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Guerreros y campesinos
La UE y la FAO ayudan a la reintegración de la minoria batwa de Burundi
Gashikanwa, Burundi – Hasta los 25 años de edad, Salvator Barusumye se dedicaba a la caza. Sobre todo de animales y aves pequeños, como conejos o perdices. En algunas ocasiones las presas era de mayor tamaño, por ejemplo un antílope. Un grupo de quince hombres, armados con lanzas y garrotes lo perseguían con perros hasta rodearlo. Tan solo los más valientes se acercaban a la presa, un cazador justo enfrente del animal para provocarle y otros dos a ambos lados de su cabeza, esperando que el antílope saltase para arrojar sus lanzas. “Tienes que ser un guerrero para cazar”, subraya Salvator.

Ahora todo son recuerdos de un pasado lejano. Salvator ha cumplido 53 años. Los bosques, que en tiempos cubrían las colinas alrededor de su aldea del norte de Burundi, Gashikanwa, han desaparecido. Y con ellos los animales. La caza, el medio de subsistencia de sus antepasados, apenas sobrevive como ritual en las danzas tradicionales de la minoría batwa de Burundi (pigmeos, constituyen menos del 1 por ciento de la población, ndr).

“Creo que lo que ha sucedido con el pueblo batwa es representativo de lo que les ha sucedido a muchos burundianos”, explica Eric Pitois, del servicio de ayuda humanitaria de la Comisión Europea (ECHO), que ha proporcionado a la FAO fondos para apoyar a esta comunidad.

La guerra condujo no solo a un desplazamiento masivo de población y trajo enormes sufrimientos, sino que aceleró el proceso de deforestación, obligando a los batwa a encontrar un nuevo medio de subsistencia. El problema se ve agravado por el hecho de que deben hacerlo en un país en el que siempre han sido tratados como ciudadanos de segunda clase.

No todos les han olvidado

“Nuestro objetivo es reintegrar a los batwa en una sociedad de la que han sido excluidos”, señala Jean-Pierre Renson, coordinador de emergencias de la FAO en Burundi. En colaboración con una organización eclesiástica local, la FAO ha estado suministrando semillas y formación a la comunidad batwa de Gashikanwa desde 2003.

La vida de Salvator ha experimentado un cambio profundo: se ha convertido en agricultor. Hoy está limpiando de maleza una pequeña parcela de tierra pantanosa cerca del río, en la que cultiva papas, calabazas y zanahorias. Alimenta a su familia y ha conseguido ganarse el respeto de sus otros vecinos burundianos. Y con cerca de un tercio de la cosecha destinada a la venta, Salvator calcula que en esta campaña ganará cerca de 400 dólares EE.UU.

¿Y la caza? “Ya casi nos hemos olvidado”, señala, añadiendo que otros no piensan como él. Admiten que cultivar es más rentable que cazar, pero consideran que los batwa no están hechos para ser agricultores. “Han caido en la cuenta, pero queda todavía mucho por hacer”, concluye.

No hay milagros

El camino que tiene por delante la comunidad batwa en Buterere, en las afueras de la capital burundiana, Bujumbura, será posiblemente aún más largo. La mayoría de la gente procede de áreas rurales en las montañas de los alrededores de la capital, pero se refugiaron en la ciudad en busca de seguridad cuando estalló el conflicto.

“Estamos bien aquí”, asegura Colette Tab, de 50 años de edad, que acaba de regresar de una larga jornada de trabajo. “Todo va bien. Lo único es que no hay casi nada de comer”. En Buterere, explica, la gente acostumbra a hacer una única comida al día, por las tardes.

Colette trabaja en los vertederos locales en busca de carbón vegetal. El lugar se encuentra a una hora a pie de la aldea, por lo que tiene que partir cada mañana muy temprano, a las seis, para llegar allí antes que los demás. Hacia las tres de la tarde vende lo que ha obtenido en el mercado, hace la compra y regresa a casa sobre las cinco. Hoy ha conseguido 200 francos burundeses (unos 0,20 dólares EE.UU.), con los que ha comprado una docena de plátanos, dos pequeños tomates y 100 gramos de ndagala (un pescado seco local), además de leña para el fuego.

“No podemos hacer milagros”, explica el ingeniero agrónomo de la FAO Ernest Manirambona en referencia a la ayuda a pequeña escala que la Organización de la ONU distribuye en Buterere desde 2001. Más de 300 familias obtienen semillas, aperos y formación para cultivar arroz, frijoles, verduras e incluso frutas como bananas, mango y papaya. “Hasta hace poco, nadie se preocupaba de los batwa”, asegura Ernesto. “Pero ahora que hay paz, es necesario comenzar a integrarles en la sociedad”.

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Contacto:

Maarten Roest
Oficial de información, FAO
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"Todo va bien. Lo único es que no hay casi nada de comer", explica Colette Tab que acaba de regresar de una larga jornada de trabajo

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