Alimentos a nuestro alcance

Alimentos a nuestro alcance

27/01/2014

Al recorrer el Alto Andágueda, Resguardo Indígena ubicado en el Municipio de Bagadó en el Chocó - Colombia, es fácil darse cuenta de que allí todo es diferente. En lugar de carreteras, hay caminos estrechos que se abren paso entre la montaña y la selva, rodeados de abundante vegetación y que atraviesan ríos y quebradas. En donde el río es lo suficientemente caudaloso, el paso se hace a través de frágiles puentes colgantes que se mecen al paso de hombres, mujeres, niños, niñas, caballos y mulas.

No se oye nada. Al menos no nada de lo que se acostumbra escuchar en otras partes. El sonido de la naturaleza parece amplificado; el viento, la lluvia, los insectos y de vez en cuando, se escucha la voz de quienes suben o bajan la montaña a lomo de mula, advirtiendo su presencia a quien pueda venir en sentido contrario para turnarse el paso por el filo de la montaña. Es un camino largo y difícil para quien no haya crecido allí, pero cuando se consigue llegar a la cima de cada montaña, el imponente paisaje del Andágueda se entrega como recompensa a los ojos y a los sentidos. Mientras caminaba por los estrechos y empinados senderos, no dejaba de preguntarme ¿Cómo hacen estas personas para traer cosas como provisiones o materiales para construir sus casas?

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Luego de 6 horas caminando por las montañas, se asoma Aguasal. Lo primero que se ve a lo lejos es una escuela grande y una iglesia, que parecen extrañas en medio del paisaje. - ¿Cómo trajeron todo para construir semejante estructura? – Hacemos una breve pausa, nos refrescamos y seguimos nuestro camino pues aún no hemos llegado a Bajo Curripipí. Al cabo de dos horas más finalmente se ven a lo lejos las casas y  la comunidad que trabaja. Se oye música y se ve bastante actividad.

Para los habitantes, no es común recibir visitas. Aunque se nota que a quienes vienen conmigo ya los conocen bien. Se tratan como una familia, con especial efusividad y afecto. La comunidad Embera Katío saluda amable y me recibe con una bebida. Todos se reúnen en el centro de la vereda para escuchar atentos. Las mujeres, siempre juntas y con sus hijos cerca en un lado, los hombres al otro. Son ellos quienes participan, preguntan, organizan. Ellas escuchan atentas, pero no dicen mucho; no dicen casi nada. Usan coloridos vestidos y se ven muy contentas escuchando la música de fondo. Luego de un breve diálogo mediado por Omaira, intérprete indígena que nos acompaña, llega la hora de trabajar. Todos se organizan y hablan entre sí, pero no entiendo mucho. Hablan en su lengua.

Un grupo de mujeres regresan con Christian, un chef de la FAO que ha venido trabajando con ellas durante los últimos meses, intercambiando conocimientos sobre cocina. Están preparando un almuerzo para todos. Los hombres, me llevan a mostrarme el Centro Demostrativo y de Capacitación que han construido con los técnicos de FAO que han estado con ellos durante 10 meses poniendo en práctica diferentes modelos para producir alimentos variados en áreas cercanas a sus casas. Evelio Pepé es el profesor de la comunidad y hace de guía. Me muestra orgulloso la Huerta Comunitaria, como ellos llaman al Centro Demostrativo y de Capacitación. Está muy organizado y tienen todo señalizado. A diferencia de otros que he visto, este no está encerrado con alambre o malla, sino con guadua.

Evelio inicia el recorrido mostrándome la “compostera”. Me cuenta que las mujeres son las encargadas de llevar los desechos de la cocina, y que los usan para preparar los abonos, con ceniza arena del río. Son recursivos y usan lo que tienen en su ambiente.

Luego me muestra el semillero en el que tienen lulo, guama, aguacate y chontaduro y me habla de las variedades de verduras que han aprendido a cultivar y comer. “Este semillero nos sirve para sembrar en las fincas cerquita, porque a veces por el conflicto armado, los bombardeos… la idea es tener el cultivo cerca porque con los bombardeos no podemos ir a  las fincas lejos y nos quedamos sin comer” - me dice Evelio - y luego de un breve silencio continúa enseñándome las “azoteas” en donde está sembrada la cebolla, la albahaca, el cilantro, el rábano, el zapallo, los tomates, las habichuelas. Evelio explica entusiasmado cómo se preparan y me los recomienda en el sancocho.

Veo que han construido unas zanjas alrededor del cultivo y me explican que sirven para que el agua no inunde la huerta. Evelio me cuenta que antes se les dañaban mucho los cultivos por el exceso de agua y que con estas zanjas que les enseñó a construir la “Profe Érika” ya no se pierden tantas semillas.

Salimos de la huerta comunitaria, en donde espera Sebastiana. Ella trabaja como auxiliar de salud en la comunidad. Dice que quiere mostrarme algo y me lleva a un lado de la huerta. Se ve una quebrada de agua que baja desde la montaña.  Ella comenta que ahora se ve limpia, pero que antes no era así. “Antes todos se bañaban aquí, pero Omaira nos explicó que no debíamos hacer eso,  porque el agua bajaba contaminada a las casas, y los niños se enfermaban, entonces la comunidad se puso de acuerdo, hablamos las mujeres y limpiamos todo… las botellas y latas las recogimos y abrimos un hueco para enterrarlas y no tenerlas más acá tiradas . Las conchas de plátano y primitivo, las llevamos a la compostera... recogimos toda la basura y ahora nos bañamos en otro lado”. Se ve satisfecha y feliz por los resultados.

Bajamos de nuevo a donde están reunidos todos. Bailan, cantan y esperan el almuerzo que un grupo de mujeres está terminando de cocinar. Están en medio de una celebración. En la parte alta se ve una pancarta en la que  se lee “Feria de Intercambio de Conocimiento - Alimentos siempre a nuestro alcance”. Veo pequeñas construcciones con techo de palma, en las que exhiben productos. Me acerco a mirarlos y algunos hombres de la comunidad muestran lo que tienen en las mesas. Se ven preparaciones tradicionales con maíz que han ido enriqueciendo con las hortalizas que están aprendiendo a cultivar.

Finalmente, nos llaman para almorzar. Todos hacen la fila para recibir un generoso plato de sancocho con muchas verduras y arroz con plátano porque no puede faltar. Las familias se reúnen para comer. Se ven felices disfrutando el fruto de un arduo trabajo. Ha sido un largo recorrido, para poder hablar con estas personas, que celebran hoy muchos logros. Construyeron una huerta comunitaria y un estanque para peces, lograron organizarse y descontaminar las quebradas que les llevan agua para preparar alimentos, han aprendido a cultivar, cocinar y comer alimentos nuevos y han hecho nuevos amigos. Cristian, Omaira, Erika, Lener, Nicanor, Servando y Cleyir son los técnicos de la FAO que con el financiamiento del Departamento de Ayuda Humanitaria y Protección Civil de la Comisión Europea, vinieron a acompañarlos y a aprender con ellos en el proceso.

En el Alto Andágueda, la noción del tiempo y la distancia es otra. Todo parece suceder más despacio, tal vez porque todo está lejos. Visitar a un familiar en otra vereda, puede representar 2 o 3 horas caminando; sacar a una persona enferma hasta donde pueda recogerla un carro, puede tardar entre horas y días, generalmente expuestos a los peligros que representa vivir rodeados por Grupos Armados en constante confrontación. Ahora entiendo por qué la pancarta decía “Alimentos a nuestro alcance”: una frase sencilla que resume el más grande logro que celebran las comunidades en este alejado resguardo del Municipio de Bagadó.