Vista para los negocios: agricultoras que se convierten en empresarias en Rwanda


Las medidas de protección social incrementan las capacidades y la confianza en los pequeños campesinos

Christine tiene vista para los negocios, sólo necesitaba el capital y un poco de confianza para convertir su huerto en una actividad rentable. ©FAO/Teopista Mutesi

27/02/2019

Christine Mushimirimana es una campesina del distrito de Rubavu en Rwanda. Al igual que ella, los habitantes de esta comarca ruandesa son en su mayoría pequeños agricultores. La tierra es fértil, pero la mayoría de los agricultores carecen de acceso a semillas, fertilizantes y buenas prácticas agrícolas. Como consecuencia, la zona tiene las tasas de malnutrición más altas del país.

Al principio, Christine se dedicaba a algunos cultivos como frijoles y maíz, básicamente para alimentar a su familia, pero no era suficiente. También mantenía a los suyos trabajando a tiempo parcial en campos de otros propietarios, ganando un salario escaso. Dos de los hijos de Christine se vieron obligados a abandonar la educación secundaria, ya que, a pesar de que asistían a escuelas públicas, no podía pagar su material escolar.

En 2017, Christine fue seleccionada para participar en un proyecto de protección social de la FAO. Como parte de la capacitación, recibió un paquete de iniciación con plántulas de aguacate, semillas de hortalizas y dos cabras. Además, obtuvo formación sobre buenas prácticas agrícolas para la producción de hortalizas y la cría de pequeños animales a través de una Escuela de campo y de vida para agricultores (FFLS, por sus siglas en inglés), que también incluyó la capacitación en agronegocios, nutrición, igualdad de género y educación financiera.

Con estos nuevos conocimientos e insumos, Christine cultivó las plántulas y en la primera cosecha recolectó mucho más de lo que su familia podía consumir. Su visión del cultivo de hortalizas ha cambiado.

“Antes, no podía permitirme comprar fertilizante. Las cabras que recibí me dieron estiércol orgánico, que utilicé en mi huerta, y me di cuenta de que aumentaba los rendimientos. Vendí algunas de las hortalizas sobrantes y pasados tres meses, estaba recolectando de nuevo... ¡era increíble!”, asegura Christine con emoción.

Su cosecha ha pasado de tan sólo una veintena de coles a más de 500, todas de su huerto.

“He añadido zanahorias, remolachas y berenjenas. Con las técnicas de cultivo mejoradas, puedo dedicarme a la agricultura comercial. La próxima temporada planeo cultivar hortalizas en un terreno más grande”, explica Christine.

Christine fue una de los 600 participantes en las Escuelas de campo y de vida para agricultores de la FAO. Cada grupo aprendió buenas prácticas agrícolas, así como algunas otras competencias importantes, como conocimientos financieros. ©FAO/Teopista Mutesi

Los 600 participantes del proyecto se organizaron en cinco FFLS. Cada grupo comenzó una iniciativa de ahorros y préstamos a través de la cual los hogares ahorraban dinero cada semana de forma colectiva. Los miembros del grupo de Christine contribuyeron cada uno con 400 francos ruandeses (cerca de 0,46 USD) por semana. La FAO suministró una base inicial de 300 000 francos (335 USD) a cada grupo.

Christine tomó dinero prestado del grupo y comenzó un pequeño negocio de venta de frutas y hortalizas en un mercado al borde de la carretera principal.

“Poco a poco mi negocio ha ido mejorando. Las ganancias son más del doble del salario que recibía por una jornada entera de trabajo. He dejado de trabajar para otros. Ahora puedo obtener la misma cantidad de dinero que ganaba cultivando las tierras de otros, con mucho menos esfuerzo”, afirma Christine con una sonrisa.

“Siempre había tenido vista para los negocios –explica, pero no tenía el capital ni la formación, y sobre todo, no contaba con la confianza suficiente para probar. A través de la capacitación, se nos animó a ser empresarios”.

Además de los ingresos adicionales, una mayor cosecha del huerto significa una mejor nutrición para su familia: “Comer hortalizas es algo que nunca nos habíamos planteado. Pensábamos que era para familias ricas. Ahora ofrezco a mis seis hijos una dieta equilibrada con verduras en cada almuerzo”, añade Christine.

Sébastien ayuda a Christine a identificar las malas hierbas en su plantación de zanahorias. ©FAO/Teopista Mutesi

Sébastien Nzabanita, uno de los voluntarios de extensión de protección social del gobierno, hace un seguimiento con todos los participantes del proyecto en el grupo de Christine. Cada semana visita la parcela de Christine y comprueba que su huerto y su ganado estén en buen estado de salud.

“Sébastien me ha ayudado mucho. Me aconseja sobre el tipo de hortalizas a cultivar y buenas prácticas agrícolas que aumentarán la productividad. También comparte conmigo las experiencias de otros agricultores”, dice Christine.

Sébastien también fue capacitado por la FAO para proporcionar apoyo de las FFLS a los participantes durante y después de la implementación del proyecto, a fin de garantizar su sostenibilidad. Ha observado un cambio de mentalidad entre los participantes en la iniciativa. “Antes se resistían a hacer ciertas cosas. Por ejemplo, si les pedía que plantaran dos semillas en un hoyo, en vez de eso sembraban cuatro semillas, porque era a lo que estaban acostumbrados”, explica Sébastien.

Los hijos de Christine han vuelto a la escuela y su madre es optimista, ya que sus nuevos conocimientos y prácticas han mejorado su propia vida y la de sus hijos.

Las medidas de protección social son esenciales para reducir la pobreza y el hambre, especialmente en las zonas rurales. En los distritos de Rubavu, Nyabihu, Rulindo y Gakenke de Rwanda, la FAO apoya los programas agrícolas de protección social, que permiten a los agricultores pobres de las zonas rurales reforzar su capacidad para gestionar riesgos, participar en más actividades económicas y productivas y crear un futuro #HambreCero.


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