose en 1996 en el 82,3 por ciento. Estas presiones inflacionistas se extendieron a la zona turco-chipriota, que está relacionada con la economía turca. Dichas presiones, junto con la incertidumbre política que influye en los ingresos del turismo, dieron lugar a una desaceleración de la economía de Chipre.

Continuaron las medidas de ajuste económico en la mayor parte de los países de la región, pero los progresos no fueron uniformes. Algunos países, como Egipto, Jordania y Túnez, avanzaron considerablemente en el proceso de privatización, mientras que en otros, como la República Arabe Siria y el Yemen, es mucho lo que queda todavía por hacer. La reforma se vio obstaculizada por la tensión política en varios países. En el Sudán, los enfrentamientos civiles dieron lugar a una depresión económica, una inflación de hasta el 85 por ciento y una perturbación de las corrientes comerciales y de la comercialización interna y, en consecuencia, a situaciones agudas de escasez de alimentos. A finales de 1996, el Sudán suspendió el pago de sus atrasos al FMI, lo que tuvo repercusiones muy negativas en la credibilidad crediticia del país. En Argelia, si bien se alcanzaron o incluso se sobrepasaron la mayor parte de los objetivos económicos previstos en el programa, gracias a la firme evolución de los sectores del petróleo y la agricultura, persistieron las tendencias recesionistas, con un desempleo del 28 por ciento, por ejemplo. En el Líbano, el aumento de la deuda externa hizo de la gestión de la deuda y de la consolidación fiscal el objetivo prioritario de las medidas gubernamentales durante los próximos años. La diversificación de las exportaciones, objetivo central de la reforma estructural en Omán, siguió todavía lejos de su alcance debido al estancamiento de los sectores de la economía no relacionados con el petróleo.

Las perspectivas a corto y medio plazo parecen por lo general prometedoras. Según las previsiones, el precio del petróleo va a descender pero sólo en forma moderada, lo que debería favorecer el crecimiento económico en los países productores de petróleo al mismo tiempo que tendrá efectos secundarios en otros países de la región. Los actuales esfuerzos de muchos de los países de la región, como Turquía, Jordania, Marruecos y Chipre, por reforzar los vínculos económicos y comerciales con los Estados Unidos producirán, probablemente, un mejoría en las perspectivas comerciales y de crecimiento.

Por otro lado, las incertidumbres sobre las posibilidades de paz y la situación política regional dificultarán las expectativas anteriores de integración económica regional, sobre todo en Jordania, Palestina y, hasta cierto punto, Egipto. El estancamiento del proceso de paz entre Israel y la República Arabe Siria retrasará probablemente el progreso económico en el conjunto de la región. Los proyectos regionales previstos o posibles, especialmente en relación con los recursos hídricos, pueden tardar más tiempo en hacerse realidad, debido a la incertidumbre política y a los enfrentamientos internos en algunos países norteafricanos.

Resultados y problemas de la agricultura

El crecimiento del sector agrícola en 1996 fue superior al del año anterior en la mayor parte de los países de Africa del Norte –en particular en Túnez, Marruecos y Argelia– y el Sudán, lo que contribuyó a su vez a incrementar el crecimiento económico. En 1996, la producción de trigo en Africa del Norte creció un 7,5 por ciento, alcanzando la cifra récord de 16,5 millones de toneladas como resultado de una producción superior a lo normal en todos los países. La producción de cereales secundarios en 1996 creció en la subregión un 60 por ciento, situándose en 13,6 millones de toneladas. Las precipitaciones, oportunas y superiores a lo normal, y las mejoras introducidas en las prácticas de ordenación contribuyeron a aumentar la producción de cereales y de cebada y de otros cultivos, como cítricos, aceitunas y lentejas.

