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La historia de Abdul Hamid
Meyanaqad, Afganistán – Un campesino que vive de cultivar trigo, Abdul Hamid, sorbe su té en la pequeña casa de piedra y troncos que construyó hace seis años en su remota aldea de montaña en el altiplano central de Afganistán, rodeada de altas montañas de color grisáceo.

Su anterior vivienda fue incendiada por milicianos del movimiento talibán, que sembraron el terror en este hoy apacible lugar.

Los recuerdos del conflicto permanecen vivos en la región: en historias como la de Abdul o en los restos de algunos tanques soviéticos abandonados junto a la carretera sinuosa y polvorienta que conduce al distrito de Bamyan.

Abdul recuerda que mucha gente abandonó la aldea cuando las tropas invasoras soviéticas lucharon contra los muyaidines (combatientes islámicos, ndr) a partir de 1979, y más tarde cuando los talibanes ocuparon el poder entre 1996 y 2001.

Mostrando la misma calma y seguridad que sin duda le ayudó a sobrevivir en medio de la ola de violencia, Abdul explica que ahora la esperanza se extiende por la aldea.

“Las guerras son peligrosas y han causado muchos muertos, heridos y otros problemas. Los talibanes destruyeron nuestra casa, que había pertenecido a mi abuelo durante muchos años. Tuve que construir esta nueva con árboles y piedras y la ayuda de mis hermanos”.

“Durante aquellos días pasaban pocos vehículos por aquí para transportar las cosechas, así que tenía que caminar 15 kilómetros hasta el mercado para vender el trigo y comprar alimentos o combustible.

“Pero ahora las cosas han mejorado y hay más paz. La economía se está recuperando lentamente y si podemos producir más cereales seremos capaces de vivir mejor”.

Aunque la calma ha vuelto a esta región en los últimos seis años, todavía supone una dura lucha para campesinos como Abdul poder vivir de la tierra.

Pero existen señales de progreso

Dentro de un importante proyecto para relanzar la producción de cereales en Afganistán, le propusieron a Abdul ensayar una nueva variedad de trigo denominada Solh 2002 en su jerib (0,2 hectáreas de terreno), más resistente a las enfermedades. El resultado fue un incremento del 50 por ciento en el rendimiento.

La nueva variedad fue distribuida dentro de la primera fase de un proyecto financiado por la UE y ejecutado por la FAO y el Gobierno afgano para fortalecer la producción nacional de semillas.

Abdul explica la historia: “Quería probar algo nuevo, ya que necesitaba incrementar la producción de trigo. En la última cosecha obtuve 1 600 kilogramos, comparados con los 1 000 de la anterior, y hubo menos pérdidas causadas por las plagas. Estoy contento con los resultados. Con la guerra no teníamos oportunidades así”.

“Con el trigo se hace un pan muy bueno, mucho más sabroso que antes. El resto lo vendo y obtengo cerca de 250 dólares EE.UU. por 1 000 kilogramos. Con el dinero extra puedo comprar frutas y verduras, así como arroz, que es más caro”.

“El arroz es importante para nosotros, ya que un saco dura mucho tiempo y se puede almacenar para el invierno”.

El arroz también significa que la esposa y las siete hijas de Abdul pueden disfrutar –al igual que el resto de los afganos- de uno de los platos tradicionales del país, el pilaf, a base de cordero, aceite vegetal, uvas y zanahorias.

Sus vecinos también se aprovechan de los beneficios de las nuevas semillas, compradas a la recién creada empresa Bamyan Baastan Enterprise. El proyecto ayudó a establecerla, ya que anima a los empresarios locales a entrar en el negocio, producir semilla de calidad y venderla directamente a los agricultores.

De esta forma el futuro de campesinos como Abdul y sus vecinos puede mejorar y ser sostenido en forma duradera por sus compatriotas, no por proveedores foráneos que pueden venderle semillas de baja calidad o inadecuadas.

“En el futuro nos gustaría cultivar más patatas, ya que las bajas temperaturas en esta zona la convierten en un cultivo clave. El proyecto nos ha ayudado ya mucho, y ahora esperamos que nos pueda también proporcionar mejores semillas de patata”.

En las carreteras que conducen al valle se ven otros signos de la esperanza descrita por Abdul, ya que docenas de niños -incluyendo cuatro de sus hijas-, se apresuran para dirigirse a escuelas que no existían hace tan solo una década.

El futuro de cada país depende de sus niños, y ello es especialmente cierto en Afganistán, en donde miles de expertos agrícolas -claves para el desarrollo del sector-, murieron o tuvieron que marcharse a causa de la guerra.

“Es importante que nuestros hijos aprendan a leer y escribir, que adquieran conocimientos, que les demos una enseñanza adecuada. Todo ello les ayudará en el futuro, aunque en última instancia, el futuro está en manos de Dios”, concluye Abdul.

6 de agosto de 2007

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