Tanzania, mujeres desmalezando el arrozal.
FAO/17667/A. Conti

Las mujeres y los hombres desempeñan papeles igualmente importantes en la agricultura en todo el mundo, produciendo, elaborando y proporcionándonos los alimentos que consumimos. Las campesinas, en particular, son responsables de la mitad de la producción mundial de alimentos y producen entre el 60% y el 80% de los alimentos en la mayoría de los países en desarrollo. Sin embargo, pese a su contribución a la seguridad alimentaria mundial, las estrategias de desarrollo subestiman con frecuencia a las agricultoras y hacen caso omiso de ellas.

Las campesinas son los productores principales de los cultivos básicos de todo el mundo - el arroz, el trigo y el maíz -, que proporcionan hasta el 90% de los alimentos que consumen los pobres de las zonas rurales. Las mujeres siembran, escardan, aplican fertilizantes y plaguicidas, recolectan y trillan las cosechas. Su contribución a la producción de cultivos secundarios, como las legumbres y hortalizas, es incluso mayor. Esos cultivos, producidos principalmente en los huertos familiares, proporcionan nutrientes esenciales y representan a menudo el único alimento disponible durante los períodos de escasez previos a la cosecha o cuando las cosechas principales se pierden. Los conocimientos especializados de las mujeres en relación con los recursos genéticos aplicados a la agricultura y la alimentación hacen de ellas custodios esenciales de la diversidad biológica. En el sector pecuario, las mujeres dan de comer y ordeñan a los animales de mayor tamaño, además de criar aves de corral y animales pequeños como ovejas, cabras, conejos y conejillos de indias. Una vez que se ha recogido la cosecha, las mujeres aportan la mayor parte de la mano de obra necesaria para las actividades post-cosecha, responsabilizándose del almacenamiento, la manipulación, la constitución de reservas, la elaboración y la comercialización.



Siria, campesinas recogiendo la cosecha de guisantes enanos.
FAO/12431/F. Botts

Aunque las campesinas están asumiendo un papel crecientemente importante en la agricultura, siguen contándose entre los grupos de población más desfavorecidos. La guerra, la migración de los varones a las ciudades en busca de trabajo remunerado y la creciente mortalidad causada por el VIH/SIDA han producido un aumento del número de familias encabezadas por mujeres en los países en desarrollo. Esta "feminización de la agricultura" ha limitado considerablemente la capacidad de las mujeres, sujeta de por sí a restricciones significativas, para producir, procurar y preparar alimentos.

Diversos estudios realizados por la FAO demuestran que si bien en la mayoría de los países en desarrollo las mujeres son un pilar fundamental de los sectores agrarios, la mano de obra agrícola y los sistemas alimentarios, así como para la subsistencia diaria de la familia, han sido las últimas en beneficiarse de los procesos de desarrollo y el crecimiento económico en curso, y en algunos casos se han visto incluso negativamente afectadas por ellos. Se mantienen los prejuicios sexuales y la insensibilidad a las diferencias entre el hombre y la mujer: los encargados de elaborar las políticas, los planificadores del desarrollo y los proveedores de servicios agrícolas siguen pensando en los agricultores como "varones". Por esta razón, las mujeres encuentran más dificultades que los hombres para lograr acceso a recursos valiosos como la tierra, el crédito y los insumos agrícolas, la tecnología y los servicios de extensión, capacitación y de otro tipo que aumentarían su capacidad de producción.



Las mujeres recorren largas distancias para coger el agua en la zona de Tangalla en Sri Lanka.
FAO/17030/G. Bizzarri

Pese a que las mujeres son los principales productores y proveedores de alimentos, continúan siendo asociados "invisibles" en el desarrollo. La falta de disponibilidad de datos desglosados por sexo hace que la contribución de la mujer a la agricultura, en particular, sea mal conocida y que en la planificación del desarrollo se pasen por alto sus necesidades específicas. Esto afecta a cuestiones tan básicas como el diseño de aperos agrícolas. Pero para que pueda alcanzarse la meta fijada en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996, es decir, reducir a la mitad el número de personas hambrientas para el año 2015, es preciso realizar plenamente el potencial de la mujer en la agricultura.

La FAO reconoce que la potenciación de la capacidad de acción de la mujer es fundamental para mejorar los niveles de nutrición, aumentar la producción y distribución de alimentos y productos agrícolas, y realzar las condiciones de vida de las poblaciones rurales.

El Plan de acción de la FAO para la integración de la mujer en el desarrollo (1996-2001) vela por la integración de consideraciones de género en todos los proyectos y actividades pertinentes de la FAO y por la participación en ellos de las mujeres. Su finalidad es proporcionar a la mujer acceso en condiciones de igualdad a la tierra y otros recursos productivos y control sobre los mismos, incrementar su participación en los procesos de decisión y adopción de políticas, reducir su volumen de trabajo y aumentar las posibilidades de conseguir empleo remunerado e ingresos de que disponen.

 

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