Después de haber sufrido una grave sequía en 1995, Marruecos recibió en 1996 las precipitaciones más abundantes de los treinta últimos años. En consecuencia, la producción de trigo de ese año, estimada en 5,9 millones de toneladas, fue más de cinco veces superior a la del año anterior, que fue de sólo 1,1 millón de toneladas. La producción de cebada creció 3,2 millones de toneladas, situándose en 3,8 millones de toneladas, y la de maíz alcanzó las 235 000 toneladas, unas cinco veces más que el año anterior. La producción de cítricos de Marruecos, con un volumen de 1,4 millones de toneladas en 1996, registró también un fuerte aumento de aproximadamente un 35 por ciento. En consecuencia, las exportaciones de cítricos han aumentado en torno al 50 por ciento.


RECUADRO 10

INSEGURIDAD ALIMENTARIA EN EL IRAQ

Numerosos grupos de la población del Iraq están sufriendo graves problemas de inseguridad alimentaria. Mientras que la ingestión de calorías per cápita en el Cercano Oriente y Africa del Norte se mantuvo prácticamente sin cambios entre 1988 y 1994, en el Iraq disminuyó un 34 por ciento durante el mismo período. El descenso del consumo de proteínas fue todavía más acentuado (43 por ciento). En los últimos años la situación nutricional y sanitaria de la población ha seguido deteriorándose gravemente.

Se esperan importantes medidas de socorro como resultado de un acuerdo, estipulado entre el Iraq y los Estados Unidos en diciembre de 1996, cuyo objetivo es «alimentos por petróleo». Dicho acuerdo autoriza las expotaciones iraquíes de petróleo por un total de hasta 1 000 millones de dólares EE.UU. por períodos de 90 días a cambio de la importación de artículos para fines humanitarios, como alimentos, material sanitario y medicamentos y equipo para satisfacer otras necesidades básicas. Fijado inicialmente por un período de seis meses, el acuerdo fue extendido por otros seis meses por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el 4 de junio de 1997.

En el acuerdo de alimentos por petróleo se prevé también una asignación de 804,63 millones de dólares EE.UU. (de un total de 1 300 millones de dólares para asistencia humanitaria) con destino a la adquisición de alimentos para contribuir a asegurar una ingestión energética diaria de 2 030 kcal y una ingestión proteínica diaria de 47 g per cápita. Para fines de mayo, el país había recibido 692 000 toneladas de alimentos, que equivalían a cerca de un tercio de los 2,2 millones de toneladas de alimentos prometidos según el acuerdo. Los primeros productos comenzaron a llegar a fines de marzo, y la distribución de harina de trigo comenzó en abril. En mayo, se distribuyeron raciones de harina de trigo, arroz, legumbres y aceite. En cuanto a la sal, azúcar y té, las entregas no habían sido suficientes para asegurar una distribución mensual. Se espera que la distribución de las raciones completas de la cuota se inicie en julio. La FAO y el PMA aprobaron conjuntamente, para el período 1 de abril a 31 de diciembre de 1997, una operación de nutrición de emergencia destinada a grupos vulnerables cuyas necesidades especiales no serán cubiertas por las distribuciones de alimentos que prevé el acuerdo. No obstante, se estima que la asignación de 804,63 millones de dólares para alimentos sólo satisfará poco más del 50 por ciento de las necesidades estimadas de importación de alimentos.

Aunque el acuerdo de alimentos por petróleo aliviará sin duda la grave escasez de alimentos, ya que los contingentes mensuales de racionamiento aumentarían un 20 por ciento gracias a la llegada de alimentos en virtud de lo dispuesto en el acuerdo, la seguridad alimentaria continúa siendo precaria. La escasez de insumos agrícolas básicos, como semillas, piezas de repuesto, vacunas y productos agroquímicos, así como la incidencia generalizada de plagas, malas hierbas y enfermedades de los animales, han dado lugar a bajos niveles de rendimiento y de productividad. La evolución general del sector agrícola, en particular en la campaña de 1996/97, es motivo de preocupación. La producción de trigo y cebada de la cosecha de invierno de 1996/97 será, según las previsiones, significativamente inferior a lo normal.

