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Bajo presión

Sacar más provecho de las pequeñas y fragmentadas explotaciones de Burundi

Photo: ©FAO/Giulio Napolitano
Debido a que la tierra es sinónimo de supervivencia, una disputa puede ser el fin del mundo

22 de junio de 2011, Kibezi - El crecimiento demográfico es uno de los principales desafíos a los que se enfrente Burundi tras dejar atrás el conflicto civil. La FAO ayuda a los campesinos a producir más en menos tierra, y a encontrar formas de hacer rentable sus pequeños agronegocios.

En el patio de su vivienda en Kibezi, Marie-Rose Manirambona prepara el almuerzo, un plato de fríjoles, arroz y hojas de mandioca. Lo servirá únicamente a sus tres hijos menores, explica. Los otros cinco comen tan solo una vez al día, por la tarde.

Originaria de la cercana localidad de Kiremba, en el norte de Burundi, Marie-Rose ha vivido en este asentamiento para desplazados internos  desde que perdió a su marido en "la crisis", como denomina a la guerra civil que estalló en 1993.

Se volvió a casar con Jean Vyasimanga, que también era viudo. Marie-Rose es su cuarta esposa. Jean tiene muchas dificultades con su propiedad en Kiremba, explica ella. Las cuatro hectáreas que posee son demasiado pequeñas para compartir con sus numerosos hijos. Además, un antiguo empleado le reclama una parte.

El presidente del Tribunal en la capital provincial de Ngozi, Prime Barasukana, advierte: "debido a que la tierra es aquí sinónimo de supervivencia, una disputa puede ser el fin del mundo". De los trece juicios en los que interviene hoy, diez están relacionados con "itongo", la tierra. Las causas detrás de estos litigios, añade Barasukana, son el aumento demográfico y el desplazamiento de población originado por la "crisis".

Bajar de las colinas

No lejos de Kibezi, en los humedales de Nyamuswanga, el experto de la FAO Aloys Nizigiyimana describe la dinámica de la fragmentación de la tierra en el norte de Burundi. Con una densidad de población que alcanza puntas de 500 personas por km2, la parcela media de una familia de cinco personas es en la actualidad de menos de 0,3 hectáreas, con un rendimiento de tan solo tres meses de alimentos al año.

Y no es solo la necesidad de tierras lo que empuja a la gente a bajar de las colinas, en donde se cultivaba tradicionalmente. También el clima ha cambiado. Las sequías se alternan ahora con lluvias torrenciales. Los humedales ofrecen la ventaja de un suministro estable de agua. Sin embargo, Nizigiyimana alerta que cualquier tipo de cultivo en esta zona debería garantizar que este precioso recurso se gestiona de forma adecuada.

En la zona pantanosa de Nyamuswanga la FAO trabaja con 1 500 campesinos para rehabilitar 100 hectáreas para la producción arrocera. El arroz es uno de los cultivos de alto rendimiento que la FAO utiliza -junto a las papas, soja y maíz- para intensificar la producción agrícola y ayudar a los pequeños campesinos a aumentar sus rendimientos.

Según Nizigiyimana, una cosecha de Nyamuswanga proporcionará a los 1 500 campesinos y sus familias arroz suficiente para un mes.

Autosuficiencia

Otra forma de impulsar la producción agrícola es el trabajo conjunto, asegura Marie-Claire Barakamfitiye, del BADEC (Bureau d'Appui au Développement et à l'Entraide Communautaire), uno de los socios locales de la FAO. Unir fuerzas ayuda a los agricultores a generar ingresos, dice. Otro importante beneficio -añade- es que fomenta el fortalecimiento de las relaciones, un instrumento poderoso para evitar conflictos.

Además, una asociación de campesinos cuenta con una posición negociadora sólida, cuando se trata por ejemplo de acordar el acceso a la tierra, como el caso de los humedales que normalmente son de propiedad pública. La asociación de Kibezi a la que pertenece Marie-Rose Manirambona logró la concesión de siete hectáreas de la ciudad de Kiremba.

Se ha recorrido un camino muy largo desde los días en que se levantó el asentamiento de Kibezi, poco después de que estallara la guerra, según recuerda Barakamfitiye, del BADEC. Ella estaba allí cuando llegaron las personas desplazadas, que se alojaron en tiendas hasta que el organismo de refugiados de la ONU construyó casas, en las que muchos continúan viviendo todavía hoy.

Marie-Claire Barakamfitiye continuó trabajando con los desplazados, en un primer momento para pasar lo peor de la crisis, luego siendo testigo de su transición desde la dependencia a la autosuficiencia, gracias a la reanudación de la actividad agrícola. "Lo que me enorgullece es ver a alguien dejar la vulnerabilidad", asegura.

Al comienzo de la tarde, Marie-Rose Manirambona comienza a preparar la cena. Su esposo, Jean, ha llegado y está ocupado preparando a todos sus hijos para una foto de familia. Cuando se logra tomar la imagen, hay un total de veinte personas. Sin embargo, señala Jean, siguen faltando ocho.