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Preámbulo

Los últimos años del siglo XX fueron generalmente poco favorables para la alimentación y la agricultura mundiales. El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2000 sólo da cuenta de un crecimiento muy modesto de la producción agrícola mundial en 1998, y las estimaciones para 1999 no parecen anunciar mejora alguna al respecto. Especialmente para los países en desarrollo, donde los resultados del sector agrícola suscitan particular preocupación, las perspectivas para 1999 indican una marcada contracción de la producción agropecuaria, en una tendencia negativa que se registra por tercer año consecutivo. Para muchos de estos países ha sido un período difícil, con condiciones climáticas excepcionalmente adversas que se sumaron a las repercusiones económicas negativas de la crisis financiera que estalló en 1997, a la reducción de los precios de varias de sus principales exportaciones de productos básicos y, en un cierto número de casos, a situaciones de inestabilidad política y conflictos. Las perturbaciones del suministro alimentario vinculadas con estos problemas han determinado, en distintas partes del mundo, la aparición o la persistencia de graves situaciones de emergencia alimentaria en un número considerable de países, que actualmente son más de treinta.

El cierre de un milenio constituye un momento oportuno para analizar el pasado en busca de enseñanzas para el futuro. En el capítulo especial de El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2000 titulado «La alimentación y la agricultura en el mundo: enseñanzas de los cincuenta últimos años» se exponen los logros y fracasos de la humanidad en su lucha contra la pobreza y el hambre durante los últimos cincuenta años, un tema que estimula la reflexión histórica así como el análisis prospectivo.

En el conjunto, los últimos cincuenta años han sido un período de progresos sin precedentes en muchos aspectos. Se han registrado avances importantes respecto de todos los indicadores del desarrollo: ingresos reales, esperanza de vida al nacer, reducción de la mortalidad infantil, niveles de enseñanza y nutrición. La ciencia y la tecnología han modificado la vida cotidiana de muchas personas en una medida que hubiera sido inimaginable a mediados del siglo XX; personas de recursos incluso modestos pueden hoy aspirar a una atención médica, una movilidad, unas comunicaciones mejores de las que disponían en aquella época los más ricos; han desaparecido diversas enfermedades que afligían a la humanidad desde tiempos inmemoriales; se ha hecho habitual que el hombre y sus máquinas viajen al espacio exterior; por último, en el campo de las computadoras y la tecnología de la información las innovaciones se suceden a ritmo desenfrenado, ofreciendo soluciones para nuestros problemas concretos y transformando profundamente la interacción social y económica entre las personas así como el comportamiento de éstas.

Una de las realizaciones alcanzadas ha sido el progreso en la lucha contra el hambre. La desnutrición, especialmente en los populosos países asiáticos, ha disminuido, y se han logrado superar con éxito dificultades de proporciones y complejidad ingentes.
Las hambrunas que amenazan a la humanidad desde sus albores y que se cobraron millones de vidas en los últimos decenios hoy se producen sólo en circunstancias excepcionales, principalmente en caso de guerras y conflictos que azotan a países ya aquejados por problemas graves de desnutrición y capacidad institucional deficiente.

Y sin embargo, los últimos cincuenta años nos han dejado también un gran número de problemas no resueltos, de nuevos desafíos, riesgos e incertidumbres. Debemos preguntarnos cuál es el significado y el alcance de nuestros logros económicos y tecnológicos, así como el costo que comportan para nosotros y para las generaciones futuras. En el conjunto hay una triste ironía en nuestros logros tecnológicos y económicos si se considera la sórdida desesperanza en que sigue viviendo un sector considerable de la humanidad. Más de 800 millones de personas -el 13 por ciento de la población mundial- aún no tienen acceso a los alimentos que necesitan, y esto las condena a una vida corta y frustrada.