Como se prevé una continuidad de las sanciones, el Gobierno está tratando de concentrar sus esfuerzos en aumentar la producción interna de alimentos. Actualmente se está haciendo especial hincapié en la recuperación de tierras y en el riego en la parte septentrional del país. Las zonas recuperadas están recibiendo también servicios de electricidad, enseñanza y salud. Se han iniciado investigaciones para obtener nuevas variedades agrícolas y aumentar la producción de semillas y multiplicar la utilización de los recursos pecuarios. Las autoridades iraquíes están estudiando los posibles medios de conseguir que los agricultores tengan algún interés económico en estos proyectos a fin de poder contar con su total participación.


En Túnez, las favorables condiciones agrícolas durante la campaña permitieron un aumento estimado del 18 por ciento en la producción agrícola global, superior al 9,7 por ciento registrado en 1995. La producción de cereales alcanzó un récord de 2,8 millones de toneladas, lo que representa un volumen tres veces superior al del año anterior. Lo mismo ocurrió con la producción de aceite de oliva, que alcanzará un volumen superior a las 200 000 toneladas.

En la República Arabe Siria, las inversiones y las mejoras introducidas en la gestión del riego, junto con la subida de los precios internacionales, contribuyeron a estimular la producción agrícola interna. Este país, que alcanzó en 1992 la autosuficiencia en la producción de trigo, consiguió una cosecha de más de 4,2 millones de toneladas de trigo en 1996, aproximadamente 2 millones de toneladas por encima de las necesidades internas. En los tres primeros trimestres del año, se exportaron unas 850 000 toneladas de cereales, en comparación con las 600 000 toneladas exportadas en 1995. Se prevén nuevos aumentos de las exportaciones de cereales en el futuro próximo, ya que las inversiones permitirán ampliar la capacidad de almacenamiento, en particular gracias a la asistencia que está prestando actualmente el Banco Islámico de Desarrollo. Entre los cultivos no alimentarios de Siria, cabe señalar que en 1996 la cosecha de algodón alcanzó cifras sin precedentes, aproximadamente un 11,5 por ciento superiores a las de 1995 y en torno al 20 por ciento por encima de la media de 1991-95. Aunque ciertamente con ayuda de las oportunas precipitaciones, el principal factor del aumento de la producción fue la fuerte subida de los rendimientos, que alcanzaron una cifra de 3,4 toneladas/hectárea en 1996, frente a 3,1 toneladas/hectárea en 1995 y sólo 1,6 toneladas/hectárea en 1991.

Las favorables condiciones atmosféricas registradas en el Sudán hicieron posible un aumento de la producción de trigo en 1996 con respecto al año anterior. También aumentaron las cosechas de otros productos básicos, como las semillas de sésamo. Las precipitaciones hicieron también posible un aumento de la producción de algodón, que superó en más de un 12 por ciento la del año anterior, aunque los rendimientos han seguido una tendencia descendente y no pueden compararse con los promedios mundiales. Una razón importante del declive de los rendimientos es la falta de mantenimiento y la consiguiente sedimentación de los canales que reduce el caudal de agua, factor especialmente negativo para las cosechas de algodón. Ello suscita cierta preocupación, ya que el algodón es la principal fuente de ingresos de exportación del Sudán, y uno de los grandes factores del crecimiento económico.

En Arabia Saudita, las restricciones presupuestarias de los últimos años han obligado a revisar las políticas de apoyo a la agricultura. Han continuado las reformas iniciadas en 1991, con el objeto de reducir la producción de trigo fuertemente subvencionado en las duras condiciones del desierto, y el resultado ha sido una nueva reducción de las subvenciones. En consecuencia, la producción de trigo, que alcanzó un máximo de 4,1 millones de toneladas en 1991/92, descendió a 1-2 millones de toneladas en 1996. Con un consumo local estimado de 1,8 millones de toneladas, el déficit se cubrirá con las reservas disponibles. La producción de cebada, estimada en 450 000 toneladas, se redujo también a la mitad del nivel anterior. La producción de cereales, que depende en gran parte de las fuentes de aguas subterráneas, ha dado lugar al rápido agotamiento de este recurso no renovable. Como el sector agrícola utiliza aproximadamente el 80 por ciento del agua disponible en la Arabia Saudita, la ordenación eficiente de los recursos hídricos está recibiendo ahora gran prioridad por parte del Gobierno, lo que influirá en la producción de cereales. La diversificación agrícola en detrimento de los cereales y en favor de otros cultivos que requieren menos consumo de agua, como las frutas y hortalizas, está recibiendo gran atención.

