El control de plagas

Protección vegetal y plaguicidas

Las plagas cuestan miles de millones de dólares anuales por pérdidas de producción agrícola, y roedores e insectos destruyen por lo menos el 10 por ciento de las cosechas almacenadas. En 1970 las enfermedades devastaron una sexta parte de la cosecha de maíz de los Estados Unidos. Unos años después, en ese mismo decenio, Java perdió el 70 por ciento de su cosecha de maíz infestada de insectos, y una plaga de gusano barrenador en Texas costó 375 millones de dólares EE.UU. Los productores de papas del mundo gastaron cerca de 1 600 millones de dólares EE.UU anuales para combatir el hongo que causó la hambruna de papas irlandesa del decenio de 1840. La peste bovina, enfermedad fatal que en el decenio de 1890 eliminó entre 80 y 90 por ciento del total del ganado del Africa subsahariana, hoy es objetivo de una campana panafricana coordinada de erradicación.

Los plaguicidas ayudan. Su uso se ha multiplicado por 32 entre 1950 y 1986, y los países en desarrollo ocupan una cuarta parte del uso mundial de plaguicidas. Pero un uso inadecuado y excesivo puede contaminar los alimentos y el medio ambiente y, en algunos casos, dañar la salud de los agricultores.

Los plaguicidas también matan a los enemigos naturales de las plagas, lo que permite a éstas multiplicarse, y la cantidad de especies de plagas resistentes a los plaguicidas ha aumentado desde unas pocas de hace 50 años hasta 700 de hoy.

Los sistemas biológicos de control, como el uso de enemigos naturales de las plagas, son útiles. En Africa Occidental la introducción de la avispa ha producido un control espectacular de la babosa de la yuca, salvando así este cultivo alimenticio básico para millones de africanos. En la India las semillas del árbol neem, Azadirachta indica, se usan como insecticida natural para proteger las cosechas y los granos almacenados. Los investigadores han encontrado que las sustancias activas pueden controlar más de 200 especies de plagas, inclusive plagas importantes como las langostas, los gorgojos del maíz y los gusanos del arroz, pero sin dañar a las aves, los mamíferos ni a los insectos benéficos como las abejas.

Los científicos han creado nuevas variedades de plantas utilizando a menudo genes de variedades silvestres con resistencia inherente a las enfermedades. Los genes silvestres se han utilizado para proteger las plantaciones cafetaleras del Brasil, y una variedad silvestre de maíz mexicano proporciona resistencia contra siete enfermedades importantes.

Tanto los plaguicidas como el control biológico pueden ser costosos; las plagas se hacen cada vez más resistentes a las sustancias químicas, y es necesario que el especialista en mejoramiento genético renueve con regularidad la resistencia genética de las plantas a las plagas.

El manejo integrado de las plagas (MIP), actualmente base de las actividades fitosanitarias de la FAO, combina una variedad de métodos de control, comprendida la conservación de los enemigos naturales de hoy, la rotación de cultivos, los cultivos mixtos y el uso de variedades resistentes a las plagas. Los plaguicidas pueden seguir utilizándose de manera selectiva pero en cantidades mucho menores.

Cinco años después de introducido el manejo integrado de las plagas en Indonesia, el rendimiento de las cosechas de arroz aumentó 13 por ciento, y el uso de plaguicidas se redujo 60 por ciento. Sólo en los primeros dos años el Estado economizó 120 millones de dólares EE.UU. que hubiera gastado subsidiando sustancias químicas. En el Sudán, el control integrado de las plagas dio buenos resultados, con una reducción mayor de 50 por ciento del uso de insecticidas. En los Estados Unidos, un estudio realizado en 1987 encontró que los productores de manzanas de Nueva York y de almendras de California que utilizaban el control integrado de las plagas habían incrementado considerablemente sus rendimientos.