Los observadores de nuestro tiempo lo han bautizado de diversas maneras: era de la información, era atómica, era de la globalización. Pero merecería también el triste título de «era de la desigualdad»: es difícil, en efecto, encontrar una descripción más idónea para un mundo con disparidades e injusticias tan impresionantes como injustificadas; un mundo en el que el 20 por ciento más pobre de la población recibe poco más del 1 por ciento de los ingresos totales, mientras que al 20 por ciento más rico le corresponde el 86 por ciento. Asimismo nos resulta difícil concebir un futuro de sociedades seguras y civilizadas mientras se permita que tales disparidades se sigan ahondando; y sin embargo, bajo ciertos aspectos los datos que tenemos ante nosotros parecen indicar que ésta será la tendencia. Por ejemplo, entre 1960 y 1994 la proporción entre los ingresos del 20 por ciento más rico y el 20 por ciento más pobre de la población creció de 30:1 a 78:11. Más allá de las estadísticas generales existen desigualdades y disparidades difundidas -dentro de cada país y entre distintos países- entre población rural y urbana, entre distintos grupos étnicos y minorías, entre mujeres y hombres. El concepto de desigualdad también puede considerarse en su aspecto intergeneracional: la cultura del consumismo, por una parte, y por otra las estrategias de supervivencia de la población pobre, se han traducido a menudo en daños ambientales que comprometen las capacidades y el potencial de las generaciones futuras.

También se observan desigualdades dentro de las sociedades agrícolas y rurales. Es sabido que la población más pobre tiende a concentrarse en las zonas rurales, una característica que se mantiene con pertinacia. En el ámbito de la agricultura esta publicación pone de relieve las diferencias tecnológicas, productivas y de ingresos entre los sistemas agrícolas modernos y tradicionales en un proceso que determina la pauperización progresiva de los agricultores en pequeña escala, puesto que éstos no tienen posibilidad alguna de competir con las fincas modernas capitalizadas en una economía mundial cada vez más abierta.

Existen fuerzas muy potentes tras la tendencia al aumento de la desigualdad.
El proceso en curso de globalización y liberalización de los mercados podrá abrir nuevas oportunidades para todos, pero sobre todo para aquellos que cuenten con los recursos, la información y los conocimientos técnicos para poder aprovecharlas.

Para ello, estamos convencidos, de que es posible ganar la batalla contra la desigualdad, la pobreza y el hambre. El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2000 preconiza la superación de la «trampa de la pobreza» mediante enfoques en que los gobiernos y las estructuras institucionales desempeñan un papel primordial. Es fundamental que el sector público no renuncie a su función de proveedor de servicios sociales básicos y no descuide a la población pobre y vulnerable, y también es indispensable que cree un marco institucional capaz de propiciar y proteger la iniciativa de las personas y de premiar los esfuerzos que realizan. En la publicación se subraya también el hecho evidente pero a menudo olvidado de que, en vista de que la pobreza y la desnutrición se concentran principalmente en las zonas rurales, todo esfuerzo serio por aliviar estos flagelos deberá necesariamente comenzar por el desarrollo agrícola y rural. El hecho de que muchas de las personas aquejadas por la pobreza sean productoras de alimentos básicos destaca la necesidad de una orientación política clara: ayudarles a producir los alimentos con más eficiencia y en cantidad y calidad más elevadas como primer paso para salir de la pobreza. Lecciones dolorosamente aprendidas destacan la importancia de que se respeten estos sencillos principios en materia de políticas.
En los últimos cincuenta años se han logrado aumentos sorprendentes de la productividad agrícola gracias al progreso de la tecnología y los conocimientos. El desafío principal consiste ahora en reducir la brecha tecnológica adaptando tecnologías mejoradas, tanto viejas como nuevas, a las condiciones y las necesidades locales de los países de bajos ingresos con déficit de alimentos y de zonas particulares dentro de cada país. Esto no significa que no deba intensificarse la investigación científica en busca de nuevos caminos tecnológicos, sino todo lo contrario. La biotecnología, en particular, ofrece perspectivas prometedoras, y su aplicación a la agricultura se encuentra aún en una fase inicial. Sin embargo, su desarrollo debe emprenderse teniendo en la debida cuenta tanto los aspectos éticos como los riesgos relacionados con la calidad e inocuidad de sus productos.

De la experiencia de los últimos cincuenta años puede extraerse la conclusión general de que mucho se ha logrado ya en el intento de reducir el hambre en el mundo, pero también es mucho lo que queda por hacer para erradicar este flagelo. Hoy existe la tecnología necesaria y se dispone de recursos suficientes, de manera que si no cumplimos nuestro compromiso de erradicar el hambre no tendremos, ante las nuevas generaciones, otra justificación que nuestra ignorancia, nuestra falta de perspicacia y nuestro egoísmo.

1Instituto Mundial sobre Recursos. 1998. World Resources 1998-99, p. 145. Oxford, Reino Unido, Oxford University Press.

Jacques Diouf
DIRECTOR GENERAL DE LA FAO


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