EGIPTO

Panorama económico

El programa de ajuste económico iniciado en 1991 en Egipto ha marcado un hito en la orientación de las políticas macroeconómicas y sectoriales del país. Tradicionalmente, las políticas de crecimiento económico de carácter aislacionista y patrocinadas por el Estado fueron la piedra angular de la estrategia de desarrollo de Egipto hasta los primeros años setenta; en ellas se hacía especial hincapié en el bienestar social y la subvención estatal de las necesidades básicas. Este enfoque, al mismo tiempo que consiguió mejoras en las condiciones de vida de la mayoría de la población egipcia a lo largo de los años sesenta y setenta, dio también lugar a desequilibrios estructurales en la economía que en los años noventa habían demostrado ser insostenibles a largo plazo.

A pesar de algunas iniciativas de liberalización adoptadas a mitad del decenio de 1970, la economía siguió estando caracterizada por controles muy generalizados y un régimen basado ante todo en la sustitución de importaciones. Como consecuencia de los elevados precios del petróleo y las consiguientes remesas de los trabajadores egipcios expatriados en países del Consejo para la Cooperación en el Golfo (CCG) y los ingresos obtenidos gracias al canal de Suez, la economía creció a pesar de todo a un ritmo muy rápido. Las políticas expansionistas se prolongaron hasta bien entrados los años ochenta, en que los precios del petróleo acusaron un descenso y los desequilibrios en la balanza de pagos se convirtieron en un problema grave.

A final de los años ochenta, el prolongado clima recesionista de la economía mundial, junto con el descenso simultáneo de los precios del petróleo después de 1982, habían puesto de manifiesto las debilidades estructurales de la economía. Estas debilidades se vieron agravadas por el crecimiento de la deuda externa y el déficit fiscal. La excesiva dependencia de las exportaciones de petróleo, la disminución de las exportaciones de otros productos y las ineficiencias en el aprovechamiento de los recursos hicieron insostenible el modelo de crecimiento adoptado hasta entonces. El crecimiento del PIB se desaceleró significativamente durante la última parte de los años ochenta, lo que se tradujo en una disminución del PIB per cápita, que bajó desde una media de 615 dólares EE.UU. en 1980-86 a 588 dólares al final de decenio58. Los déficit presupuestarios, financiados ante todo por la emisión de moneda, dieron lugar a una inflación superior al 10 por ciento y contribuyeron a la desaceleración del crecimiento. El aumento de los pagos en concepto de servicio de la deuda dio lugar a una acumulación de atrasos.

En 1991, Egipto adoptó un Programa de reforma económica y ajuste estructural (PREAE), cuyo objetivo era estabilizar y reestructurar la economía a fin de lograr una mayor eficiencia en el aprovechamiento de los recursos, así como restaurar el crecimiento macroeconómico. En el amplio programa de políticas se incluían la liberalización del mercado de divisas y del comercio, la reforma del sector financiero, la reforma de la empresa pública y su posible privatización, la eliminación de los controles de precios, la reforma tributaria y la institución de un marco normativo eficaz. En la fase inicial del programa, las reformas emprendidas en Egipto fueron la alineación del tipo de cambio, la desreglamentación de los precios agrícolas, alimentarios e industriales, una reducción gradual de las subvenciones al consumo de alimentos y un mayor impulso hacia la privatización con el fin de establecer una economía más basada en el mercado.

