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Plataforma de Territorios Inteligentes

Sostenibilidad sistémica

 

Apoyamos inversiones integradas que propicien el desarrollo a largo plazo del territorio, al abrir el foco estratégico desde la sostenibilidad económica hasta la sostenibilidad social y medioambiental.

Marco conceptual

En la segunda mitad del siglo pasado comienza la preocupación sobre los riesgos asociados al crecimiento basado solamente en necesidades económicas, debido a sus elevados costes ambientales y sociales. Por ello, en las últimas décadas han ido tomando fuerza los conceptos de sostenibilidad y de competitividad sistémica, hasta transformarse en conceptos definitorios de las democracias modernas. Tal como se definió en el Informe Brundtland de la ONU (1987), el desarrollo sostenible es aquél capaz de atender a las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas, y capaz de garantizar el equilibrio entre crecimiento económico, cuidado del medio ambiente y bienestar social. 

La “Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible” (Asamblea General de la ONU, 2015) reconoce que el mayor desafío del mundo actual es la erradicación de la pobreza, y sin lograrla no puede haber desarrollo sostenible. La Agenda presenta un plan de acción a favor de las personas, el planeta y la prosperidad, e incluye cuestiones relacionadas con el crecimiento económico, la sostenibilidad social y la sostenibilidad ambiental. La sostenibilidad económica implica un crecimiento económico robusto e inclusivo (mediante reformas estructurales e inversiones); la sostenibilidad social implica un desarrollo del territorio con igualdad de oportunidades para todos sus habitantes y con instituciones y agentes territoriales responsables; y la sostenibilidad ambiental implica el uso racional y conservación de los recursos y los sistemas naturales que nos sustentan, con plena conciencia en la toma decisiones sobre el desarrollo del territorio, que los efectos sobre la naturaleza han dejado de tener una escala local, para tener una escala global.

Ese triple equilibro del desarrollo territorial sostenible (económico, social y ambiental) es lo que se conoce como la Triple Vertiente de la Sostenibilidad: 

La sostenibilidad económica. Desde una visión sistémica, la sostenibilidad  económica del territorio abarca cuestiones relacionadas con los distintos sectores económicos, gestiones empresariales, productivas o de gestión pública local. La sostenibilidad económica de los proyectos de inversión en el territorio se refiere a la capacidad de continuar generando beneficios en el tiempo, incluyendo la disponibilidad continua de los recursos empleados. La rentabilidad en sí misma no es garantía de sostenibilidad ya que un proyecto mal gestionado fracasará sin importar la rentabilidad esperada de la inversión. La identificación de las prioridades locales de inversión realizada por los actores sociales de la comunidad rural, sobre la base de diagnósticos participativos, es un paso previo y fundamental para asegurar la apropiación por la población local de las acciones de planificación y gestión territorial, y con ello su futura su sostenibilidad. Otro factor determinante es la construcción de capacidades y vínculos entre actores económicos y sociales que fortalezcan la sostenibilidad económica de los planes de desarrollo y de los proyectos de inversión que contienen.

La sostenibilidad social. El objetivo de la sostenibilidad social es la eliminación de la pobreza a través de la equidad (como garantía de la igualdad de oportunidades y la justa distribución de los beneficios generados por el crecimiento económico) e inclusión social (como garantía de prosperidad compartida para todos los ciudadanos de un territorio y como requisito previo a la cohesión social ). La sostenibilidad social implica el respeto de los derechos humanos, y las justicia social a través de estrategias, acciones e inversión que permitan a los más desfavorecidos o marginados el acceso a los servicios básicos; la integración de mujeres, jóvenes y pueblos indígenas; el trabajo decente; la distribución equitativa de rentas; la conservación de las tradiciones y a los derechos de las comunidades. 

La sostenibilidad ambiental. Los daños ambientales y los peligros del cambio climático en todo el mundo son una amenaza grave para el desarrollo equitativo y la reducción de la pobreza. América Latina y el Caribe alberga algunos de los ecosistemas más valiosos del mundo, y su dependencia excesiva de sus recursos naturales para generar crecimiento económico la coloca ante la necesidad de conciliar las demandas de crecimiento con la protección  de sus hábitats y recursos. En el medio rural el uso de los recursos naturales como agua, suelos y vegetación suele ser el eje central de las inversiones. La creación de climas favorables para que dichas inversiones sean ambientalmente sostenibles es especialmente importante, y, sobre todo, en ámbitos sensibles como son la energía, los recursos hídricos, las aguas residuales, la gestión de desechos o la calidad del aire, ya que si en el tiempo de funcionamiento de la inversión el empleo de recursos naturales tiene como resultado su destrucción,  en un breve plazo de tiempo esos recursos se habrán agotado. 

El concepto de competitividad sistémica territorial (Esser y otros, 1996) ayuda a incorporar una visión integrada de los retos que los territorios tienen planteados en estos momentos, al abrir el foco estratégico desde la competitividad privada o sectorial hasta la competitividad de todos los actores y todos los sectores del territorio, en el convencimiento de que sólo una productividad social alta permite incrementar tanto la calidad de vida de sus habitantes, como los niveles de rentabilidad individuales y, como consecuencia, la posición estratégica del territorio en un marco global. La competitividad sistémica trata de tener en cuenta todos los factores que influyen, de alguna manera, en las actividades económicas que se desarrollan en un territorio, y que abarca desde las puramente mercantiles o económicas hasta las capacidades institucionales, las condiciones de trabajo, la seguridad, la justicia, la transparencia, el capital relacional, las redes, la calidad de vida y el respeto al medio ambiente. El ejemplo del crecimiento experimentado por la República de Corea pone de manifiesto la visión sistémica de su desarrollo. 

El crecimiento sistémico en la República de Corea

“En apenas medio siglo, la República de Corea ha pasado de ser uno de los países más pobres del planeta a convertirse en un actor global, con una sólida base industrial y una destacada presencia en las nuevas tecnologías. En 2008 la República de Corea puso en el centro de su estrategia el crecimiento verde y bajo en carbono, del cual es hoy día pionera. Destaca aquí una visión sistémica de su desarrollo territorial que, entre otros, incluye a los sectores energético, industrial, agrícola, transporte, construcción, desarrollo urbano, educación y salud. Corea del Sur ha sido muy efectiva en ofrecer ayuda y protección estatal a sectores claves de la economía, como la industria pesada, pero exigiendo al mismo tiempo resultados de eficiencia y de responsabilidad social a los empresarios privados que recibieron esos subsidios estatales. El enfoque de desarrollo de Corea puede ser un buen ejemplo que puede inspirar el debate en otros países y regiones del mundo”(CEPAL, 2015).
Más información en: Corea una experiencia interesante de desarrollo verde y tecnológico (CEPAL, 2015)

Los retos que plantea un enfoque sistémico son de alcance global. Son necesarios mayores niveles de exigencia institucional, de colaboración entre sectores y entre distintos niveles administrativos del territorio; de responsabilidad social; de capacidad de construir compromisos; así como marcos económicos, financieros y laborales sólidos y transparentes. El aprendizaje en valores, en visiones sistémicas de la realidad, o en mecanismos de democracia participativa forma parte del cambio hacia un modelo más sostenible.

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