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Ampliar la protección social es la vía más rápida para acabar con el hambre

Aunque proliferan los programas, la gran mayoría de los pobres en las zonas rurales no cuenta con ningún tipo de cobertura social

Foto: ©FAO/Amos Gumulira
Zelifa Kampeza, de 78 años, muestra su documento de identidad a los encargados de un programa social de transferencia de efectivo en Malawi
13 de octubre de 2015, Roma – La protección social se está convirtiendo en una herramienta fundamental en los esfuerzos para erradicar el hambre, sin embargo, la gran mayoría de los pobres en las zonas rurales del mundo no cuentan todavía con ningún tipo de cobertura. 
 
El informe El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2015 (SOFA), publicado hoy por la FAO, concluye que en los países pobres los planes de protección social -como las transferencias de efectivo, la alimentación escolar y las obras públicas- son una forma económica de proporcionar a las personas vulnerables la oportunidad de salir de la pobreza extrema y el hambre y mejorar la salud, educación y oportunidades en la vida de sus hijos.
 
Estos programas ayudan actualmente de diversas formas a 2 100 millones de personas en los países en desarrollo, incluyendo mantener a 150 millones de ellas fuera de la pobreza extrema. Ampliar estos programas en las zonas rurales y vincularlos a las políticas de crecimiento agrícola inclusive podría reducir rápidamente el número de personas pobres, señala el SOFA.
 
El informe ha sido publicado en vísperas del Día Mundial de la Alimentación (16 de octubre), centrado este año en el papel de la protección social para romper el ciclo de la pobreza rural.
 
"Es urgente que actuemos para apoyar a las personas más vulnerables con el fin de liberar al mundo del hambre", aseguró el Director General de la FAO, José Graziano da Silva.
 
“Los programas de protección social –explicó- permiten a las familias tener acceso a más alimentos, a menudo incrementando los que ellos mismos cultivan, y hace también que sus dietas sean más variadas y saludables. Estos programas pueden tener efectos positivos en la nutrición materna y del lactante, reducir el trabajo infantil y aumentar la asistencia a la escuela, todo lo cual incrementa la productividad”.
 
Escapar de la trampa del hambre
 
Tan sólo alrededor de un tercio de las personas más pobres del mundo están cubiertas por algún tipo de protección social. Las tasas de cobertura son aún más bajas en Asia meridional y África subsahariana, las regiones con mayor incidencia de la pobreza extrema, según el informe.
 
Sin esa ayuda, muchas personas pobres y vulnerables no tendrán jamás la oportunidad de salir de la trampa de la pobreza, en la que el hambre, la enfermedad y la falta de educación perpetúan la pobreza para las generaciones futuras.
 
La mayoría de los países -incluso los más pobres- pueden permitirse algún tipo de programa de protección social. La FAO estima que a nivel mundial, bastarían 67 000 millones de dólares EEUU anuales en suplementos de ingresos, aportados en su mayoría por los programas de protección social -junto con otras inversiones a favor de los pobres centradas en la agricultura- para poder erradicar el hambre en 2030. Eso supone menos del 0,10 por ciento del PIB mundial.
 
Comprender la protección social
 
En la actualidad, muchas familias extremadamente pobres se ven obligadas a vender los activos productivos, poner a los niños a trabajar, sobreexplotar sus pequeñas propiedades de manera no sostenible, o conformarse con empleos mal pagados.
 
Sin embargo, los planes básicos de transferencias sociales ofrecen a los pobres la oportunidad para mejorar su propio potencial productivo. También tienen efectos indirectos positivos en las economías locales, incrementando las oportunidades de negocio, elevando los salarios rurales, y permitiendo a los más pobres adquirir o invertir en activos.
 
En Zambia, por ejemplo, un programa piloto de subvenciones en efectivo permitió a los hogares receptores aumentar en gran medida el ganado en propiedad, así como las tierras puestas en cultivo, el uso de insumos y la tenencia de herramientas como azadas, hoces y hachas, llevando a un alza del 50 por ciento en el valor total los productos agrícolas de producción local. Los beneficiarios también gastan más en alimentos, ropa y salud e higiene: una cantidad un 25 por ciento mayor que el valor de la transferencia inicial. La comunidad en general también se benefició a través del aumento de la demanda de bienes y servicios producidos localmente generados por la transferencia: cada dólar transferido genera 79 centavos adicionales en ingresos, a menudo para los grupos no beneficiarios que prestan estos bienes y servicios.
 
Existen al menos 145 países que ofrecen hoy en día una o más formas de asistencia social, incluyendo las transferencias en efectivo incondicionadas -es decir, subvenciones a fondo perdido para los beneficiarios elegibles-, las transferencias de efectivo condicionadas -por lo general vinculadas a la asistencia a la escuela o chequeos de salud- y los programas de obras públicas que ofrecen empleo garantizado. Otras formas incluyen transferencias en especie, incluyendo la distribución de alimentos y los programas de alimentación escolar.
 
Dinero en efectivo
 
El informe destaca que es un mito la idea de que la protección social -incluso en forma de transferencias de efectivo incondicionadas-, reduce el esfuerzo de trabajo de las personas. Por el contrario, los receptores a menudo responden a la protección social de manera positiva, incluyendo con la mejora de la nutrición y la educación de sus hijos, confiando más en la producción propia en lugar de un trabajo asalariado mal pagado y también aumentando su participación en las redes existentes, como las "sociedades funerarias", una forma común de gestión de riesgos en muchas comunidades tradicionales.
 
Los sistemas de protección social también puede lograr transformaciones con el paso del tiempo. Un programa bien diseñado n Bangladesh proporcionó a mujeres rurales pobres ganado y otros activos productivos, así como un estipendio mensual para cubrir el período hasta que los beneficiarios fueron capaces de obtener ingresos adicionales.
 
El informe de la FAO también cita otros ejemplos exitosos de programas de protección social en Etiopía, Ghana y Lesotho.
 
Estas conclusiones demuestran que la protección social es una inversión y no un costo. Otro ejemplo claramente ilustrativo es la iniciativa brasileña Bolsa Familia, un plan bien integrado que llega a una cuarta parte de la población del país y cuesta sólo un 0,5 por ciento del PIB.
 
Aún así, el SOFA hace hincapié que la protección social por si sola no puede erradicar de manera sostenible el hambre y la pobreza rural. Por lo tanto, pone de relieve la importancia de combinar y coordinar las inversiones públicas en protección social con las inversiones públicas y privadas en los sectores productivos de la agricultura y el desarrollo rural. Estas acciones garantizarán el crecimiento económico inclusivo como forma sostenible para romper el ciclo de la pobreza rural.
 

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