En 1991 el PREAE fue seguido de otro programa de reforma económica, conocido como fase II del PREAE. Las reformas emprendidas dentro de esta segunda fase contribuyeron a estabilizar todavía más el equilibrio macroeconómico y, después de un difícil comienzo, a reactivar la economía. El crecimiento económico continuó siendo débil durante los primeros años noventa, con un promedio de poco más del 1 por ciento durante 1992-94, pero adquirió mayor firmeza en 1995 (+3,2 por ciento) y de nuevo en 1996 (+4 por ciento, según las estimaciones). En el ejercicio económico de 1997/98, el primero del siguiente plan quinquenal, los objetivos incluyen un crecimiento del PIB del 6,2 por ciento. En la base de este progreso del crecimiento en los últimos años se encuentran los importantes avances hacia la estabilización económica. A pesar de una reducción de los ingresos fiscales procedentes de los derechos, el déficit presupuestario, que en los años ochenta se mantuvo en torno al 8 por ciento, descenderá en 1996/97, según las previsiones, a un nivel notablemente bajo, de sólo el 1,1 por ciento del PIB. La racionalización de los gastos públicos y las restrictivas políticas monetarias consiguieron casi equilibrar el saldo en cuenta corriente en 1996, mientras que la inflación descendió desde aproximadamente el 20 por ciento en 1991 hasta el 7,2 por ciento en 1996. Se trata de un logro considerable, habida cuenta del notable proceso de eliminación de controles de precios de los productos alimenticios básicos, la electricidad, el petróleo y el transporte, entre otros. Una nueva reducción de las subvenciones a los productos derivados del petróleo, el gas natural y la electricidad está prevista para los próximos años. Después de una devaluación de más del 300 por ciento entre 1988 y 1991, la liberalización de los mercados cambiarios estabilizó la moneda, que ahora es ya convertible.

El programa de privatización, aunque comenzó lentamente, ha efectuado ciertos progresos. Según las previsiones, más de 90 empresas estatales se habrán privatizado para mediados de 1988, aunque podría haber problemas para la valoración de las empresas. Además, uno de los cuatro grandes bancos del sector público se pondrá a la venta a lo largo de 1997. La reestructuración de la deuda del empresas públicas generará también ingresos. Se prevé que las actividades de privatización de 1997 generen por sí solas ingresos equivalentes a aproximadamente el 5 por ciento del PIB, parte de los cuales podrían destinarse al servicio de la duda externa, que actualmente suma en torno a 37 000 millones de dólares. Se está alentando también la participación del sector privado en los proyectos de energía. En 1997 se prevé también la promulgación de una ley sobre las inversiones, para agilizar los reglamentos en este terreno, y una ley antimonopolio.

A finales de 1996, Egipto concluyó con el FMI otro acuerdo de compromiso contingente por un total de 391 millones de dólares EE.UU., en previsión de la reunión del Club de París para facilitar el tercero y último tramo de 4 000 millones de dólares de una cancelación de la deuda del Club de París por un total de 10 000 millones, condicionada a la aplicación efectiva de un programa del FMI. No obstante, ello está asociado con estrictos criterios en los que se exigen la adopción en los próximos meses de reformas en la macroeconomía, finanzas, comercio y privatización. Esta operación de socorro de la deuda permitirá ahorrar más de 290 millones de dólares al año en servicio de la deuda y reducir la deuda externa a aproximadamente 28 000 millones de dólares, es decir, poco más de la mitad del total de una deuda de 50 000 millones de dólares en el momento en que se adoptó el programa en 1991.

Recursos y perspectivas agrícolas

La escasez de agua es un obstáculo a la expansión de la superficie agrícola en Egipto. Además, el rápido crecimiento demográfico de los dos últimos decenios ha representado una nueva presión sobre la producción interna de alimentos, al mismo tiempo que la urbanización se ha extendido en tierras agrícolas potencialmente viables.

En Egipto, la tierra cultivable es limitada. Del total de la superficie de aproximadamente 1 millón de kilómetros cuadrados, sólo es habitable la franja de tierra situada a lo largo del Nilo, que representa menos del 4 por ciento pero en la que se concentran más de 60 millones de personas. Dado que el Nilo constituye casi la única fuente de agua, debido a la escasez de las precipitaciones, los 3,7 millones de hectáreas de superficie cultivable corresponden fundamentalmente a zonas de riego. La superficie de tierra cultivable per cápita en Egipto es 0,06 hectáreas, es decir, una de las más bajas del mundo. Los principales cultivos son el algodón, arroz, trigo, maíz, bersim, frijoles y frutas y hortalizas.

