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Investigar los cultivos básicos del Congo

Un primer paso para producir más y mejor

14 de febrero de 2011, Kinshasa/Roma - "¿Que es lo que no tengo que hacer?, pregunta Stefan Hauser, del Instituto Internacional de Agricultura Tropical (IITA, por sus siglas en inglés). Hauser, responsable científico del componente agrícola de una operación de la FAO financiada por la UE en apoyo de la investigación agrícola y forestal en la Republica Democrática del Congo, describe la imagen de un país de la abundancia, en donde la mayoría de la gente no tiene suficiente para comer.

Con 80 millones de hectáreas de tierra cultivable, el potencial agrícola de la R. D. del Congo es enorme. Pero tan solo el 10 de esta superficie se utiliza, y la cifra total está disminuyendo: la superficie plantada de un cultivo básico como la mandioca ha descendido desde 2,4 millones de hectáreas en 1991 a 1,9 millones en 2001. Se calcula que el 75 por ciento de la población congoleña está subalimentada.

La investigación agrícola, el campo de especialización de Hauser, no está en mejor situación. De los 32 centros de investigación que el país tenía cuando se independizó en 1960, tan sólo nueve continúan operativos. Además, se encuentran mal equipados, según Hauser, y lo que es más grave: faltos de personal. El Instituto Nacional de Estudios e Investigación Agrícola (INERA) tiene 63 investigadores, de los cuales un puñado a nivel de doctores.

En este contexto, explica Hauser, el IITA -de acuerdo con la FAO y las autoridades congoleñas- ha elegido un enfoque "pragmático": utilizar la infraestructura existente, rehabilitarla y priorizar la investigación en las enfermedades y plagas principales de los cultivos básicos del Congo, como la mandioca y el plátano. Se trata de un primer paso hacia la reconstrucción de la capacidad científica que permita al Congo producir más y mejor, y finalmente, reducir la desnutrición.

Enemigos de la mosca blanca

"Existe un vacío en el Congo", explica Tony Bakelana en Mvuazi, una aldea en la provincia sudoccidental de Bas-Congo, que alberga un centro de investigación del INERA. Es uno de los 24 estudiantes -5 de doctorado y 19 de maestrías- que participa en proyectos de investigación agrícola financiados por REAFOR, acrónimo francés que hace referencia al proyecto de la FAO con fondos de la UE.

El proyecto REAFOR ha supuesto "un balón de oxígeno" para la investigación, según Bakelana, que prepara una maestría sobre el papel de la mosca blanca como vector del mosaico de la mandioca y del rayado marrón, virus que suponen amenazas letales a los rendimientos de la mandioca, de la que ha recogido muestras en cinco campos de experimentación en la provincia.

En el laboratorio de Mvuazi, Bakelana ha analizado los niveles de resistencia de las diferentes variedades de mandioca utilizadas. Su tesis, que defendió a finales de 2010, contribuyó a la identificación de los enemigos naturales de la mosca blanca, que pueden ocupar el lugar de los insecticidas para detener la propagación del virus.

Flores

A última hora de la tarde, las salas del laboratorio están iluminadas tenuemente con la luz del sol al atardecer. Junto a un archivador que contiene un estudio de 1942 sobre la vegetación de los parques nacionales del Congo, Germaine Vangu explica el estancamiento de la investigación agrícola durante las últimas décadas.

Vangu, investigadora asociada en el INERA desde 1992, está ocupada obteniendo extractos de árboles de plátano para analizar en ellos la presencia de gusanos que atacan sus raíces. Se trata tan solo de una pequeña parte de su amplia tesis doctoral para evaluar de forma completa el sistema de producción de plátanos en Bas-Congo. El estudio, según espera, contribuirá al resurgir del cultivo, eliminado de la provincia hace más de veinte años por una plaga: la sigatoka negra.

Al día siguiente, en medio de un campo entre cuatro hileras de cubos, Vangu asegura: "yo soy de este lugar". Ello explica porqué se sintió destrozada por la desaparición de las plataneras. Explica que significaban mucho para la gente, tanto como cultivo comercial como para su propia alimentación. "La gente decía que se debía a una maldición, porque nuestros campesinos estaban ganando demasiado dinero con los plátanos. Pero era la enfermedad", explica Vangu.

Hace seis semanas, Vangu plantó plataneras junto con vetiver, de forma diferente en cada cubo, variando en particular la profundidad de sus respectivas raíces. Espera ser capaz de determinar si la proximidad del vetiver puede ayudar a rehuir la incidencia de gusanos, sin producir pérdidas de rendimiento que -según sospecha- están provocadas porque las raíces de ambas plantas compiten por el agua y los mismos nutrientes.

Al observarla, concentrada en medir la altura de un plátano jóven, en un pequeño campo en medio de las sabanas del sudoeste del Congo, este gigante en el corazón de África, enfrentado a desafíos tan enormes como sus posibilidades, uno no puede dejar de preguntarse que es lo que motiva a una mujer como Germaine Vangu. Ella levanta la vista y sonríe: "siempre me han gustado las flores. Eso fue lo que me atrajo hacia la agricultura".