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La lucha de la población rural pobre de Lesotho

Reciben insumos agrícolas 36 000 agricultores de subsistencia

Photo: ©FAO/Gianluigi Guercia
"Voy a guardar semillas de lo que estoy cultivando ahora.”
19 de mayo de 2010, Ha Barete - En el patio de Ralesoai Makhorole, de 70 años de edad, se exhibe un tractor descompuesto; una antena parabólica sobresale incongruente del muro frontal de esta casita de ladrillo. Ninguno de los dos funciona desde hace años. Hace 10 años Ralesoai trabajaba en una mina en Sudáfrica, cerca de aquí, y los bienes materiales que acumuló se han descompuesto y vuelto obsoletos.

La subsistencia cotidiana de su familia hoy depende de tres acres de maíz y habas que cultiva mediante un acuerdo de aparcería, y una hortaliza situada loma abajo de su casa.

"Estoy contento de jubilado porque sigo estando fuerte", explica Ralesoai. Son buenas noticias, porque hay tres personas ‒su esposa, un hijo adulto que no está bien de salud y otro  estudiante y adolescente ‒ que dependen de este dinámico abuelo para alimentarse y satisfacer las necesidades de la familia.

Ralesoai  es uno de los 36 000 agricultores de subsistencia de Lesotho seleccionados para recibir insumos agrícolas durante dos años, a través de un proyecto financiado por la Unión Europea y ejecutado por la FAO y el Ministerio de Agricultura y Seguridad Alimentaria. Este proyecto tiene como finalidad atenuar los peores efectos de la escalada de los precios de los alimentos y los insumos agrícolas y la crisis económica mundial.

Consumir y vender

La FAO y el Ministerio de Agricultura y Seguridad Alimentaria organizan ferias comerciales de insumos en los 10 distritos de Lesotho, donde los proveedores locales ofrecen a los agricultores vulnerables una variedad de semillas, herramientas y fertilizantes.

Los beneficiarios pueden "adquirir" los insumos seleccionados mediante un sistema de vales."Voy a tener suficientes productos para consumir y vender ‒explica Ralesoai, que acudió a una de las ferias‒. Ese dinero me va a ayudar a pagar los gastos escolares de mi hijo."

Hoy, al amanecer, trabaja en su huerto, labrando de nuevo partes del suelo que se compactaron durante las tempestades recientes. Las langostas devoraron las coles que estaban creciendo, pero en la feria seleccionó semillas de col que está sembrando de nuevo.

Preocupado por el tractor

Ralesoai mira con optimismo la temporada agrícola del año próximo: "Voy a guardar semillas de lo que estoy cultivando ahora, espero extender mis acres de frijoles y maíz, tal vez duplicarlos."

A pesar de su optimismo, Ralesoai y su esposa se quejan del tractor que representa lo que podría ser. "Si funcionara, haría maravillas. Hubiéramos podido sembrar trigo y toda clase de cultivos."

Pero esta pareja no tiene los 3 000 maluti (unos 400 USD) necesarios para repararlo, y su hijo que trabaja en una fábrica de ropa, a pesar de que a veces los ayuda, tiene cuatro hijos que mantener.

El tractor y la televisión están obsoletos, pero por lo menos ‒gracias al impulso decisivo y oportuno de las semillas y el fertilizante‒ la familia Makhorole puede imaginar tiempos mejores.