Como consecuencia del ambiente más favorable a la inversión y de una economía en camino de la recuperación, se están examinando grandes planes de desarrollo. Un proyecto muy ambicioso iniciado recientemente es el «plan de riego del Nilo» cuyo objetivo es desviar un tercio de su caudal para regar el desierto occidental. Este proyecto, cuya duración prevista es de más de 20 años, tiene como fin bombear agua a través de un túnel de 5 km de longitud a un canal; el agua deberá elevarse luego 55 metros, para lo que se requerirá la estación de bombeo más grande del mundo. Sólo el 20 por ciento del costo del proyecto correría por cuenta del Gobierno, mientras que el resto sería financiado por inversores privados atraídos por incentivos como el bajo precio de la tierra. No obstante, según algunos analistas, los enormes costos que ello implicaría no encuentran justificación económica. Además, dado que el Sudán y Etiopía están construyendo también presas en el mismo río, el caudal de agua en Egipto podría ser menor de lo previsto. En el pasado, los intentos de regar las tierras del desierto egipcio mediante canales que transporten el agua a grandes distancias no han tenido demasiado éxito, entre otras razones por las enormes pérdidas debidas a la evaporación y por el problema de las dunas móviles. Como el lugar propuesto se encuentra también en una depresión, otro posible inconveniente es el anegamiento.

Resultados y políticas en el sector agrícola

Aunque la agricultura continúa siendo un sector importante de la economía egipcia, su parte en el PIB ha disminuido notablemente, pasando desde más del 38 por ciento en 1975 al 25,6 por ciento en 1985 y al 16 por ciento en 1994-95. La pérdida de importancia económica de la agricultura es consecuencia del mayor dinamismo de otros sectores, en particular, el aumento de los ingresos derivados del petróleo y de la explotación del canal de Suez. No obstante, ese descenso refleja también el flojo comportamiento del sector agrícola, obstaculizado por la escasez de recursos naturales y una estructura muy complicada de controles durante los pasados decenios. La producción alimentaria y agrícola, que ha conocido grandes fluctuaciones, ha aumentado sólo con lentitud, sobre todo entre los últimos años sesenta y primeros ochenta, en que llegó incluso a disminuir aproximadamente un 10 por ciento en cifras per cápita. Posteriormente el crecimiento de la producción se aceleró hasta alcanzar un ritmo bastante sostenido, aunque con algunos reveses temporales, en particular en 1988-89 y 1994. No obstante, en términos generales, la producción interna ha sido insuficiente para cubrir las necesidades de una población en rápido crecimiento, por lo que ha habido que importar masivamente alimentos, tanto en condiciones comerciales como en forma de ayuda alimentaria. El valor de las importaciones de cereales, que representan más de un tercio del total de las importaciones agrícolas, creció rápidamente durante los años setenta, alcanzado en 1982 un máximo de 1 700 millones de dólares EE.UU., pero desde finales del decenio de 1980 ha disminuido aproximadamente a 900 millones de dólares en los últimos años. En algunos períodos, en particular en 1987-90, el valor de las importaciones de alimentos superó de forma significativa el valor total de las exportaciones de mercancía. Ello se explica en gran medida por la considerable proporción de importaciones de alimentos efectuadas en condiciones favorables o en forma de donación. De hecho, Egipto recibió volúmenes considerables de ayuda alimentaria de cereales desde 1975-76, ayuda que en algunos años superó ampliamente los 2 millones de toneladas, es decir, aproximadamente un tercio del total de las importaciones de cereales del país. En esos años, Egipto estaba recibiendo entre el 15 y el 20 por ciento del total de la ayuda mundial en cereales. No obstante, desde 1991, la ayuda alimentaria en cereales recibida por Egipto ha descendido y en los últimos años es de aproximadamente 200 000 toneladas.

