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"Nuestras madres e hijas son el objetivo"
Violencia sexual e inseguridad alimentaria en la región oriental del Congo
30 de octubre de 2006, Bweremana − Es temprano por la mañana cuando la canoa atraca en Bweremana, un pequeño pueblo en la ribera del lago Kivu, en la región oriental de la República Democrática del Congo. Los pescadores, que han trabajado durante la noche, entregan las redes a un grupo de mujeres que les esperan en la estrecha franja de playa.

Las mujeres abren las redes y recuperan la pesca.

"Sambasa", dice Alisi, una de las mujeres, mostrando un pequeño pescado antes de meterlo en el cubo. Si la pesca ha sido buena se puede llegar a 20 kilogramos, explica, pero ésta no es la mejor temporada, así que tal vez hoy sólo obtengan la mitad de esa cantidad.

Alisi es una de las 80 mujeres de Bweremana que participan en actividades pesqueras desde abril de 2006, con el apoyo de Synergie des Femmes, una organización no gubernamental local, que su vez recibe ayuda de la FAO, como sucede por ejemplo las redes proporcionadas a las mujeres de Bweremana.

Aunque los hombres salen a pescar, las redes son de las mujeres, de modo que la pesca les pertenece a ellas. La venden en el mercado y así obtienen su magro medio de subsistencia. A principios de 2005 la casa de Alisi, en Bweremana, fue objeto de una incursión. Ella huyó con su familia. Ahora viven a dos horas a pie, en las montañas. Subsisten cultivando media hectárea de tierra, en la que producen yuca, frijoles y maíz.

"No nos alcanza −explica Alisi−. Tenemos seis hijos, de los cuales cuatro van a la escuela. Tenemos que pagar sus estudios, o el doctor, cuando enferman. Hay que vestirlos. A veces se van a dormir sin haber cenado."

Un problema generalizado que no se denuncia

Las mujeres son las que más han padecido la inseguridad en la región oriental del Congo, explica Germaine Chirigiri, de Synergie des Femmes. "Nuestras madres e hijas son el objetivo", prosigue, refiriéndose a las mujeres que Synergie des Femmes está tratando de ayudar: las víctimas de la violencia sexual.

Debido a la presencia de grupos armados incontrolados, indica Germaine, el problema está muy extendido, aunque es difícil ofrecer cifras ya que muchas de las mujeres no denuncian la violencia, por vergüenza o por miedo. Las que lo hacen corren el peligro de ser rechazadas por sus esposos, por sus familias y comunidades.

La Unión Europea ha donado 2,5 millones de euros a la FAO para ayudar a las familias víctimas de la guerra en las provincias orientales de Kivu Septentrional y Meridional, en el Congo, incluidas las mujeres que han sido objeto de estas agresiones.

Con el apoyo económico de la Unión Europea, principal donante de la FAO en la República Democrática del Congo, la Organización puso en marcha un proyecto de tres años de duración, para dar ayuda a 95 000 de las familias rurales más vulnerables.

Sihuzike, de 19 años de edad, se dirigía a su casa cuando la interceptaron cinco soldados. "Si te defiendes te matamos", le dijeron. Los cinco la violaron, pero no sólo eso. "Como eres tan bonita, no te vamos a dejar así −le dijeron−. No queremos que otros te disfruten."

Los soldados le amputaron la mano izquierda. Apoya el muñón en el arado mientras reposa de su trabajo, con su hija de nueve meses, Cynthia, cargada a la espalda. Después de la agresión, Sihuzike se refugió en Synergie des Femmes y ahora forma parte de un grupo de unas 100 mujeres que producen yuca en un terreno cercano al pueblo de Minova, a unos dos kilómetros de Bweremana.

Miedo a cultivar alimentos

"Desde que comenzó la guerra las mujeres se ocupan de todo", narra Germaine mientras explica por qué la inseguridad, en particular las agresiones contra las mujeres, conduce a la inseguridad alimentaria. La agricultura era una labor femenina. Ahora, explica, ellas tienen miedo de ir a las tierras o incluso de ir al mercado a vender sus productos.

Hoy en día prevalece una relativa seguridad en Minova y Bweremana, que permite a Sihuzike vender yuca en el mercado de Minova, o a Alisi vender pescado.

Alisi llega al animado mercado temprano por la tarde. Ella y otras cuantas mujeres disponen sus sambasa sobre mesas de paja. Pronto llegan los clientes y comienzan a comprar el pescado, que se agota rápidamente. Alisi está satisfecha cuando ha vendido toda la mercancía.

"Es una ayuda", afirma de regreso a casa.

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Contacto:

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Oficina de prensa, FAO
maarten.roest@fao.org
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FAO/M. Roest

Si la pesca ha sido buena, las mujeres pueden conseguir hasta 20 kilogramos de pescado para vender

Audio

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FAO/M. Roest

Alisi y otras mujeres de la aldea con las redes proporcionadas por la FAO

FAO/M. Roest

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