Género

Perspectivas

Recolectores de té en las laderas del Monte Goalpara, Indonesia [J. Micaud]

El empleo rural, el género y la pobreza

La pobreza suele empujar a las mujeres al empleo fuera de la granja, lo que puede marcar una diferencia clave en la situación de pobreza de sus hogares. La medida en que se beneficien las mujeres depende de la manera en que se distribuyan sus nuevos ingresos

por Marzia Fontana, con Cristina Paciello

Los vínculos existentes entre el empleo, la pobreza y la desigualdad entre ambos sexos son complejos y para comprenderlos se requiere un buen entendimiento del modo en que interactúan la dinámica familiar y los procesos del mercado laboral. La relación existente entre la pobreza y el empleo de las mujeres es de doble sentido. La pobreza puede empujar a las mujeres al empleo, lo que se conoce como "venta de urgencia de mano de obra”, a puestos de trabajo a menudo no estructurados y mal remunerados. Por otro lado, los ingresos obtenidos por las mujeres a partir del empleo suelen marcar una diferencia clave en la situación de pobreza de sus hogares.

No obstante, esto no significa necesariamente que la situación individual de la mujer en cuestión mejore, porque los ingresos familiares podrían no distribuirse de acuerdo con la cantidad de tiempo que cada miembro invierta en su obtención. Debería prestarse atención a la separación de los efectos sobre el bienestar individual de los efectos sobre el bienestar familiar medio, que podrían ser diferentes debido a la distribución desigual de los derechos, los recursos y el tiempo entre ambos sexos. Las políticas sobre empleo y desarrollo rural deben considerar debidamente la posición negociadora de la mujer tanto en el hogar como en el mercado laboral. La pobreza está ligada a su inclusión deficiente en ambas.

Las opciones disponibles son limitadas

En la mayoría de los países en desarrollo las mujeres suelen buscar empleo remunerado en respuesta a crisis económicas y circunstancias familiares difíciles como la separación y la viudedad. A menudo, el trabajo remunerado agrícola casual parece ser la única opción laboral disponible para las mujeres rurales pobres (en mayor medida que en el caso de los hombres rurales pobres). Debido a que están concentradas en un número reducido de ocupaciones y carecen de bienes para establecerse inicialmente, las mujeres pobres entran en el proceso de negociación con sus jefes en una posición débil. La vulnerabilidad podría forzarlas a vender su mano de obra a precios bastante inferiores a los de mercado.

Los hechos registrados en África meridional corroboran esta tendencia. En Mozambique, una gran proporción de las trabajadoras asalariadas son cabeza de familia y solteras. Las entrevistas en profundidad realizadas indican que las mujeres que son viudas o divorciadas tienen mayores dificultades a la hora de acceder a trabajos decentes. Su débil posición negociadora significa que con frecuencia tienen que aceptar un sueldo irregular y recibir, en el mejor de los casos, pocos beneficios. Los datos recogidos en Asia meridional muestran que las mujeres rurales de las familias más pobres tienen trabajos remunerados —son, especialmente, trabajadoras asalariadas— con más frecuencia que las mujeres de familias más adineradas. En Pakistán, por ejemplo, las mujeres de familias sin tierras o en aparcería participan más en el trabajo remunerado agrícola y trabajan más horas que las mujeres de familias propietarias de tierras.

Los ingresos laborales de las mujeres pueden marcar una diferencia clave en la situación de pobreza de las familias. Un estudio citado con frecuencia sobre Ghana y Uganda muestra que el índice de pobreza de las familias lideradas por mujeres que participan en actividades fuera de la granja se redujo más rápidamente que el índice de pobreza de otras familias. En Ghana, por ejemplo, durante el período 1987-1992 las familias lideradas por mujeres que combinan el trabajo en la granja con el trabajo fuera de ella experimentaron una disminución de su pobreza del 37 %, mientras que en las familias lideradas por hombres con características similares tal descenso fue del 14 %.

El estudio concluye que las mujeres de Ghana participan más en actividades ajenas a la granja que en la agricultura, mientras que en Uganda la situación es la contraria. En ambos países la elevada proporción de trabajo fuera de la granja realizado por mujeres se asocia a unos ingresos familiares altos. Esto sugiere que la capacidad de las mujeres de diversificarse y realizar actividades distintas a la agricultura podría constituir una vía eficaz para salir de la pobreza. No obstante, estos resultados deben considerarse con precaución ya que el período durante el cual se analizaron los cambios fue bastante breve (y el estudio es bastante antiguo).

Un estudio realizado en Viet Nam mostró resultados similares. La capacidad de las mujeres rurales de diversificarse y realizar actividades ajenas a la agricultura estaba más fuertemente asociada con el bienestar familiar que en el caso de los hombres. La diversificación en actividades ajenas a la granja, y no la diversidad por sí misma, explica el elevado nivel de ingresos familiares. El estudio también sugiere que, a pesar de invertir más horas en la realización de tareas domésticas y cuidando a los niños, la limitada remuneración de las mujeres por sus actividades fuera de la granja era similar a la de los hombres.

Cuanto mayores son los ingresos menor es la masa corporal

Todos estos resultados son notablemente específicos del contexto y se necesitan más datos fiables para respaldar tales afirmaciones. El trabajo rural ajeno a la granja puede ser muy diverso y las mujeres de los hogares más pobres podrían carecer de los recursos necesarios para participar en las actividades más rentables. El hecho de que los ingresos familiares aumenten como resultado del empleo remunerado de la mujer no significa que su situación mejore de manera paralela.

Un estudio realizado en Kenya muestra, por ejemplo, que el aumento de la participación de las mujeres en la producción de azúcar generó un notable incremento de los ingresos familiares y del consumo de alimentos. No obstante, el control directo de las mujeres sobre los ingresos obtenidos a partir de los nuevos cultivos comerciales es mucho menor que en el caso de los hombres. El aumento de los ingresos propios de las mujeres se asocia con la disminución de su índice de masa corporal porque el trabajo adicional y la mayor intensidad energética de las actividades son mayores que el incremento del aporte calórico.

En lo que respecta al impacto sobre los otros miembros de la familia, existen importantes datos que muestran que el acceso de las mujeres a los recursos económicos aumenta la proporción de gasto familiar destinado a "bienes públicos" y es más beneficioso para el bienestar familiar (especialmente el bienestar infantil) que en el caso de los hombres. No obstante, de manera más específica el impacto del acceso de las mujeres a empleo remunerado es más complejo debido a la presencia de dos efectos opuestos: un efecto positivo debido al incremento de los ingresos familiares asociados al trabajo remunerado de las madres y un efecto negativo debido a la potencial disminución del tiempo destinado a las tareas domésticas y al cuidado de los niños. Estas consideraciones sugieren que se debe prestar atención al tipo de empleo conseguido por las mujeres y a la intensidad de su trabajo.

Publicado el: 11/11/2009

Marzia Fontana, profesora del Instituto de Estudios sobre Desarrollo (Reino Unido) es economista con un interés especial en las dimensiones social y económica de las desigualdades. Este artículo es un extracto de: Gender dimensions of rural and agricultural employment: differentiated pathways out of poverty (FAO/FIDA/OIT, 2009).

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