La preocupación por el bienestar social ha ocupado tradicionalmente un lugar central en las políticas del gobierno egipcio. Las políticas agrícolas y alimentarias se han orientado a garantizar la disponibilidad de alimentos básicos a precios baratos y asequibles para la inmensa mayoría de la población. En la medida en que han contribuido a aumentar la ingestión media de alimentos y a reducir la pobreza, estas políticas pueden calificarse de acertadas. No obstante, han tenido también el efecto de deteriorar el entorno económico para el desarrollo de la agricultura. Con el fin de lograr los objetivos de una alimentación barata, las intervenciones de los gobiernos relacionadas tanto con la producción como con el consumo de alimentos se aplicaron mediante controles directos de los precios y, en forma indirecta, a través de políticas cambiarias. Hasta la alineación del tipo de cambio ocurrida en 1991, la valoración de los alimentos agrícolas y de los productos no alimentarios con el tipo de cambio oficial (sobrevalorado) dio lugar a unos precios artificialmente bajos tanto para los productos agrícolas importados como de los productos nacionales comerciables. Ello supuso un fuerte gravamen para los productores internos. El impuesto implícito que recaía sobre el trigo pasó del 42 por ciento en 1973-79 al 55 por ciento en 1980-85. La misma tendencia se observó en los casos del arroz y del maíz.

Al mismo tiempo, la producción se subvencionó mediante la prestación pública de servicios agrarios y una tasa muy baja o nula de recuperación de los costos de operación y mantenimiento en la inversión pública. Las subvenciones directas a los insumos agrícolas, como fertilizantes, plaguicidas, semillas y piensos, comenzó ya en los años setenta. Las políticas socialistas preveían la redistribución de tierras, la formación de cooperativas agrarias y el control estatal de la superficie cultivada y de las pautas de cultivo. El Estado emprendió grandes planes de inversión en regadío con el fin de recuperar tierras marginales, lo que contribuyó a aumentar la superficie de tierra realmente cultivable. El Gobierno intervino también mediante la nacionalización del comercio del algodón, los monopolios públicos y un sistema obligatorio de entrega para los cultivos de exportación.

Desde el comienzo del programa de reforma, tanto las intervenciones directas como indirectas en la agricultura se han eliminado en su mayor parte y se ha abolido la mayoría de las subvenciones. Si bien las reformas económicas en el sector agrario han contribuido sin duda a crear unas mejores condiciones generales para la actividad agrícola, es difícil de evaluar hasta qué punto se han traducido en progresos de la producción y la productividad. En términos generales, el crecimiento de la producción agrícola alcanzó durante 1991-96 un promedio del 2,7 por ciento anual, próximo al crecimiento demográfico, lo que representa una mejora con respecto a la evolución de los decenios anteriores. No obstante, la situación varía significativamente según los cultivos, y la producción agrícola ha continuado sujeta a fuertes fluctuaciones. De hecho, dentro de las cifras medias sobre el crecimiento de los años noventa, hubo oscilaciones desde el -3,3 por ciento de 1994 hasta el 7,4 por ciento de 1995. En lo que respecta a los distintos cultivos, la producción de trigo aumentó de forma significativa (34 por ciento) entre 1990 y 1996, gracias sobre todo a los mejores programas de extensión y de recuperación de tierras, iniciados en los años centrales del decenio de 1980, pero la producción de maíz creció sólo un 14 por ciento durante ese mismo período. Después de dos malas campañas agrícolas, que hicieron descender la producción de algodón a los niveles más bajos desde hacía varios decenios, la producción aumentó en 1996 casi un 50 por ciento con respecto al volumen de 1995, debido al aumento del 40 por ciento de la superficie dedicada a este producto, así como a las mejores técnicas de lucha contra las plagas y a unos precios de mercado más favorables. De la misma manera, la liberalización de los precios contribuyó a lo largo de los años a aumentar la producción de arroz, que alcanzó un récord de 2,8 millones de toneladas en 1996, previéndose un excedente de exportación de 600 000 toneladas. El considerable volumen de agua necesario para este producto, el elevado costo de su cultivo y la notable demanda interna quizá impidan que se formen excedentes de exportación en el futuro.

Subvenciones al consumo y seguridad alimentaria

A pesar de las deficiencias del sistema interno de suministro de alimentos y de las dificultades financieras planteadas por la necesidad de efectuar considerables importaciones alimentarias, Egipto ha conseguido un notable éxito en el intento de mejorar el estado de nutrición de la población. El suministro de calorías aumentó rápidamente, pasando de aproximadamente 2 500 calorías/día durante los primeros años setenta a unas 3 200 calorías/día en los primeros ochenta, y posteriormente se mantuvo en un nivel elevado. Las cifras actuales de 3 340 calorías/día son aproximadamente un 15 por ciento superiores a la media de la región del Cercano Oriente y Africa del Norte, y un 25 por ciento superiores al promedio de los países en desarrollo en general.

Las mejoras introducidas en el nivel de consumo de alimentos de una gran mayoría de la población se han conseguido en buena parte a través de medidas de bienestar social, en particular subvenciones a los alimentos de consumo, ofrecidas durante los dos últimos decenios de políticas fiscales expansionistas.

En los años ochenta, Egipto contaba con uno de los mayores sistemas mundiales de subvenciones al consumo. El Gobierno garantizaba a cada individuo una cuota de arroz, aceite, azúcar, té y jabón a través de un sistema de tarjetas de racionamiento. Además, las tiendas cooperativas estatales vendían alimentos como macarrones, huevos, aceite, queso, azúcar y té a precios inferiores a los del mercado. El pan todavía se vende a precios subvencionados en cantidades ilimitadas.

Además de los planes de tarjetas de racionamiento, había un sistema oficial de control de los precios de consumo de los alimentos. Durante el período 1975-79, el precio que los consumidores pagaban por el trigo de producción nacional era aproximadamente la mitad de lo que costaba al Gobierno, mientras que el del trigo importado era un tercio del costo internacional. Políticas semejantes se aplicaron al azúcar, harina de trigo y frijoles.

En gran parte como consecuencia de las políticas de subvención de los alimentos, durante el período de rápido crecimiento económico el porcentaje de la población urbana pobre, que según las estimaciones representaría aproximadamente el 37 por ciento de la población en 1974/75, descendió a aproximadamente al 23 por ciento en 1981/82. En las zonas rurales, este descenso fue todavía más pronunciado.

No obstante, el alto nivel de protección del consumidor contribuyó a unos déficit presupuestarios insostenibles que alcanzaron un máximo, entre 1980 y 1982, de aproximadamente el 10 por ciento del PIB. Casi la mitad de las subvenciones se destinó a cubrir los costos del trigo fuertemente subvencionado, mientras que otro tercio del total de las subvenciones se destinó al azúcar.

Como consecuencia de la recesión mundial y regional que se registró durante la mayor parte del decenio de los ochenta, y que para Egipto significó desequilibrios macroeconómicos y una desaceleración del crecimiento económico, se anularon los progresos efectuados hacia una mayor seguridad alimentaria y en la reducción dela pobreza. La producción de alimentos fue especialmente decepcionante durante la primera parte de los años ochenta, y el costo de las importaciones de cereales se duplicó con creces entre 1978 y 1981.

Un elemento importante del programa de reforma económica de 1991 fue la reducción de las subvenciones al consumo, que bajaron al 2,3 por ciento del PIB durante 1990-93. En cifras per cápita, el valor real de la subvención media descendió desde 108,4 libras egipcias durante 1980-89 a menos de la mitad, 41,8 libras, durante 1990-93. En 1993, se eliminaron la mayor parte de las subvenciones pero continuaron todavía las correspondientes al trigo, el aceite y sus productos y el azúcar.

La liberalización de la economía ha producido dividendos en forma de estabilización y descenso de los precios de los alimentos, en particular en los dos últimos años.

58 Naciones Unidas. 1995. Impact of selected macroecon-omic and social policies on poverty: the case of Egypt, Jordan and the Republic of Yemen, pág. 14. E/ESCWA/ED/1995/6. Nueva York.

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